Seis años

El 27 de mayo de 2006 escribí mi primera entrada en este blog. Hoy por tanto, como dice R, es mi sexto “cumpleblog” y como siempre que hago una entrada conmemorativa, soy incapaz de sustraerme a las estadísticas: seis años, 390 entradas (391, si contamos esta), 1354 comentarios, 222.175 páginas visitadas (la mayoría de las veces porque probablemente buscaban otra cosa, aunque 22.576 visitantes han vuelto, me imagino que también por error)… Incluso si buscas “la vida es cuento” en Google, aun sin comillas, aparece como el primero de 55.300.000 resultados (por lo menos, en mi ordenador, pero eso debe de ser porque Google sabe que es mío y que me encanta darme importancia)… Sin embargo, he de reconocer que las estadísticas nunca dicen mucho y que no he conseguido el propósito principal por el que cree el blog: que Spielberg lo llevara al cine y yo me forrara. De todas formas, sé que he salido ganando: hay unos pocos valientes (tres de los que yo tenga constancia) que han sido capaces de leerse el blog de principio a fin, a pesar de que, como dice Pepe, “Es como un disco: tres temas que te enganchan y muchos para rellenar”; hay otros cuantos que, cada vez que me ven, me dicen que no lo deje; algunos más que me ven y no me dicen nada; otros que no me ven y comentan cuanto pueden y unos cuantos más que ni me ven, ni me comentan, pero a quienes les gusta pasarse por aquí de vez en cuando y que me conocen mejor de lo que me imagino,.. Y no sé por qué, tengo la sensación de que debo haber escrito algunas entradas calcadas a esta en situaciones semejantes y que esta es una de esas para rellenar, pero no quería dejar pasar el día sin dar las gracias a cuantos os pasáis y leéis y os pasáis y comentáis y también a los que pasáis de comentar. Lo dicho, gracias, y nos seguimos leyendo.

Fin de etapa

El viernes pasado estuve de cena con alumnos de 2º de Bachillerato… Lo mejor de todo es que eran alumnos a los que hace tres años dejé de ver porque me cambiaron de instituto. Pero me invitaron a la cena, como a otro buen montón de profesores que ya no dan clase allí. No sabíamos si era un encuentro con antiguos alumnos o con antiguos profesores.

Ayer estuve en su acto de graduación y los recuerdos me asaltaban a borbotones, entre otras cosas porque la graduación era en el Centro Cultural Valdebernardo, el mismo sitio en el que hace cinco años representaron El Pirata Timoteo, cuando todavía estudiaban 1º de la ESO y pensaban que lo de estar en el instituto sería eterno e infernal, sobre todo cuando llegaron el primer día a clase y se encontraron a un tutor con cara de asesino que se sabía sus nombres de memoria. 1ºE del IES Valdebernardo fue mi primera tutoría en la pública y las primeras veces dejan profundas huellas. Ellos me demostraron que nuestros adolescentes no son tan terribles como se empeñan en hacernos creer quienes se quedan con las excepciones. Hemos compartido carcajadas (ayer algunos recordaban la antológica clase del ataque de risa), unas cuantas lágrimas y un inmenso anecdotario.

Ayer acababa una etapa importante en su vida, como se encargaron de recordar casi todos los “discursantes”, pero no se les acababa solo a ellos. A mí también. Fueron mi primera tutoría cuando llegué al IES Valdebernardo, a otros les di clase en 2º o 3º y a algunos no les di clase nunca, pero como si hubiesen sido tutorandos. A los que estudian allí ahora en 1º de Bachillerato apenas los conozco, salvo a algún que otro repetidor o a algún alumno con los que haces migas sin necesidad de darles clase (o precisamente por eso). El curso que viene ya no estaré en la graduación de 2º de Bachillerato del IES Valdebernardo. Quizá por eso no pude negarme a jugar el partidillo que habían previsto por la tarde en el propio instituto. Y me costó irme de allí, aunque salí como si volviese a entrar al día siguiente. Cuando deje la enseñanza sé que estas cenas y estas graduaciones serán de las cosas que más echaré de menos.

Llegué a casa y me puse a ver el vídeo que les hice como despedida hace tres años. Aquí se lo dejo, con la esperanza de que lo disfruten y de que nos sigamos viendo alguna que otra vez antes de que nos olvidemos…

Carta en el buzón

Regresaba a casa y al llegar al portal abrí maquinalmente el buzón para sacar las consabidas cartas del banco y los folletos publicitarios condenados a desaparecer sin una triste mirada, salvo para descubrir la errata implacable. Y de pronto, entre tanta carta anodina e innecesaria, asomó un sobre en el que estaban escritos mi nombre y mi dirección con letra que conozco bien… Y no sé si fue más grande la alegría o la sorpresa. Después, ya en casa, fui desechando el resto de cartas y guardando la de P para el final, a pesar de que era la que más ganas tenía de abrir. Como niño que teme quitar el envoltorio al caramelo porque eso es empezar a acabarlo.
La letra de P la conozco bien porque llevamos muchos años de amistad sazonados con cartas que algunas veces han rozado la epístola. Cartas siempre sorpresivas, como tres zetas en una misma frase. Si nos hubiésemos conocido hace poco nos “whatsappearíamos” o nos escribiríamos en cualquier muro virtual, pero compartimos clase y pupitre en el siglo pasado, cuando era más fácil salvar las distancias con cartas manuscritas. Y desde hace más de veinticinco años, cada agosto por su cumpleaños, cada octubre por el mío y cada Navidad por Navidad, esperamos cartas que siempre llegan con retraso y no siempre por culpa de Correos. Por eso me sorprendió la del otro día, porque no es ni verano, ni octubre o noviembre, ni Navidad, ni quedaba ninguna pendiente. Pero allí estaba, como tantas otras veces. Ingeniosa como siempre. Certera y divertida. Y personal, porque no ha sido escrita con ningún “copia-pega”, porque es irrepetible, porque ocupará su lugar en el cajón de cartas recibidas que siguen desafiando modas y tiempo. Y estará allí para releerla cualquier otro día y llenar el alma de aromas de recuerdos y momentos y risas compartidas. Y el tiempo seguirá avanzando, y las nuevas tecnologías sorprendiéndote, pero siempre tendrás la certeza de que otro día cualquiera, sin venir a cuento, puedes abrir el buzón y encontrarte una carta manuscrita.