Aventuras y desventuras de un corrector de selectividad (y II)

Y cuando ellos comienzan a disfrutar de su libertad, tú comienzas tu encierro. Bueno, en realidad, tu encierro ha empezado un poco antes, porque el mismo día en que hacen el examen (en el caso de Lengua el martes de la semana pasada) te llevas tu lote de 170 exámenes, más o menos, para corregir en seis días. El mismo martes tuvimos la anhelada reunión de correctores en la que esperaba que por fin me fuesen revelados los temibles secretos de los temidos “correctores de selectividad”… Y he de reconocer que salí un tanto decepcionado.

Supongo que en Matemáticas o en Física es fácil decir estas son las soluciones y cada error se penaliza con tanto. Pero en Lengua hay varias preguntas en las que no todo está tan claro: haga un comentario lingüístico, elabore un resumen, redacte un texto argumentativo sobre tal tema… Sé que no es nada fácil que todos los correctores mantengamos un mismo criterio, por eso habría sido de agradecer un modelo que nos sirviese de base, pero en la hoja que nos entregaron titulada “LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA II. SOLUCIONES” aparecían frases del tipo: “respuesta de carácter abierto, en la que el estudiante debe poner de relieve las principales características lingüísticas y estilísticas del texto” como solución a la pregunta “detalle,las características lingüísticas y estilísticas más sobresalientes”; o “respuesta de carácter abierto, donde se prima la capacidad del estudiante para construir un texto argumentativo y la corrección y claridad de la expresión”… Tampoco el solucionario era mucho más explícito en lo que se refería a preguntas de carácter cerrado. A la pregunta “La literatura del siglo XVIII. Ensayo y teatro”, la solución ofrecida era “El estudiante debe redactar un texto expositivo que responda a la pregunta: La literatura del siglo XVIII. Ensayo y teatro”. O sea que al final es cada corrector el que tiene que decidir qué características, qué autores y qué obras son las que tiene que destacar el estudiante. Y me imagino que serán las mismas para mí que para X, pero no lo sé, insisto, y hubiese preferido unas pautas más extensas, aunque hubiera que tenido que renunciar por ello a mi criterio personal. Bastante abrumador es ya pensar que de la nota que tú le pongas en ese examen puede depender el futuro profesional y vital de ese estudiante, como para encima tener que aferrarte al que se supone que es tu buen criterio. Y claro que procuro tener un criterio, pero me es muy difícil delimitar la frontera que existe entre el 0,75 y el punto en un texto argumentativo que vale 1,5 puntos.

Cuando te pones a corregir te empiezan a asaltar dudas existenciales: a lo mejor estoy dejando a este buen tipo sin la posibilidad de estudiar la carrera de su vida. Pero esa duda se ve contrapesada en seguida por su contraria: si a este le pongo más de lo que se merece, a lo mejor estoy privando a otro alumno de la posibilidad de estudiar la carrera de su vida. Así que aparcas las dudas existenciales y procuras ser lo más justo posible, con la idea de que, si alguien reclama su nota, el segundo corrector compruebe que tiene la que en justicia le corresponde, si acaso algo más que menos. También te entra la angustia de estar examinando, de alguna manera, a tus propios compañeros de profesión: cuando el viernes que viene lleguen las notas a los centros, alguno, empezando por mí mismo, se llevará la sorpresa de que hay alumnos que sacan una nota inferior a la que sacaron durante el curso o todo lo contrario. Pero, en parte, es lógico, porque en un solo examen y sin conocer al alumno no puedes evaluar todo lo que se hace durante un curso. Basta con que hayan caído justo las preguntas de literatura que el alumno no se estudió para que la nota se reduzca al menos en dos puntos. Esa es otra cosa que se echa de menos. Te gustaría poder tener la posibilidad de explicar a los corregidos por qué les has puntuado de esa manera y no de otra, en qué han fallado y qué han tenido bien.

También sé que es tirar piedras contra mi propio tejado, pero las faltas de ortografía no cuentan tanto como nos hacen creer. Nos piden que seamos benévolos y se nos da el criterio orientativo de bajar medio punto por cada cuatro tildes (más o menos, lo mismo que bajamos en el instituto en primero de la ESO) y al final creo que a nadie le ha bajado más de un punto por faltas y no porque no las hubiera.

En general, la idea que uno saca es que se exige bastante menos de lo que exigimos en 2º de Bachillerato. Por ejemplo, en el análisis morfológico basta con indicar el tipo de morfema sin necesidad de aclarar qué aporta ese morfema al significado final de la palabra. Y es estremecedor comprobar que para unos cuantos “engrandece”, verbo de los de toda la vida, es sustantivo o adjetivo. Y en esa misma palabra muy poquitos han sido capaces de separar la última -e como morfema flexivo (ya me imagino que si no eres profesor o alumno de Lengua esto te interese más bien poco, pero no te imaginas la ilusión que a mí me hubiera hecho que alguien me lo hubiesen dicho hace unos meses).

De todas formas, lo más duro, más decepcionante y más preocupante de estos intensos días de corrección ha sido leer y corregir los textos argumentativos. Porque es lógico que en la pregunta de literatura o de sintaxis todas las respuestas sean iguales, pero que parezca que los textos argumentativos están copiados unos de otros no es más que el síntoma del triunfo del pensamiento único, de lo políticamente correcto y de la pobreza de expresión escrita. Cuando acabé de corregir, escribí un texto, algo exagerado, pero solo algo, que resume ls principales defectos que me he encontrado:

Hoy en día en nuestra sociedad en mi opinión es muy importante aprender a escribir debido a que la mayoría de los textos los cuales he corregido van a mostrar numerosas faltas de expresión ya que tratas de escribir lo más raro posible. En conclusión, se debe escribir mejor.

En fin, las notas no han sido demasiado altas (5,7 de media), pero la más baja ha sido un 2,5. Y eso sí, me he dado el gustazo de poner un 10, que ya tenía ganas:

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