Feliz 2013

Tranquilidad, que no cunda el pánico. Esta vez no me he hecho el propósito de “nulla dies sine littera”, aunque sí el de no abandonar tanto esto.

Muy feliz año, aunque bien sé que el cambiar de día no nos va a cambiar de vida y que la lástima es que nos quedemos en tanto buen deseo y en tan poco hecho. Pero tampoco es cuestión de ponerse a hacer ahora reflexiones tan sesudas como tópicas. Y además, no es mal momento el comienzo de año para utilizarlo como excusa de buenos propósitos… De hecho, nunca es mal momento para un buen propósito.

Y hasta aquí, que nos dan las uvas (lo siento, tenía que e, scribirlo, no volveré a hacerlo… hasta el año que viene).

Feliz noche, un año más

Debería estar cenando, pero hemos conseguido reunirnos todos (17 adultos y 27 enanos) y el jaleo me ha permitido escaparme un momento para poder felicitar la Navidad a quien se pase por aquí con la triste certeza de que no encontrará nada nuevo.

Bueno, la verdad es que todos no estamos: el pequeño P está pasando la noche con su padre en el hospital porque hace unos días tuvieron que intervenirle de apendicitis… Y aunque somos tantos, se nota su ausencia.

Parece que ya han acabado de comer los enanos y que, por fin, nos llega el turno. No sé si llegaremos a coincidir todos sentados a la mesa porque ahora se levantará uno porque alguien llora, ahora otro. Pero nos lo vamos a pasar estupendamente. Eso seguro.

Lo dicho, feliz noche. Y si no nos escribimos, feliz Navidad.

Rencores y sonrisas

Desde el curso pasado formo parte del equipo de mediación del instituto. Somos unos cuantos profes (ocho este año) que nos reunimos una vez a la semana con jefatura de estudios para analizar los conflictos que hay entre alumnos del centro y tratar de poner remedio. En cada mediación intervenimos dos profesores y nuestra misión no es la de dar la razón a una de las partes, ni la de imponer sanciones, ni la de recomponer amistades rotas, sino la de escuchar a todos los implicados y, si ellos quieren y están dispuestos, organizar una reunión conjunta para llegar a unos acuerdos.

Habitualmente no hablo de ningún caso en el blog, aunque ganas no me faltan, para preservar el anonimato de los participantes en las mediaciones, pero a estas alturas creo que sí puedo exponer algunas generalidades: todos los casos de los que tengo constancia se han solucionado bien y ha acabado por desaparecer el conflicto. Hay demasiados problemas que empiezan por “es que me han dicho que X va diciendo de mí que…”, cuando X no ha dicho nada parecido. O por el “me mira mal”… Muchas veces la bola de nieve se ha ido agrandando sin que nadie se diese cuenta y un buen día estalla por cualquier tontería. Y como toda bola de nieve se podría haber deshecho al principio, si no se hubiese dejado que echase a rodar por cualquier minucia.

Al final de la mediación se firma un acta que recoge los principales acuerdos (los más frecuentes: no insultarse ni fuera ni dentro del instituto, no mirarse mal, no pelearse… aunque tratamos de enunciarlos en positivo: tratarse con respeto fuera y dentro del instituto…), pero lo más difícil de todo es que se pidan perdón. Desde luego que no es algo necesario para firmar los acuerdos y para solucionar el conflicto, pero no deja de sorprenderme lo arduo que se les hace pedir perdón. Es frecuente en la primera parte de la mediación, cuando hablas a solas con una de las partes, una conversación de este tipo:

-Esto que has hecho está mal…

-Sí, está mal.

-Si alguien hace algo mal debería pedir perdón…

-Sí, debería pedir perdón.

-Entonces, ¿pedirás perdón?

-No, no pienso pedir perdón.

Y la negativa es a menudo rotunda e inamovible. Y no se piden perdón, porque ni se imaginan lo que ayuda a cicatrizar. Pero a veces sí, a veces de pronto se escucha el “te pido perdón por…” y siempre el perdón tiene eco y la otra parte responde “y yo te pido perdón por…”.

Quizá lo mejor es que después, cuando te cruzas por el pasillo con algún alumno con el que hayas hecho de mediador, es casi inevitable intercambiarse un saludo con sonrisa.

Malika

Esta vez no han sido las apreturas de tiempo o la desidia las que me han alejado del blog. Esta vez, en cuanto me ponía delante de la pantalla para empezar a escribir, se me arrugaba el alma y me dolían las teclas y acababa por no escribir y engañarme navegando en búsqueda de útiles recursos educativos.

Siempre procuro escribir con una sonrisa, tratar de que quien llegue a este blog, por gusto o por descuido, salga de él con la sensación de que no todo es tan terrible en la educación o en el mundo, pero la vida es cuento y no todos los cuentos tienen final feliz. Hace días que vengo al blog con la intención de hablar de Malika y al final no me atrevo y me escabullo por los entresijos de la red hasta que se me hace demasiado tarde. Pero hoy me ha llegado un comentario de esos que te hacen despertar y te alegran el día:

Te reprocho que nos hayas abierto durante mucho tiempo (más de seis años, cuando la duración media de un blog personal apenas llega a un año) tu vida, para ir cerrándola cada vez más, hasta lograr que nos hayamos, en mi caso, olvidado de pasar por aquí para saber “qué tiene que contarnos Eduardo”.

Y he decidido que tengo que escribir, aunque duela.

Di clase a Malika hace seis años, en Valdebernardo, en mi primer curso como profesor de instituto. No era precisamente una alumna ejemplar: a voz en grito por por los pasillos y en clase, capaz de hacerte dudar de tu presencia (¿es posible que esté yo aquí o a lo mejor es que todavía no he venido?), como si todo le diese igual, encantada de coleccionar partes y amonestaciones… Pero no todo le daba igual. Rebuscando en el blog, he descubierto que hablé de ella en una de las primeras entradas, cuando todavía este era un blog anónimo y en lugar de X ponía nombres completos. Era una anécdota sin mucha importancia: después de dos o tres clases imposibles había decidido ponerle un parte y lo había redactado a pesar de sus “medaigual” amenazantes. Pero no le daba igual. Al final de clase se quedó y me pidió que, por favor, por favor, le quitara el parte, que a partir de entonces se iba a portar bien, de verdad, de verdad… Por principio, no soy muy partidario de echarme atrás en las sanciones, pero a veces uno tiene la sensación de que la justicia estricta acaba rompiendo la posibilidad de cambio de los alumnos… Y cedí. Delante de ella hice el parte mil pedazos y lo tiré a la papelera.

Al día siguiente su comportamiento fue ejemplar, y al siguiente también… A lo mejor le llegó a durar una semana. Después volvió a las andadas. Incluso tuvimos algún que otro incidente desagradable que también ha quedado recogido en el blog, aunque ya de forma anónima…

Pero, de pronto, todo eso se vuelve insustancial y absurdo. El pasado 18 de noviembre Malika, que tenía un hijo de dos años, fue brutalmente asesinada a puñaladas en Parla por quien probablemente alguna vez la quiso. La violencia siempre es absurda e irracional, pero en algunos casos resulta más incomprensible. ¿Qué falla para que el amor se convierta en odio? ¿Dónde empieza la espiral de esa locura? ¿Por qué es tan difícil romper esa espiral?

Desde que salí de Valdebernardo no había vuelto a tener noticias de Malika, pero su muerte me ha dolido de veras, me ha dejado muchas preguntas y la herida de pensar que, como me decía J el otro día, teníamos que haber hecho más.