Aventuras y desventuras de un corrector de selectividad (I)

Las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU para los amigos, selectividad para los nostálgicos) tienen algo de misterioso y enigmático: la figura del corrector, de quien depende el futuro de tus alumnos. Sabes que si eres profesor de instituto, das clase en bachillerato y lo solicitas, puedes llegar a ser corrector de selectividad (sí, soy de los nostálgicos). Pero también sabes que nunca te toca a ti, como la quiniela. Y durante el curso te carcome la duda de si al dichoso corrector esto o aquello le resultará de su agrado, si realmente será capaz de “fundirse” a alguien por faltas de ortografía y qué secretos criterios le guiarán para decidir si un texto argumentativo merece un 0,75 o un 1.
Hasta que un día te llega un mensaje al móvil que te anuncia que has sido nombrado corrector y pocos días después te llega una escueta nota en la que se te cita para el día en que comienza la selectividad a las 8.30 en determinado tribunal. Cuando les dije a mis alumnos que iba a ser corrector dieron un suspiro de alivio porque sabían que no podían caer en mis manos. Son injustos. No soy tan duro, ni tan cruel como aseguran las malas lenguas: a las pruebas me remito… y a las notas.
Me hacía ilusión corregir selectividad, entrar en los secretos mejor guardados de qué criterios concretos de corrección se siguen, porque los generales ya los sabes, pero son eso, demasiado generales. Si eres miembro de un tribunal no solo corriges los exámenes, también los vigilas. En cada aula hay al menos dos profesores y, media hora antes de que comience el examen, uno de ellos hace el llamamiento, mientras que el otro va indicando a los alumnos que dejen la mochila, móvil incluido, en el encerado y se sienten en determinado sitio (lo curioso es que el móvil lo dejan efectivamente dentro de la mochila: siempre que sonó algún móvil no lo tenían encima).
El llamamiento para el primer examen es solemne y aterrador. Dices el nombre, se te acercan, te dan temblorosos el DNI, lo compruebas, les das las etiquetas adhesivas con su código de barras que tendrán que pegar en cada examen y les haces pasar. Como esta vez el clímax del examen lo daban las circunstancias, decidí no poner mi cara de asesino en serie, sino la mejor de mis sonrisas, acompañada de un mucho ánimo o mucha suerte. El momento tal vez más terrible y angustioso, o solo ridículo, son los quince o veinte minutos que transcurren desde que se han colocado todos en sus sitios hasta que te traen el examen para que se lo des. Como lo que prima no es de qué instituto vienen, sino por qué letra empieza su apellido, es fácil que cada uno acabe rodeado de desconocidos con los que no sabe de qué hablar y así se produce un tenso silencio lo suficientemente largo para que les dé tiempo a convencerse de que se les ha olvidado todo y de que tenían que haber estudiado mucho más la semana pasada, bueno, y también durante todo el curso. Estuve tentado, más de una vez, de contarles un cuento, pero al final no me atreví.
Una vez que han hecho el primer examen todo se vuelve más fácil y cotidiano y como uno se acostumbra a todo al tercer examen tienen la sensación de que han estado la vida entera haciendo selectividad y desaparecen los nervios y crece la confianza… hasta que descubres con pavor que te has dejado las etiquetas olvidadas en casa. Y le dices al profesor que ha ido a acompañaros que le das las llaves de tu casa y que, por favor, vaya a por las p etiquetas porque en su casa no hay nadie… Tratamos de tranquilizar a Laura (pondría una X, pero es tan imposible que alguna vez lea esto que voy a “desanonimarla”) y conseguimos localizar a su madre. El profesor acompañante me repetía mientras tanto que no me podía imaginar la cantidad de veces que les habían recordado que no podían olvidar las etiquetas… Hasta que le dije que le entendía perfectamente, que yo también soy tutor de segundo… y de pronto creo que cayó en la cuenta de que los correctores de selectividad no son los tipos de negro que uno se imagina, sino un profesor como cualquier otro. Al final la madre consiguió traer las etiquetas antes de que acabara el examen y a Laura no se le volvieron a olvidar al día siguiente.
Después de tres días intensos, cuando acaban el último examen creen descubrir el auténtico significado de libertad, recuerdan con rubor los nervios de apenas tres días antes y quedan convertidos en unos auténticos expertos que pueden decir con aplomo aquello de “la verdad es que la selectividad no es para tanto”…

Un comentario en “Aventuras y desventuras de un corrector de selectividad (I)

  1. Hola,

    Acabo de descubrir tu blog y me ha sorprendido gratamente como lo llevas. Justo estoy ayudando a difundir un vídeo que fomenta las vocaciones, ya que tanto se está hablando últimamente sobre que si hay que estudiar solo carreras con salidas, o con menos paro…cosas que no comparto ya que carreras vocacionales no deben ser truncadas por creencias como esa. Por ello me ha parecido interesante enseñarte este vídeo que te invito a compartir en tus plataformas para apoyar a los estudiantes que quieren estudiar ciertas carreras pero que a veces se les hace difícil porque las notas de corte que exigen son demasiado altas, y que además no se pierda la ilusión de llegar a ser lo que verdaderamente a cada persona le gusta.

    Para cualquier cosa te invito a contactarme en mi twitter @Maru42.

    El link al vídeo es: http://www.youtube.com/watch?v=hh-agBbx_qk

    Un abrazo y enhorabuena por tu blog, lo recomendaré 😉

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