Ahora ya me gusta leer

En Navidad estuve por Madrid y pude quedar y hablar con unos cuantos amigos (no con tantos como me hubiese gustado, claro), pero hubo también algún encuentro inesperado.

Como el tiempo pasa y todos nos vamos haciendo mayores, mi hermano G, a punto de sus cuarenta y para celebrarlos, organizó un fantástico concierto en Segundo Jazz, un local con una personalidad muy particular (según ellos mismos). Como yo era el encargado de grabar el concierto, llegué con cierto margen y mientras saludaba a los pocos conocidos que había por allí se me acercó un tipo joven que debería rondar los 30 y en quien me había fijado al entrar porque su aspecto me recordó al de un profe al que hace tiempo que no veo, pero en seguida me di cuenta de que no era quien yo pensaba. Sin embargo, él sí me había reconocido y me abordó sin mucho preámbulo:

-Tú eres Eduardo Ares, ¿no?

Ante una pregunta-afirmación de ese tipo el cerebro se me suele poner a carburar a toda velocidad para encontrar alguna pista que me facilite la solución del enigma y así evitar quedar como el desconsiderado o el despistado que probablemente soy. Como se me debieron de notar la sorpresa y el esfuerzo memorístico, trató de ayudarme:

-Me diste clase en Los Olmos…

Era una pista, qué duda cabe, pero en Los Olmos di clase durante diez años y pasaron por mis manos unos cuantos cientos de alumnos, así que acabé por rendirme y balbucí avergonzado:

-Pues la verdad es que ahora no caigo en quién eres…

-Soy X.

Y entonces, gracias al poder mágico y evocador que tienen los nombres, empezaron a llegarme algunas imágenes al exhausto cerebro y se fue haciendo poco a poco la luz. Recordé a un chico con más kilos, menos barba y más pelo… Para verificar que mi identificación había sido correcta, no se me ocurrió otra cosa que lanzarle a mi vez una pregunta-afirmación:

-Pero… tú eras un macarra, ¿no? -dije antes de que me diera tiempo a arrepentirme.

No sé por qué “macarra”, que es una palabra que creo que no utilizo desde hace mucho, fue la que se me ocurrió para decir que en el aspecto académico dejaba mucho que desear… Y no solo en el aspecto académico: pitillos a escondidas y a no tan escondidas, pellas, quizá alguna respuesta provocadora, pasotismo exagerado…

-Hombre, tampoco tanto… -me respondió sonriente-. La verdad es que sí que andaba un poco despistado.

Y me fue reconstruyendo su historia: le di clase en 2º de Bachillerato y suspendió todas, me recordó que en aquel tiempo yo llevaba una bata (nunca he sabido por qué los de Matemáticas se ponen más la bata que los de Lengua) en la que, en el lugar del nombre, había grabado “Carpe Diem”… Después de aquel año, se fue a otro sitio a hacer un grado medio que tampoco le sirvió de mucho, pero poco a poco se fue dando cuenta de que así no iba a ninguna parte… Desde hace cuatro años trabaja en Correos como cartero y, aunque se está planteando buscar otra cosa porque cada vez hay menos cartas, procura haber bien su trabajo porque considera que es la forma de prestar un buen servicio a los demás.

-Ahora ya me gusta leer -me lo dijo con orgullo y quizá como pidiendo perdón por los disgustos del pasado. Pedro Páramo era uno de los últimos libros que había leído y ahora estaba con Huxley. Se ha convertido en un hombre con inquietudes y sin móvil.

Y es difícil de explicar la alegría que te da encontrarte, o mejor dicho que te encuentre, un alumno doce o trece años después y descubrir que en educación nada se pierde (me gusta imaginarme que, en el fondo, conseguimos meterle la semilla de lectura, aunque tardó en despertar). Además, él no fue allí por casualidad. Una amiga suya le dijo que iba a colaborar con el cajón en un par de canciones en un concierto de Gonzalo Ares…

-¿Gonzalo Ares?… ¿No será el hermano de Eduardo Ares?

-Pues no sé -le había respondido ella-. A lo mejor, porque también vivía en Moratalaz…

Y X había ido al concierto con la “ilusión” de encontrarme. Y eso te deja patidifuso y un tanto avergonzado a la vez que agradecido, porque seguro que tuvimos más de una bronca. Sin embargo, cuando pasa el tiempo, no quedan las broncas, sino el cariño y el agradecimiento y uno sigue aprendiendo mucho de sus antiguos alumnos.

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ABORTO LIBRE!

El otro día, camino de la facultad, me encontré unas cuantas pintadas de “Aborto libre!” y llevo un par de días debatiendo en Twitter con @RebeldeDesertor, a quien aprecio de veras, sobre el tema… Y sé que es asunto espinoso y enconado y que no suelo escribir aquí sobre temas tan controvertidos, pero creo que hoy voy a hacer una excepción.
No pretendo convencerte o hacerte cambiar de opinión (bueno, un poco sí, pero me imagino que es tan imposible como que tú me convenzas a mí). Lo que sí que me gustaría es que hicieras el esfuerzo por comprender por qué hay quienes en pleno siglo XXI se empeñan en oponerse al aborto. Yo comprendo que haya gente que, si piensa que la vida humana no comienza hasta que se nace, considere el aborto como una posible solución a un embarazo no deseado, que defiendan el derecho a la mujer a decidir cuándo ser madre o a decidir si siguen o no adelante con su posible hijo.
Pero imagínate, por un momento, que consideras que la vida humana es un bien inviolable, que estás convencido de que es injusta y abominable la muerte de cualquier ser humano inocente con independencia de su raza, sexo, religión, opción política, clase social, cultura, etc. De hecho, me imagino que para estar de acuerdo en este punto tampoco tienes que imaginar demasiado.
Imagínate ahora que estás convencido de que la vida humana comienza desde el momento en que un óvulo es fecundado por un espermatozoide: si dejas que ese óvulo fecundado, que ya tiene un ADN único e irrepetible, siga el curso normal de los acontecimientos, mucho antes de que te quieras dar cuenta ya habrá un corazón latiendo, un sistema nervioso… Pero es todo un desarrollo, el ser humano no se va fabricando por piezas como un coche: ahora ponemos un corazón, este pie aquí y esta mano allá, el cerebro y listos. Insisto, es un proceso imparable (bueno, por desgracia es parable) que culminará, en circunstancias normales, 70 u 80 años más tarde…
Este segundo punto, el de cuándo comienza realmente la vida humana es mucho más difícil de imaginar, lo sé. Tampoco yo lo he tenido siempre tan claro. No se trata del derecho a ser madre o padre, sino del deber de no dejar de serlo cuando ya se es; y se empieza a ser madre o padre cuando hay un hijo; y empieza a haberlo antes de que se empiece a verlo. El hecho de nacer no me cambia de especie, sigo siendo de la misma especie biológica que un minuto antes de nacer y que un día antes y que una semana y que un mes y que cuatro meses, y que nueve… Sé de casos de gente que ha cambiado de pareja, de ateos que se han convertido y de creyentes que se han hecho ateos, de políticos que han pasado de un partido al otro y viceversa, incluso de madridistas que se han hecho culés y de culés que se han hecho del Madrid. Sin embargo, no conozco ningún caso de que alguien que se opusiese al aborto se haya convertido en un encendido defensor de la postura abortista, pero sí que sé de numerosos casos de abortistas que han dejado de serlo y han puesto todo su empeño en defender la vida del no nacido. En la red es fácil encontrar cientos de vídeos y testimonios al respecto, pero recuerdo cómo me impresionó el escalofriante vídeo del doctor Nathanson, “El grito silencioso”, u otro vídeo que se titulaba “Meet the abortion providers” .
Si llegas al convencimiento de que la vida humana no comienza con el nacimiento, sino mucho antes, ¿no harías lo posible por defenderla? Pues eso es lo que les pasa a los que se oponen al aborto.

Feliz año

Ahora que ya sé que en el 2014 llueve y hace frío y también sale el sol, ahora que han comenzado las clases, ahora que tengo la certeza, a pesar del cambio de año, de que todos los días me sigue costando levantarme cuando suena el despertador, ahora que sigo convencido de que tendría que escribir más a menudo, ahora que ya se fueron los magos y, a parte de los regalos, nos dejaron la normalidad… Ahora, precisamente, quiero desearte feliz año, lleno de temidos lunes y anhelados viernes. Me gustaría hacer algún día una defensa apasionada de los lunes, porque cada vez estoy más convencido de que quienes sufren los días normales y solo añoran el fin de semana, están disgustados la mayor parte del tiempo, que sería casi mejor disfrutar de lunes a jueves y sufrir de viernes a domingo… y de que es mucho mejor disfrutar de lunes a domingo, y otra vez a empezar.

Lo dicho, feliz año, lleno de maravillosos lunes y fantásticos viernes (fin de semana incluido).

Y una poesía para despedir a los Reyes. Esta vez, en lugar de Lope de Vega, Gloria Fuertes:


El camello cojito

(Auto de los Reyes Magos)

El camello se pinchó
con un cardo en el camino
y el mecánico Melchor
le dio vino.

Baltasar fue a repostar
más allá del quinto pino….
E intranquilo el gran Melchor
consultaba su “Longinos”.

-¡No llegamos,
no llegamos
y el Santo Parto ha venido!

-Son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.

El camello cojeando
más medio muerto que vivo
va espeluchando su felpa
entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!

Se iba cayendo la mirra
a lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos-
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
le hace cosquillas al Niño.