De vuelta al instituto

Lo sé: el título puede llevar a engaño. O es, cuando menos, ambiguo. Sobre todo si se publica a principios de septiembre. Así que, antes de seguir, para tranquilidad de unos y decepción de otros, aclaro que este curso sigo en Pamplona, acabando el máster en Teología Bíblica en la UNAV para el curso que viene empezar la tesis y luego… Pero no adelantemos acontecimientos, que no es eso lo que me había traído hasta aquí (¡por fin!).

El curso pasado tenía previsto volver a Madrid unos días a partir del 28 de junio, pero por una serie de circunstancias bajé el 26 (en realidad, subí, porque Pamplona está a 449 metros de altitud, pero yo me siento en la parte alta del mapa) y como sabía que el 27 era el acto de fin de curso del IES Anselmo Lorenzo, llamé a J, insigne jefe de departamento y no obstante amigo, con quien en años anteriores había hecho alguna pequeña representación “leslutheriana”, y quedamos en dar una sorpresa.

Me encantan las sorpresas: darlas y que me las den. El acto se celebraba en el auditorio de San Martín de la Vega: entrega de diplomas, discursos emotivos, actuaciones musicales de alumnos y profesores… Aparecí cuando el acto ya había empezado y me escabullí entre las bambalinas procurando no ser visto, pero como todavía no soy invisible se produjeron las primeras caras de sorpresa… y de alegría. Tras la primera parte del acto, cuando se habían acabado de entregar los diplomas a los alumnos de la ESO que habían titulado y a los que habían tenido menciones, quedó el escenario vacío y, sin necesidad de presentación, salió J. con la guitarra… A los pocos segundos, desde detrás del telón dije aquello de “¡Ven, juglar, ven!” y aparecí en escena. Yo esperaba cierta reacción de sorpresa, pero lo que nunca podía imaginarme es el griterío jubiloso lleno de cariño con que me recibieron los espectadores. Me dejó emocionado y conmocionado, porque nunca tanta gente junta se había alegrado tanto de verme. Y resultó que al final me llevé yo una sorpresa muchísimo mayor que la que pensaba dar.

En un divertido tuit, M. colgó lo que le ocurrió mientras estaba desprevenido grabando el acto con el móvil, que acabó cayéndosele al suelo, como si hubiese visto un fantasma.

Lo malo y lo bueno de las sorpresas es que son irrepetibles y que, como la primera, ninguna. Este año, por ejemplo, volví a aparecer por Galicia, pero en lugar de aparecer de repente como vendedor de patatas fritas, lo avisé con tiempo, porque me temo que, si no, estarían esperando la sorpresa y lo mismo ya no aparezco y la sorpresa se convierte en desagradable… Y ese tipo de sorpresas ya no me gustan tanto.

Creía que lo de la sorpresa de Galicia ya lo había contado en el blog y lo he ido a enlazar, pero no lo encuentro. Será otra de esos millones de entradas que un día estuvieron a punto de publicarse… Pues, si eso, ya lo cuento otro día.

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7 comentarios en “De vuelta al instituto

  1. Pingback: 1ºH se me hace mayor | La vida es cuento

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