Un día con un diácono

Hoy hace una semana y un día que me ordené de diácono. Y, sin duda, muchas cosas han cambiado en mi vida, pero tantas otras no. Tal y como me temía, el traje no tiene superpoderes y me sigue costando dedicarle a Nono de Panópolis –el tipo sobre el que estoy haciendo la tesis, del que creo que todavía no he hablado aquí– todo el tiempo que se merece.

El cambio lo deben notar sobre todo los demás. Aunque no siempre: el otro día, de camino a la Biblioteca, me encontré con un investigador con el que he hablado tres o cuatro veces después de que nos presentara un amigo común. Me di cuenta de que no había notado los cambios cuando confluyeron nuestros caminos y nuestras miradas y siguió adelante como si tal cosa. Tanto no había notado el cambio que ni siquiera había podido imaginar que fuese yo. Entonces le saludé y le expliqué… Y me reconoció que, si no le llego a decir nada, nunca me habría reconocido.

Tampoco pudo notar ningún cambio, porque nunca me había visto antes, la joven colombiana que me paró el domingo pasado cerca de la Plaza de San Pedro.

–Padre…

Me volví porque supuse que aquello había sonado demasiado cerca y que era yo el destinatario, pero debí poner tal cara de extrañeza o de susto que a continuación me preguntó:

-¿Habla español?

Yo creo que la cara de extrañeza –o de susto– era porque hasta ahora nadie me había llamado “padre”. Cuando le aseguré que sí hablaba español, me pidió, con sonrisa de luna de miel, si les podía dar a ella y a su esposo la bendición. Y yo, después de advertirles de que a pesar de las apariencias era un novato en esas lides, les di la bendición, con sonrisa de quien lleva un día con un diácono.

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