Sin nombre

Llevo unos treinta años viviendo en el mismo piso. Nos mudamos toda la familia porque no parábamos de crecer y el piso donde vivíamos seguía teniendo siempre los mismos metros. Con el cambio ganamos algo de espacio y mis padres pudieron dejar de dormir en un sofá-cama en el salón y tener una habitación para ellos donde seguir durmiendo en un sofá-cama que cuando se extendía iba de pared a pared.

El problema es que, cuando llegué a nuestra nueva casa, en un edificio de catorce pisos, era un tipo más bien tímido y por culpa de eso no fui capaz de preguntar a los vecinos cómo se llamaban… Y treinta años después tengo que confesar, para mi vergüenza, que todavía hay muchos vecinos que no sé cómo se llaman, a pesar de mantener animadas conversaciones que con frecuencia suelen ir más allá de “este tiempo está loco”. Pero, claro, a estas alturas, me da mucho reparo preguntarle a alguien cuál es su nombre…

Sin embargo, el otro día descubrí que el problema no es solo mío. Salieron del ascensor X y Z, un matrimonio majo y simpático, con quienes he coincidido esta semana un par de veces. Nos saludamos, hablamos un poco y cuando ya nos despedíamos me preguntó X:

– ¿Cuál es tu nombre?

Y agradecí de veras que fuera capaz de hacerme la pregunta que yo por una tonta vergüenza no he sido capaz de hacerle hasta ahora. Y esta vez no dejé escapar la ocasión:

– ¿Y el vuestro?

– Luis y Maribel.

Y así, sin más, en un momento, creo que ha crecido más nuestra relación que en cientos de conversaciones de “vaya calor que está haciendo”. Pero todavía me quedan unos cuantos vecinos para acabar de completar el puzzle de los nombres del edificio. Procuraré a partir de ahora animarme y preguntar más a quemarropa, en lugar de tratar de adivinar en qué letra viven para luego comprobar en el buzón cómo se llaman.

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Un cura en bici

Una de las cosas que descubrí durante los años que estuve en Pamplona acabando de estudiar Teología es que la bici es un fantástico medio de transporte. Y como allí no me llevé coche, iba dando pedales de un lado a otro.

Pero cuando volví a Madrid me entraron las dudas de si seguir utilizando la bici como medio de transporte, no solo porque las distancias y las cuestas son mayores, sino porque quizá ir de cura pedaleando podría dar un poco el cante.

Al final llegué a la conclusión de que no me importa tanto dar el cante –es más, me temo que me encanta– y acabé descubriendo que las cuestas no son tan terribles ni las distancias tan grandes. O, por lo menos, que son más cortas que si uno va en transporte público y más cómodas que si uno tiene que aparcar el coche.

Así que he convertido a la bicicleta en mi medio de transporte habitual y he descubierto que, más que el cante, un cura en bici provoca simpatía. Es fácil ver que alguien sonríe al verte parado en un semáforo, o escuchar algún comentario del tipo: “¡Un cura en bici!”. Lo curioso del caso es que también he escuchado con frecuencia la coletilla de “¡Un cura en bici!… ¡Qué moderno!”, cuando lo realmente moderno me parece a mí que es ir en coche –y más si es en coche eléctrico–, porque ir en bici es más bien antiguo.

Otro de los comentarios habituales que escuchaba hasta hace unos meses era el de: “¡El casco!”, a veces lanzado por el copiloto de un coche o por un peatón, quizá preocupados por ahorrarme una multa. Estuve pensando ponerme un cartel en la espalda que dijese que en Madrid el casco no es obligatorio para ir por ciudad si tienes más de diesciséis años, pero después de que varias personas, sobre todo madres del colegio, mostrasen su preocupación y su escándalo no tanto por mi desprecio a una posible multa como por mi imprudencia y temeridad, decidí llevar siempre casco, porque también hay que saber descubrir la voz del Espíritu Santo en la gente que se preocupa por ti… Por esa misma razón, he decidido llevar chaleco reflectante cuando haya poca luz, después de que dos personas en apenas dos días de diferencia y en circunstancias distintas me lo hayan “sugerido” porque no les parecían suficiente las luces.

Otra cosa curiosa es que, por lo menos al principio, daba la sensación de que la gente esperaba que flaqueases en tu empeño de moverte en bici por Madrid. Y los días de lluvia o frío muchos se sentían en la obligación de preguntar: “Y hoy la bici… ¿qué?”. Aunque ya se van acostumbrando a: “Hoy la bici… también”, y por eso cada vez me lo preguntan menos, aunque alguno no puede evitar la cara de satisfacción cuando me ve entrar en el aparcamiento del colegio en coche –a Dios gracias, lo de conducir en coche tampoco se olvida–, quizá con la secreta tranquilidad de pensar “ya sabía yo que lo de la bici se le acabaría pasando”. Y quizá se me acabe pasando, pero de momento sigo empeñado en pedalear aunque no llueva.

Volver a empezar… otra vez

He titulado esta entrada “Volver a empezar” y me ha dado por hacer una búsqueda en el blog y he descubierto que había ya otras dos o tres entradas con el mismo título. Original que es uno. Aunque en esas ocasiones hacían referencias a la vuelta a las clases o al comienzo del año o a cuando volví a ser estudiante universitario

Pero ahora querría volver a empezar a escribir con regularidad en este blog errático y abandonado. Me he propuesto una entrada semanal, a ser posible los miércoles, aunque todavía no tengo muy claro sobre qué (se admiten sugerencias). Empecé La vida es cuento para escribir sobre mi experiencia con las oposiciones de Lengua castellana y Literatura, a las que me presentaba en 2006 (y si no sonase tanto a tópico diría que parece que fue ayer) y después tuvo su época de esplendor con las múltiples aventuras que te ocurren si eres profesor de instituto. También se colaba de vez en cuando algún cuento (casi siempre microcuento) y anécdotas, la mayoría familiares (siete hermanos y treinta y seis sobrinos dan para mucho)… Pero poco a poco el blog fue perdiendo fuerza y periodicidad, entre otras cosas quizá porque vi que no me iba a hacer rico, que era uno de los objetivos principales cuando empecé a escribirlo. Y en los últimos tiempos las entradas han ido saliendo a “regañateclas”, gracias a nacimientos de sobrinos y cambios de año.

Hoy hace tres años que me ordené de diácono en Roma. Pensé entonces que habría que retomar el blog y contar las múltiples aventuras que te ocurren si eres sacerdote… Pero ya estaba desentrenado y siempre he encontrado una mala excusa de lo más convincente para escribir otro día.

Sin embargo, aunque uno no escriba, la vida sigue siendo cuento, del que uno a veces se cree autor, pero casi siempre se acaba descubriendo personaje. Y los cuentos necesitan ser contados.

la vida es todavía cuento

El trigésimo sexto

El otro día me mandó un mensaje F. para felicitarme por mi primer año de sacerdote, aunque fuera con un poco de retraso. Y le contesté que nunca es tarde, si la dicha es buena, pero que, si hubiese esperado un poco más, podría haberme felicitado puntualmente por mi segundo aniversario… Me reconoció entonces que se había metido en el blog y como la última entrada era la de “Un año de sacerdote” supuso que el aniversario sería reciente…

Y por fin vuelvo aquí, también al grito de “¡Nunca es tarde, si la dicha es buena!” (y espero que lo sea) para anunciar que el 25 de agosto ha nacido Pedro, el trigésimo sexto de mis sobrinos, el quinto de R., el séptimo de mis hermanos. El pequeño detalle es que nació el 25 de agosto… de 2017, hace hoy justo un año y hasta ahora no he sido capaz de venir al blog a regalarle una entrada. Tengo que agradecer a M., su madre, que en todo este tiempo no me lo haya echado en cara, aunque seguro que el retraso empezaba a escocer. Lo fácil sería echarle la culpa a la tesis (que en breve, Dios mediante, dejará de ser excusa para nada) o a los muchos líos o… Pero la verdad es que no hay excusa que valga, sino un empeño procrastinador que asusta. Así que queden aquí mis disculpas junto a la más feliz de las enhorabuenas para sus padres, hermanos, abuelos y demás no poca familia, mientras entono también a voz en grito el cumpleaños feliz.

Aquí va un par de fotos. Del día de su nacimiento y de hoy, justo un año después. Pero puedo asegurar que no se ha pasado todo el año durmiendo:

Dentro de dos semanas, cura

Si Dios quiere, dentro de quince días, el domingo 4 de septiembre, seré ordenado sacerdote en Torreciudad (por cierto, si vas a venir y todavía no me lo has confirmado, te agradecería que lo hicieses cuanto antes). Y hay tantos que me preguntan si estoy nervioso, que empiezo a ponerme nervioso porque quizá esté demasiado tranquilo. La verdad es que, de momento, más que nervios, tengo una ilusión tremenda por dar el esprint final para llegar a la línea de salida y empezar a cumplir aquello de “hazte cura y que sea lo que Dios quiera”.

El otro día, aprovechando que D. y J., antiguos compañeros de facultad, estaban de vacaciones cerca de Pamplona, organizamos una pequeña reunión de filólogos –uno de hispánicas, otro de semíticas y otro de clásicas– en la que no faltaron divertidos recuerdos de hace veinte años y sesudas discusiones sobre la necesidad o no de los emoticonos (o recursos gráficos para transmitir alguna emoción asociada al mensaje) en los mensajes de teléfono, o sobre la ausencia generalizada de signos de puntuación de apertura para interrogaciones y exclamaciones… Sí, reunión de filólogos, palabra muerta.

Después de la comida, D. se tuvo que marchar y nos quedamos J. y yo dando una vuelta por la ciudad, hablando de lo divino y de lo humano. En un momento dado, pasamos por casualidad por delante de la Iglesia de San Miguel, en la que nunca antes habíamos estado, y decidimos visitarla. En la iglesia había apenas diez personas, todas mayores, y alguien dirigía a través del micrófono unas oraciones. Apenas habíamos entrado, se oyó por los altavoces: “Oremos por los sacerdotes”. Y reconozco que me quedé un tanto de piedra, por la coincidencia (“providencial”, claro). Y más impactado todavía me dejó la oración que se recitó acto seguido. A mí me gustaría ser un sacerdote así.

Después, ya en casa, traté de buscar la oración por Internet, pero no daba con ella, hasta que se me ocurrió mirar en la página web de la parroquia de San Miguel y, efectivamente, allí la encontré. La copio aquí para tenerla a mano y para que, si te animas, la reces por todos los sacerdotes… Y por mí:

“Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus sacerdotes,
haz que sus palabras sean solo las tuyas,
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del Eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes.
Amén

¡¡FELIZ 2016!!

Ahora que ya no es tiempo; ahora que ya te has olvidado de que cada vez te gusta menos eso de las uvas; ahora que ya ha sido recogido el belén; ahora que empiezas a reconocer que eres bueno en hacer propósitos, pero que eres mucho mejor en incumplirlos; ahora que ya te has arrepentido de lo poco que te han cundido estas vacaciones; ahora que has vuelto a descubrir que el 2016 es tan tranquilizadoramente imperfecto, como todos los anteriores, y que todo depende mucho más de ti que de la fecha en la que estés… ¡¡FELIZ 2016!!

Y a pesar de la pose de estar por encima de tanta banalidad y tantas banalidades, tampoco puedo sustraerme a echar una mirada atrás, a ver cómo ha ido el año, a constatar que empiezo a cerrar una etapa y que se aproxima otra nueva y apasionante. Pero para no meterme en profundidades que ahora no vienen al caso, me quedaré esta vez en la superficie.

Como soy amigo de estadísticas, agradezco la amabilidad de WordPress, que ha tenido a bien enviarme el resumen de lo que ha sido este blog este año… Y no es como para lanzar las campanas al vuelo. Para que no me desanimen, empiezan diciendo que:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.900 veces en 2015. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Y a mí no llega a parecerme una barbaridad la gente que cabe en cinco viajes de un Metro de NY… Pero sí que me gustaría agradecer a cada uno de esos pasajeros de este tren que se hayan animado a pasar por aquí. Y espero que hayan tenido un buen viaje. Porque uno piensa que escribe sobre todo para tener bien guardados sus recuerdos, pero en realidad sabe que uno siempre escribe para los demás, porque escribir es comunicar y comunicar es compartir.

Después el informe me anuncia que “El día más movido del año fue octubre 30 con 342 visitas. El artículo más popular del día fue Al final va a ser que sí”. Y desde luego, para mí ese día fue también uno de los más movidos del año.

Luego llega el dato más vergonzante: en todo 2015 he escrito… 11 artículos. Eso sí, el total es de 479. O 480, si contamos este. Y se me acaba de ocurrir un fantástico propósito difícil de incumplir (aunque puedo llegar a incumplir cosas asombrosas): llegar en este 2016 a los 500 artículos. Será un placer saber que sigues estando ahí, a pesar de todo.

Al final va a ser que sí

Hace poco más de dos años, anunciaba en este blog que, por un tiempo, dejaba la enseñanza después de diecisiete cursos maravillosos en Los Olmos, el IES Valdebernardo y el IES Anselmo Lorenzo.

Contaba entonces que me venía a Pamplona a estudiar Teología y añadía que entraba dentro de lo posible ordenarme sacerdote… Pero basta decir algo así para que casi todo el mundo te “ensotanice” antes de tiempo. Y durante dos años he aclarado a mis amigos por activa y por pasiva que yo había venido aquí a estudiar y a formarme y que luego, si Dios quería y el Prelado del Opus Dei me llamaba, ya veríamos (en realidad, creo que lo aclaré solo en activa, porque no es fácil que todo esto sea dicho en pasiva).

Y ya ha llegado el momento de ver. Y ahora sí tengo claro que mi futuro va a ser de oscuro.  Resulta que yo, que he sido siempre tan desordenado, como dice J., me ordenaré, Dios mediante -y nunca mejor dicho-, de diácono el sábado 27 de febrero, en Roma (una estupenda excusa para visitar la Ciudad Eterna), y de sacerdote el domingo 4 de septiembre, en el Santuario de Torreciudad (en Huesca, cerca de Barbastro, aquí al lado, vaya).

Por si alguno no está muy puesto, diácono es el primer paso antes de ordenarse sacerdote. Como dice Google cuando buscas diácono: “Clérigo católico que ha recibido la segunda de las órdenes mayores que otorga la Iglesia y que tiene entre sus funciones anunciar el Evangelio, bautizar, asistir al sacerdote en el altar, distribuir la comunión y dar testimonio cristiano ayudando a los más pobres”. El Catecismo de la Iglesia Católica da más detalles en los puntos 1569-1571, por si quieres más información.

Desde luego, la alegría que tengo ante esta nueva etapa es inmensa, pero también es inmensa la sensación de vértigo… Y el convencimiento de que a Dios le gusta ponerse las cosas difíciles. Como comprenderás, no es fácil expresar por escrito, todo lo que se siente. Y me temo que tampoco este es el sitio. Pero como siempre hay algún despistado, impenitente e inasequible al desaliento, que se sigue pasando por “La vida es cuento” para saber cómo me va la vida, me parecía que esto, el mejor de los cuentos que jamás me habría imaginado, también tenía que venir aquí a contarlo.

La verdad es que da gusto dar estos saltos al vacío sabiéndose tan bien acompañado por la amistad y el cariño de tantos amigos que se alegran de veras y me muestran todo su apoyo, aunque no entiendan nada. Y de tantos otros que sí que lo entienden.

Y acabo esta entrada como acabé aquella de hace un par de años.

Si eres de los que tienes fe, se agradecen oraciones, si no, por lo menos el intento de comprensión… Y, en cualquier caso, la sonrisa.

Otro comienzo de curso

Hoy muchos empezarán ya en serio las clases en los institutos de Madrid. Apostaría a que a las 8.10 se han repartido los horarios “provisionales” en más de un sitio y que todavía faltan unos cuantos profesores por asignar al centro… Y ahora, desde esa distancia que se encarga de idealizarlo todo, uno no puede por menos que echar de menos esos momentos caóticos y esa inevitable expectación ante un curso que comienza: ¿Serán buenos los grupos que me han tocado? ¿Tendré libre el viernes a última hora? ¿Me quedarán muchos huecos?… Son algunas de las preguntas inevitables que le vienen a más de un profesor a la cabeza, aunque sepa que esas no son las mejores preguntas y que poner todas las esperanzas del nuevo curso en no tener clase el viernes a última hora es una mala forma de empezarlo.

Qué fácil es pontificar desde la distancia… Y qué nostalgia de ese primer día de clase, qué vacío en mi cabeza al no tener ninguna lista de alumnos que aprenderme de memoria y qué de recuerdos agolpados y entremezclados de diecisiete años con sus correspondientes primeros días de clase.

Pero, de momento, sigo en Pamplona un curso más y eso se nota, por ejemplo, en que cuando vuelvo de la biblioteca a casa ya suelo ir saludando a gente conocida (a algunos también que no conozco, pero que, por un instante, me resultaron familiares, y entonces continúo la marcha haciendo gestos con la cabeza, como si tuviese un tic nervioso). Es muy probable que sea mi último curso aquí y yo también empiezo con el deseo de aprovecharlo al máximo y de dedicar todas las horas posibles a estudiar al bueno de Nono de Panópolis, sobre quien estoy haciendo la tesis. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión, que solo venía aquí para desear un buen comienzo de curso a antiguos compañeros (y a antiguos alumnos)… Y llenarme de la repetitiva nostalgia de comenzar un nuevo año fuera de las aulas, sin alumnos a los que “amedrentar” y sorprender.

El trigésimo tercero

Sí, lo sé, hace tiempo que esperabas una entrada como esta, pero es que el trigésimo tercero de mis sobrinos se ha hecho esperar. Pero, por fin, el pasado cuatro de septiembre nació Álvaro, el noveno de L, la cuarta de mis hermanos. Y sí, yo también creo que, afortunadamente, mi hermana está loca.

La verdad es que Álvaro no se ha hecho esperar tanto, pero mi hermana estaba ya tan acostumbrada a que sus hijos decidiesen nacer unas cuantas semanas antes de lo previsto que la doctora le había dicho que, sin lugar a dudas, este también se adelantaría. Y como no era cuestión de perderse el veraneo familiar en Galicia (este agosto, aunque no hemos llegado a coincidir todos a la vez, hemos estado todos en Nebra, cerca de la Ría de Arousa, aunque no hemos llegado a coincidir todos a la vez) sus padres se habían llevado todo el material necesario por si Álvaro decidía ser gallego y “Alvariño”. Pero se ve que al final ha preferido ser madrileño…

Eso sí, después de haberse hecho esperar más de un par de semanas (en la porra había quien puso el 12 de agosto) y de haber despreciado la luna llena, le dio por nacer el mismo día en que yo había “liado” a mis padres para que atendiesen a la madre y el hermano de mi amigo S. (a quienes, por supuesto, no conocían), que llegaban desde Brasil el día 3 y que tomaban un tren al día siguiente para ir hasta Monzón, donde les recogerían otros amigos de mi amigo (que, por supuesto, no les conocían) y acercarlos a Torreciudad para que pudiesen asistir a la ordenación sacerdotal de S.

Para que no faltase nada de emoción, la misma mañana en que se puso mi hermana de parto, mi padre había acompañado a mi otra hermana para que llevase al quinto de sus hijos (afortunadamente, otra loca) a una revisión, antes de pasarse a recoger a los “brasileiros” y llevarlos a la estación de tren… No sé dónde estuvo el fallo de comunicación y a estas alturas ya es inútil romperse mucho la cabeza con el asunto (o sea, que probablemente fui yo la fuente del susodicho fallo de comunicación), pero el caso es que resultó que, en contra de lo previsto, la estación de partida no era Atocha, sino Chamartín, y la madre y el hermano de S. perdieron el tren. Como había más gente que iba hacia Torreciudad ese mismo día, después de varias gestiones infructuosas di con V., otro amigo, que iba hasta Huesca y que estuvo encantado de llevar hasta allí a los “brasileiros” (a quienes, por supuesto, tampoco conocía). La historia es mucho más larga, pero tampoco se trata de quitarle el protagonismo a Álvaro. Además, después de tanta peripecia, todo acabó bien y el domingo conocí a la madre y el hermano de S. después de la ordenación. Como me decía el hermano, con quien me entendí en un más que aceptable “portuñol”, estoy rodeado de gente fantástica y maravillosa. No le falta razón. Y, a partir de ahora, se nos ha unido uno más a la fiesta. Aquí dejo su foto, con la que yo también me tendré que conformar hasta que pueda conocerle en persona:

Álvaro T

Por cierto, mi padre ha comprobado en sus propias carnes lo riguroso que es con los +/- 15 gramos del peso y, a pesar de haber acertado el día, se ha quedado sin el jamón…

Días en Madrid

He estado apenas una semana en Madrid y, aunque creo que me ha cundido mucho, me ha sabido a poco. Y me he quedado con ganas de ver a tanta gente que hace ya tiempo que no veo (es lo que tiene irse a vivir a otra ciudad): unos porque estaban fuera, otros porque les surgieron imponderables de última hora, los de más allá porque no sabía yo si estaban y, cuando quise mandarles un mensaje, la agenda ya estaba a reventar. Y también ha habido otros encuentros casuales, como los encuentros con H, L y E en la biblioteca de Valdebernardo (sí, también he sacado algo de tiempo para la tesis), o con J, que no iba a la biblioteca, sino al Parque de Atracciones. O el encuentro de esta mañana con R, que fue compañero de guardería… Me decía que no ha tenido suerte en la vida, pero no era una queja, era una constatación: le han diagnosticado artrosis de cadera, que no tiene fácil operación (ni mucho menos, barata); se arruinó el año pasado, porque lo poco que ganaba en el trabajo que ya no tiene se lo daba a una mujer que conoció que estaba pasando problemas, pero que resultó que le ha estado estafando… Sin embargo, a pesar de todo a R se le veía feliz, sin duda, por sus experiencias en Medjugore, que me han dejado la piel de gallina y mucho que pensar.

Han sido días de reencuentros y abrazos, de risas y de “auditorías” y de muchos recuerdos. Ha habido reencuentros con amigos que son ya de tanto tiempo que no puedo imaginar mi vida sin ellos (amigos de los de correspondencia epistolar manuscrita) y que, sin embargo, no dejan de sorprenderme. Conseguí también quedar con JM, con quien apenas he conseguido hablar durante todo el curso (me he hecho muy amigo de su contestador automático, eso sí), porque tampoco ha pasado por una buena racha. O con J, recuperado ya de su angioma y feliz como siempre. Asistí, junto con G, a la presentación mundial de El silencio es otro abecedario de otro J, que tuvo el detalle de regalarnos y dedicarnos el libro. No necesitamos más público para saber que aquello tenía dimensión universal. También tomé un buen café con E, ahora que es jefe y, sin embargo, no se le ha subido a la cabeza.

Hubo, por supuesto, partido de la Liga Fantástica (creo que no hace falta decir que volví a ganar): nos costó sacarlo, pero al final estuvimos ocho valientes (Á, M, D, D, F, JC, J) que, fieles a nuestro lema de “jugamos, aunque no nieve”, nos resignamos a que la pista estuviese seca y a no pasar frío: así las cervezas saben luego mucho mejor. Desde la banda nos acompañó S, que se está recuperando de una dura lesión, pero con quien contamos para el partido navideño. Se me van haciendo mayores y empiezan a metamorfosearse (es decir, están dejando de ser -dicho sea desde el cariño- unos capullos) en jóvenes profesionales.

No faltó tampoco la cena en la pizzería y la larga conversación con F y V, con quienes tanto cuento siempre, y el breve encuentro con G para ponernos al día de nuestras respectivas vidas. Y el no tan breve con CH en un pueblo perdido del Corredor del Henares al que Cervantes dio fama en una de sus obras.

Dentro de la categoría de quedadas inolvidables (y también tormentosas, aunque puedo asegurar, en contra de lo que ellos piensan, que no fui yo el invocador de la lluvia) quedará la paella en la sierra con P y M en el pueblo de Á, donde conocí también a S y a N y al rato ya hablábamos como si nos conociésemos de hace muchos años y que me sometieron a un interrogatorio tan intenso y divertido que nos acabó interrumpiendo la señora de la mesa de al lado para decir que teníamos una conversación muy interesante…

A todo eso hay que sumarle los encuentros con los vecinos, las comidas familiares, las risas con los sobrinos (por esas cosas de las vacaciones, solo he conseguido ver a 19 de los 32) y el intento de que algunos me re-conozcan…

Lo sé, hace rato que te has perdido entre tanta sigla, pero para mí detrás de cada sigla hay toda una historia imposible de resumir en una rápida entrada del blog. Y además, se me ha quedado todo un abecedario pendiente y he echado mucho de menos no ser capaz todavía de bilocarme. La verdad es que tras semanas como esta se me vienen siempre a la cabeza los versos que tuve la suerte de escucharle directamente al poeta Carmelo Guillén hace unos años:

DE AMIGOS ANDO BIEN

De amigos ando bien y me gusta enseñarlos
en álbumes de fotos y hacerlos coincidir
y que se den sus números de teléfono, que tengan
entre ellos un trato. De amigos ando bien
y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo,
que vienen a mi vida y me cogen el peine,
y se peinan, y me ponen los versos perdidos
de afecto, y se resbalan en este corazón
que es su casa. De amigos ando bien, si no yo
de qué iba a dármelas, de qué, si ellos suelen
mostrarme a las visitas y hacerme coincidir
con sus otros amigos, y andan ocupados en mí,
en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo
en mangas de cariño o si llevo o no el cuello
rozado de quererles. De amigos ando bien
y me noto importante, tal vez algo más gordo
de ser feliz, por eso me quedan las camisas
estrechas y me sale un brillo en la mirada
sólo porque de amigos ando bien, si no vedme
sentado a dos asientos o intentando alcanzarles
la luna, que me son leales y culpables
de todo: de peinarme así, como más guapo,
y perderme en mis versos e irme de teléfonos
y fotos y visitas y dármelas de qué;
no sé, culpables, ellos, mis amigos. ¡En serio!