Vender pipas en el Retiro

Ayer me encontré por casualidad con S, un antiguo alumno. Me reconoció y le reconocí… Bueno, yo le reconocí a medias, porque pensé que era JM, su hermano, al que también di clase, y como hace unos diez años que no les veo y en ese tiempo los antiguos alumnos cambian mucho más que uno mismo… Estuvimos hablando y poniéndonos al día: acabó la carrera y ha empezado a trabajar como orientador en un colegio. También me presentó a su novia, que por esas vueltas de la vida resulta que conoce a mi hermana… En un momento dado me recordó algo que le dije una vez, cuando le daba clase. A veces uno no es del todo consciente de hasta dónde puede llegar, para bien o para mal, una frase dicha a un alumno. Yo, por supuesto, ni recordaba la frase y me gustaría afirmar que jamás le dije algo semejante, pero mucho me temo que sí que se lo dije. Afortunadamente, con el tiempo, uno, mientras enseña, aprende, y creo que he aprendido a no decir frases de ese tipo: “acabarás vendiendo pipas en el Retiro”. Y la verdad es que me alegro de no ser profeta.

Quizá hay veces en las que un alumno necesita una frase fuerte, que le haga reaccionar, pero me temo que cuando se me escapan esas frases no es para hacer reaccionar a nadie, sino porque estoy harto de que el alumno X no me haga ni caso. Y ocasiones no faltan. Este mismo curso, después de una más que desastrosa primera evaluación con un grupo, les pedí que me escribieran las razones que nos habían conducido hasta aquella situación, que me dijesen qué podía poner yo de mi parte y qué estaban dispuestos a poner ellos.  Entre los papeles que me entregaron me encontré el de X: “[…] sé perfectamente que es responsabilidad mía mis estudios y créeme cuando te digo que no pienso seguir tirando por la borda todo el esfuerzo que mis padres y mis profesores han profesado hacia mí. […]. Por último, quiero pedirte disculpas por haberte decepcionado, intentaré compensarte, tanto a ti como a mí y a mis padres de la mejor manera posible: aprobando”. Sin embargo, con frecuencia la realidad se empeña en desertizar nuestros mejores propósitos y tras tres exámenes de X casi en blanco le escribí en el último: “Pensé que cuando decías que no pensabas seguir tirando por la borda todo el esfuerzo de tus padres y profesores, lo decías en serio… Y lo sigo pensando: ¡MUCHO ÁNIMO!”.

En el siguiente examen, rozó el cinco. Sí, lo sé, rozar el cinco no es un aprobado, pero es un cambio tan radical pasar de 0 a casi cinco que no me cabe la menor duda de que X ha empezado a andar en la dirección correcta y que si no desespera conseguirá grandes cosas esta última evaluación. Y, desde luego, no acabará vendiendo pipas en el Retiro… A no ser que quiera dedicarse a ello, claro. Que tampoco sé yo quién me manda a mí desprestigiar profesión alguna.

Día internacional de la Narración Oral

Lo sé, probablemente no tenías ni idea, pero hoy, 20 de marzo, es el día internacional de la Narración oral (aunque la rima quede mal).

Hice mi primer taller para apreder a contar cuentos en 1995, recién terminada la carrera y cuando estaba empezando a dar clases. El año anterior, todavía en la facultad, había asistido en el Paraninfo de Filología a una sesión de cuentos que me cautivó y encantó. Yo también quería contar.

Fue P, amigo y maestro, quien me comentó que había hecho un taller de cuentos con Francisco Garzón Céspedes y me dijo que me gustaría. Así que me apunté a mi primer taller. Y no solo aprendí a contar cuentos. Aprendí la importancia de la palabra, de la conversación, de la comunicación oral… Y se fraguaron los cimientos de una amistad que camina ya hacia los veinte años.

Después de aquel primer taller, empecé a buscar cuentos que contar e incluso encontré amigos dispuestos a escucharlos. Fue pasando el tiempo y un año después recibí una carta de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) que me animaba a continuar con mi formación como narrador con un taller de perfeccionamiento… Y no pude resistir la tentación. Creo que fue en 1997 cuando me subí por primera vez a un escenario, en el Centro Cultural de la Villa. Y desde entonces he contado en incontables ocasiones y la vida se me ha ido llenando de cuentos, desde aquella versión de la historia de Píramo y Tisbe que llevé al primer taller hasta “Blancaniev.es” que me regaló N hace un par de años. Algunos, como “La nariz María del Carmen” o “La viejecita y el cerdito” se han acabado quedando por el camino. Otros me siguen acompañando una contada tras otra, como las distintas versiones de Caperucita: la versión original, en latín, la políticamente correcta o la “Tacirupeca Jarro”.

Hay cuentos a los que siempre vuelvo con emoción, “Todos los puentes eran rosas”, de Pepe Morán, amigo y maestro, o “Un encuentro” o “Graffiti”… He contado con niños de dos o tres años y con niños de ochenta -porque con los cuentos, por muy adultos que seamos, todos nos volvemos imaginativos, frágiles y poderosos-, en cafés, bibliotecas, teatros, colegios, casas, centros culturales, asociaciones, estadios (bueno, en singular: estadio)… Y los cuentos me han hecho disfrutar tanto, sobre todo porque me permitían que otros disfrutaran tanto, que me sé deudor insolvente, pero agradecido de quienes me iniciaron en este arte: de Francisco, de Víctor, de Pepe; y de todos cuantos me han escuchado alguna vez y se han emocionado o han reído a carcajadas con mis cuentos.

A todos, feliz día de la Narración Oral. Contar es lo que cuenta.

Cuentos en Valladolid

Si no me falla la memoria, la primera vez que fui a contar a Valladolid fue en 2006 y desde entonces he regresado otras tres veces y este miércoles volveré a estar contando a las 20:00 en la Sala Delibes del Teatro Calderón… Y cada vez que voy a Valladolid vuelvo encantado por contar en un sitio tan fantástico y con un público tan entendido y acogedor: siempre te sorprende alguien que te está esperando a la salida para saludarte, bien porque son los padres de A o los de E o porque son amigos de V o porque simplemente quieren agradecerte el buen rato compartido.

Recuerdo que una de las veces, buscando por Internet el cartel de la muestra, tropecé con un blog de alguien que había asistido a la función y escribía una reseña y enlazaba este blog, que hasta entonces era de autor anónimo, pero el listo de Google nos relacionó y desde entonces abandoné el anonimato con sus pros y sus contras (el mayor de ellos tener que dejar de contar muchas historias para evitar que se pueda identificar a los protagonistas).

En la página web que anuncia cada año el evento suele aparecer el currículum de los participantes, elogioso y abrumador. Si estás por Valladolid ese día (o esta semana, porque de martes a viernes hay excelentes espectáculos de cuentos) o conoces a alguien al que no le pille muy a desmano, estaré encantado de contar mis mejores cuentos con vosotros.