La beatificación de Álvaro del Portillo

Este fin de semana acudiré a Madrid para asistir el sábado 27 por la mañana a la beatificación de Álvaro del Portillo, de quien quizás no hayas oído hablar nunca, porque vivió de forma extraordinaria una vida bastante normal. Que yo sepa, no hizo ningún milagro en vida, aunque para poder ser beatificado la Iglesia exige que se le pueda atribuir algún milagro ocurrido por su intercesión después de su muerte (como el que se cuenta en este vídeo).

Es consolador y animante que la Iglesia en el siglo XXI siga proponiendo como modelo de vida cristiana a personas que, a pesar de sus errores y defectos, se han empeñado en vivir de acuerdo a su fe. De hecho, Álvaro del Portillo, a quien pude ver y escuchar en algunas ocasiones, será el primer beato al que he tenido ocasión de saludar personalmente, después de la última tertulia que tuvo en Madrid, en noviembre del 93 y en la que tuve la suerte de estar en el estrado. Cuando falleció don Álvaro salió la noticia en la prensa y aparezco en una de las fotos que he conseguido encontrar gracias a Internet:

?????????????????????????????????????????????????????????????????

Sí, soy el segundo por la derecha…

Lo dicho, que este fin de semana bajaré a Madrid para asistir a la beatificación, si te animas, será una alegría verte por allí.

Tienes toda la información en www.alvaro14.org.

Ya estamos aquí

Al final la mudanza ha sido más sencilla de lo que me temía y después de haber perdido infructuosamente algunas horas por la red buscando cómo migrar de La Coctelera a WordPress y encontrar tan solo algún “script” que rebasaba mis posibilidades de comprensión, me dio por mirar la carpeta con los archivos que me había generado La Coctelera al solicitar una copia del blog y descubrí con sorpresa que uno tenía el significativo nombre de “blog_contenido.wordpress”. Lo abrí y en las primeras líneas te ponen las sencillas instrucciones que tienes que seguir para venirte aquí.

Ya siento que todavía esté todo un poco sin colocar, que no haya encontrado el sitio donde digo quién soy (o quién pretendo ser) ni el lugar adecuado para poner los enlaces a los blogs amigos. Tampoco sé si he elegido la mejor plantilla, aunque tengo la sensación de que ahora se lee mejor la letra que antes.

En fin, que empiezo una nueva etapa con la sensación de llevar aquí ocho años y no dos días porque cada entrada aparece con su fecha correspondiente. Si te pasas por aquí, recibe mi más sincera bienvenida, ya hayas acabado aquí por la más remota de las casualidades, o ya hayas llegado porque querías venir… Bueno, en este último caso, mi bienvenida no solo más sincera sino más cordial.

Primer día de clase… de hace veinte años

Un día de estos, quizá el 12, que cayó en lunes, se han cumplido veinte años desde que di mi primera clase. Lo suyo sería haber escrito esto el día exacto, pero creo que después de 7304 días, semana arriba semana abajo tampoco importa tanto. En el fondo es ese extraño gusto por ponerse nostálgicos con las fechas redondas.

El día de la semana y la hora exacta no los recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que mi primera clase como profesor, cuando aún no había cumplido los 23 (sí, yo también fui joven) fue de Latín de COU (2º de Bachillerato, si tú sigues siendo joven). Y este dato lo tengo tan claro no porque esa clase me marcase especialmente, que quizá sí, sino porque ese curso esa fue la única asignatura que di. Y creo que fue una suerte empezar tan poco a poco a ser profesor. Aunque también resultó que empecé a dar clase por mala suerte… Yo tenía previsto dedicar mi primer curso después de acabar la carrera a hacer los cursos de doctorado, porque mi idea inicial era acabar siendo profe universitario, pero en agosto recibí una llamada de un amigo que me dijo que se había enterado de que estaban buscando un profesor de Latín en Los Olmos. Pensé que sería compatible dar unas horas de clase y hacer los cursos de doctorado, así que me presenté, me entrevistaron y me ficharon… No fue hasta más tarde que me enteré de que me habían fichado porque Vicente Martínez, el profesor que daba Latín el curso anterior, se había ahogado ese mismo verano en Guatemala, donde había ido de campo de trabajo para echar una mano. Sí, era un gran tipo, como me confirmó años después M.A. cuando llegué al Anselmo Lorenzo y en una de nuestras primeras conversaciones salió a relucir que yo había dado clase en Los Olmos e inmediatamente me preguntó si conocía a Vicente, uno de sus mejores amigos de la facultad.

Pero volviendo a mi primera clase… Entré y me quedé mirando a los siete alumnos que tenía (no, todavía no se me había ocurrido la idea de aprenderme los nombres de memoria antes de la primera clase), imposté la voz y con las manos sudorosas -ahora, con el recuerdo, también me han empezado a sudar- y de pie, apoyado en la mesa para que no se notase el temblor de piernas, empecé a hablar con una voz que no reconocía como propia… No sé si fue en esa clase o quizá unos días después, pero un alumno, que había repetido ya unas cuantas veces, me preguntó la edad y al enterarse de que solo le sacaba dos años no daba crédito y se preguntaba en voz alta cómo era aquello posible y, con mi habitual falta de tacto, todo lo que se me ocurrió responderle que esos dos años yo los había aprovehado mejor…

No sé si conseguí enseñarles mucho latín, pero yo le estoy muy agradecido a aquella primera promoción porque ellos sí que me empezaron a enseñar a ser profe y tuvieron que sufrir los comienzos siempre difíciles de quien se cree que la función principal del profesor es que no se le vaya la clase de las manos y para conseguirlo está convencido de que la mejor idea es ir con cara de perro y no sonreír hasta mayo. Afortunadamente creo que no conseguí cumplir tan difícil como inútil propósito.

De mudanza

Al final, por raro que parezca, voy a durar más que la plataforma que me sostenía. Hoy me ha escrito un mensaje M diciendo que La Coctelera se cierra y he ido al enlace que me facilitaba, donde explican que el 11 de octubre se cerrará definitivamente esta plataforma, aunque a mí, hasta ahora, no me ha llegado ningún correo que me anuncie que hay que irse.

Por si acaso, voy a ir preparando las maletas, pero no sé muy bien a dónde ir a parar, si a blogspot o a wordpress o a tumblr… Si alguien tiene alguna recomendación creo que ha llegado el momento de hacerla.

En realidad, me siento un tanto culpable del cierre: hubo un momento en que nos llegó un mensaje a los usuarios de La Coctelera en el que se nos avisaba de que empezarían a aparecer banners y anuncios, pero, como éramos de los primeros que habíamos llegado, teníamos la opción de deshabilitar esa opción… Y yo la deshabilité, porque no quería molestar a quien viniera aquí a leer con no sé qué publicidad. Pero, claro, la gente (y las plataformas de blogs) tampoco vive del aire. Además, si hubiese escrito con más regularidad habría generado más tráfico (me habría sentido autopista) y quizá alguien se habría animado a convertirse en escritor de blog y habríamos sido tantos que hubiese compensado dejar la cosas como estaba.

No sé. Da la sensación de que los blogs empiezan a quedarse desfasado, de que ya a nadie le interesa leer frases con más de 140 caracteres y que lo que puedas decir con una imagen… Pero no es momento de ponerse nostálgico, sino, como decía antes, de preparar las maletas e irme con mis escritos a otra parte, no vaya a ser que salga el tren y me pille en el andén contrario.

Lingua latina sine molestia

He de reconocer, aunque espero que no salga de aquí, que el latín lo entiendo bastante bien, pero que no lo hablo con fluidez (salvo el macarrónico quijotesco o caperucitil). Por eso cuando A me habló de un curso online para aprender a hablar latín me entusiasmé con la idea… Y me he apuntado.

Se lo conté a J y me dice que soy un friqui… Lo que pasa es que él es un envidioso. Pero también me dijo, en una de esas veces que me echa en cara que a ver si escribo más y yo le respondo que mi vida ahora ha perdido “anecdotibilidad”, que eso daba tema suficiente para una entrada. Y yo creo que no, pero le voy a hacer caso por si acaso.

El curso es gratuito y, hasta donde sé, se puede apuntar cualquiera que lo desee, pero tienes que poner de tu parte el material que se emplea, es decir, el libro y los audios. El libro Lingua lantina sine molestia está en francés, en italiano y en alemán, pero por ahora no en castellano (lo mismo me pongo y al final de curso ya lo tengo traducido).

Ayer hablé con N y ha decidido apuntarse también, así que si alguien más se anima…

Aquí viene la información sobre el curso: http://avitus.alcuinus.net/schola_latina/info1_es.php (al que me he matriculado es “sermo latinus I&II, pero se puede empezar por un curso más suave).

No os extrañe si cualquier día de estos empiezo a hacer entradas en latín.

Curate ut valeatis!!

De vuelta al instituto

Lo sé: el título puede llevar a engaño. O es, cuando menos, ambiguo. Sobre todo si se publica a principios de septiembre. Así que, antes de seguir, para tranquilidad de unos y decepción de otros, aclaro que este curso sigo en Pamplona, acabando el máster en Teología Bíblica en la UNAV para el curso que viene empezar la tesis y luego… Pero no adelantemos acontecimientos, que no es eso lo que me había traído hasta aquí (¡por fin!).

El curso pasado tenía previsto volver a Madrid unos días a partir del 28 de junio, pero por una serie de circunstancias bajé el 26 (en realidad, subí, porque Pamplona está a 449 metros de altitud, pero yo me siento en la parte alta del mapa) y como sabía que el 27 era el acto de fin de curso del IES Anselmo Lorenzo, llamé a J, insigne jefe de departamento y no obstante amigo, con quien en años anteriores había hecho alguna pequeña representación “leslutheriana”, y quedamos en dar una sorpresa.

Me encantan las sorpresas: darlas y que me las den. El acto se celebraba en el auditorio de San Martín de la Vega: entrega de diplomas, discursos emotivos, actuaciones musicales de alumnos y profesores… Aparecí cuando el acto ya había empezado y me escabullí entre las bambalinas procurando no ser visto, pero como todavía no soy invisible se produjeron las primeras caras de sorpresa… y de alegría. Tras la primera parte del acto, cuando se habían acabado de entregar los diplomas a los alumnos de la ESO que habían titulado y a los que habían tenido menciones, quedó el escenario vacío y, sin necesidad de presentación, salió J. con la guitarra… A los pocos segundos, desde detrás del telón dije aquello de “¡Ven, juglar, ven!” y aparecí en escena. Yo esperaba cierta reacción de sorpresa, pero lo que nunca podía imaginarme es el griterío jubiloso lleno de cariño con que me recibieron los espectadores. Me dejó emocionado y conmocionado, porque nunca tanta gente junta se había alegrado tanto de verme. Y resultó que al final me llevé yo una sorpresa muchísimo mayor que la que pensaba dar.

En un divertido tuit, M. colgó lo que le ocurrió mientras estaba desprevenido grabando el acto con el móvil, que acabó cayéndosele al suelo, como si hubiese visto un fantasma.

Lo malo y lo bueno de las sorpresas es que son irrepetibles y que, como la primera, ninguna. Este año, por ejemplo, volví a aparecer por Galicia, pero en lugar de aparecer de repente como vendedor de patatas fritas, lo avisé con tiempo, porque me temo que, si no, estarían esperando la sorpresa y lo mismo ya no aparezco y la sorpresa se convierte en desagradable… Y ese tipo de sorpresas ya no me gustan tanto.

Creía que lo de la sorpresa de Galicia ya lo había contado en el blog y lo he ido a enlazar, pero no lo encuentro. Será otra de esos millones de entradas que un día estuvieron a punto de publicarse… Pues, si eso, ya lo cuento otro día.