Que viene el lobo

El otro día me invitaron a cenar en su casa mi hermano y mi cuñada (bueno, más bien al revés). Llegué hasta el portal y a pesar de haber estado cientos de veces tuve que comprobar el número de piso y la letra. Creo que desde que tengo móvil no he vuelto a aprenderme ni una dirección, ni un número de teléfono, stin embargo todavía recuerdo perfectamente los que me aprendí antes de tener el cacharro, aunque no los haya utilizado durante años. Espero que estos olvidos no sean porque el móvil me esté volviendo más tonto, que todo puede ser, sino porque la memoria prefiere ocuparse de asuntos más necesarios. Algo parecido les pasaba a los “juglares” que todavía había en Marruecos en el siglo XX (y no sé si seguirá habiendo, esto me lo contó mi profesor de literatura española en primero de carrera y no he contrastado la veracidad de tal información): eran analfabetos, pero se sabían de memoria poemas de miles de versos. En cuanto aprendían a leer, olvidaban en poco tiempo gran parte del poema, porque la memoria dejaba de ser vital para eso.

Pero nos hemos desviado: llegué al portal de casa de mi cuñada y mi hermano y comprobé el piso y la letra… La verdad es que no sé por qué me cuesta tanto recordarlo. Es el portal 2, el segundo D, es decir el Dos-Dos-D. Hasta un segundo piso todavía me veo con fuerzas para subir por la escalera y empecé a “peldañear” mientras pensaba que todavía tenía que enviar unos cuantos mensajes con las notas del último examen de Lengua para que los alumnos tuviesen tiempo de prepararse el examen del miércoles que viene… Llegué ante la puerta y comprobé que era la letra D. Como no sabía si mi sobrinilla estaría ya durmiendo, golpeé la pueta varias veces con los nudillos. Desde el interior me llegó una voz:

-¿Quién es?

Y como supuse que una pregunta tan obvia estaba motivada por la cercana presencia de mi sobrina, puse mi voz más cavernosa y exclamé:

-El lobo.

Al instante me abrieron la puerta, pero para mi sorpresa no me encontré con mi sobrina… Ni con mi hermano, ni con mi cuñada, sino con un tipo joven, con barba, al que no había visto nunca, muerto de la risa y escoltado por un par de chavales pequeños que no entendían qué le podía hacer tanta gracia a su padre cuando era probable que finalmente el lobo hubiese llegado para llevárselos.

-Eres hermano de Richy, ¿no? -me dijo divertido (menos mal que nos parecemos)-. Es que llamas igual. Te has equivocado, es en el piso de arriba.

Fue uno de esos momentos “tierra, trágame” a los que estoy tan acostumbrado que en lugar de morirme de la vergüenza lo hice de la risa y todavía muerto de ella llegué hasta casa de mi hermano (y mi cuñada y mi sobrina) que se lo pasaron en grande con la aventura del pobre lobo que quizá sí que se esté quedando tonto con tanto móvil.

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