Fui a Lourdes y volví peor…

…pero la culpa no fue de Lourdes, sino de Mar.
El fin de semana pasado me acerqué a Lourdes con unos amigos, para la visita del Papa, e hicimos escala en San Sebastián.
El sábado por la mañana nos acercamos a la playa de Ondarreta que estaba prácticamente vacía. Después de los chapuzones de rigor, la “voladura” de cometas y el partidillo de fútbol-playa, me fui con M a correr chapoteando por la playa y como se nos quedó pequeña, pasamos a La Concha. Ondarreta y La Concha son dos playas muy similares, con forma de medialuna, que están unidas por el llamado “Pico del Loro”, unas rocas en las que han colocado unas pasarelas con barandillas y unas escaleras para poder pasar de una playa a otra cuando está la marea baja. M y yo pasamos a La Concha y la recorrimos de una punta a otra. Al volver, la marea empezaba a subir y en el Pico del Loro golpeaban algunas olas con cierta fuerza, pero muy de vez en cuando.
Me dio el ataque de prudencia y sugerí que podíamos pasar a nuestra playa por el paseo marítimo, pero M me convenció para pasar por las barandillas y las rocas. La verdad es que tampoco parecía excesivamente peligroso y de hecho comprobamos que no lo era: esperamos el golpe de una ola contra la roca, cruzamos rápidamente una pequeña pasarela y descendimos la escalera. Ya estábamos en el último tramo de la plataforma con barandilla, pero nos encontramos a J y O, que estaban en la zona de arena y se disponían a cruzar hacia el lado de donde veníamos. Si no hubieran estado allí ahora muy probablemente no estaría contando esto y por haber estado allí quizá he estado a punto de no contarlo. De pronto, en mitad de una palabra que podría haber sido la última, me sentí golpeado y arrastrado por una ola hambrienta a la que no había visto venir y que me tragó sin contemplaciones. En un acto reflejo y para evitar que la ola me devorase, me aferré a la barandilla y aguanté hasta que la dichosa ola se fue por donde había venido. Cuando me levanté, comprobé que tenía el brazo arañado, amoratado y sangrante desde el codo hasta la mano, un fuerte dolor en la parte superior de la pierna derecha y todo el cuerpo entumecido. Por supuesto a M, J y O, la ola les había sorprendido, pero no les había dado de lleno y me vieron aparecer de debajo del agua entre divertidos y preocupados.
Hoy hace casi una semana del golpe: lo del brazo va desapareciendo, pero el “huevo” que me ha salido en la “cartuchera” tiene pinta de que me va a durar un tiempecillo. Toda la parte posterior de la pierna, hasta la rodilla, está coloreada de un morado intenso y preocupante. Tanto que acabé por ir al médico con la poca gracia que me hace (el ir al médico, no el médico en cuestión, que es un hombre más bien simpático). Mi madre no se cansa de repetirme que ha faltado muy poco para que no lo cuente y que más de uno ha tenido una desgracia seria en una situación semejante. Además me ha recordado alguno de los mejores golpes de mi vida y si sobrevivo a éste y no se me forma un trombo que acabe conmigo dentro de un rato, he pensado en contar aquí alguno de ellos: creo que explican muchas cosas.
Hay quien me dice que he tenido mucha suerte, porque podía haber sido mucho peor, pero me parece que lo que he tenido es mala suerte: tres pasos más adelante o una mirada despreocupada hacia el mar y no habría sufrido el menor rasguño. Claro que si no me hubiese detenido a hablar con J y M, lo mismo los que tenían algo que contar ahora (o peor, los que ya no lo podían contar) eran ellos, porque habrían sido sorprendidos por la ola más a mitad del famoso Pico del Loro.