Una de caso

Hay días en los que, sin saber muy bien por qué, debes de salir de casa impregnado de invisibilidad. Y días en los que la invisibilidad se va apoderando de ti progresivamente, porque uno se vuelve bastante más invisible a sexta hora. El miércoles, por ejemplo, tenía clase a sexta con un numeroso grupo de tercero. Entraron en clase, hablando. Se sentaron, hablando. Me miraron, hablando… Otras veces uno, antes de lanzarse a decir nada, procura llamarles la atención con una mirada silenciosa y elocuente… Pero el miércoles me dio por empezar la clase sin previo aviso y como nadie les dijo “nos callamos que vamos a empezar”, pues no se callaron y algunos ni sacaron el material. Fueron varios minutos de experimento. Seis o siete me escuchaban e incluso me hacían preguntas, mientras sonreían ante lo absurdo de la situación. Yo, ingenuo, había pensado que en cuanto me echase hablar todo el mundo enmudecería para no perder detalle de la explicación. Para mi sorpresa, hablaban. Seguían hablando. Mientras mis adentros se indignaban, me iba consumiendo la estupefacción: no es posible lo que estoy viendo; no me están viendo.

Quizá podría haberme tirado toda la clase así, pero no aguanté y les solté un enfurecido rapapolvo que esta vez sí les hizo enmudecer. Pero hay días, en los que, sin saber muy bien por qué, debes de salir de casa impregnado de invisibilidad. Después de clase salí con cierta prisa del instituto porque había quedado a comer con un amigo con el que hacía tiempo que no hablaba… Llegué al punto de encuentro, cerca de su lugar de trabajo, y a los ocho minutos de espera decidí llamarle para saber si iba a tener que esperar mucho más. Me contestó y me dijo que en ocho minutos estaba allí. Estuvo en seis. Pero le noté algo agobiado y no solo por la carrera. Tuvo suerte, porque no quedaba mesa libre y mientras esperábamos me confesó que se había olvidado totalmente de que había quedado conmigo, que cuarenta minutos después tenía una reunión ineludible… y que ya había comido. Digo que tuvo suerte porque creo que llegaba con idea de comer una segunda vez para subsanar la amnesia. Porque a veces es mejor comer dos veces que dar explicaciones. Hemos requedado para la semana que viene, pero creo que no conseguí calmarle, que se quedó con sensación de que me quedaba dolido, cuando más bien estaba divertido. Le amenacé con contar la historia en el blog, y me pidió que no lo hiciera, pero lo hago porque ahora me doy cuenta de que no fue culpa suya. Simplemente hay dias, en los que, sin saber muy bien por qué…

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