¿Colorín colorado?

Me encanta contar cuentos, porque los cuentos son vida y la vida es cuento. A finales de diciembre, el día 29 en concreto, organicé una función de cuentos para amigos y conocidos. Ha sido una de las contadas más maravillosas de mi vida.

En realidad, fue mi madre quien me insistió en que podía aprovechar mis días en Madrid para hacer un espectáculo. Yo tenía ciertos reparos, porque las fiestas navideñas suelen estar ya llenas de demasiados eventos, porque no era fácil conseguir un sitio, porque apenas había tiempo para anunciarlo… Sin embargo, al final me animé a intentarlo porque me moría de ganas por contar una vez más.

Conseguí que me dejaran el Salón de Actos de Tajamar, el colegio donde estudié y donde tanto aprendí, no solo en el aspecto académico. Lo de “conseguí que me dejaran” suena a arduas negociaciones, pero no es verdad: bastó un correo electrónico para que me dieran todas las facilidades y me abrieran todas las puertas.

Así que, una vez decidido el día y la hora, empecé a informar por Whatsapp a amigos y familiares:

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Y por Twitter al resto del planeta:

El problema era que el Salón de Actos de Tajamar es bastante grande. La zona en la que planeaba hacer la función, “el Cine”, cuenta con 180 butacas dispuestas en gradas, lo que se me antojaba un espacio demasiado inabarcable. Otro problema era la iluminación, que no está pensada para un eventos así, pero media hora antes de que comenzase la función apareció P., que el día anterior me había asegurado que iba a tener muy difícil venir (es decir, la forma elegante de decirte “me encantaría, pero no me es posible”) con un par de potentes focos portátiles.

Creo que todo el que se sube a un escenario lo hace dispuesto a hacerlo lo mejor posible independientemente del público que asista a la función. Pero siempre, en los minutos previos a que comience el espectáculo, trata de escuchar el rumor de la sala y busca algún resquicio para echar un ojo y averiguar hasta dónde se va llenando mientras intenta reconocer a algún amigo entre los que entran. Yo me metí en la cabina de proyección y a través de una pequeña ventana fui viendo a la gente que llegaba y comprendí que tendría que ahorrarme la conversación que había preparado para animar a la gente a que se sentase en las primeras filas y se olvidase del vacío circundante.

El aplauso que estalló cuando salí a escena fue otra conmoción. Y aproveché que era largo para ir mirando y descubriendo a las cerca de 150 personas que estaban allí y para ir desatando el nudo del estómago, el de la garganta y el del corazón. Y para disponerme a contar como si esa fuese a ser la última vez.

Empecé por fin a contar cuentos y por allí vinieron a acompañarme el Amor y la Locura, Tacirupeca Jarro, el hombre que daba vueltas para no marearse, aquel otro que llamaba a Teresa (que volvió a no aparecer), el lapón de la escalera de la cúpula, Blancaniev.es… Y por supuesto, Caperucita Rubra y el Lupus Ferocissimus. Pero cuando acabaron los cuentos empezó otro espectáculo no menos intenso, lleno de abrazos, saludos y sorpresas: mis padres, mis tíos, unos cuantos hermanos y sobrinos, algún primo, viejos amigos de infancia y adolescencia, antiguos alumnos de todos los sitios donde he dado clase, gente con la que he compartido campamentos, horas de estudio y aventuras en distintas asociaciones juveniles… Y otros a los que alguien les había animado a transformar una tarde del montón en una tarde de cuento.

A la salida, unos cuantos, escamados por lo de “para ir poniendo colorín colorado a tanto cuento”, me preguntaban si realmente pensaba dejar de contar cuentos cuando me ordenase y yo les tranquilizaba diciendo que, en el fondo, había sido un ardid publicitario. Pero me temo que no lo es, aunque todavía no lo tenga del todo claro.
Me encanta contar cuentos, ya lo he dicho. También me encanta dar clase. Y tantas otras cosas. Pero mi situación vital va a cambiar sustancialmente en un par de semanas. Y si nos ponemos, nos ponemos. No me veo, aunque lo de ir de negro lo tenga más fácil, contando cuentos encima de un escenario, porque me parece que un cura no pinta mucho en esas lides. Como tampoco tendría mucho sentido que me dedicase a dar clases de análisis sintáctico (nunca olvides que “analizar es fácil y divertido) o a enseñar la historia de la literatura española…

F., quien me enseñó a contar cuentos y a tratar de ser mejor persona, no se acaba de resignar con la idea de que yo deje de contar y me asegura que tendrá paciencia. Y me recuerda que Jesús también contaba historias, un argumento que me resulta, desde luego, bastante irrefutable. De hecho, no creo que pueda dejar de contar. Pero serán otras historias. Y en otros sitios.

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