Dentro de dos semanas, cura

Si Dios quiere, dentro de quince días, el domingo 4 de septiembre, seré ordenado sacerdote en Torreciudad (por cierto, si vas a venir y todavía no me lo has confirmado, te agradecería que lo hicieses cuanto antes). Y hay tantos que me preguntan si estoy nervioso, que empiezo a ponerme nervioso porque quizá esté demasiado tranquilo. La verdad es que, de momento, más que nervios, tengo una ilusión tremenda por dar el esprint final para llegar a la línea de salida y empezar a cumplir aquello de “hazte cura y que sea lo que Dios quiera”.

El otro día, aprovechando que D. y J., antiguos compañeros de facultad, estaban de vacaciones cerca de Pamplona, organizamos una pequeña reunión de filólogos –uno de hispánicas, otro de semíticas y otro de clásicas– en la que no faltaron divertidos recuerdos de hace veinte años y sesudas discusiones sobre la necesidad o no de los emoticonos (o recursos gráficos para transmitir alguna emoción asociada al mensaje) en los mensajes de teléfono, o sobre la ausencia generalizada de signos de puntuación de apertura para interrogaciones y exclamaciones… Sí, reunión de filólogos, palabra muerta.

Después de la comida, D. se tuvo que marchar y nos quedamos J. y yo dando una vuelta por la ciudad, hablando de lo divino y de lo humano. En un momento dado, pasamos por casualidad por delante de la Iglesia de San Miguel, en la que nunca antes habíamos estado, y decidimos visitarla. En la iglesia había apenas diez personas, todas mayores, y alguien dirigía a través del micrófono unas oraciones. Apenas habíamos entrado, se oyó por los altavoces: “Oremos por los sacerdotes”. Y reconozco que me quedé un tanto de piedra, por la coincidencia (“providencial”, claro). Y más impactado todavía me dejó la oración que se recitó acto seguido. A mí me gustaría ser un sacerdote así.

Después, ya en casa, traté de buscar la oración por Internet, pero no daba con ella, hasta que se me ocurrió mirar en la página web de la parroquia de San Miguel y, efectivamente, allí la encontré. La copio aquí para tenerla a mano y para que, si te animas, la reces por todos los sacerdotes… Y por mí:

“Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus sacerdotes,
haz que sus palabras sean solo las tuyas,
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del Eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes.
Amén

¡¡FELIZ 2016!!

Ahora que ya no es tiempo; ahora que ya te has olvidado de que cada vez te gusta menos eso de las uvas; ahora que ya ha sido recogido el belén; ahora que empiezas a reconocer que eres bueno en hacer propósitos, pero que eres mucho mejor en incumplirlos; ahora que ya te has arrepentido de lo poco que te han cundido estas vacaciones; ahora que has vuelto a descubrir que el 2016 es tan tranquilizadoramente imperfecto, como todos los anteriores, y que todo depende mucho más de ti que de la fecha en la que estés… ¡¡FELIZ 2016!!

Y a pesar de la pose de estar por encima de tanta banalidad y tantas banalidades, tampoco puedo sustraerme a echar una mirada atrás, a ver cómo ha ido el año, a constatar que empiezo a cerrar una etapa y que se aproxima otra nueva y apasionante. Pero para no meterme en profundidades que ahora no vienen al caso, me quedaré esta vez en la superficie.

Como soy amigo de estadísticas, agradezco la amabilidad de WordPress, que ha tenido a bien enviarme el resumen de lo que ha sido este blog este año… Y no es como para lanzar las campanas al vuelo. Para que no me desanimen, empiezan diciendo que:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.900 veces en 2015. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Y a mí no llega a parecerme una barbaridad la gente que cabe en cinco viajes de un Metro de NY… Pero sí que me gustaría agradecer a cada uno de esos pasajeros de este tren que se hayan animado a pasar por aquí. Y espero que hayan tenido un buen viaje. Porque uno piensa que escribe sobre todo para tener bien guardados sus recuerdos, pero en realidad sabe que uno siempre escribe para los demás, porque escribir es comunicar y comunicar es compartir.

Después el informe me anuncia que “El día más movido del año fue octubre 30 con 342 visitas. El artículo más popular del día fue Al final va a ser que sí”. Y desde luego, para mí ese día fue también uno de los más movidos del año.

Luego llega el dato más vergonzante: en todo 2015 he escrito… 11 artículos. Eso sí, el total es de 479. O 480, si contamos este. Y se me acaba de ocurrir un fantástico propósito difícil de incumplir (aunque puedo llegar a incumplir cosas asombrosas): llegar en este 2016 a los 500 artículos. Será un placer saber que sigues estando ahí, a pesar de todo.

Al final va a ser que sí

Hace poco más de dos años, anunciaba en este blog que, por un tiempo, dejaba la enseñanza después de diecisiete cursos maravillosos en Los Olmos, el IES Valdebernardo y el IES Anselmo Lorenzo.

Contaba entonces que me venía a Pamplona a estudiar Teología y añadía que entraba dentro de lo posible ordenarme sacerdote… Pero basta decir algo así para que casi todo el mundo te “ensotanice” antes de tiempo. Y durante dos años he aclarado a mis amigos por activa y por pasiva que yo había venido aquí a estudiar y a formarme y que luego, si Dios quería y el Prelado del Opus Dei me llamaba, ya veríamos (en realidad, creo que lo aclaré solo en activa, porque no es fácil que todo esto sea dicho en pasiva).

Y ya ha llegado el momento de ver. Y ahora sí tengo claro que mi futuro va a ser de oscuro.  Resulta que yo, que he sido siempre tan desordenado, como dice J., me ordenaré, Dios mediante -y nunca mejor dicho-, de diácono el sábado 27 de febrero, en Roma (una estupenda excusa para visitar la Ciudad Eterna), y de sacerdote el domingo 4 de septiembre, en el Santuario de Torreciudad (en Huesca, cerca de Barbastro, aquí al lado, vaya).

Por si alguno no está muy puesto, diácono es el primer paso antes de ordenarse sacerdote. Como dice Google cuando buscas diácono: “Clérigo católico que ha recibido la segunda de las órdenes mayores que otorga la Iglesia y que tiene entre sus funciones anunciar el Evangelio, bautizar, asistir al sacerdote en el altar, distribuir la comunión y dar testimonio cristiano ayudando a los más pobres”. El Catecismo de la Iglesia Católica da más detalles en los puntos 1569-1571, por si quieres más información.

Desde luego, la alegría que tengo ante esta nueva etapa es inmensa, pero también es inmensa la sensación de vértigo… Y el convencimiento de que a Dios le gusta ponerse las cosas difíciles. Como comprenderás, no es fácil expresar por escrito, todo lo que se siente. Y me temo que tampoco este es el sitio. Pero como siempre hay algún despistado, impenitente e inasequible al desaliento, que se sigue pasando por “La vida es cuento” para saber cómo me va la vida, me parecía que esto, el mejor de los cuentos que jamás me habría imaginado, también tenía que venir aquí a contarlo.

La verdad es que da gusto dar estos saltos al vacío sabiéndose tan bien acompañado por la amistad y el cariño de tantos amigos que se alegran de veras y me muestran todo su apoyo, aunque no entiendan nada. Y de tantos otros que sí que lo entienden.

Y acabo esta entrada como acabé aquella de hace un par de años.

Si eres de los que tienes fe, se agradecen oraciones, si no, por lo menos el intento de comprensión… Y, en cualquier caso, la sonrisa.

Otro comienzo de curso

Hoy muchos empezarán ya en serio las clases en los institutos de Madrid. Apostaría a que a las 8.10 se han repartido los horarios “provisionales” en más de un sitio y que todavía faltan unos cuantos profesores por asignar al centro… Y ahora, desde esa distancia que se encarga de idealizarlo todo, uno no puede por menos que echar de menos esos momentos caóticos y esa inevitable expectación ante un curso que comienza: ¿Serán buenos los grupos que me han tocado? ¿Tendré libre el viernes a última hora? ¿Me quedarán muchos huecos?… Son algunas de las preguntas inevitables que le vienen a más de un profesor a la cabeza, aunque sepa que esas no son las mejores preguntas y que poner todas las esperanzas del nuevo curso en no tener clase el viernes a última hora es una mala forma de empezarlo.

Qué fácil es pontificar desde la distancia… Y qué nostalgia de ese primer día de clase, qué vacío en mi cabeza al no tener ninguna lista de alumnos que aprenderme de memoria y qué de recuerdos agolpados y entremezclados de diecisiete años con sus correspondientes primeros días de clase.

Pero, de momento, sigo en Pamplona un curso más y eso se nota, por ejemplo, en que cuando vuelvo de la biblioteca a casa ya suelo ir saludando a gente conocida (a algunos también que no conozco, pero que, por un instante, me resultaron familiares, y entonces continúo la marcha haciendo gestos con la cabeza, como si tuviese un tic nervioso). Es muy probable que sea mi último curso aquí y yo también empiezo con el deseo de aprovecharlo al máximo y de dedicar todas las horas posibles a estudiar al bueno de Nono de Panópolis, sobre quien estoy haciendo la tesis. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión, que solo venía aquí para desear un buen comienzo de curso a antiguos compañeros (y a antiguos alumnos)… Y llenarme de la repetitiva nostalgia de comenzar un nuevo año fuera de las aulas, sin alumnos a los que “amedrentar” y sorprender.

El trigésimo tercero

Sí, lo sé, hace tiempo que esperabas una entrada como esta, pero es que el trigésimo tercero de mis sobrinos se ha hecho esperar. Pero, por fin, el pasado cuatro de septiembre nació Álvaro, el noveno de L, la cuarta de mis hermanos. Y sí, yo también creo que, afortunadamente, mi hermana está loca.

La verdad es que Álvaro no se ha hecho esperar tanto, pero mi hermana estaba ya tan acostumbrada a que sus hijos decidiesen nacer unas cuantas semanas antes de lo previsto que la doctora le había dicho que, sin lugar a dudas, este también se adelantaría. Y como no era cuestión de perderse el veraneo familiar en Galicia (este agosto, aunque no hemos llegado a coincidir todos a la vez, hemos estado todos en Nebra, cerca de la Ría de Arousa, aunque no hemos llegado a coincidir todos a la vez) sus padres se habían llevado todo el material necesario por si Álvaro decidía ser gallego y “Alvariño”. Pero se ve que al final ha preferido ser madrileño…

Eso sí, después de haberse hecho esperar más de un par de semanas (en la porra había quien puso el 12 de agosto) y de haber despreciado la luna llena, le dio por nacer el mismo día en que yo había “liado” a mis padres para que atendiesen a la madre y el hermano de mi amigo S. (a quienes, por supuesto, no conocían), que llegaban desde Brasil el día 3 y que tomaban un tren al día siguiente para ir hasta Monzón, donde les recogerían otros amigos de mi amigo (que, por supuesto, no les conocían) y acercarlos a Torreciudad para que pudiesen asistir a la ordenación sacerdotal de S.

Para que no faltase nada de emoción, la misma mañana en que se puso mi hermana de parto, mi padre había acompañado a mi otra hermana para que llevase al quinto de sus hijos (afortunadamente, otra loca) a una revisión, antes de pasarse a recoger a los “brasileiros” y llevarlos a la estación de tren… No sé dónde estuvo el fallo de comunicación y a estas alturas ya es inútil romperse mucho la cabeza con el asunto (o sea, que probablemente fui yo la fuente del susodicho fallo de comunicación), pero el caso es que resultó que, en contra de lo previsto, la estación de partida no era Atocha, sino Chamartín, y la madre y el hermano de S. perdieron el tren. Como había más gente que iba hacia Torreciudad ese mismo día, después de varias gestiones infructuosas di con V., otro amigo, que iba hasta Huesca y que estuvo encantado de llevar hasta allí a los “brasileiros” (a quienes, por supuesto, tampoco conocía). La historia es mucho más larga, pero tampoco se trata de quitarle el protagonismo a Álvaro. Además, después de tanta peripecia, todo acabó bien y el domingo conocí a la madre y el hermano de S. después de la ordenación. Como me decía el hermano, con quien me entendí en un más que aceptable “portuñol”, estoy rodeado de gente fantástica y maravillosa. No le falta razón. Y, a partir de ahora, se nos ha unido uno más a la fiesta. Aquí dejo su foto, con la que yo también me tendré que conformar hasta que pueda conocerle en persona:

Álvaro T

Por cierto, mi padre ha comprobado en sus propias carnes lo riguroso que es con los +/- 15 gramos del peso y, a pesar de haber acertado el día, se ha quedado sin el jamón…

Días en Madrid

He estado apenas una semana en Madrid y, aunque creo que me ha cundido mucho, me ha sabido a poco. Y me he quedado con ganas de ver a tanta gente que hace ya tiempo que no veo (es lo que tiene irse a vivir a otra ciudad): unos porque estaban fuera, otros porque les surgieron imponderables de última hora, los de más allá porque no sabía yo si estaban y, cuando quise mandarles un mensaje, la agenda ya estaba a reventar. Y también ha habido otros encuentros casuales, como los encuentros con H, L y E en la biblioteca de Valdebernardo (sí, también he sacado algo de tiempo para la tesis), o con J, que no iba a la biblioteca, sino al Parque de Atracciones. O el encuentro de esta mañana con R, que fue compañero de guardería… Me decía que no ha tenido suerte en la vida, pero no era una queja, era una constatación: le han diagnosticado artrosis de cadera, que no tiene fácil operación (ni mucho menos, barata); se arruinó el año pasado, porque lo poco que ganaba en el trabajo que ya no tiene se lo daba a una mujer que conoció que estaba pasando problemas, pero que resultó que le ha estado estafando… Sin embargo, a pesar de todo a R se le veía feliz, sin duda, por sus experiencias en Medjugore, que me han dejado la piel de gallina y mucho que pensar.

Han sido días de reencuentros y abrazos, de risas y de “auditorías” y de muchos recuerdos. Ha habido reencuentros con amigos que son ya de tanto tiempo que no puedo imaginar mi vida sin ellos (amigos de los de correspondencia epistolar manuscrita) y que, sin embargo, no dejan de sorprenderme. Conseguí también quedar con JM, con quien apenas he conseguido hablar durante todo el curso (me he hecho muy amigo de su contestador automático, eso sí), porque tampoco ha pasado por una buena racha. O con J, recuperado ya de su angioma y feliz como siempre. Asistí, junto con G, a la presentación mundial de El silencio es otro abecedario de otro J, que tuvo el detalle de regalarnos y dedicarnos el libro. No necesitamos más público para saber que aquello tenía dimensión universal. También tomé un buen café con E, ahora que es jefe y, sin embargo, no se le ha subido a la cabeza.

Hubo, por supuesto, partido de la Liga Fantástica (creo que no hace falta decir que volví a ganar): nos costó sacarlo, pero al final estuvimos ocho valientes (Á, M, D, D, F, JC, J) que, fieles a nuestro lema de “jugamos, aunque no nieve”, nos resignamos a que la pista estuviese seca y a no pasar frío: así las cervezas saben luego mucho mejor. Desde la banda nos acompañó S, que se está recuperando de una dura lesión, pero con quien contamos para el partido navideño. Se me van haciendo mayores y empiezan a metamorfosearse (es decir, están dejando de ser -dicho sea desde el cariño- unos capullos) en jóvenes profesionales.

No faltó tampoco la cena en la pizzería y la larga conversación con F y V, con quienes tanto cuento siempre, y el breve encuentro con G para ponernos al día de nuestras respectivas vidas. Y el no tan breve con CH en un pueblo perdido del Corredor del Henares al que Cervantes dio fama en una de sus obras.

Dentro de la categoría de quedadas inolvidables (y también tormentosas, aunque puedo asegurar, en contra de lo que ellos piensan, que no fui yo el invocador de la lluvia) quedará la paella en la sierra con P y M en el pueblo de Á, donde conocí también a S y a N y al rato ya hablábamos como si nos conociésemos de hace muchos años y que me sometieron a un interrogatorio tan intenso y divertido que nos acabó interrumpiendo la señora de la mesa de al lado para decir que teníamos una conversación muy interesante…

A todo eso hay que sumarle los encuentros con los vecinos, las comidas familiares, las risas con los sobrinos (por esas cosas de las vacaciones, solo he conseguido ver a 19 de los 32) y el intento de que algunos me re-conozcan…

Lo sé, hace rato que te has perdido entre tanta sigla, pero para mí detrás de cada sigla hay toda una historia imposible de resumir en una rápida entrada del blog. Y además, se me ha quedado todo un abecedario pendiente y he echado mucho de menos no ser capaz todavía de bilocarme. La verdad es que tras semanas como esta se me vienen siempre a la cabeza los versos que tuve la suerte de escucharle directamente al poeta Carmelo Guillén hace unos años:

DE AMIGOS ANDO BIEN

De amigos ando bien y me gusta enseñarlos
en álbumes de fotos y hacerlos coincidir
y que se den sus números de teléfono, que tengan
entre ellos un trato. De amigos ando bien
y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo,
que vienen a mi vida y me cogen el peine,
y se peinan, y me ponen los versos perdidos
de afecto, y se resbalan en este corazón
que es su casa. De amigos ando bien, si no yo
de qué iba a dármelas, de qué, si ellos suelen
mostrarme a las visitas y hacerme coincidir
con sus otros amigos, y andan ocupados en mí,
en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo
en mangas de cariño o si llevo o no el cuello
rozado de quererles. De amigos ando bien
y me noto importante, tal vez algo más gordo
de ser feliz, por eso me quedan las camisas
estrechas y me sale un brillo en la mirada
sólo porque de amigos ando bien, si no vedme
sentado a dos asientos o intentando alcanzarles
la luna, que me son leales y culpables
de todo: de peinarme así, como más guapo,
y perderme en mis versos e irme de teléfonos
y fotos y visitas y dármelas de qué;
no sé, culpables, ellos, mis amigos. ¡En serio!

Había una vez un blog

Queda menos de un mes para la oposición de Lengua Castellana y Literatura y quizá no sea el mejor momento para empezar a escribir en un blog.

Así empezaba este blog, el 27 de mayo de 2006, hace poco más de ocho años. Y ahora puedo decir que no me cabe duda de que fue un momento excelente para empezar a escribir un blog, entre otras cosas porque todavía no había Twitter que te lo limitase todo a 140 caracteres y te convirtiese en un escritor vago y esporádico. Este blog, tan abandonado, se me ha convertido en una despensa de recuerdos en la que entro de vez en cuando y empiezo a leer entradas al azar: algunas me parece que no las he escrito yo, otras me parece que las he escrito demasiadas veces. Y en todas descubro que la vida es cuento.

Lo que no me imaginaba entonces y, si no fuese porque lo estoy viviendo, me costaría imaginarlo también ahora, es que hoy echaría la vista atrás y rescataría las primeras palabras de la primera entrada del blog, no con los agobios de un final de curso con montones de exámenes y trabajos por corregir y miles de propuestas de propósitos de enmienda en forma de absurdo soborno: “si me apruebas, me leo veinte libros y te hago cincuenta trabajos y el año que viene voy a estudiar, de verdad de verdad”. En lugar de eso, ocho años después, he pasado de nuevo por los agobios de tener que volver a enfrentarme a unos cuantos exámenes. El último de ellos fue precisamente el 26 de mayo (la semana pasada como quien dice) y era un examen que tenía demasiados paralelismos con la oposición y que despertó el trauma que todos los opositores, aunque no queramos reconocerlo, llevamos dentro.

Estos dos cursos he hecho, por si todavía no lo sabías, un máster en Teología, en la especialidad de Sagrada Escritura. Lo llamo “máster” porque es un posgrado que se estudia cuando ya se tiene el Grado de Teología, pero el nombre oficial es “Licenciatura” (en realidad, en lugar de Grado en Teología se llama Bachillerato: todos sabemos que la Iglesia gusta de tradiciones y no va a empezar a cambiar nombres así porque sí). Pues resulta que al final del máster hay un “Examen de Licenciatura”, en el que entran 30 temas, algunos de ellos equivalentes al temario de asignaturas completas. El día del examen sacas dos números por sorteo y eliges uno. Después tienes media hora de “encerrona” para prepararlo antes de exponerlo oralmente ante un tribunal de tres profesores… Lo dicho, demasiadas similitudes con la oposición y he de reconocer que me ha resultado un trago difícil: la misma sensación de ya no me sé nada de todo lo que me he estudiado, de quién me mandaría meterme a mí en esto con lo tranquilo que yo estaba con lo otro… Pero, afortunadamente, una vez más me tocó el único tema que me sabía y pude salir airoso del trance.

Así que ya he acabado el máster en Teología que vine a hacer a Pamplona (entre otras cosas). Pero la fiesta no ha hecho más que empezar, porque ahora toca meterse de lleno en la tesis… Sí, también me hice en su momento el propósito de no volver a hacer otra tesis ni por todo el oro del mundo, pero es que no es por todo el oro del mundo por lo que hago esta tesis…

No me atrevo a pronosticar cuál será mi entrada en el blog dentro de otros ocho años, pero si estás ahora preparando una oposición a la enseñanza, muchísimo ánimo y muchísima suerte. Y ni se te ocurra empezar a escribir un blog.

Milka y las estrellas

Milka, una niña del Congo que nació antes de tiempo y con serios problemas intestinales, no tiene todavía dos años y ya ha sufrido cinco operaciones. Para la madre de Milka era imposible asumir el coste económico de esas operaciones, pero E., que sufre el mal de África, desde hace años recauda fondos para colaborar con el Hospital Monkole del Congo (donde trabaja otro amigo médico que un buen día decidió dejar España para ir a trabajar allí) y así se pudieron sufragar las operaciones de Milka, aparte de más de treinta operaciones de raquitismo y de proporcionar material médico y farmacéutico.
El último curso en que di clase en el IES Anselmo Lorenzo invité a E., que ha estado los últimos veranos en África, a que viniese al Instituto y nos contase su experiencia allí. Nos estuvo hablando de distintas historias que ha podido conocer de primera mano y nos mostró cómo vive la gente del Congo. Recuerdo que cuando acabó la exposición, se me acercaron N. y G., con los ojos arrasados en lágrimas. N. me dijo: “Profe, nunca te voy a perdonar esto”… Pero, al ver mi cara de susto, me aclaró que todo lo que había escuchado y visto le había dado mucha pena y le había ayudado a valorar mucho más lo que tiene y hacer el propósito de no volver a quejarse por tonterías. O sea, que en realidad estaba muy agradecida.
Y yo también le estoy muy agradecido a E. Cada vez que me cuenta alguna historia como la de Milka, me acuerdo de una historieta que no sé dónde escuche o leí:
En una playa inmensa, por esas malas jugadas de las mareas, quedaron varadas miles de estrellas de mar, condenadas a una muerte segura. Un hombre iba recorriendo la playa y lanzando de nuevo al agua las estrellas que encontraba a su paso. Otro hombre, al verlo, le hizo ver que su propósito era absurdo, que era imposible devolver al mar a todas aquellas estrellas, que aquello no tenía sentido… Y el hombre que recogía las estrellas le respondió, antes de lanzar al mar la que tenía en la mano:
-Para esta, sí que tiene sentido.
Es evidente que E. no conseguirá solucionar los problemas del Congo, que habrá mucha gente a la que no podrá ayudar, que podría dedicarse a otras labores humanitarias… Pero también es evidente que, para Milka, los esfuerzos de E. por “arreglar” el mundo, sí que tienen sentido. Espero que N. todavía no me haya perdonado aquel mal rato.
Aquí está el vídeo en el que la madre y uno de los doctores que la intervinieron cuentan la historia de Milka, que ahora ya puede hacer vida normal:

A LOS CUARENTA Y CINCO

Casi seguro que esta entrada es repetición casi exacta de otras cuantas escritas estos últimos años en un día como hoy, cinco de noviembre. Pero, la repetición es solo aparente: aunque las idesa sean repetidas, el cariño es siempre nuevo. Uno tiene la sensación de que pasan los años y las entradas con regular cadencia, con una sinfonía ya escuchada y escrita mil veces… Pero es una sinfonía que me encanta, hecha de algún que otro acorde desafinado y de notas cotidianas, de madrugadas imposibles tras noches en vela, de llantos y biberones, del montón de los juguetes en medio de la habitación para poner algún límite al desorden, de bocadillos de mantequilla con azúcar, de fiesta por todo lo alto con los yogures y las rosquillas de la abuela, de sorpresas imposibles el día de Reyes, de horas de fútbol, bote-botero, águilas y conejos y policias y casos “ahí-atrás”, de bollos de Paco para celebrar cumpleaños, de excursiones a cinco minutos de casa al parque Zeta, de partidos de chapas y suelos rayados, de leche concentrada cortada de vez en cuando, de cromos escurridizos y colecciones inacabadas, de golpes, tumores, puntos de sutura y enfermedades varias, de carreras y doctorados, de montañas de plancha, de películas en super-ocho, de veranos de prestado, de coches demasiado pequeños para tantos, de traidoras literas plegables y scaléxtric forzado, de buenas notas y algún que otro suspenso, de helados para celebrarlo… Y, de repente, cuando parecía que todo se iba calmando, llegan bodas, nueras, cuñados, nacimientos, bautizos y nietos que van multiplicando alegrías y dividiendo penas… Hoy, hace cuarenta y cinco años, mis padres se dijeron el “sí, quiero”, y se han ido a dar un paseo y ver una exposición de Sorolla para celebrarlo. Seguro que han echado la vista atrás y han pensado que la vida está siendo un cuento mucho mejor del que soñaron en 1969. Y es toda una suerte formar parte de ese cuento… aunque a uno le haya tocado el papel de oveja negra.

El trigésimo segundo

Se ha hecho esperar. En realidad, yo creía que iba a haber escrito esta entrada el 10 de octubre, justo el día después de que naciese Dani, pero al final Quique se lo ha estado pensando hasta ayer, 20 de octubre. Probablemente porque está convencido de que como en una madre en ningún sitio.

Pero por fin ayer, a eso de las 19:49, nació Quique, el trigésimo segundo de mis sobrinos, el tercero del séptimo de mis hermanos, con 4,160 gramos de peso y 53,5 centímetros de estatura. Ya siento el dato frío y me gustaría poder hacer una descripción más detallada, pero es que, a pesar de las fotos, no soy capaz de sacarle los parecidos. “Igualito a Rodri”, dicen los fisonomistas de la familia, pero yo estoy convencido que si les pongo juntas las treinta y dos fotos de mis sobrinos recién nacidos no acertarían ni un 10%…

Todavía no sé si es Quique o Kike, pero de lo que estoy casi convencido es de que lo de Enrique se va a quedar para el carnet de identidad y para las broncas de sus padres: “Enrique, te he dicho que vengas”. Pero no adelantemos acontecimientos…

Como me decía ayer mi madre, con tanto nieto (o sobrino, según se mire) empieza a faltar aire, porque el corazón va creciendo y empuja a los pulmones. De todas formas, tendré que hacer el propósito serio de escribir en el blog sin necesidad de que venga algún sobrino a recordármelo. Más que nada porque, de momento (no adelantemos acontecimientos), no hay ningún otro a la vista…

Quique recién nacido