Primer día de clase… de hace veinte años

Un día de estos, quizá el 12, que cayó en lunes, se han cumplido veinte años desde que di mi primera clase. Lo suyo sería haber escrito esto el día exacto, pero creo que después de 7304 días, semana arriba semana abajo tampoco importa tanto. En el fondo es ese extraño gusto por ponerse nostálgicos con las fechas redondas.

El día de la semana y la hora exacta no los recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que mi primera clase como profesor, cuando aún no había cumplido los 23 (sí, yo también fui joven) fue de Latín de COU (2º de Bachillerato, si tú sigues siendo joven). Y este dato lo tengo tan claro no porque esa clase me marcase especialmente, que quizá sí, sino porque ese curso esa fue la única asignatura que di. Y creo que fue una suerte empezar tan poco a poco a ser profesor. Aunque también resultó que empecé a dar clase por mala suerte… Yo tenía previsto dedicar mi primer curso después de acabar la carrera a hacer los cursos de doctorado, porque mi idea inicial era acabar siendo profe universitario, pero en agosto recibí una llamada de un amigo que me dijo que se había enterado de que estaban buscando un profesor de Latín en Los Olmos. Pensé que sería compatible dar unas horas de clase y hacer los cursos de doctorado, así que me presenté, me entrevistaron y me ficharon… No fue hasta más tarde que me enteré de que me habían fichado porque Vicente Martínez, el profesor que daba Latín el curso anterior, se había ahogado ese mismo verano en Guatemala, donde había ido de campo de trabajo para echar una mano. Sí, era un gran tipo, como me confirmó años después M.A. cuando llegué al Anselmo Lorenzo y en una de nuestras primeras conversaciones salió a relucir que yo había dado clase en Los Olmos e inmediatamente me preguntó si conocía a Vicente, uno de sus mejores amigos de la facultad.

Pero volviendo a mi primera clase… Entré y me quedé mirando a los siete alumnos que tenía (no, todavía no se me había ocurrido la idea de aprenderme los nombres de memoria antes de la primera clase), imposté la voz y con las manos sudorosas -ahora, con el recuerdo, también me han empezado a sudar- y de pie, apoyado en la mesa para que no se notase el temblor de piernas, empecé a hablar con una voz que no reconocía como propia… No sé si fue en esa clase o quizá unos días después, pero un alumno, que había repetido ya unas cuantas veces, me preguntó la edad y al enterarse de que solo le sacaba dos años no daba crédito y se preguntaba en voz alta cómo era aquello posible y, con mi habitual falta de tacto, todo lo que se me ocurrió responderle que esos dos años yo los había aprovehado mejor…

No sé si conseguí enseñarles mucho latín, pero yo le estoy muy agradecido a aquella primera promoción porque ellos sí que me empezaron a enseñar a ser profe y tuvieron que sufrir los comienzos siempre difíciles de quien se cree que la función principal del profesor es que no se le vaya la clase de las manos y para conseguirlo está convencido de que la mejor idea es ir con cara de perro y no sonreír hasta mayo. Afortunadamente creo que no conseguí cumplir tan difícil como inútil propósito.

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