Y la barba, ¿qué?

El otro día unos amigos, a los que no veía desde hace tres años, mientras volvían de Tarragona a Alcalá de Henares se pasaron por Torreciudad para saludarme. Y de las primeras cosas que me dijo J. fue: “Y la barba, ¿qué?”. No ha sido el primero y seguro que no será el último.

Y quizá alguien esperaría un tema un poco más profundo a pocos días de la ordenación, pero como M. me confesó que “tenemos en la familia una pregunta de suma importancia: ¿Volverá la barba”; como D. afirmaba que le llamaba más la atención la falta de barba que la sotana; y como le prometí a A. que escribiría sobre ello (“yo no creo que debas quitarte tu mayor seña de identidad”, afirmaba muy categórico), aquí va esta entrada para tratar de dar una explicación, aun a riesgo de aumentar el desconcierto.

Yo soy el primero que cada vez que me veo en un espejo, me digo: “Y la barba, ¿qué?”. Y todavía me cuesta reconocerme al ver mi reflejo en los escaparates: “¿Quién será ese tipo tan extraño que me sigue?”. De hecho, creo que me sigo soñando con barba, porque esa era una de las conclusiones más firmes a las que llegué en mi vida hace unos dieciséis años: yo soy con barba.

Y eran dos los motivos fundamentales para el mantenimiento de la susodicha: la comodidad y la estética. La comodidad porque es fantástico ahorrarse cuatro minutos de afeitado cada mañana, que a primera vista no parecen muchos, pero que suponen casi media hora a la semana y, por tanto, dos horas al mes… Es decir, 24 horas al año, un día entero, que uno puede disfrutar haciendo otras cosas (dormir, por ejemplo). Y por estética, porque en mi familia siempre me han dicho que todo lo que me tapa me favorece… Además, ¡Jesucristo llevaba barba!

¿Y entonces?

Pues entonces se fueron juntando varios factores: la comodidad y la estética no han de ser dos de los principales motores de actuación de un sacerdote; a eso se le sumó que hace un año empezó a aparecer una calva en la barba o alopecia areata, si nos ponemos técnicos (algunos aseguran que del estrés, yo creo que debe de ser por alguna otra razón, pero doctores tiene la Iglesia…); y a todo esto se juntó la razón que me dio un sacerdote mayor y que fue la definitiva: al sumir el sanguis (el vino consagrado en la misa) es fácil que se queden algunas gotas en el bigote… Y el bigote no es precisamente el sitio más limpio del mundo.

Así que un buen día me armé de valor y cuchilla y tomé una de las decisiones más drásticas de mi vida. Pero es que, si nos ponemos, nos ponemos.

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Dentro de dos semanas, cura

Si Dios quiere, dentro de quince días, el domingo 4 de septiembre, seré ordenado sacerdote en Torreciudad (por cierto, si vas a venir y todavía no me lo has confirmado, te agradecería que lo hicieses cuanto antes). Y hay tantos que me preguntan si estoy nervioso, que empiezo a ponerme nervioso porque quizá esté demasiado tranquilo. La verdad es que, de momento, más que nervios, tengo una ilusión tremenda por dar el esprint final para llegar a la línea de salida y empezar a cumplir aquello de “hazte cura y que sea lo que Dios quiera”.

El otro día, aprovechando que D. y J., antiguos compañeros de facultad, estaban de vacaciones cerca de Pamplona, organizamos una pequeña reunión de filólogos –uno de hispánicas, otro de semíticas y otro de clásicas– en la que no faltaron divertidos recuerdos de hace veinte años y sesudas discusiones sobre la necesidad o no de los emoticonos (o recursos gráficos para transmitir alguna emoción asociada al mensaje) en los mensajes de teléfono, o sobre la ausencia generalizada de signos de puntuación de apertura para interrogaciones y exclamaciones… Sí, reunión de filólogos, palabra muerta.

Después de la comida, D. se tuvo que marchar y nos quedamos J. y yo dando una vuelta por la ciudad, hablando de lo divino y de lo humano. En un momento dado, pasamos por casualidad por delante de la Iglesia de San Miguel, en la que nunca antes habíamos estado, y decidimos visitarla. En la iglesia había apenas diez personas, todas mayores, y alguien dirigía a través del micrófono unas oraciones. Apenas habíamos entrado, se oyó por los altavoces: “Oremos por los sacerdotes”. Y reconozco que me quedé un tanto de piedra, por la coincidencia (“providencial”, claro). Y más impactado todavía me dejó la oración que se recitó acto seguido. A mí me gustaría ser un sacerdote así.

Después, ya en casa, traté de buscar la oración por Internet, pero no daba con ella, hasta que se me ocurrió mirar en la página web de la parroquia de San Miguel y, efectivamente, allí la encontré. La copio aquí para tenerla a mano y para que, si te animas, la reces por todos los sacerdotes… Y por mí:

“Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus sacerdotes,
haz que sus palabras sean solo las tuyas,
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del Eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes.
Amén