Un cura en bici

Una de las cosas que descubrí durante los años que estuve en Pamplona acabando de estudiar Teología es que la bici es un fantástico medio de transporte. Y como allí no me llevé coche, iba dando pedales de un lado a otro.

Pero cuando volví a Madrid me entraron las dudas de si seguir utilizando la bici como medio de transporte, no solo porque las distancias y las cuestas son mayores, sino porque quizá ir de cura pedaleando podría dar un poco el cante.

Al final llegué a la conclusión de que no me importa tanto dar el cante –es más, me temo que me encanta– y acabé descubriendo que las cuestas no son tan terribles ni las distancias tan grandes. O, por lo menos, que son más cortas que si uno va en transporte público y más cómodas que si uno tiene que aparcar el coche.

Así que he convertido a la bicicleta en mi medio de transporte habitual y he descubierto que, más que el cante, un cura en bici provoca simpatía. Es fácil ver que alguien sonríe al verte parado en un semáforo, o escuchar algún comentario del tipo: “¡Un cura en bici!”. Lo curioso del caso es que también he escuchado con frecuencia la coletilla de “¡Un cura en bici!… ¡Qué moderno!”, cuando lo realmente moderno me parece a mí que es ir en coche –y más si es en coche eléctrico–, porque ir en bici es más bien antiguo.

Otro de los comentarios habituales que escuchaba hasta hace unos meses era el de: “¡El casco!”, a veces lanzado por el copiloto de un coche o por un peatón, quizá preocupados por ahorrarme una multa. Estuve pensando ponerme un cartel en la espalda que dijese que en Madrid el casco no es obligatorio para ir por ciudad si tienes más de diesciséis años, pero después de que varias personas, sobre todo madres del colegio, mostrasen su preocupación y su escándalo no tanto por mi desprecio a una posible multa como por mi imprudencia y temeridad, decidí llevar siempre casco, porque también hay que saber descubrir la voz del Espíritu Santo en la gente que se preocupa por ti… Por esa misma razón, he decidido llevar chaleco reflectante cuando haya poca luz, después de que dos personas en apenas dos días de diferencia y en circunstancias distintas me lo hayan “sugerido” porque no les parecían suficiente las luces.

Otra cosa curiosa es que, por lo menos al principio, daba la sensación de que la gente esperaba que flaqueases en tu empeño de moverte en bici por Madrid. Y los días de lluvia o frío muchos se sentían en la obligación de preguntar: “Y hoy la bici… ¿qué?”. Aunque ya se van acostumbrando a: “Hoy la bici… también”, y por eso cada vez me lo preguntan menos, aunque alguno no puede evitar la cara de satisfacción cuando me ve entrar en el aparcamiento del colegio en coche –a Dios gracias, lo de conducir en coche tampoco se olvida–, quizá con la secreta tranquilidad de pensar “ya sabía yo que lo de la bici se le acabaría pasando”. Y quizá se me acabe pasando, pero de momento sigo empeñado en pedalear aunque no llueva.

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