Rencores y sonrisas

Desde el curso pasado formo parte del equipo de mediación del instituto. Somos unos cuantos profes (ocho este año) que nos reunimos una vez a la semana con jefatura de estudios para analizar los conflictos que hay entre alumnos del centro y tratar de poner remedio. En cada mediación intervenimos dos profesores y nuestra misión no es la de dar la razón a una de las partes, ni la de imponer sanciones, ni la de recomponer amistades rotas, sino la de escuchar a todos los implicados y, si ellos quieren y están dispuestos, organizar una reunión conjunta para llegar a unos acuerdos.

Habitualmente no hablo de ningún caso en el blog, aunque ganas no me faltan, para preservar el anonimato de los participantes en las mediaciones, pero a estas alturas creo que sí puedo exponer algunas generalidades: todos los casos de los que tengo constancia se han solucionado bien y ha acabado por desaparecer el conflicto. Hay demasiados problemas que empiezan por “es que me han dicho que X va diciendo de mí que…”, cuando X no ha dicho nada parecido. O por el “me mira mal”… Muchas veces la bola de nieve se ha ido agrandando sin que nadie se diese cuenta y un buen día estalla por cualquier tontería. Y como toda bola de nieve se podría haber deshecho al principio, si no se hubiese dejado que echase a rodar por cualquier minucia.

Al final de la mediación se firma un acta que recoge los principales acuerdos (los más frecuentes: no insultarse ni fuera ni dentro del instituto, no mirarse mal, no pelearse… aunque tratamos de enunciarlos en positivo: tratarse con respeto fuera y dentro del instituto…), pero lo más difícil de todo es que se pidan perdón. Desde luego que no es algo necesario para firmar los acuerdos y para solucionar el conflicto, pero no deja de sorprenderme lo arduo que se les hace pedir perdón. Es frecuente en la primera parte de la mediación, cuando hablas a solas con una de las partes, una conversación de este tipo:

-Esto que has hecho está mal…

-Sí, está mal.

-Si alguien hace algo mal debería pedir perdón…

-Sí, debería pedir perdón.

-Entonces, ¿pedirás perdón?

-No, no pienso pedir perdón.

Y la negativa es a menudo rotunda e inamovible. Y no se piden perdón, porque ni se imaginan lo que ayuda a cicatrizar. Pero a veces sí, a veces de pronto se escucha el “te pido perdón por…” y siempre el perdón tiene eco y la otra parte responde “y yo te pido perdón por…”.

Quizá lo mejor es que después, cuando te cruzas por el pasillo con algún alumno con el que hayas hecho de mediador, es casi inevitable intercambiarse un saludo con sonrisa.

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