Días en Madrid

He estado apenas una semana en Madrid y, aunque creo que me ha cundido mucho, me ha sabido a poco. Y me he quedado con ganas de ver a tanta gente que hace ya tiempo que no veo (es lo que tiene irse a vivir a otra ciudad): unos porque estaban fuera, otros porque les surgieron imponderables de última hora, los de más allá porque no sabía yo si estaban y, cuando quise mandarles un mensaje, la agenda ya estaba a reventar. Y también ha habido otros encuentros casuales, como los encuentros con H, L y E en la biblioteca de Valdebernardo (sí, también he sacado algo de tiempo para la tesis), o con J, que no iba a la biblioteca, sino al Parque de Atracciones. O el encuentro de esta mañana con R, que fue compañero de guardería… Me decía que no ha tenido suerte en la vida, pero no era una queja, era una constatación: le han diagnosticado artrosis de cadera, que no tiene fácil operación (ni mucho menos, barata); se arruinó el año pasado, porque lo poco que ganaba en el trabajo que ya no tiene se lo daba a una mujer que conoció que estaba pasando problemas, pero que resultó que le ha estado estafando… Sin embargo, a pesar de todo a R se le veía feliz, sin duda, por sus experiencias en Medjugore, que me han dejado la piel de gallina y mucho que pensar.

Han sido días de reencuentros y abrazos, de risas y de “auditorías” y de muchos recuerdos. Ha habido reencuentros con amigos que son ya de tanto tiempo que no puedo imaginar mi vida sin ellos (amigos de los de correspondencia epistolar manuscrita) y que, sin embargo, no dejan de sorprenderme. Conseguí también quedar con JM, con quien apenas he conseguido hablar durante todo el curso (me he hecho muy amigo de su contestador automático, eso sí), porque tampoco ha pasado por una buena racha. O con J, recuperado ya de su angioma y feliz como siempre. Asistí, junto con G, a la presentación mundial de El silencio es otro abecedario de otro J, que tuvo el detalle de regalarnos y dedicarnos el libro. No necesitamos más público para saber que aquello tenía dimensión universal. También tomé un buen café con E, ahora que es jefe y, sin embargo, no se le ha subido a la cabeza.

Hubo, por supuesto, partido de la Liga Fantástica (creo que no hace falta decir que volví a ganar): nos costó sacarlo, pero al final estuvimos ocho valientes (Á, M, D, D, F, JC, J) que, fieles a nuestro lema de “jugamos, aunque no nieve”, nos resignamos a que la pista estuviese seca y a no pasar frío: así las cervezas saben luego mucho mejor. Desde la banda nos acompañó S, que se está recuperando de una dura lesión, pero con quien contamos para el partido navideño. Se me van haciendo mayores y empiezan a metamorfosearse (es decir, están dejando de ser -dicho sea desde el cariño- unos capullos) en jóvenes profesionales.

No faltó tampoco la cena en la pizzería y la larga conversación con F y V, con quienes tanto cuento siempre, y el breve encuentro con G para ponernos al día de nuestras respectivas vidas. Y el no tan breve con CH en un pueblo perdido del Corredor del Henares al que Cervantes dio fama en una de sus obras.

Dentro de la categoría de quedadas inolvidables (y también tormentosas, aunque puedo asegurar, en contra de lo que ellos piensan, que no fui yo el invocador de la lluvia) quedará la paella en la sierra con P y M en el pueblo de Á, donde conocí también a S y a N y al rato ya hablábamos como si nos conociésemos de hace muchos años y que me sometieron a un interrogatorio tan intenso y divertido que nos acabó interrumpiendo la señora de la mesa de al lado para decir que teníamos una conversación muy interesante…

A todo eso hay que sumarle los encuentros con los vecinos, las comidas familiares, las risas con los sobrinos (por esas cosas de las vacaciones, solo he conseguido ver a 19 de los 32) y el intento de que algunos me re-conozcan…

Lo sé, hace rato que te has perdido entre tanta sigla, pero para mí detrás de cada sigla hay toda una historia imposible de resumir en una rápida entrada del blog. Y además, se me ha quedado todo un abecedario pendiente y he echado mucho de menos no ser capaz todavía de bilocarme. La verdad es que tras semanas como esta se me vienen siempre a la cabeza los versos que tuve la suerte de escucharle directamente al poeta Carmelo Guillén hace unos años:

DE AMIGOS ANDO BIEN

De amigos ando bien y me gusta enseñarlos
en álbumes de fotos y hacerlos coincidir
y que se den sus números de teléfono, que tengan
entre ellos un trato. De amigos ando bien
y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo,
que vienen a mi vida y me cogen el peine,
y se peinan, y me ponen los versos perdidos
de afecto, y se resbalan en este corazón
que es su casa. De amigos ando bien, si no yo
de qué iba a dármelas, de qué, si ellos suelen
mostrarme a las visitas y hacerme coincidir
con sus otros amigos, y andan ocupados en mí,
en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo
en mangas de cariño o si llevo o no el cuello
rozado de quererles. De amigos ando bien
y me noto importante, tal vez algo más gordo
de ser feliz, por eso me quedan las camisas
estrechas y me sale un brillo en la mirada
sólo porque de amigos ando bien, si no vedme
sentado a dos asientos o intentando alcanzarles
la luna, que me son leales y culpables
de todo: de peinarme así, como más guapo,
y perderme en mis versos e irme de teléfonos
y fotos y visitas y dármelas de qué;
no sé, culpables, ellos, mis amigos. ¡En serio!

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