La vigésimo octava

Menos mal que de vez en cuando me sigue aumentando la sobrinería para que este blog no muera por inanición (casualmente hoy P me recordaba que hacía mucho/demasiado que no actualizaba el blog y que lo mismo me lo cerraban). Pero volviendo a lo importante, esta mañana ha nacido X, la undécima de las sobrinas y la vigésimo octava del total. Esta vez la X no es una forma de preservar el anonimato, sino que a estas horas de la noche todavía no sé cómo se llama, entre otras cosas porque ha venido con veinte días de antelación y sus padres todavía no se habían puesto muy de acuerdo en la cuestión onomástica, que es una cuestión que te marca para toda la vida. Aunque luego nunca se sabe: el otro día M me contaba que nunca le ha gustado su nombre y que a partir de COU decidió “retocarlo” con el sencillo método de presentarse con un hipocorístico que le gustaba más. También sé del caso de un Ulpiano que ha logrado convencer a todo el mundo de que se llama Alberto. En mi caso, soy yo el que se tiene que esforzar con frecuencia en explicar que mis padres estuvieron pensando en ponerme “Profe”, pero al final decidieron llamarme “Eduardo” y la verdad es que me gusta más este último nombre.

En fin, bienvenida, Almudena (que parece ser el nombre que finalmente triunfe), creo que te lo vas a pasar en grande, pero no sabes bien en qué familia te has metido…

Y ya que paso por aquí aprovecho para hacer el enésimo propósito de enmienda, para pedir disculpas y para excusarme por no haber dado señales de vida durante las últimas semanas: no es que me falten  cosas que contar, más bien es que me gustaría tratar algunos temas con más tranquilidad y sigo enganándome con la fútil idea de que para escribir con calma mañana será mucho mejor día.

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Última evaluación

Todo curso se acaba, pues es cuestión de tiempo. El final del segundo trimestre suele ser una de las épocas más duras, difíciles y ajetreadas del curso. No sé bien por qué razón (cambios del tiempo, estrés, cansancio acumulado, casualidades de la vida) a final del segundo trimestre siempre hay una semana en la que el número de peleas crece exponencialmente y el mal comportamiento de los alumnos es inversamente proporcional a tu paciencia… Hasta que llega la Semana Santa y uno se toma un respiro y se olvida de todo (incluidos los deberes y el estudio, claro está) y vuelve con ánimo renovado y piensa que, por muy mal que haya ido hasta ahora el curso, todavía tiene solución y yo no voy a ser de los que repiten.

Y por fin llega la última evaluación. El otro día empecé mi clase de 2º de Bachillerato intentando insuflarles ánimos para este último trimeste, que en realidad es un mes porque los exámenes finales son la segunda semana de mayo y entre medias tenemos unas cuantas fiestas (y eso, en lugar de animarles, les agobió más todavía) y además una vez que hagan la selectividad se darán cuenta de que no era para tanto y que se esperen cinco años para descubrir que la vida sí que puede ser complicada (“pues si nos querías dar ánimo, te estás luciendo”).

El parón vacacional ayuda a renovar propósitos y ánimos, uno piensa que esta vez sí que sí, que se va a poner las pilas y va a estudiar lo que no está escrito (incluso lo que está escrito), porque hacerse propósitos de futuro es fácil y consolador. Las clases comenzaron el martes y hablé con X el miércoles en un pasillo:

-¿Qué tal te ha ido la evaluación?

-Pufff. Me han quedado 10… Pero esta evaluación sí que me voy a esforzar…

-¿Cuántas horas estudiaste ayer?

-Ayer nada, es que todavía no teníamos nada que estudiar.

-¿¿¿¿????

Hoy he vuelto a encontrarme a X.

-¿Cuánto estudiaste ayer?

-Ayer una hora, pero es que me canso en seguida.

Es un comienzo.

También Y dijo ayer con convencimiento que va a ser de los listos. Z asegura que esta evaluación va a aprobar todo…

Hoy, en otra clase, no sé cómo, hemos pasado de la guerra de Troya a la tele (en la habitación, por supuesto) y al ordenador y al móvil…  Y yo entiendo que es muy difícil ponerse en “Modo Estudio” teniendo tanto en qué engancharse. Les he animado a que lleguen a casa y sorprendan a sus padres: “papá, por favor, quítame la tele de la habitación y el móvil”. Pero me temo que no me harán mucho caso… y que mañana tampoco tendrán hechos los deberes.

Yo también he procurado hacerme mis propósitos. Tomarme esta evaluación como si de verdad fuese la última. Sonreír más, no dar voces, hacer las clases más amenas, descubrir nuevas formas de explicar… Pero a mí también me cuesta una infinidad cumplirlos.