El día que me cambió la vida

Hoy hace 28 años me cambió la vida. O quizá sería más adecuado decir que hoy hace 28 años me cambié la vida. Cuando estudiaba 1º de BUP (3º de la ESO para los que han cursado Primaria), el 25 de abril de 1986, viernes, a eso de las once de la noche, pedí la admisión como agregado en el Opus Dei, una institución de la Iglesia católica que promueve la santidad en medio del mundo a través de la vida ordinaria y el trabajo cotidiano. De todos modos, ahora que lo pienso, creo que lo más correcto es decir que fue Dios quien me cambió la vida, porque es Él quien llama a quien quiere y cuando quiere. Y además le gusta ponerse las cosas difíciles. Sé que más de uno pensará que pensar a estas alturas de la humanidad que Dios sigue llamando es, cuando menos, bastante ingenuo e incluso arrogante. Pero para mí, que conozco bastante bien el paño de que estoy hecho y lo cafre que puedo llegar a ser, el hecho de seguir aquí tan contento 28 años después es un motivo más de credibilidad. Todos estos años han sido un camino de rosas: un camino fantástico, pero también lleno de espinas.
Como es lógico, a los catorce años sabía bastante poco de la vida, pero es una edad ideal para cometer locuras y lanzarse al vacío con el amor como único paracaídas. Además, la inercia tampoco te lleva muy lejos y esa decisión primera y un tanto inconsciente de tus catorce años tienes que seguir renovándola (es decir haciéndola nueva) no solo hasta que cumples los dieciocho y realizas tu primera incorporación jurídica a la Obra, sino cada día de tu vida.
Hace un par de semanas, dos de mis sobrinas, de nueve años, me sometieron a un tercer grado para saber por qué yo no me casaba, si es que no me gustaban las chicas o si es que yo no le gustaba a las chicas, y les respondí que ninguna de esas razones era cierta (por lo menos la primera), y traté de explicarles que a veces Dios se mete en tu vida, sin pedirte permiso, y te pide que le des el corazón entero… Se quedaron calladas y serias, y no sé si muy convencidas, pero por lo menos acabó el interrogatorio.
Ahora, a los 42, sigo sin saber demasiado de la vida, pero plenamente convencido de que valió la pena dar el salto al vacío y de que el amor no es el paracaídas, sino las alas.

PS: Por esas casualidades de la vida, en la página web de la Obra han vuelto a publicar esta semana una entrevista que me hicieron en 2009.

Siete años, un martes y un septiembre

Hoy es el Día del Libro y todo el mundo se siente obligado a recomendar algún libro. Y a mí, habitualmente, lo que me gusta es ir a la contra y no hacer lo que hace todo el mundo, pero eso tiene el peligro de que acabas haciendo lo mismo que aquellos a los que lo que les gusta es ir a la contra y no hacer lo que hace todo el mundo (tranquilo, yo tampoco me entiendo), así que hoy he decidido dar otra vuelta de tuerca (gran libro, ya que estamos) e ir a la contra de todos los que van a la contra… y recomendar un libro.

En realidad, esta entrada quería haberla escrito hace mucho tiempo, con calma y tranquilidad, sin prisas… Como he querido escribir todas las entradas que nunca he escrito. En fin, nada mejor que aprovechar la excusa del día del libro (así, en minúsculas, para que valga para cualquier día) y hablar de un libro.

Siete años, un martes y un septiembre salió hace un año, un lunes y un abril y es el primer libro (publicado) de Julio Oliva, antes que escritor, amigo (y compañero de tantos proyectos por empezar) y por eso no es sencillo escribir sobre su libro como si no nos conociéramos. Lo más fácil es decir “libro”, porque no es fácil saber si es una novela, o un conjunto de cuentos, o más bien poemas o un poco de cada o todo lo contrario. O quizá una colección de estampas impresionistas, pintadas con palabras que de cerca destrozan la sintaxis, pero que, cuando uno se aleja para contemplar el conjunto, toman forma y sugieren mucho más de lo que dicen. A veces hay personajes que se repiten, a veces lo que se repiten son las situaciones, o los años, los martes y los septiembres. Y un tú y un yo que se intercambian los papeles o acaban convertidos en él y ella. Da la impresión de que el libro tampoco tiene un principio o un final, que se puede empezar a leer por cualquier parte (“Pongamos que deshacemos una novela, barajamos sus páginas, que laboriosamente uniera el editor, y amablemente el impresor, siguiendo un lógico orden de comprensión y factibilidad, si es que eso existe”). Incluso se puede empezar del revés y entonces de repente cambias de idioma y descubres que hay cosas que saben mejor en catalán o en castellano, depende de cuál sea tu revés.

Tiene el conjunto sabor a melancolía, a ternura, a amor tantas veces quebrado o quebradizo, a distancia, a cigarro, a mar, a Argentina, a Barcelona, a besos no dados. Sabe bastante a Cortazar y tal vez más a Jefferson West. Pero, sobre todo, sabe a café: intenso, amargo, estimulante…

Quizá el problema, porque todos los libros tienen algún problema, es que hay demasiadas referencias y alusiones que pueden aturdir al lector por poner en evidencia su inmensa ignorancia. Un amigo al que le dejé el libro (¡y me lo ha devuelto!) me dijo que le había gustado, pero que se notaba que el autor lo había escrito sobre todo para él. No sé, supongo que así es como se tienen que escribir los libros. De lo que no me cabe duda es de que merece la pena leerlo, mejor un martes de septiembre y con lluvia, o un jueves de abril con sol, pero siempre con un café de esos que saben mejor cuando se comparten.

Escribe

Hace una semana, o probablemente dos, hablé por teléfono con F. En un momento dado de la conversación me dijo:

-Escribe.

Y siempre que F me dice o me sugiere algo procuro hacerle caso. Cuánto más cuando me lanza un imperativo sin paliativos.

Y una semana después, o probablemente antes, hablé por teléfono con J. En un momento dado de la conversación me dijo:

-Hace demasiado tiempo que no escribes.

Y es que J, a quien también procuro hacerle caso, no es siempre tan expeditivo como F, pero es igual de convincente.

Y les agradezco que me lo digan, porque a menudo yo también me lo digo, pero a mí procuro hacerme mucho menos caso. Así que he vuelto al blog y me lo he encontrado bastante desangelado y moribundo, lleno de telarañas cibernéticas y con todos los achaques de un blog que se ha convertido en venerable anciano. Pero, renqueante y convaleciente como está, creo que no sería bueno que le atiborrase de repente de palabras, así que me propongo reanimarlo poco a poco, con las pequeñas dosis de microrrelatos de menos de 140 caracteres que últimamente publico en Twitter, con la esperanza de que Calíope vuelva por aquí cada vez más a menudo.

Y gracias a ti por volver y no desesperar… O por volver desesperadamente.