La explicación del FIN

Evidentemente, la entrada anterior no era el certificado de defunción de este blog por inanición (o más bien por inacción), sino, tal y como aventuraban Pau y Julio, sin asumir demasiados riesgos, un microrrelato. No había más que ver la categoría y la etiqueta que lo clasificaba.

Es un microrrelato, o por lo menos un intento, que se me apareció el otro día cuando respondía a un comentario de una entrada anterior. Me vino de repente y me apresuré a escribirlo, para que no me diese tiempo a pensar que era una tremenda tontería. Y, no sé, dos días después me sigue gustando. Se trata de un punto y final, que a mí por lo menos me sugiere que la historia anterior ha acabado realmente mal y por eso está ahí ese punto, él solo, incapaz de desvelarnos lo que ha ocurrido e incapaz de continuar.

Por otra parte, cómo voy a cerrar el blog si me consta que hay gente que se sigue empeñando en pasar por aquí a pesar de los pesares. Y sí, hay tanto que contar que a ver por dónde empiezo, pero eso ya será otro día, quizá dentro de una semana, porque mañana mismo, aprovechando el puente) me voy con unos amigos a hacer el Camino de Santiago desde Finisterre, es decir, al revés, como Tacirupeca, y eso trae siempre mil historias, aunque estén reconcentradas en cuatro días excasos.

3 de agosto de 2004: Teo-Santiago de Compostela

HERRU SANCTIAGU, GOT SANCTIAGU, EH, ULTREIA, EH, SUS, EIA, DEUS, AIA NOS!
Como al comienzo de cada etapa y cada vez que nos ponemos en camino, hemos lanzado nuestro grito de guerra, que viene escrito en el DINA 3 portugués, que nos imaginamos que son gritos de ánimo y petición de ayuda a Dios para andar el Camino.
Sin embargo, hoy hemos estado a punto de no gritarlo. Anoche cuando nos acostamos nos parecía que todo estaba hecho, que teníamos el objetivo final al alcance de la mano y que íbamos a pernoctar en nuestra bonita casa de montaña de ventanas amarillas… pero a las 2.30 de la noche M. se ha despertado con un fuerte dolor en el pecho, junto al corazón y ha empezado a imaginarse lo peor: ¿un infarto?, ¿una angina de pecho? En ese momento no nos ha hecho tanta gracia ser los únicos habitantes de estos parajes. E. ha intentado tranquilizarle, ¿serán aires?, pero tampoco él estaba demasiado tranquilo y el asunto se ha complicado con unas tiritonas… Así que hemos llamado al 061, atención al peregrino las 24 horas como ponía en una pegatina de la puerta, y M. le ha contado sus síntomas a una doctora que le ha tranquilizado diciéndole que probablemente se trataba de algo muscular. Algo más tranquilos nos hemos vuelto a acostar, aunque también con cierta pena, porque ya estábamos imaginando la placa que recordase el suceso: “Aquí, a pocos km de Santiago, falleció M., a sus 25 años, después de haber superado innumerables dificultades. Buen Camino”.
Ya por la mañana el dolor persistía, pero era más suave. Hemos desayunado gracias a la generosidad de otros peregrinos que dejaron unas estupendas galletas de chocolate y a la leche y los zumos de naranja que compramos ayer en el bar-supermercado. Hemos fregado, hemos dejado todo como nuevo, hemos escrito una larga dedicatoria en el libro de firmas para desagraviar al pobre Carlos, hemos cerrado el albergue y hemos echado la llave al buzón. A los 100 metros del Herru Sanctiagu, M. se ha dado cuenta de que iba demasiado ligero y es que se había dejado dentro del albergue el sombrero y el palo. No es que fuesen fundamentales a estas alturas, pero un peregrino que llega a Santiago sin sombrero ni palo no es digno de tal nombre. Así que nos hemos dado media vuelta y se ha puesto en marcha la mente del ingeniero: metiendo una astilla por la ranura del buzón hemos conseguido pescar la llave y hemos reemprendido de nuevo el Camino.
Entre risas y recuerdos de estos días los kilómetros se nos han hecho por primera vez cortos y, tras la subida al Milladoiro, ha aparecido ante nuestros ojos la ciudad del Apóstol a lo lejos, aunque no éramos capaces de descubrir la catedral por ningún sitio. Esa visión ha aligerado aún más la marcha y antes de que nos diésemos cuenta estábamos subiendo por las primeras calles de Santiago.
No importaba que la Catedral estuviese a rebosar de gente, ni que hayamos tenido que oír la misa de pie, ni que no funcionase el botafumeiro: no habíamos llegado hasta allí para verlo, habíamos ido a visitar al Apóstol y rezar ante sus restos. Hemos hecho muchos sacrificios para llegar, pero hemos acabado convencidos de que el Apóstol es buen pagador y que nos ha dado más de lo que nos podíamos imaginar: hemos aprendido a medir el tiempo y la distancia de otra forma, se nos han abierto los ojos del cuerpo y del alma para contemplar, ha crecido nuestra fe y junto a los pasos que hemos ido dando a lo largo del Camino hemos ido avanzando también en nuestro interior.
A la salida hemos ido a conseguir nuestro último sello y la compostelana que nos ayudará a recordar estos días… a pesar de estar en latín, para que M. diga luego que el latín no vale para nada.
Después hemos visitado la catedral con calma y hemos encontrado a los padres de E., junto a su hermana y su novio (el de su hermana, claro), que nos han invitado a unas tapas en un bar del casco viejo, con cierta prisa porque M. se vuelve en el avión que sale a primera hora de la tarde. Allí, en el mostrador del bar, hemos escrito nuestras prometidas postales: a la chica policía de Tuy y, muy especialmente, a la familia portuguesa del Ponte das Tabuas que ha sido quizá lo mejor que hemos encontrado en el Camino.
E. se va a quedar en Galicia unos días con sus padres y nos hemos hecho una foto de despedida en la plaza Cervantes (igual que la plaza de Alcalá), para lo que M. ha pedido la ayuda de una señora que estaba cerrando su puesto… de la ONCE. Nos hemos despedido con el abrazo del peregrino, llenísimos de buenos momentos y hemos hecho cuentas: en el próximo Xacobeo, 2010, volveremos… o antes, ¿por qué no? Ultreia.

2 de agosto de 2004: Caldas de Reis-Teo

Según el plan inicial, hoy tendríamos que haber llegado a Santiago, pero de todas formas vemos que la meta se acerca. En lugar de acabar la etapa en Padrón hemos decidido ir unos 10 km más allá hasta el albergue de Teo, que está a 13 km de Santiago, para mañana por la mañana poder tomarnos con calma el último tramo.
Hemos ido a misa de 8.30 al asilo de ancianos, donde unas monjas simpáticas y sonrientes nos han pedido que nos acordemos de ellas ante el Apóstol y nos hemos acercado a desayunar a un sitio que ya fichamos ayer por la noche para evitar vueltas en busca de zumo. El sitio ha debido desaparecer o quizá estaba todavía cerrado, pero no lo hemos encontrado y hemos acabado dando las vueltas temidas. Hemos retomado el Camino para cruzar el puente Bermaña, un puente medieval que en la foto parecía más grande y que estaba quizá empequeñecido por la afluencia de gente en el mercadillo, y hemos salido de Caldas internándonos en un bosque de pinos centenarios.
El Camino discurría por el valle, paralelo al río que sonaba demasiado abajo como para hacer un pequeño parón, pero seguíamos con la esperanza de que nos encontraríamos con él en algún momento y así ha ocurrido: uno de los locus amoenus más locus y más amoenus del Camino. En unas piedras, en mitad del río, hemos refrescado los pies y hemos tomado las habituales piezas de fruta. Allí E., como lleva haciendo en las últimas paradas, ha sacado su libro de poesías de Pedro Salinas y se ha emocionado con unas cuantas, tanto que ha acabado dándole un arrebato poético y ha empezado a recitar poesías sin ton ni son. El caso es que llevamos un par de días en los que el tema más habitual de nuestras conversaciones es el del poeta y el ingeniero, dos visiones del mundo que M. considera del todo irreconciliables, mientras que E. se inclina más por llegar a una “amalgama”: E. está agradecidísimo a todos los ingenieros que tan fácil y cómoda hacen la vida (la construcción de los albergues, la luz eléctrica, los aparatejos informáticos), permitiendo que uno se pueda dedicar con tranquilidad a otro tipo de cosas, como la contemplación y la lectura… En el fondo estamos descubriendo que M. es un poeta encerrado en un ingeniero, al que se le escapa con demasiada frecuencia la vena romántica.
Nuestro objetivo era llegar a Padrón a comer y lo hemos conseguido, a pesar del largo receso a mitad de Camino. Nos han recomendado un restaurante que estaba bastante bien, pero en el que desentonábamos un poco: dos peregrinos sudorosos, en pantalón corto, junto a un grupo de empresarios de chaqueta y corbata que estaría cerrando una importante gestión financiera a la vez que daba cuenta de una mariscada con la que nuestros bolsillos no podían ni soñar.
Según el folleto, al dejar Padrón, “a un kilómetro de distancia, el peregrino puede hacer una pausa y descansar en el Santiaguiño do Monte” y allí nos hemos encaminado para hacer nuestra “pausa”, pero después de andar más de media hora no hemos visto ningún Santiaguiño y ningún monte y como hoy sí que el objetivo siesta era prioritario nos hemos metido debajo de unas parras a descabezarla. Nos hemos quitado las mochilas, hemos sacado la esterilla, nos hemos tumbado, hemos cerrado los ojos… momento que ha aprovechado el paisano de la casa de enfrente para ponerse a cortar leña con la sierra eléctrica. A los quince minutos hemos continuado el Camino.
Por casualidad hemos encontrado abierto el santuario de A Escravitude, porque el sacerdote iba a salir a atender un enfermo. Nos ha contado el milagro al que hace referencia el folleto sin especificar más: un hombre enfermo acompañado de su mujer y su hija, que hacía el Camino de Santiago en 1732 bebió de la fuente que nace en el interior del actual santuario, empezó a sentirse mejor y se curó, diciendo: “viva la Virgen, Madre de Dios, que me liberó de esta esclavitud”. Nosotros hemos bebido también de la fuente y le hemos pedido a la Virgen que nos libere de alguna que otra esclavitud más bien interior que nos hace perezosos y comodones.
Hemos llegado al albergue de Teo cerca de las 19.30. Es un albergue pequeño, de dos plantas, con puertas y ventanas amarillas, de reciente construcción y un pequeño porche de uralita. Estaba cerrado y nos ha extrañado que no hubiese nadie. Hemos llamado al móvil de Carlos, el alberguero, que estaba apuntado en uno de los carteles y nos ha dicho que podíamos recoger las llaves en un bar que hay a 200m. E. ha ido hasta el bar, imaginando que estarían allí el resto de peregrinos, y le han dado la llave, pero de peregrinos no quedaba rastro. Hemos entrado en el albergue, nos hemos instalado cómodamente, nos hemos dado una ducha y al cabo ha llegado Carlos, un hombre de unos 55 años que ha estado hablando un buen rato con nosotros: se le ve dolido porque antes de ayer pasaron por aquí unos peregrinos que han dejado reflejado su disgusto en el libro de firmas porque no habían conseguido cama. Pero el resto del libro de firmas, por otra parte, consiste en elogios y panegíricos de Carlos, cada cual más engrandecedor. Nos ha contado también su estancia en Madrid, cuando hizo la mili, su visita al Bernabeu, el trabajo que cuesta llevar el albergue, el deseo de que su hijo de treinta y tantos se case pronto… Como se veía que podía seguir con nosotros hasta altas horas de la madrugada le hemos dicho que íbamos a subir al bar para comprar algo de cenar y se ha despedido. Cuando tres cuartos de hora después hemos subido efectivamente al bar allí estaba el bueno de Carlos departiendo con los parroquianos.
El bar es un sitio un tanto curioso: debe de ser el único bar en unos kilómetros a la redonda y está rodeado de dos o tres casas, a las afueras de cualquier parte. El encargado es un hombre mayor, bastante parado, que habla con mucha calma, pero no se le entiende nada. Le hemos preguntado si nos podía hacer una tortilla española para cenar y se ha dirigido a la cocina para preguntarle a su mujer. Ha salido su mujer, bastante más activa y nos ha dicho que lo sentía muchísimo, pero que estaba agobiadísima y que no se podía poner a hacer nuestra tortilla. Nos han ofrecido como solución unas latas de alubias y de callos y les hemos intentado hacer ver que eran un pelín fuertes para la noche. Tampoco tenían fiambre y apenas les quedaba jamón serrano. Finalmente hemos decidido hacernos unos macarrones que había en la cocinilla del albergue y completarlos con distintas latas: mejillones, anchoas, atún. También hemos comprado un bote de tomate y otro de mayonesa, grandes porque pequeños no había, una barra de pan, unos tomates naturales, unos conguitos para el postre y unas cervezas un poco más baratas que las de Pontevedra. A cada uno de los artículos que pedíamos, el hombre del bar se quedaba unos segundos parado, sonreía, daba la vuelta y ponía con desidia el producto sobre el mostrador. De vez en cuando, si no encontraba algo, se lo preguntaba a su mujer que salía rápidamente de la cocina, nos miraba con cara de “ya lo siento, pero estoy muy agobiada” y le señalaba dónde estaba.
Hemos vuelto al albergue dispuestos a organizar la fiesta del peregrino, después de haber confirmado que éramos los únicos que habíamos llegado hasta allí, aunque las vallisoletanas aseguraron que éste era también su objetivo. E. se ha encargado de los macarrones y M. de un aperitivo y un segundo con distintos canapés de pan, mayonesa, anchoas, mejillones… Hemos entrado con tanto ímpetu que nos ha dado la sensación de que nos íbamos a quedar cortos de pan y E. ha ido al bar a por otra barra. Allí seguía el parroquiano medio borracho que antes nos contó unas cuantas aventuras que no entendimos y el tipo tranquilo que nos ha puesto al día de los resultados del Madrid, pero Carlos ya se había marchado.
Los macarrones han salido bastante aceptables y bastante abundantes. Hemos cenado como auténticos reyes, escuchando algo de música de fondo y “sólo” nos ha sobrado barra y media de pan, media lata de atún, medio bote de mayonesa… que generosamente hemos dejado para los futuros peregrinos.
Nos hemos ido a la cama, cada uno con una habitación individual de ocho literas, pensando en que mañana llegaremos, por fin, a Santiago, después de 190 km oficiales y unos cuantos más que se han escapado de las guías.

PS: Gracias a un amigo, que no ha comentado aquí, pero que me ha enviado un mensaje al móvil, he descubierto que había una errata en la entrada anteriror en el nombre del pueblo: es Caldas de Reis o Caldas de los Reyes. En plural. Mis más sinceras disculpas a los caldenses.
PS: En esta etapa también nos olvidamos de la cámara de fotos.

1 de agosto de 2004: Pontevedra-Caldas de Rey

Definitivamente el peregrino medio es bastante madrugador: no ha sido fácil distinguir entre los peregrinos juerguistas que volvieron a las 3 de la mañana y los madrugadores que salieron a las 6, cuando es imposible que se vean las flechas del Camino. De hecho, nosotros, a eso de las 10, hemos visto a unos 200 metros un zorro que parecía un lobo y que era un perro.

Cuando hemos salido del albergue ya había un grupo de peregrinos esperando, ¿desde dónde habrán salido para estar ya aquí? Una mujer de gafas estrafalarias nos ha preguntado en italiano si ése era el albergue y ante nuestra respuesta rápida y afirmativa nos ha preguntado entusiasmada si éramos italianos y nos ha dado pena desengañarla. Después, con la solidaridad propia del peregrino, les hemos dejado que entrasen en el albergue y que ya se apañase con ellos la señora que había ido a limpiar.

A la misa de 11 en el convento de san Francisco nos ha acompañado Steven que ha conseguido mantener una conversación con un gallego cerrado mientras nos ponían el sello de la Virgen Peregrina. Nos hemos despedido y hemos buscado un buen sitio para desayunar, pero no ha sido fácil. En los pocos bares que había abiertos no tenían zumo de naranja y M. que ha conseguido demostrarse que es capaz de sobrevivir sin música, que soporta sin queja las ampollas y que puede pasearse tranquilamente con sandalias y calcetines por España, todavía no ha conseguido superar lo del zumo. Así que hemos hecho un bello recorrido turístico hasta que hemos encontrado una cafetería “decente”.

Nuestra idea inicial era hacer la etapa Pontevedra-Padrón, porque según nuestras informaciones de internet eran 31 km, pero resulta que son 42 y ya el cuerpo no está para muchas florituras, por lo que hemos decidido tomárnoslo con calma, llegar hoy a Caldas de Rey, mañana a Padrón y retrasar un día nuestra llegada a Santiago, que estaba prevista para el día 2. No ha sido ésta una decisión temperamental y precipitada, sino que ya desde ayer M. se ha ido encargando de hacer sutiles alusiones a la cantidad de kilómetros, a lo mal que estamos, a lo dura que estaba siendo la etapa… y al final E. ha acabado comprendiendo que era la mejor solución.

Una vez reducida la etapa a escasos 20 km nos la hemos tomado con mucha calma, paseando más que caminando y parándonos en pequeños rincones paradisíacos, como la fuente que había a la salida de Pontevedra. Tenía un cartel que advertía de que era agua sin garantía sanitaria y estábamos a punto de pasar de largo, pero un hombre que estaba por allí nos ha dicho que era un agua buenísima y que venían del pueblo a hacer cola para recogerla. Efectivamente, mientras hemos estado allí han llegado dos coches con unas cuantas garrafas. Lástima que los de sanidad sean tan escrupulosos, porque no hemos visto en todo el camino una fuente en la que dijese que era agua potable. Además en los albergues hay un folletillo que te aconseja vivamente beber sólo de las fuentes que ofrezcan todas las garantías para que el agua no te acabe estropeando el Camino. Se ve que el Apóstol nos ha ido protegiendo, porque en Portugal nuestro lema era “el que calla otorga”, es decir, si no ponía que no era potable bebíamos sin problemas. Desde que estamos en Galicia, sin embargo, en las pocas fuentes que hemos visto, o bien no pone nada o bien pone el cartel de que no había garantía sanitaria, así que el agua de esta fuente, sin garantía sanitaria, pero fresquísima, nos ha sabido a gloria.

Otro pequeño “locus amoenus” con el que nos ha sorprendido el Camino ha sido un pequeño arroyuelo que lo atravesaba de un lado a otro. Bastaba con dar un paso para cruzarlo, pero ha sido más que suficiente para descalzarnos y sentir correr el agua fresca por los maltrechos pies. Mientras estábamos allí han pasado tres señoras que tenían pinta de pseudoperegrinas porque no llevaban ningún tipo de mochila.

El tomarnos el día con tanta calma ha tenido como consecuencia que hayamos caído en un par de trampas del peregrino… A las 16.00, una vez más alejados de la civilización, hemos visto un cartel de un restaurante que ofrecía menú de peregrino, pero que se desviaba del Camino 500m. Después de dudar, como la distancia de hoy nos parece excesivamente corta, hemos decidido acercarnos hasta allí… Ya nos gustaría conocer quién es el hábil que va midiendo los metros tan alegremente. Encima el cartel no avisaba para nada de la pendiente del 20% que había que subir. Ya en el restaurante, como es domingo, resulta que no hay menú del peregrino y que tenemos que conformarnos con lo que haya, porque no son horas. Pero no nos ha venido del todo mal, porque de esta forma hemos podido, obligados por las circunstancias, darnos un pequeño homenaje: pulpo a la gallega y cordero. Después de comer nos han indicado por dónde podíamos retomar el Camino para no desandar lo andado y nosotros, ingenuos, les hemos hecho caso: se ve que van engañando a todos los peregrinos que pasan por allí: “bajáis por la carretera y al pasar una ermita a la derecha”… y luego ¿qué? Pero, claro, ningún peregrino ha tenido después ganas de volver al restaurante y decirles que sus indicaciones son incompletas. Tras unos minutos de duda, hemos seguido una carreterilla que iba justo en dirección contraria a dónde veníamos y al subir a una loma hemos visto las apreciadas flechas amarillas.

Íbamos una vez más en busca del sitio apropiado para la siesta, pero el Camino no daba muchas opciones pues pasaba junto a una carretera en construcción y los pocos sitios donde había sombra eran demasiado selváticos. Como nos habían hablado de las bonitas cascadas de Barro, de las que también hay una foto en el folleto editado por la Xunta, hemos decidido posponer la siesta hasta llegar allí, para lo que había que desviarse unos cuantos cientos de metros del Camino… Y ésa ha sido la segunda trampa en la que hemos caído. Según nos acercábamos nos iba escamando la cantidad de coches aparcados en fila en una carretera estrecha y que hubiera un par de personas vendiendo cupones. Como era de esperar, cuando hemos llegado al sitio hemos visto a todos los pasajeros de los coches, apelmazados a la ribera del río, en un chiringuito que le quitaba todo el encanto al lugar, o bañándose en las cascadas, convertidas en piscina municipal. Hemos renunciado a la siesta, hemos llenado la cantimplora en una piedra que hacía las veces de fuente por la que resbalaba el agua y hemos reemprendido el Camino asegurándole hipócritamente a la vieja que vendía chucherías a la entrada que es un lugar paradisíaco.

El Camino proseguía por la carretera, de la que se apartaba de vez en cuando para dar un rodeo por algún pueblo, hasta que hemos llegado a Caldas de Reis cerca de las 20.30 de la tarde. En Caldas el albergue de peregrinos no es de la Xunta, sino que es parte de la casa parroquial que el sacerdote ha cedido para atención a peregrinos. Eso sí, cuando hemos llegado nos ha dejado muy claritas las reglas: es para peregrinos, no para turistas; a las 22.00 se cierra hayas llegado o no; a las 8.00 hay que dejarlo libre… Da la impresión de que ha debido tener alguna mala experiencia, pero después ha suavizado el tono cuando ha visto que teníamos caras de buenas personas y, además, nos ha dejado la habitación para minusválidos, que es una habitación inmensa para nosotros solos con un par de literas y un Marca de hace tres días que nos ha valido para actualizarnos un poco. En la revisión física M. se ha encontrado una nueva ampolla bajo el dedo gordo, producida por las sandalias, pero llega un momento en el que ya no sabes realmente qué es lo que te duele y tanta ampolla te puede hacer olvidar, por ejemplo, la contractura de la espalda o el tirón del muslo.

Hemos salido a comprar unos bocadillos para cenarlos después en el albergue (cualquiera arriesga) y nos hemos acercado a la famosa fuente de aguas termales que da nombre al pueblo (Caldas<cálidas). Es una fuente normal, con un par de chorros, de los que mana agua casi hirviendo que se va acumulando en un receptáculo de piedra que sirve a la vez de banco. No era fácil mantener el pie dentro del agua más de cinco segundos, hasta que M. ha retado a E. para ver quién aguantaba más y entonces hemos conseguido estar varios minutos y todavía seguiríamos allí si M. no hubiese decidido sacar el pie. Junto a la fuente estaban también las peregrinas vallisoletanas que nos encontramos ayer en el albergue y nos han puesto al día con respecto a los demás peregrinos: el andaluz es el peregrino madrugador por excelencia, los belgas siguen avanzando como sombras y los peregrinos juerguistas han sufrido hoy las consecuencias de la etapa “nocturna” de ayer y tampoco les ha importado mucho que el sacerdote no les deje ni moverse.

Hemos despachado ya en el albergue los dos buenos bocadillos, echando de menos la mayonesa, que hemos encontrado en la bolsa cuando ya no nos quedaban ni las migas. Después, como cada noche, hemos encendido los móviles para ver si alguien del mundo exterior se había intentado poner en contacto con nosotros y E. ha recibido la llamada de sus padres que empezaban hoy sus vacaciones en Galicia y que habían tenido el detalle de acercarse a Barcelos a recoger a Braulio (el coche de E.), pero se han llevado un buen susto, porque cuando han ido al parque de bomberos no lo han visto por ningún lado. Resulta que el coche lo dejamos en el parque de bomberos… de Barcelinhos, que era el pueblo al otro lado del puente.

PS: Ya se ve que en esta etapa íbamos tan echos polvo que no hicimos ni fotos. Esta es de paisaje sin más (y sin menos):

31 de julio de 2004: Porriño-Pontevedra

Hoy nos esperaba otra etapa larga, 35 km, y hemos madrugado… aunque no tanto como los peregrinos madrugadores porque hemos sido prácticamente los últimos en abandonar el albergue. Hemos desayunado en la cafetería de la Estación y M. todavía medio dormido ha estado a punto de dejarse olvidada la riñonera en la que lleva los dineros, la cámara de fotos, la documentación… Quizá estaba muy preocupado por su apariencia externa: hoy ha decidido ir en sandalias, pero con calcetines, cosa que daña del todo su sentido estético y que todavía se habría podido permitir en Portugal, como extranjero estrafalario, pero en España, con la posibilidad de encontrarnos a algún conocido en cualquier momento…
De Portugal a aquí el Camino se ha ido haciendo más feo, pero mucho más organizado: aparte de los albergues, cada cierto tiempo encontramos mojones con la distancia kilométrica que nos queda, además con bastante exactitud, porque son carteles del tipo 98,734. Lo que sí echamos de menos son las fuentes, pues apenas hemos visto alguna desde que salimos de Tuy.
Al llegar a Redondela hemos divisado, a lo lejos, por fin, a dos peregrinos andando, a los que hemos dado alcance en el albergue: son la pareja de peregrinos catalanes que nos encontramos ayer en el albergue de Porriño. Les hemos pedido consejo sobre las ampollas. El chico es un experto y nos ha hablado del viejo truco de la aguja, el hilo y el betadine o de recortar una vileda para confeccionar una plantilla amortiguadora. Cuando le hemos dicho que no llevamos ni aguja, ni betadine, ni cosas parecidas se ha sorprendido y nos ha costado explicarle que nosotros sólo cargamos con las cosas necesarias e imprescindibles… como el balón de gomaespuma, la tienda de campaña o la cocinilla que E. no se decidió a dejar en el coche en el último momento por si… Y, desde luego, estamos pagando caros nuestros “porsis”: la tienda que creíamos tan necesaria tiene pinta de acabar en Santiago tan bien enfundada como el primer día; utilizar la cocinilla está bastante descartado a estas alturas, porque lo que menos apetece después de una caminata es jugar a cocineros; el balón está dando mucho juego… para lanzarnos puyas de vez en cuando; la sudadera es de todo punto inútil porque andando sudas y en el albergue no la necesitas; la capa de agua tampoco parece que vaya a abandonar el fondo de la mochila; la hamaca es una triste utopía; las pilas recargables que compramos en el Corte Inglés han resultado estar vacías y no hemos podido oír música… Los únicos “porsis” a los que hemos dado algo de utilidad son la esterilla para la siesta y el papel higiénico para eso.
Han aparecido más peregrinos que habían llegado antes que nosotros y la señora que limpiaba el albergue se ha compadecido y lo ha abierto para que entrásemos y dejásemos las cosas. Mejor dicho, para que entraran y dejaran las cosas, porque nosotros somos los únicos que vamos a seguir hasta Pontevedra.
A lo largo del Camino son muchos los momentos de silencio, las ocasiones de contemplar y de ir haciendo el camino interior, quizá por eso hoy ha sido el día de las conversaciones profundas y personales: el amor, la libertad, el sentido del dolor y el sufrimiento… tan profundas que preferimos que se queden en el fondo de nuestro corazón y que no salgan a relucir ni siquiera en este diario porque, si no, acabaría convertido en un libro filosófico de antropología.
Por la tarde hemos puesto modo contemplativo al ver la ría de Vigo desde lo alto de la montaña, el mar se ha metido en nuestros ojos como en la ría y nos hemos inmortalizado con unas fotos.


En realidad, M. va haciendo fotos a lo largo de todo el Camino con la tranquilidad que da hacerlas con una cámara digital. Al cruzar el puente de Pontosampaio hemos visto una playita de lo más tentadora, pero E., que quiere llegar pronto a Pontevedra se ha empeñado en seguir adelante. A la salida del pueblo hemos comenzado la subida del último de los montes serios que hay antes de Santiago: el Canicouva. A mitad de subida a M. le ha entrado cierta pájara, quizá por alejarse del mar sin haberlo probado, pero ha conseguido recuperarse: hay que ver lo que dan de sí sus 25 años. Hemos continuado el Camino entre historias de E.: Píramo y Tisbe, Júpiter y Calixto, Eco y Narciso… hasta que una vez más, cuando ya las fuerzas estaban demasiado justas, hemos llegado a nuestro destino: el albergue de Pontevedra, que está a la entrada de la ciudad, lo cual es muy de agradecer.
Sin ninguna duda, el peregrino más peregrino con que nos hemos encontrado hasta ahora, ha sido aquí: Steven, un canadiense, profesor de música, que dejó su trabajo, cogió sus ahorros, su bicicleta y una especie de viola y se marchó a Londres, desde donde empezó el Camino, recorriendo después toda Francia hasta llegar a España. En Pamplona, en pleno sanfermín, su pobre corazón canadiense sufrió demasiado y siguió haciendo el Camino del Norte. Había conocido a otros madrileños que habían ampliado su vocabulario: “joder, macho, suputamadre…”. La semana pasada llegó a Santiago, justo para las fiestas, y ahora continuaba su camino hacia Portugal con idea de llegar hasta Marruecos. Nos ha dado su correo electrónico y ha prometido avisarnos cuando pase por Madrid.
A las 20.30 ha llegado al albergue un tipo de la Cruz Roja, desampollador, para atender a los peregrinos que lo hubiesen solicitado, M, entre ellos… Las señoras cuarentonas a las que ha atendido no han acabado muy convencidas de que hubiese dedicado a tres chicas jóvenes veinte minutos a cada una, masajes incluidos, y a ellas las hubiese despachado a los cinco minutos. A M. le ha puesto unas tiritas que se le han caído según salía por la puerta.
También hemos conocido a otro tipo de peregrinos: el peregrino juerguista. Tres chicas y un chico de Valencia que van de albergue en albergue, dedican la noche a “visitar” la ciudad, andan de mañana y duermen de tarde. Como el albergue se cierra a las diez entrarán por la ventana cuando vuelvan. Hay además un par de belgas que deambulan como sombras y no se relacionan con nadie, un andaluz mayor, unas chicas-señoras de Valladolid y dos o tres chicas extranjeras, a parte de un japonés y una japonesa que hacen un plan parecido al de Steven.
Cuando todo el mundo (salvo los juerguistas) estaba acostado hemos hecho uso de otro “porsi”: la baraja de cartas. M. ha “barrido” en una partida a la escoba, amenizada por las canciones de Steven y por un par de cervezas que nos han salido por un ojo de la cara (1,50€ el bote calentorro, por un error en la apreciación de los precios).

30 de julio de 2004: Tuy-Porriño

E. se ha levantado a las 9.00 y ha salido en busca de misa para evitar luego agonías, mientras que M. se ha quedado recuperando un poco más. Después de la misa E. ha sellado las dos credenciales en la catedral y se ha acercado al albergue, justo cuando abría la alberguesa que le ha confirmado que las llamadas que hicimos ayer por la tarde al número de teléfono del albergue que aparecía en la guía eran totalmente inútiles, porque no hay teléfono. Así, por la mañana, se ve que es buena persona, a pesar de que dejó muy claro a los doce peregrinos que durmieron en el albergue que no abriesen a nadie y los muy peregrinos lo cumplieron a rajatabla.
Ya de vuelta al hostal, E. se ha encontrado a M. en la calle, subiéndose por las paredes, porque se ha levantado poco después y lleva una hora esperando. Claro, que tampoco ha perdido el tiempo: se ha comprado calcetines nuevos y unos parches para las ampollas. Hemos recogido los bártulos, hemos desayunado donde ayer cenamos tan bien y hemos decidido acercarnos al centro de salud para ver si pueden hacer algo con los pies de M.
Al ir a preguntar cómo se llegaba, hemos visto a Cristina, esta vez vestida de policía auténtica, que nos ha acompañado hasta la misma puerta del ambulatorio y como allí iban a tardar en atendernos y M. tiene Adeslas nos ha llevado hasta una clínica privada. Durante el camino ha ido por supuesto desfaciendo todo tipo de entuertos: aplacar la ira de un conductor por un coche mal aparcado, no poner una multa porque se “ha olvidado” el bloc, indicar a una ambulancia por dónde tenía que ir… incluso ha subido con nosotros en ascensor y hasta que no ha visto que nos atendían no se ha marchado. También le escribiremos una postal cuando lleguemos a Santiago… si es que llegamos.
El médico le ha reconocido a M. que la ampollología no es su fuerte, le ha puesto un par de esparadrapos y le ha recomendado que ande con sandalias. M. empieza a ser un retablo de dolores y una auténtica estampa del peregrino: escoceduras, tirones, ampollas, quemaduras solares…
El Camino ha transcurrido tranquilo y apacible hasta el ponte das Febres. Hemos recargado vitaminas con unas piezas de fruta y, después de leer en la guía de la Xunta (mucho más completa que el Din A3 portugués) “aquí se presentan dos opciones: continuar el camino que surge frente al puente, de difícil tránsito en invierno, o tomar el de la izquierda, dando un pequeño rodeo”, nos hemos decidido, acostumbrados a los caminos imposibles, por el de difícil tránsito, con el pequeño inconveniente de que éste no estaba señalizado y al final no hemos evitado un “pequeño rodeo”, sino que lo hemos hecho más amplio.
Como la hora de comer, para no perder la costumbre, se nos echaba encima, tras preguntar a un paisano nos hemos acercado a una casa en la que venden algún material fungible. Hemos comprado la materia prima necesaria para hacernos un bocadillo: jamón serrano, tomate, queso… y la señora, muy amable, nos ha dado incluso un chorrito de aceite y una pizca de sal. Ya comidos hemos reemprendido la marcha con la mente fija en un “locus amoenus” porque hoy no estábamos dispuestos a prescindir del sueño reparador que facilita la digestión. Al poco hemos encontrado una praderilla sombreada, cerca de un río, un “locus” bastante “amoenus” si no fuese por el pestilente olor que a rachas llega del río Louro.
Antes de la siesta hemos pegado un par de patadas (y sólo un par) a aquel balón de gomaespuma que nos iba a dar tanto juego… Tras la siesta reparadora ha llegado uno de los momentos más increíbles del Camino, unos paisajes totalmente inesperados y sorprendentes: una recta de unos tres kilómetros flanqueada por fábricas y distintas empresas del polígono industrial de Las Gándaras, con camiones para todos los gustos que nos han volado los sombreros varias veces.

Pero no hay etapa que no se acabe, ni polígono industrial infinito y hemos llegado a Porriño a eso de las 19.00 y tampoco hoy hemos visto peregrinos andando, a pesar de que esperábamos que a partir de Tuy hubiese aglomeraciones. De todas formas es cuestión de esperar, porque esta mañana nos han dicho en Tuy que les llegarían hoy 700 peregrinos y mañana 2.000 porque el día 5 es el encuentro europeo de la juventud en Santiago.
En el albergue nos han recibido dos chicas simpáticas y sonrientes. Una de ellas, Vossana (¿?), es una chica polaca que lleva nueve meses en España con una beca, gran conocedora de Antonio Palacios (un arquitecto que ha hecho los principales monumentos de Porriño y alguno que otro en Madrid… nosotros sin saberlo), está acabando veterinaria y ha estado este último mes atendiendo el albergue como voluntaria (precisamente hoy es su último día). Tanto dato es consecuencia de que M., que ha llegado hablador, ha quedado con ella, aunque diga después que no recuerda haberlo hecho, para que nos lleve a algún sitio a cenar.
Después de la cena, ya de vuelta en el albergue, hemos visto que existen más peregrinos, como una pareja de catalanes que ha decidido dormir en la sala de estar porque hay un peregrino roncador, cosa que hemos comprobado al subir a la habitación y hemos decidido trasladarnos a la de minusválidos, en vista de que no iba a ser utilizada por nadie.
Ya hemos hecho la mitad de los kilómetros y en los días que llevamos no hemos visto peregrinos en movimiento, pero es increíble la cantidad de gente buena, agradable, simpática o dulce (como Vossana en opinión de M…) con que nos hemos ido encontrando, aunque no todos puedan tener un lugar en este diario; por ejemplo, los innumerables benefactores que nos van rellenando la cantimplora.

29 de julio: Ponte de Lima-Tuy

Son las doce de la noche y por fin aparece, todavía a lo lejos, la catedral de Tuy, hacia la que ascendemos como autómatas que se habrían parado hace muchos kilómetros si no estuviesen convencidos de que quizá no eran capaces de andar cinco kilómetros, pero sí de dar un paso más.
Ya en la plaza de la catedral nos espera nuestro ángel de hoy: Cristina, que estaba tranquilamente sentada con su novio en las escaleras de piedra y que al vernos aparecer se ha acercado a nosotros. “Buscáis el albergue, ¿verdad? Venid por aquí”. Y nos lleva hasta el albergue que, como era de esperar, está cerrado a cal y canto. Ella no se desanima, saca su móvil y marca el número de protección civil para ver si pueden venir a abrirnos. Cristina es policía local y está acostumbrada a auxiliar peregrinos, pero esta vez no tenemos suerte: los de protección civil están de servicio y nos dicen que vayamos a la policía nacional: allí ya no queda nadie y poco a poco se esfuman las esperanzas. Como tampoco hay ningún sitio donde plantar la tienda (lástima, habría sido un consuelo, después de tantos kilómetros de cargar con ella, que sirviera para algo), Cristina y su novio nos buscan alguna pensioncilla y al segundo intento encontramos un sitio donde nos dejan una habitación, previo pago de su importe, claro está. Además, mientras hacemos las gestiones, el novio de Cristina consigue que en un bar cercano nos esperen para darnos algo de cenar. El matrimonio encargado del local nos recomienda sonriente unas hamburguesas, que son a las del Mc Donalds lo que una rueda de molino a una moneda de un euro.
Y mientras comemos y nos pringamos con las hamburguesas se empiezan a aclarar los detalles de un día que empezó hace ya mucho tiempo y muy lejos de aquí… Fue a las diez de la mañana cuando Andreia salió a despedirnos diciéndonos adiós con la mano desde la puerta de la Pousada da Xuventude (quizá M. ha roto un nuevo corazón) y emprendimos la marcha felices y descansados.
Al cruzar el puente medieval, intentamos “carimbar” en la iglesia que había allí, porque llevamos mal ritmo de “carimbos” si queremos rellenar la credencial, y en esto apareció el matrimonio de peregrinos brasileños: dos señores mayores, ya jubilados, que se iban a tomar el día de hoy de descanso. Estaban de acuerdo con nosotros en que los kilómetros desde Barcelos están mal contados: preguntaron cuánto les quedaba para Ponte da Lima y les dijeron que 10 km y al volver a preguntar un rato después resultaba que eran 13.

Lo que nos tiene admirados es nuestra facilidad para entender el portugués o el brasileño: ya se ve que las horas en casa de Amándio nos han dado mucha soltura en el idioma y hablamos el “portugañol” con gran fluidez.
Nos despedimos de los brasileños y reiniciamos la marcha esperando enfrentarnos en cualquier momento con la temible subida al puerto que culmina en el cruceiro “dos Mortos” (el nombre, desde luego, no es de lo más animante). Antes de la ascensión conseguimos encontrar una iglesia abierta, en Arcocelo, y llamamos a la casa parroquial: nos abrió un sacerdote anciano y simpático; le contamos que somos españoles, le preguntamos por otros peregrinos, por la distancia hasta el cruceiro “dos Mortos”… mientras nos sellaba las credenciales. Al principio parecía un hombre seco y reservado, pero al final se animó tanto que nos lanzó una parrafada de la que no entendimos ni palabra, aunque sonreíamos, y que nos bajó los humos con respecto a nuestro conocimiento de portugués.
El Camino se fue poco a poco empinando y abandonando lugares poblados hasta que entramos de lleno en el monte, bajo un sol de justicia, pero lo peor no fue la subida, sino la bajada, en la que ocurrió lo que tanto nos temíamos: M. se rompe, no por culpa de la espalda, sino de un tirón de hace unos 15 días en el muslo derecho que le dispara sin piedad durante el descenso. Además siente cómo las ampollas empiezan a tomar forma debajo de las zapatillas.
El camino hasta Rubiâes, la población más próxima que, según el mapa, cuenta con todo tipo de servicios y donde pensábamos comer, se nos hizo eterno como un internet sin ADSL. Poco antes de llegar al pueblo, el Camino abandonaba la carretera y tomaba una senda a la izquierda que hemos seguido, confiados en las flechas amarillas. Sin embargo, veíamos cómo íbamos dejando el pueblo demasiado a la derecha y cómo el camino se hacía cada vez más inextricable hasta convertirse en un pequeño arroyuelo que había que ir sorteando de piedra en piedra, cuando las había, o de barro en barro, consolándonos tontamente con las huellas de otros peregrinos desprevenidos. Cuando se ha acabado el arroyuelo hemos llegado a un puente romano que no podía ser otro que el puente de Piorado: un puente bonito, desde luego, pero que no nos ha hecho mucha gracia, porque hemos confirmado que efectivamente hemos dejado atrás Rubiâes y según el plano hasta dentro de 5 km no hay otro pueblo. Son cerca de las 15.30 de la tarde (lo que en Portugal es muy tarde). Para más INRI, al buscar información en los papeles que nos bajamos de internet, que hasta ahora no nos han sido de mucha ayuda porque el peregrino que se los curró debió de hacer un camino alternativo, no señalado con flechas amarillas, decíamos que al buscar información leemos con estupor “es imposible llegar al puente de Piorado por el antiguo camino, hoy transformado en río”. Pues imposible imposible ya se ve que no.

Nos ha dado el bajón del peregrino: no hemos comido, son más de las 15.30, hemos dejado atrás el pueblo y no estamos dispuestos a volver sobre nuestros pasos, nos hemos quedado sin agua, M. está ampollado y calambrado… así que tomamos una solución de emergencia: comernos cada uno dos de las barritas energéticas que la madre de M. se empeñó en que lleváramos y guardar la otra para un caso de extrema necesidad.
Algo repuestos, por lo menos psicológicamente, gracias a las barritas, nos ponemos de nuevo en marcha y nos acercamos a la única casa que hay a la vista, dispuestos a abusar una vez más de la hospitalidad de estas buenas gentes. Llamamos, nos abre una chica y le pedimos que nos llene la cantimplora, después ponemos nuestra mejor cara de pena (esta vez no es muy difícil) y le preguntamos dónde hay un sitio donde podamos comer algo… “Siguiendo por este camino, a 5 minutos hay un restaurante”. Nuestra cara de pena se transforma en cara de idiotas y “muito obrigados” nos despedimos de ella.
Efectivamente, habíamos estado a punto de morir de forma miserable a cinco minutos de nuestra salvación. Aunque ya no son horas de poner comidas, la dueña del restaurante nos hace un bacalao que nos da la vida. También tenemos la oportunidad de charlar con su hijo, de unos 15 años, que ha hecho el Camino y nos informa de que siguiendo por la carretera hasta san Bento podemos evitarnos un tramo de lodazal y zigzagueo. Ahora, cuando le decimos que queremos llegar a Tuy, nos mira con cara de “están locos estos hispanos”. Pero M. ha tenido una epifanía clara: tenemos que llegar a Tuy sea como sea, hay que volver a España y dormir en un albergue como cualquier peregrino que se precie. Así que, haciendo de tripas corazón, sacrificamos la siesta y ponemos modo superperegrino, dispuestos a devorar kilómetros con las fuerzas renovadas por el bacalao… y las barritas energéticas.

En cada bajada del Camino, M. se dedica a la astronomía por la cantidad de estrellas que ve y E. va estresado porque todavía no ha oído misa y parece poco probable que lleguemos a Tuy a una hora decente. Cerca de las 20.00, cuando nos acercábamos a Fontoura, han empezado a desgañitarse unas campanas que anunciaban la misa, pero como M. va con las fuerzas justas hemos acordado que él siguiese el camino y que E. trataría de alcanzarle. La misa ha sido rápida y a las 20.15 E. estaba con el cura para carimbar (carimbo de grabado, como decía el hombre de Barcelos que no volveríamos a encontrar otro en todo el Camino) y ya se disponía a salir disparado cuando ha entrado M. ¿Se ha lesionado? ¿se ha quedado a esperar?… No. Ha seguido el camino un buen trecho hasta que, mosqueado por la ausencia de flechas, ha preguntado a un paisano que le ha confirmado su equivocación y ha tenido que desandar lo andado… No le ha estampado con el palo a E., que es quien le había dicho por dónde seguía el camino, porque la flecha era ambigua (la única ambigua hasta ahora) y porque no hay que malgastar las fuerzas.
Paços, Tuído, Arâo… La noche ha ido cayendo y confiamos en la luna llena y en que parece que estamos ya cerca de zonas iluminadas para no acabar devorados por los lobos cada vez que el Camino se interna en algún bosquecillo.

Al salir de un pueblo y tomar la nacional que se dirige a Valença, ya noche cerrada, hemos visto un grupo de gente en torno a un todoterreno que se había estampado contra el quitamiedos de nuestro carril, lo que nos ha dado qué pensar sobre la prudencia de ir a estas horas por la carretera, pero la meta sigue estando clara: Tuy, sea como sea.
Hemos llegado a Valença en torno a las 22.45 y no nos hemos detenido más que un par de veces para confirmar que el Camino sigue todo recto. Al salir de Valença ha aparecido el Miño y a lo lejos, iluminada, la catedral de Tuy que parece un castillo.
Va repiqueteando el golpeteo de los palos en el suelo de metal del puente con ritmo rápido, sin embargo nunca hemos tardado tanto en recorrer tan poco: entramos en el puente de unos trescientos metros a las 23.00 y hemos salido a las 24.03. A pesar de la hora, el momento tiene algo de mágico, el reflejo de la ciudad en el Miño y la luna rielando en las aguas, tal como ocurre algunas veces en los poemas.
Hemos hecho algo grande, quizá demasiado grande y mañana paguemos los excesos, pero no importa: hemos cumplido el objetivo, hemos llegado a Tuy y nos hemos dado una ducha a las dos de la madrugada que nos ha hecho sentirnos como nuevos. Mañana, o mejor dicho, luego será otro día.

28 de julio: Ponte das Tabuas-Ponte da Lima

Hemos despertado a las 7.30, pero seguimos soñando: teníamos preparado un desayuno que nos puede dar energías para el resto del camino. Amândio y Domingo ya no estaban porque se habían ido a recoger patatas, Angelina se ha despedido de nosotros para llevar algo de comida a los trabajadores y después de desayunar como ya quisieran muchos reyes (zumo de naranja incluido) hemos dicho adiós a Cecilia, obrigadísimos, y hemos reemprendido el Camino deseando perdernos, dar vueltas y vueltas y acabar en el mismo sitio, junto al Ponte das Tabuas, en Aguiar, al lado de esa familia que al llamar a la puerta de su casa nos abrió la de su corazón. Les escribiremos desde Santiago, si es que llegamos.

La etapa iba a ser tranquila, porque hemos decidido modificar el plan inicial y llegar hoy a Ponte de Lima para afrontar mañana la etapa que nos han advertido que es la más dura. Sin embargo, como en el fútbol, ya no hay etapas asequibles. Es increíble lo bien y lo rápido que hacemos kilómetros sobre el papel al preparar las etapas: el final se nos ha hecho largo y cada vez estamos más convencidos de que el plano con las distancias y los pueblos es puramente orientativo: coincide el nombre de los principales pueblos, pero los kilómetros de aquí deben de ser de 1.500 metros cada uno.
Hemos llegado a Ponte de Lima junto a la ribera del río que baña la ciudad, siguiendo las flechas amarillas que van marcando, con gran exactitud, el Camino y después de recorrer cerca de un kilómetro (es decir, unos 1.500 metros) hemos preguntado por la Pousada da Xuventude, donde pensamos hospedarnos… y hemos tenido que deshacer lo andado en contra de la opinión de Machado (“la senda que nunca se ha de volver a pisar”) hasta llegar a la Pousada que habíamos dejado a la derecha del Camino. Nos han permitido dejar las cosas y darnos un baño, a pesar de no ser hora de recepción: se ve que sabemos poner muy bien carita de pena.

Tras recuperar fuerzas en una “Hamburgueria” (sic) hemos buscado el “locus amoenus” para la siesta, es decir, el lugar ameno que ha de reunir como principales condiciones la fresca hierba, la suave brisa, la dulce sombra y el arroyo de aguas cristalinas: en la ribera del Lima había un sitio que reunía bastante bien las condiciones, salvo por un par de pitidos de los camiones que pasaban por la carretera cercana y que no nos han dejado perder del todo el conocimiento.
A las 18.00 hemos vuelto a la Pousada a reservar definitivamente la habitación y nos hemos ido de excursión al pueblo. E., un tanto agobiado para encontrar una misa, al ver en un cartel que había una a las 18.30 ha puesto modo superperegrino, mientras M., que empieza a notar en algunas zonas delicadas los efectos de tantos kilómetros, ha mantenido el modo contemplativo. Después de la misa hemos entrado en una farmacia y hemos pedido al farmacéutico una crema que sirva para aliviar los escozores.
Hemos visitado rápidamente los dos o tres monumentos que tiene el lugar y hemos acabado en una cervecería con vistas al puente medieval que atraviesa el río y da nombre a la ciudad, dispuestos a continuar con este diario, pero la conversación ha ido tomando otros derroteros y nos hemos sumergido en temas más profundos: la libertad y el determinismo. Tras tomarnos “determinadas” cervezas, ya anocheciendo, hemos decidido buscar un sitio para cenar y, de una forma muy práctica, nos hemos dado cuenta de que sí que podíamos elegir y de que no estábamos determinados, sino condicionados. De hecho, hemos acabado en la misma hamburguesería que a mediodía, porque nos han tratado bien, era barata, nos pillaba de camino y, además, nos ha dado la gana.
Mientras saboreábamos la pizza (da la sensación de que cuando no estamos andando estamos comiendo y quizá sea así) seguíamos con atención los aspavientos y las argumentaciones futbolísticas de uno de los clientes, encantado de ser el centro de todas las miradas.
Ya de vuelta al albergue, M. se ha quedado un rato hablando con Andreia, la chica encargada, que le ha comentado que esa misma tarde ha llegado un matrimonio brasileño, también peregrinos: ¿será verdad que existen más peregrinos en el Camino Portugués? Hoy tampoco hemos visto a nadie. De momento nos vamos a dormir que mañana nos espera la madre de todas las etapas: Ponte da Lima-Tuy.

27 de julio de 2004: Oporto-Barcelos-Ponte das Tabuas

No llegó a sonar Mozart: nos despertamos justo un minuto antes que el móvil y entonces sí que se encendió la alarma: M. ha sufrido durante la noche los efectos del prolongado viaje a Oporto, del adoquinado de la ciudad y del colchón para faquires. Una contractura casi olvidada que se hizo meses atrás en la espalda amenaza con arruinarnos el Camino antes de empezar, pero confiamos en sus 25 años y después de un rápido aseo nos dirigimos a escuchar misa a la Iglesia de La Lappa.
Son las nueve y cinco: la misa no ha empezado, a pesar de que el cartel de entrada anuncia que la misa es a las nueve y que la única vieja que hay en la iglesia nos confirma que efectivamente es a esa hora. Nos indignamos por la impuntualidad de los portugueses, buscamos al párroco por la iglesia para mostrarle nuestra impaciencia y tras un par de vueltas sin localizarlo le pedimos explicaciones a la vieja por si la primera vez no nos había entendido bien: ¿la misa es a las nueve? (acompañamos las palabras del número de dedos necesario) y la señora insiste con descaro en que, efectivamente, la misa es a las nueve… Presas de la sorpresa y la indignación le mostramos las 9.10 en nuestro reloj. Nos mira. “Españoles, ¿no?”. En Portugal es una hora menos: son las 8.10. Vaya, nosotros aquí y la cama allí, tan lejos.
Hemos decidido ir a desayunar y después de tomar un café y perfeccionar nuestro portugués leyendo el periódico (Carvalho al Chelsea) asistimos por fin a misa y conseguimos nuestro primer “carimbo” (sello) para la credencial. Salimos de la parroquia y nos dirigimos a la oficina de Informaçao, donde amablemente nos dan una fotocopia de las etapas y nos remiten a la Asociaçao de Amigos del Camino Portugués, unas calles más abajo (Rúa das Flores, 69. Gab. 14, 4050-265 Porto; 351 223 326 114).
Llegamos allí a las 10.05, hora portuguesa, por supuesto, y está cerrada. Aunque el cartel dice que está abierta desde las 10.00 no nos hemos atrevido a indignarnos. Tras esperar veinte minutos, bajábamos las escaleras a punto de abandonar y nos hemos cruzado con un hombre de unos cuarenta años, moreno, canas incipientes, bigote, figura atlética, que subía y que nos ha dicho que el responsable estaría al llegar porque había quedado con él.
Mientras esperábamos (tardó una hora más) pusimos en práctica nuestros conocimientos de portugañol y empezamos a tratar en animada conversación los temas típicos: nivel de vida en España y Portugal, terrorismo, fútbol, independencia catalana… aunque esta vez no nos sacó a relucir como el “carimbero” de La Lappa el tema del “atleti”, que después de varios malentendidos resultó ser la boda de la “Leti”. El hombre estaba sorprendido de que se pudiese entender tan bien con unos madrileños. Como es de suponer, también hablamos del Camino de Santiago: de hecho él venía para recoger sus credenciales: iba a partir el día 9 para hacer el mismo camino que nosotros, sólo que él pensaba hacerlo en cuatro días, a un ritmo de 70 km diarios, para lo que entrenaba recorriendo todos los días esa distancia, eso sí, con una mochila de 5 kilos, en lugar de la de 10 que llevaría en el camino.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que éramos unos afortunados. No teníamos en frente a un peregrino “normalito”, sino que habíamos tenido la oportunidad de conocer, ni más ni menos, al “superperegrino”. Tratamos de asimilar con la mejor sonrisa el duro golpe a nuestra moral: nos creíamos unos peregrinos aguerridos, que se atrevían a hacer el poco transitado Camino Portugués a un ritmo frenético de 30 km diarios… Por fin apareció el encargado de la Asociación, que nos facilitó una fotocopia tamaño DIN A3 encabezada con la bendición del peregrino y con una línea que separaba los distintos pueblos, indicaba los nombres de cada uno, los kilómetros de distancia entre ellos y los puntos en los que podríamos encontrar alojamiento.
Nos despedimos del “superperegrino” deseándole buen camino, volvimos por última vez al “hotel”, devolvimos las llaves y nos pusimos en camino hacia Barcelos, a 30 kilómetros, donde llegamos a la media hora… en coche, claro.

En Barcelos dimos varias vueltas a la ciudad, comimos y decidimos dejar a Braulio junto al parque de bomberos al otro lado del río, porque nos pareció un sitio seguro. Allí empezó el auténtico Camino después de resolver las acuciantes dudas de si una cantimplora o dos (mejor una, habrá muchas fuentes), de si llevar o dejar la tienda de campaña (mejor llevarla, por si las moscas, sólo son dos kilos y nos puede sacar de algún apuro); cogimos las credenciales, las mochilas, los gorros, el palo (M. tendrá que hacerse con uno cuanto antes), las gafas de sol, el balón de gomaespuma (sin dudarlo: era esencial), la cámara de fotos… En fin, cogimos todo y empezamos a andar en torno a las 16.30 de la tarde, no sin inmortalizarnos antes en una foto oficial que amablemente nos hizo una señora mayor que estaba allí hablando con sus amigas, a las que seguro dimos tema de conversación según nos alejábamos.
Cruzamos el puente, como a lo largo de la historia lo habrán hecho decenas de peregrinos (no olvidemos que éste es un camino desacostumbrado), subimos a la ciudad, visitamos brevemente el museo arqueológico (en lugar de llevar las piedras al museo han decidido poner el nombre de museo a unas piedras) y entramos en la oficina de Informaçao, donde una bella portuguesa nos puso nuestro primer “carimbo” de Barcelos.

Todavía sin salir de la ciudad, cerca de la oficina de Turismo, entramos en la Iglesia de la Cruz para saciar nuestra fiebre de “carimbo” y salimos con un “carimbo” en relieve, sin tinta, y con cinco o seis anécdotas del lugar que nos contó el sacristán junto con el deseo de que tuviésemos buen viaje… porque bandidos hay en todas partes, según dijo.
Íbamos ligeros, a pesar de las mochilas, contentos de empezar por fin a peregrinar, cuando E., por dar conversación, le preguntó a M. por los mapas de las etapas… Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que todo todo, no lo habíamos cogido. E. volvió al coche por los mapas, mientras M. se quedó a cargo de las mochilas, junto a la oficina de Información turística, donde no quiso entrar para no estorbar el trabajo de la bella portuguesa o para no estropear la primera impresión, aun a sabiendas de que es muy probable que más adelante se arrepentirá de no haber entrado.
En torno a las 17.00 hicimos la arrancada definitiva. Nos costó salir de Barcelos y nos entró una primera duda: los kilómetros que indican los mapas, ¿son hasta la entrada del pueblo, hasta el centro o hasta la salida? Más tarde nos daríamos cuenta de que se trataba de un dato sin importancia y de que el mapa tiene más bien una función ornamental. Siguiendo sus instrucciones llegamos a Lijo, pero a partir de ahí todo empezó a hacerse más confuso: el siguiente pueblo, a tan solo 2,5 km, no aparecía por ninguna parte una hora después; el Camino se puso a subir sin ningún tipo de consideración por carreteras semiasfaltadas, no encontrábamos fuentes y las iglesias a las que nos acercábamos para visitar y “carimbar” estaban religiosamente “fechadas”.
Empezó a avanzar la tarde y con ella un punto de desesperación: nuestro primer objetivo era hacer una etapa de 22,5 km (siempre según el mapa), pero después de tres horas no estábamos muy seguros de haber hecho ocho kilómetros y medio.
Tampoco abundaban paisanos a los que preguntar, apenas unos chavalillos que con descaro comentaban “son españolitos” (o sea…) y la muerte, que disfrazada de hombre, pero con su inconfundible guadaña, nos saludó cordialmente en medio de un prado. Por suerte iba en dirección contraria.
El Camino cuando no era empedrado era cuesta arriba u obligaba a ir vadeando un arroyo de piedra en piedra. A eso de las 20.00 comenzaron a asaltarnos pequeñas dudas existenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿dónde estamos?, ¿quién nos mandaría ser peregrinos de a pie con lo rápido que se hacen kilómetros en coche?
Además la falta de esperanza tampoco ayudaba mucho a aligerar el camino: veíamos que no íbamos a cumplir nuestro primer objetivo (y eso que nos lo habíamos puesto facilito), que no nos íbamos a poder duchar y que empezaba a peligrar la cena porque aquí, aunque tienen una hora menos, viven como si tuvieran una hora más y a las diez de la noche ya no es fácil encontrar un sitio abierto, y menos en mitad de un monte o en unas aldeas casi deshabitadas.
Fue entonces cuando en una aldea cuyo nombre desconocíamos preguntamos a una anciana de unos 80 años por un sitio donde cenar: ella no entendió nuestra pregunta o quizá sí, pero de lo que no hay duda es de que nosotros no entendimos su respuesta, pero no nos desanimamos y volvimos a preguntarle despacito… a la tercera vez sí que nos desanimamos y continuamos nuestra marcha. Pocos metros más adelante vimos detrás de una cerca a un hombre que trabajaba en su huerto, le preguntamos por un sitio donde “yantar”… y ocurrió el milagro, porque Santiago no se ha olvidado de los dos peregrinos que hacen el camino portugués (sabemos que ayer pasó por Barcelos un grupo y hemos visto de lejos otros dos en bicicleta, pero todavía no nos hemos encontrado con ninguno, quizá porque ya no sean horas de peregrinar).
Decíamos que ocurrió el milagro: el hombre, de pelo cano, mirada azul y penetrante, rostro curtido por el sol, pero no envejecido, nos situó con una sonrisa en nuestro plano (habíamos hecho en cuatro horas 16 km, cuando nuestra idea era hacer 24) y nos preguntó (debíamos de tener bastante cara de pena) si queríamos tomar un “sándwich”… Nos miramos con cara de sorpresa: ¿habríamos entendido bien?, nos repitió la oferta con más énfasis: era una proposición sincera, no de pura cortesía. No supimos decir que no. Pasamos a la parcela y mientras su hija nos preparaba algo de comer, él nos enseñó sus vacas y sus cerdos. E. le contó que se dedicaba a dar clases de latín y griego y M. que era ingeniero y estaba con una beca en la universidad. Le resumimos nuestra primera etapa del Camino, le preguntamos por otros peregrinos, saludamos a un chaval que nos miraba desde el tractor y no paraba de sonreír y, de pronto, el hombre nos preguntó si queríamos tomar una ducha. Tras unos instantes de duda y vacilación, ¿qué es esto?, ¿nos está vacilando?, respondimos que no, que muchísimas gracias, que no queríamos abusar de su confianza… Insistió en su propuesta, no era un mero formalismo, nos lo decía de corazón, no había ningún problema… Recordamos aquel lamento de una hora antes: “si por lo menos supiésemos que al final nos espera una ducha”… y no supimos decir que no. Ni siquiera dejó que utilizásemos nuestras toallas. Era realmente una sensación extraña ducharse en una casa desconocida, de una familia desconocida, en un país extranjero, como si fuese tu propia casa.
Después de la ducha empezamos a ver el mundo de otro color y nos dispusimos a comer los “sándwiches”. Nos pasó al salón de la casa y allí nos esperaban unos huevos revueltos, unas lonchas de jamón, queso, una ensalada de tomates y cebollas (de la misma huerta, por supuesto), un excelente vino de fabricación propia, mermelada, galletas, crema de cacahuete, melón… Mientras comíamos seguíamos charlando con él: se dedicaba principalmente al campo y tenía algunas tierras, también había creado una fundación para recoger fondos y ayudar a los chavales del pueblo a estudiar…
En un momento dado, Amândio (por no decir san Amândio) nos dejó despachando las viandas y salió del salón, mientras nosotros no salíamos de nuestro asombro y no acabábamos de creernos lo que estábamos viviendo, casi convencidos de que era un sueño, un espejismo de peregrino que ha caminado demasiadas horas al sol. Decidimos esperar a que volviera, darle las gracias y despedirnos, andar unos 200 metros y plantar la tienda en cualquier parte. Al cabo del rato Amândio regresó diciendo que había hablado con su mujer, a la que todavía no habíamos visto porque estaba ordeñando las vacas, y nos aseguró que no tenían ningún inconveniente en que si queríamos nos quedásemos a dormir allí mismo. Tuvimos que hacer grandes esfuerzos para que los ojos no se nos saliesen de las órbitas. Dudamos, evaluamos, rechazamos la idea por demasiado peregrina, nos miramos, nos negamos, le miramos, insistió, titubeamos, “estáis a voluntade”, no hay ningún problema… y no supimos ni quisimos decir que no. Y aunque quisimos tampoco pudimos decir que no a que nos diera sábanas, aunque insistimos en que nos bastaba el saco…
Durante la cena de la familia estuvimos también sentados con ellos a la mesa. La anciana a la que habíamos preguntado al entrar en la aldea resultó ser la tía Rosa. El chaval sonriente con cara de pícaro, que ordeña vacas y maneja a sus 14 años el tractor como Fernando Alonso, es Domingo, sobrino de Amândio, que pasa con ellos los veranos. La hija, que tampoco paraba de reír y que nos había preparado el suculento tentempié al que después se sumó un delicioso bollo del que dimos buena cuenta, es Cecilia, y el año que viene, cuando acabe el bachillerato, quiere ir a España a estudiar medicina. La mujer de Amândio, a la que estamos especialmente agradecidos porque nos acogió en su casa sin conocernos, es Angelina y también lograba sonreír a pesar de que se notaba que había soportado un duro día de trabajo y de que no la dejamos ver a gusto la serie de tv que está siguiendo. Todos, con sus risas y su cariño, nos hicieron sentir como en casa, o incluso un poco mejor, por lo inesperado.
Incrédulos aún, convencidos de que mañana despertaremos muertos de hambre en una tienda de campaña mal puesta, nos hemos ido a la cama, con la esperanza de que la foto que nos hemos hecho con toda la familia siga ahí, en la cámara, como garantía de que los sueños también se viven.

26 de julio de 2004: Madrid-Alcalá de Henares-Oporto

“El camino más largo comienza por un paso”, dice un viejo proverbio… hindú, por ejemplo. Pero lo que no dice es que probablemente ese paso es el más complicado y que antes de ese paso hay que hacer un montón de cosas. Ponernos en camino para hacer el Camino nos ha llevado más tiempo de lo previsto.
En torno a las 11.00, E. ha ido con su coche (Braulio) desde Madrid a Alcalá de Henares para recoger a M., que le esperaba en casa con la terrible duda de si llevarse las zapatillas recién compradas para la ocasión o las viejas. Al final M. ha optado por las viejas para evitar ampollas. Después nos hemos cargado de los buenos deseos y recomendaciones de la madre de M., que nos ha proporcionado cuatro barritas energéticas porque nunca se sabe lo que puede pasar, nos hemos montado en Braulio y hemos ido al Decathlon para que E. completara su atuendo de peregrino con unos pantalones cortos. Allí se nos ha antojado un balón de gomaespuma, ligero, que hemos acabado comprando pensando que puede dar mucho juego, y allí, a punto de hacer la salida definitiva, nos hemos dado cuenta de que nos habíamos olvidado un pequeño detalle en casa de M.: las credenciales del peregrino y la información de las etapas. Así que hemos vuelto a empezar: ¿se nos olvida algo? ¿las zapatillas nuevas o viejas? ¿la cantimplora de uno o dos litros? ¿gorra o sombrero? ¿más barritas energéticas?…
Después, cuando ya salíamos de Alcalá por la N-II, hemos ido “un momentito” al Corte Inglés, para buscar alguna guía sobre el Camino de Santiago Portugués y hemos acabado casi convencidos de que el Camino Portugués no existe o de que vamos a ser los primeros peregrinos en realizarlo (haremos una guía). Pero como uno no puede salir de un centro comercial sin haberse dado cuenta de lo imprescindible que resultaba algo, hemos comprado unas pilas pequeñas, recargables, para la linterna y para poder escuchar algo de música, sin pasarse, durante el Camino. Una hora más tarde salíamos del centro comercial.
El viaje en coche hasta Portugal no ha tenido demasiadas incidencias, pero nos hemos empezado a dar cuenta de lo difícil que es cumplir objetivos: habíamos decidido parar a comer en Tordesillas y nos hemos quedado con las ganas porque nos hemos pasado la entrada buena y hemos acabado unos kilómetros más allá, en Toro, en “El rey de la sepia”, que ha sido rico, barato y… sobre todo, rápido, porque era algo tarde, los dueños tenían prisa y ya acabando el primer plato nos han preguntado por el postre.
No es extraño que Zamora, que también existe, no se ganase en una hora porque hay que dar demasiadas vueltas para conseguir salir de la ciudad. Tenemos la sospecha de que las indicaciones hacia Portugal en realidad esconden un recorrido turístico por lo más significativo de la zona.
La entrada a Portugal: 18.30. Lo que en el mapa tiene color de autovía es una carretera de dos sentidos con carril de adelantamiento en las cuestas, eso sí, con las luces dadas. Por fin nos hemos metido en una autopista “portagem”, que resulta que significa peaje, no sin antes haber confirmado que en Portugal hay muchos incendios, pero pocas casas: desde el coche M. disparaba frenéticamente la cámara de fotos digital para conseguir una buena instantánea del flamante helicóptero apagaincendios.

Oporto, una ciudad demasiado industrial y demasiado empinada nos ha decepcionado un tanto. Quizá lo mejor que tenga es la niebla del Duero que le da un tono irreal. Y los puentes, unos más fantasmas que otros. Hemos aparcado junto a la iglesia de La Lappa y hemos empezado a buscar un sitio donde pernoctar: en un edificio viejo había un cartel en el que se ofrecían habitaciones y sin pensarlo mucho hemos llamado. Nos ha abierto una mujer joven con la cara envejecida por el cansancio y nos ha explicado que allí no le quedaban habitaciones, pero que tenía otras en otro edificio y nos ha acompañado unas calles más arriba (las cuestas del 25% nos han venido bien para entrenar) hasta un piso bajo en un edificio antiguo, con tres habitaciones, un cuarto de baño, una cocina y una sala de estar. Como nos había contado que en una de las habitaciones hay una señora y en la sala de estar hemos visto un periódico en chino, hemos deducido que una de las habitantes de aquel lugar es china (estamos hechos unos Holmes). Nos ha dado la llave del piso y de nuestra habitación y hemos reemprendido nuestro recorrido turístico buscando un sitio donde poder cenar. Providencialmente (el Apóstol se está portando), después de unas cuantas vueltas hemos encontrado el sitio adecuado y nos hemos pulido el presupuesto de dos días, porque hay que tomar fuerzas para los duros días que nos esperan…

Ahora estamos en nuestra habitación de Oporto: dos camas y dos medias almohadas. Cuando hemos llegado estaba la señora viendo la televisión en la sala de estar y ha resultado no ser china: ya se ve que es mejor no fiarse de las apariencias.
Después de saludar a la señora y de vuelta a nuestra habitación, M. se ha equivocado, ha abierto otra habitación habitada, ha pedido perdón y el inquilino le ha respondido “no pasa nada” en perfecto castellano,… tras unos momentos de duda hemos vuelto sobre nuestros pasos, animados por el palo entrevisto al fondo de la habitación (¿un peregrino?), y hemos llamado a su puerta. Efectivamente, era un peregrino, de Málaga,… pero estaba ya de vuelta y, además, había hecho el Camino francés. Nos ha convencido de que toda lucha contra las ampollas es inútil: mañana veremos, que ya es hora de aprovechar nuestras últimas sábanas. Nos hemos puesto el despertador del móvil con música de Mozart a las 8.00.