Otro comienzo de curso

Hoy muchos empezarán ya en serio las clases en los institutos de Madrid. Apostaría a que a las 8.10 se han repartido los horarios “provisionales” en más de un sitio y que todavía faltan unos cuantos profesores por asignar al centro… Y ahora, desde esa distancia que se encarga de idealizarlo todo, uno no puede por menos que echar de menos esos momentos caóticos y esa inevitable expectación ante un curso que comienza: ¿Serán buenos los grupos que me han tocado? ¿Tendré libre el viernes a última hora? ¿Me quedarán muchos huecos?… Son algunas de las preguntas inevitables que le vienen a más de un profesor a la cabeza, aunque sepa que esas no son las mejores preguntas y que poner todas las esperanzas del nuevo curso en no tener clase el viernes a última hora es una mala forma de empezarlo.

Qué fácil es pontificar desde la distancia… Y qué nostalgia de ese primer día de clase, qué vacío en mi cabeza al no tener ninguna lista de alumnos que aprenderme de memoria y qué de recuerdos agolpados y entremezclados de diecisiete años con sus correspondientes primeros días de clase.

Pero, de momento, sigo en Pamplona un curso más y eso se nota, por ejemplo, en que cuando vuelvo de la biblioteca a casa ya suelo ir saludando a gente conocida (a algunos también que no conozco, pero que, por un instante, me resultaron familiares, y entonces continúo la marcha haciendo gestos con la cabeza, como si tuviese un tic nervioso). Es muy probable que sea mi último curso aquí y yo también empiezo con el deseo de aprovecharlo al máximo y de dedicar todas las horas posibles a estudiar al bueno de Nono de Panópolis, sobre quien estoy haciendo la tesis. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión, que solo venía aquí para desear un buen comienzo de curso a antiguos compañeros (y a antiguos alumnos)… Y llenarme de la repetitiva nostalgia de comenzar un nuevo año fuera de las aulas, sin alumnos a los que “amedrentar” y sorprender.

Anuncios

Dejen de escupir, antes de escuchar

Ayer, a través del retuit de un amigo, me enteré del nombramiento de un nuevo “Director General de Educación Infantil, Primaria y Secundaria” en la Comunidad de Madrid. Y me llevé una gratísima sorpresa al descubrir que el nombrado era Juan José Nieto Romero, un gran amigo de hace mucho tiempo. Y me llevé cierta decepción al descubrir que el tono del tuit, y mucho más el de las respuestas, era más bien despectivo. Y todo por quedarse en las etiquetas.

Te duele ver que denigran a un amigo tuyo, al que ni siquiera conocen, porque se quedan en las etiquetas. Y te duele también pensar en las veces que habrás hecho tú lo mismo. Propósito firme: intentar mirar siempre más allá de la etiqueta.

Juanjo es profesor de Formación Profesional desde 1982 y lleva más de 20 años en el IES Julio Verne de Leganés, del que es director desde hace unos diez años, en los que el Instituto ha experimentado una notable mejoría y no solo de resultados. Eso lo sé por Juanjo, pero también por otros amigos que han trabajado allí.

Juanjo es también uno de los impulsores de la Asociación Mejora tu Escuela Pública (MEP), que nació en 2008 con el objetivo, entre otros, de “convencer de que es posible una educación pública de calidad, que respeta y  prestigia la labor social de los profesores y forma a los alumnos en el valor del esfuerzo y del trabajo bien hecho y en el ejercicio responsable de la libertad para su futura vida personal y profesional”. Otro de los objetivos de MEP es dar a conocer y compartir las buenas prácticas, de forma que lo que funciona bien en un sitio, se pueda poner en práctica en otro. Y es que, como le he oído a J. repetir muchas veces, “en educación, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa”. También Juanjo es un firme convencido de que, en lugar de la queja esteril, cada uno tiene que tratar de mejorar lo que tenga al alcance de la mano. Me imagino que, por eso, ahora que se le ha presentado la ocasión de asumir un cargo de responsabilidad, en lugar de acomodarse en lo ya conocido, ha decidido “pringarse”, porque prefiere ser grano de arena a limitarse a lamentarse.

La verdad es que tampoco sé hasta que punto “manda” un “Director General de Educación Infantil, Primaria y Secundaria” (aunque el título impresiona) y si podrá hacer mucho o poco por mejorar la educación. Y he de reconocer, para mi vergüenza, que ni siquiera conozco el nombre de quien ejercía tal cargo mientras yo daba clases en Madrid. Pero me alegra que sea Juanjo quien tenga ese cargo ahora, porque me consta que tratará de hacerlo lo mejor posible y no me cabe la menor duda de que escuchará a unos y otros y que no le falta experiencia real de lo que es un instituto y de las carencias del sistema educativo.

Sin embargo, en el retuit al que hacía referencia al principio, no se hablaba de los más de 30 años de Juanjo Nieto como profesor, ni de sus más de 20 años en la escuela pública, ni de sus más de 10 como director de instituto o de sus éxitos profesionales. No, lo único que destacaba el tuit, con miedo (¿quizá odio?, ¿quizá desconocimiento?) incontenible es que Juanjo es del Opus. Y en las respuestas al tuit se destilaba indignada desesperación. Hay quien, incapaz de ver personas, siempre se queda en las etiquetas.

“Dejen salir, antes de entrar” es una norma de convivencia avalada por el sentido común y que tenemos bien interiorizada. Quizá deberíamos interiorizar alguna otra, como por ejemplo: “Dejen de escupir, antes de escuchar”. Y si después de escuchar, no te gusta lo que se dice (aquí tienes por ejemplo una entrevista), en lugar de escupir, también podrías probar a dialogar. No sé, imagina, por un momento, que al otro lado hay una de esas raras personas que te escucha de verdad. Te aseguro que Juanjo es una de ellas.

1ºH se me hace mayor

El viernes pasado se celebró el Acto de Graduación del IES Anselmo Lorenzo, en el Auditorio Municipal de San Martín de la Vega, como cada año. Sin embargo, este vez, la Graduación tenía para mí algo de especial: se graduaban de 2º de Bachilerato varios alumnos de los que fui tutor en 1º de ESO en el 2009/2010, el primer curso que pasé en el Anselmo Lorenzo. Aquellos chicos y chicas asustados del primer día de clase se me han hecho mayores. Pero, muy a mi pesar, todavía no he conseguido bilocarme bien y no pude estar allí para celebrarlo con ellos.

Lo peor es que me consta que más de uno esperaba que apareciese, porque el año pasado sí les di la sorpresa (aunque al final fui yo el sorprendido por tanto cariño) de la que hablé en otra entrada del blog. Y quizá la decepción fue mayor porque hasta el último momento no perdieron la esperanza, sin importarles que yo hubiese avisado por la mañana en Twitter de mi ausencia:

Supongo que no lo leerían, o que pensarían que era parte de la estrategia…

Hablé con C., que sí que apareció por allí, aunque discretamente, y me preguntó si por lo menos había presentado a mis alumnos disculpas por no aparecer. Al principio pensé que no les debía ninguna disculpa: tenía yo más ganas que ellos de estar allí. Pero luego me di cuenta de  que sí que les debo una disculpa, por haber defraudado sus expectativas, así que me puse a rebuscar entre archivos pasados y encontré unas cuantas fotos de 1ºH: las he seleccionado, las he ordenado y les he puesto algo de música. Es un pequeño homenaje a mi tutoría, pero también un homenaje a todos los alumnos con los que he compartido estos años en el Anselmo Lorenzo y que no salen en las fotos. De hecho, como siempre, unos salen más y otros menos. Y a unos les habría gustado salir más y a otros menos. Mis más sinceras disculpas a unos y otros. Pero creo que lo importante es que el vídeo nos ayude a no olvidar aquellos momentos que pasamos en el instituto Anselmo Lorenzo.
El Instituto: ese lugar tan terrible cuando uno no lo conoce, tan insoportable cuando se está en él y que tanto echas de menos cuando te marchas…

Un Cuaderno de Escritura y unas risas

Me llegó el otro día un mensaje inesperado de A., a quien di clase en 1º de la ESO allá por el 2006 y que seguro que ha salido en más de una entrada de este blog. El caso es que el otro día estuvo releyendo su “Cuaderno de Escritura” de 1º de la ESO y, a punto de morir de risa y de nostalgia, me envió un mensaje porque en uno de los comentarios que le había hecho yo al corregirlo, le había puesto algo así como: “A., creo que cuando leas esto dentro de diez años te morirás de la risa”. Tras mi firma y la fecha (9.I.07) había añadido: “para leer el 9.I.17”. Quizás gracias a haberlo leído con casi dos años de antelación solo se ha partido de risa, sin llegar a morirse…

Y he lamentado haber dejado de mandar escribir el “Cuaderno de Escritura” los últimos años que di clase. Dejé de mandarlo porque nunca me daba tiempo a corregirlo y no me parecía justo exigir algo que no iba a poder mirar con detenimiento, aunque siempre les explicaba que era un trabajo sobre todo para ellos, no solo para que le perdiesen el miedo a la palabra escrita, sino también para que aprendieran a disfrutar con la escritura.

Para muchos alumnos que tuvieron que hacerlo sé que fue un pequeño infierno, porque no eran capaces de llegar más allá del “si relleno tantas hojas, me pone tanta nota”, ni podían dejar de pensar en que me lo escribían para mí, aunque yo les insistía en que era más que probable que no pudiese leer la mayoría del cuaderno. Sin embargo, creo que la experiencia mereció (y merece) la pena, porque hubo quien descubrió el placer de escribir, quien se desahogó, quien consiguió subir un poco la nota… y quien unos cuantos años después corre el riesgo de morirse de la risa.

Acabo de recordar que algún vez lo mandé “electrónico”. He buscado en mi ordenador y esta es la primera entrada del primero que me he encontrado:

Creo que estoy enamorado.

Llevo más de dos meses en los que no puedo dejar de pensar en la persona que más me quiere en el mundo. Yo sé que ella está enamorada de mí, pero no sé si ella sabe que yo estoy enamorado de ella. No me atrevo a decírselo porque soy muy vergonzoso, además sé que podríamos llegar a ser muy felices los dos juntos […] No puedo soportarlo ni un minuto más. Se me ha pasado por la cabeza el suicidio como a todos esos enamorados que aparecen en los libros que tengo que estudiar en la asignatura de Lengua. Toda la vida pensando que esos escritores estaban locos por escribir cosas así, pero ahora les comprendo y siento lo mismo que ellos. Por el momento lo único que puedo hacer es volver a la cama e intentar dormir un poco ya que son las seis de la mañana y dentro de una hora y media me tendré que levantar para ir al instituto”.

No es que esté muy bien escrito y probablemente sea solo puro “postureo”, pero rebosa adolescencia por los cuatro costados, a pesar de que he corregido las faltas de ortografía. No te preocupes, no llegó a suicidarse (y me temo que tampoco a declararse).

Milka y las estrellas

Milka, una niña del Congo que nació antes de tiempo y con serios problemas intestinales, no tiene todavía dos años y ya ha sufrido cinco operaciones. Para la madre de Milka era imposible asumir el coste económico de esas operaciones, pero E., que sufre el mal de África, desde hace años recauda fondos para colaborar con el Hospital Monkole del Congo (donde trabaja otro amigo médico que un buen día decidió dejar España para ir a trabajar allí) y así se pudieron sufragar las operaciones de Milka, aparte de más de treinta operaciones de raquitismo y de proporcionar material médico y farmacéutico.
El último curso en que di clase en el IES Anselmo Lorenzo invité a E., que ha estado los últimos veranos en África, a que viniese al Instituto y nos contase su experiencia allí. Nos estuvo hablando de distintas historias que ha podido conocer de primera mano y nos mostró cómo vive la gente del Congo. Recuerdo que cuando acabó la exposición, se me acercaron N. y G., con los ojos arrasados en lágrimas. N. me dijo: “Profe, nunca te voy a perdonar esto”… Pero, al ver mi cara de susto, me aclaró que todo lo que había escuchado y visto le había dado mucha pena y le había ayudado a valorar mucho más lo que tiene y hacer el propósito de no volver a quejarse por tonterías. O sea, que en realidad estaba muy agradecida.
Y yo también le estoy muy agradecido a E. Cada vez que me cuenta alguna historia como la de Milka, me acuerdo de una historieta que no sé dónde escuche o leí:
En una playa inmensa, por esas malas jugadas de las mareas, quedaron varadas miles de estrellas de mar, condenadas a una muerte segura. Un hombre iba recorriendo la playa y lanzando de nuevo al agua las estrellas que encontraba a su paso. Otro hombre, al verlo, le hizo ver que su propósito era absurdo, que era imposible devolver al mar a todas aquellas estrellas, que aquello no tenía sentido… Y el hombre que recogía las estrellas le respondió, antes de lanzar al mar la que tenía en la mano:
-Para esta, sí que tiene sentido.
Es evidente que E. no conseguirá solucionar los problemas del Congo, que habrá mucha gente a la que no podrá ayudar, que podría dedicarse a otras labores humanitarias… Pero también es evidente que, para Milka, los esfuerzos de E. por “arreglar” el mundo, sí que tienen sentido. Espero que N. todavía no me haya perdonado aquel mal rato.
Aquí está el vídeo en el que la madre y uno de los doctores que la intervinieron cuentan la historia de Milka, que ahora ya puede hacer vida normal:

Primer día de clase… de hace veinte años

Un día de estos, quizá el 12, que cayó en lunes, se han cumplido veinte años desde que di mi primera clase. Lo suyo sería haber escrito esto el día exacto, pero creo que después de 7304 días, semana arriba semana abajo tampoco importa tanto. En el fondo es ese extraño gusto por ponerse nostálgicos con las fechas redondas.

El día de la semana y la hora exacta no los recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que mi primera clase como profesor, cuando aún no había cumplido los 23 (sí, yo también fui joven) fue de Latín de COU (2º de Bachillerato, si tú sigues siendo joven). Y este dato lo tengo tan claro no porque esa clase me marcase especialmente, que quizá sí, sino porque ese curso esa fue la única asignatura que di. Y creo que fue una suerte empezar tan poco a poco a ser profesor. Aunque también resultó que empecé a dar clase por mala suerte… Yo tenía previsto dedicar mi primer curso después de acabar la carrera a hacer los cursos de doctorado, porque mi idea inicial era acabar siendo profe universitario, pero en agosto recibí una llamada de un amigo que me dijo que se había enterado de que estaban buscando un profesor de Latín en Los Olmos. Pensé que sería compatible dar unas horas de clase y hacer los cursos de doctorado, así que me presenté, me entrevistaron y me ficharon… No fue hasta más tarde que me enteré de que me habían fichado porque Vicente Martínez, el profesor que daba Latín el curso anterior, se había ahogado ese mismo verano en Guatemala, donde había ido de campo de trabajo para echar una mano. Sí, era un gran tipo, como me confirmó años después M.A. cuando llegué al Anselmo Lorenzo y en una de nuestras primeras conversaciones salió a relucir que yo había dado clase en Los Olmos e inmediatamente me preguntó si conocía a Vicente, uno de sus mejores amigos de la facultad.

Pero volviendo a mi primera clase… Entré y me quedé mirando a los siete alumnos que tenía (no, todavía no se me había ocurrido la idea de aprenderme los nombres de memoria antes de la primera clase), imposté la voz y con las manos sudorosas -ahora, con el recuerdo, también me han empezado a sudar- y de pie, apoyado en la mesa para que no se notase el temblor de piernas, empecé a hablar con una voz que no reconocía como propia… No sé si fue en esa clase o quizá unos días después, pero un alumno, que había repetido ya unas cuantas veces, me preguntó la edad y al enterarse de que solo le sacaba dos años no daba crédito y se preguntaba en voz alta cómo era aquello posible y, con mi habitual falta de tacto, todo lo que se me ocurrió responderle que esos dos años yo los había aprovehado mejor…

No sé si conseguí enseñarles mucho latín, pero yo le estoy muy agradecido a aquella primera promoción porque ellos sí que me empezaron a enseñar a ser profe y tuvieron que sufrir los comienzos siempre difíciles de quien se cree que la función principal del profesor es que no se le vaya la clase de las manos y para conseguirlo está convencido de que la mejor idea es ir con cara de perro y no sonreír hasta mayo. Afortunadamente creo que no conseguí cumplir tan difícil como inútil propósito.

De vuelta al instituto

Lo sé: el título puede llevar a engaño. O es, cuando menos, ambiguo. Sobre todo si se publica a principios de septiembre. Así que, antes de seguir, para tranquilidad de unos y decepción de otros, aclaro que este curso sigo en Pamplona, acabando el máster en Teología Bíblica en la UNAV para el curso que viene empezar la tesis y luego… Pero no adelantemos acontecimientos, que no es eso lo que me había traído hasta aquí (¡por fin!).

El curso pasado tenía previsto volver a Madrid unos días a partir del 28 de junio, pero por una serie de circunstancias bajé el 26 (en realidad, subí, porque Pamplona está a 449 metros de altitud, pero yo me siento en la parte alta del mapa) y como sabía que el 27 era el acto de fin de curso del IES Anselmo Lorenzo, llamé a J, insigne jefe de departamento y no obstante amigo, con quien en años anteriores había hecho alguna pequeña representación “leslutheriana”, y quedamos en dar una sorpresa.

Me encantan las sorpresas: darlas y que me las den. El acto se celebraba en el auditorio de San Martín de la Vega: entrega de diplomas, discursos emotivos, actuaciones musicales de alumnos y profesores… Aparecí cuando el acto ya había empezado y me escabullí entre las bambalinas procurando no ser visto, pero como todavía no soy invisible se produjeron las primeras caras de sorpresa… y de alegría. Tras la primera parte del acto, cuando se habían acabado de entregar los diplomas a los alumnos de la ESO que habían titulado y a los que habían tenido menciones, quedó el escenario vacío y, sin necesidad de presentación, salió J. con la guitarra… A los pocos segundos, desde detrás del telón dije aquello de “¡Ven, juglar, ven!” y aparecí en escena. Yo esperaba cierta reacción de sorpresa, pero lo que nunca podía imaginarme es el griterío jubiloso lleno de cariño con que me recibieron los espectadores. Me dejó emocionado y conmocionado, porque nunca tanta gente junta se había alegrado tanto de verme. Y resultó que al final me llevé yo una sorpresa muchísimo mayor que la que pensaba dar.

En un divertido tuit, M. colgó lo que le ocurrió mientras estaba desprevenido grabando el acto con el móvil, que acabó cayéndosele al suelo, como si hubiese visto un fantasma.

Lo malo y lo bueno de las sorpresas es que son irrepetibles y que, como la primera, ninguna. Este año, por ejemplo, volví a aparecer por Galicia, pero en lugar de aparecer de repente como vendedor de patatas fritas, lo avisé con tiempo, porque me temo que, si no, estarían esperando la sorpresa y lo mismo ya no aparezco y la sorpresa se convierte en desagradable… Y ese tipo de sorpresas ya no me gustan tanto.

Creía que lo de la sorpresa de Galicia ya lo había contado en el blog y lo he ido a enlazar, pero no lo encuentro. Será otra de esos millones de entradas que un día estuvieron a punto de publicarse… Pues, si eso, ya lo cuento otro día.

Ahora ya me gusta leer

En Navidad estuve por Madrid y pude quedar y hablar con unos cuantos amigos (no con tantos como me hubiese gustado, claro), pero hubo también algún encuentro inesperado.

Como el tiempo pasa y todos nos vamos haciendo mayores, mi hermano G, a punto de sus cuarenta y para celebrarlos, organizó un fantástico concierto en Segundo Jazz, un local con una personalidad muy particular (según ellos mismos). Como yo era el encargado de grabar el concierto, llegué con cierto margen y mientras saludaba a los pocos conocidos que había por allí se me acercó un tipo joven que debería rondar los 30 y en quien me había fijado al entrar porque su aspecto me recordó al de un profe al que hace tiempo que no veo, pero en seguida me di cuenta de que no era quien yo pensaba. Sin embargo, él sí me había reconocido y me abordó sin mucho preámbulo:

-Tú eres Eduardo Ares, ¿no?

Ante una pregunta-afirmación de ese tipo el cerebro se me suele poner a carburar a toda velocidad para encontrar alguna pista que me facilite la solución del enigma y así evitar quedar como el desconsiderado o el despistado que probablemente soy. Como se me debieron de notar la sorpresa y el esfuerzo memorístico, trató de ayudarme:

-Me diste clase en Los Olmos…

Era una pista, qué duda cabe, pero en Los Olmos di clase durante diez años y pasaron por mis manos unos cuantos cientos de alumnos, así que acabé por rendirme y balbucí avergonzado:

-Pues la verdad es que ahora no caigo en quién eres…

-Soy X.

Y entonces, gracias al poder mágico y evocador que tienen los nombres, empezaron a llegarme algunas imágenes al exhausto cerebro y se fue haciendo poco a poco la luz. Recordé a un chico con más kilos, menos barba y más pelo… Para verificar que mi identificación había sido correcta, no se me ocurrió otra cosa que lanzarle a mi vez una pregunta-afirmación:

-Pero… tú eras un macarra, ¿no? -dije antes de que me diera tiempo a arrepentirme.

No sé por qué “macarra”, que es una palabra que creo que no utilizo desde hace mucho, fue la que se me ocurrió para decir que en el aspecto académico dejaba mucho que desear… Y no solo en el aspecto académico: pitillos a escondidas y a no tan escondidas, pellas, quizá alguna respuesta provocadora, pasotismo exagerado…

-Hombre, tampoco tanto… -me respondió sonriente-. La verdad es que sí que andaba un poco despistado.

Y me fue reconstruyendo su historia: le di clase en 2º de Bachillerato y suspendió todas, me recordó que en aquel tiempo yo llevaba una bata (nunca he sabido por qué los de Matemáticas se ponen más la bata que los de Lengua) en la que, en el lugar del nombre, había grabado “Carpe Diem”… Después de aquel año, se fue a otro sitio a hacer un grado medio que tampoco le sirvió de mucho, pero poco a poco se fue dando cuenta de que así no iba a ninguna parte… Desde hace cuatro años trabaja en Correos como cartero y, aunque se está planteando buscar otra cosa porque cada vez hay menos cartas, procura haber bien su trabajo porque considera que es la forma de prestar un buen servicio a los demás.

-Ahora ya me gusta leer -me lo dijo con orgullo y quizá como pidiendo perdón por los disgustos del pasado. Pedro Páramo era uno de los últimos libros que había leído y ahora estaba con Huxley. Se ha convertido en un hombre con inquietudes y sin móvil.

Y es difícil de explicar la alegría que te da encontrarte, o mejor dicho que te encuentre, un alumno doce o trece años después y descubrir que en educación nada se pierde (me gusta imaginarme que, en el fondo, conseguimos meterle la semilla de lectura, aunque tardó en despertar). Además, él no fue allí por casualidad. Una amiga suya le dijo que iba a colaborar con el cajón en un par de canciones en un concierto de Gonzalo Ares…

-¿Gonzalo Ares?… ¿No será el hermano de Eduardo Ares?

-Pues no sé -le había respondido ella-. A lo mejor, porque también vivía en Moratalaz…

Y X había ido al concierto con la “ilusión” de encontrarme. Y eso te deja patidifuso y un tanto avergonzado a la vez que agradecido, porque seguro que tuvimos más de una bronca. Sin embargo, cuando pasa el tiempo, no quedan las broncas, sino el cariño y el agradecimiento y uno sigue aprendiendo mucho de sus antiguos alumnos.

La lección de August

Desde que estoy en Pamplona escribo igual de poco que antes en el blog, pero leo mucho más. Mis horarios han adquirido una medida más humana y ya no gasto treinta minutos en coche para llegar a trabajar, sino cinco en bicicleta (hace casi dos meses que no conduzco un coche, pero me imagino que esa es una de las cosas que no se olvidan… Sí, igual que montar en bicicleta, que es lo que estás pensando). Parte del tiempo recuperado se lo llevan los libros. Ahora mismo estoy con el Danubio de Magris, un libro enciclopédico y de una cultura abrumadora que pone en evidencia una vez más los límites que no tiene tu ignorancia. Según lo leo, voy con frecuencia a Internet, para completar las mil historias y personajes que aparecen mucha veces apenas esbozados.

Pero también sigo leyendo otros libros con el pensamiento inevitable de si lo podría mandar leer en segundo de ESO en cuarto. Lo de “mandar leer” es una de las terribles decisiones que uno tiene que tomar como profesor. Sabes que si no “mandas” no leen y que si no leen jamás descubrirán la lectura. Pero también sabes que si mandas el libro equivocado habrás asesinado a un lector. Y, sin embargo, creo que mandaría leer La lección de August, de R. J. Palacios, a pesar de sus 410 páginas. O, en lugar de mandarlo leer, lo iría leyendo yo mismo, al principio de cada clase, como hice el año pasado con Me debes un beso. Un día dedicaría prácticamente toda la clase a leer las primeras páginas, para que la historia consiga enganchar, y en los días sucesivos empezaría cada clase con la lectura de un capítulo (la mayoría son de dos o tres páginas) y cuando se pusiese realmente interesante les dejaría con las ganas… O seguiría leyendo y entonces se quedarían con las ganas de hacer análisis sintáctico.

August es un niño, más que deforme monstruoso por un defecto de nacimiento, al que sus padres han procurado proteger desde pequeño, pero al que deciden enviar al colegio cuando cumple los doce años. Y si tu cara es más que terrible repulsiva no es nada fácil encontrar un amigo… Por las páginas del libro he visto desfilar a muchos de mis alumnos, a amigas inseparables que sin saber por qué un día se separan, a tipos que saben guardar las apariencias pero que esconden en su interior víboras venenosas, a gente capaz de sobrevolar los prejuicios pero capaces de meter la pata por querer quedar bien, a amigos inesperados de los momentos desagradables… La cara de August la he visto alguna vez en algún niño, pero no recuerdo haber tenido ningún alumno con esas características, pero sí que he tenido a muchos alumnos que han tenido que luchar por salir adelante a pesar de la crueldad de sus compañeros. El libro, contado desde distintos de vista por algunos de los personajes, no cae, me parece, en la ñoñería y el simplismo, sino que rebosa ternura, humor, angustia y, sobre todo, mucha humanidad, tanto de la ruin como de la grande y refleja con maestría los altibajos del mundo adolescente y la necesidad de que, de vez en cuando, uno reciba una ovación, porque todos vencemos al mundo.

Mi última y querida tutoría

A finales del curso pasado, un día se me acercó G y no sé si como sugerencia o como amenaza me dijo con tono de delegada: “Escribirás una entrada a tu última y querida tutoría, ¿no?”. Y aquí tiene por fin la respuesta.

He comentado otras veces que me encanta (no soy capaz todavía de acostumbrarme al imperfecto: me encantaba) ser tutor, a pesar de que es una función que a la mayoría de los profesores les repele, por lo que conlleva de horas extras cada vez menos valoradas: primero te quitaban horas de clase para que pudieras dedicarlas a la labor de tutor, luego decidieron no quitarte las horas y pagar un precio más bien simbólico de 75 euros al mes para poco después, y sin previo aviso, reducirlo a la mitad… Pero lo que no saben es que yo lo seguiría haciendo gratis, por más que se multipliquen los problemas y tus compañeros solo sepan hablarte de los disgustos que les dan “tus niños” o los padres esperen que tengas la solución definitiva para una sobredosis de adolescencia.

Cuando te conviertes en tutor de un grupo de alumnos, hay algo que cambia sustancialmente en tu relación con ellos y por mucho que compañeros que les han dado clase en cursos anteriores te adviertan de la terrible tutoría que te ha tocado en suerte, no puedes evitar que esos alumnos sean tu debilidad y tu preocupación. Mucho más de lo que ellos se imaginan, porque también tratas de que no se te note, y de no mimarlos, y de exigirles: “perdóname el dolor alguna vez… es que quiero sacar de ti tu mejor tú”.

Y todas las tutorías se vuelven especiales e inolvidables, pero uno no puede evitar un no sé qué por su última y querida tutoría. Aunque estoy de excedencia desde el uno de septiembre, ayer, con la evaluación de pendientes a la que ya no asistí, se puede decir que terminó mi papel de tutor… O quizá uno no deje de ser tutor nunca. Hoy mismo he recibido un SOS a través de Twitter: “Y no te visto por el Tuto, un fallo necesito apoyo xD”. Ya le he explicado por qué no estaba en el “Tuto” y he tratado de darle apoyo, no sé si con éxito.

Durante este curso he tenido mis encuentros y mis desencuentros con mi tutoría, como en toda buena relación que se precie, pero creo que salen ganando los encuentros. Después de las vacaciones de Navidad les conté mis proyectos de futuro y les pedí que no se los contasen a nadie y les agradezco de veras su discreción, a pesar de algún que otro involuntario desliz.

Pero antes de que nos pudiésemos dar cuenta, había acabado el curso. A una de las clases de repaso para selectividad apareció un buen día mucha más gente de la acostumbrada y yo pensé que era por amor al comentario lingüístico… Mi sorpresa fue mayúscula cuando me entregaron un dossier en el que incluían no solo un buen montón de textos suyos, de esos que te anudan la boca del estómago, te ponen los pelos como escarpias y te dejan al borde de la lagrimilla, sino también textos de profesores a los que habían ido persiguiendo por todo el instituto para arrancarles unas palabras de lo más epatantes. Un dossier que ocupará siempre un lugar en la estantería y, sobre todo, en mi corazoncito.

Ya solo falta que un día de estos acaben y me envíen las orlas que nos hicimos extraoficiales. Una seria y la otra “distinta”.