Final de trimestre

Llegamos al final del segundo trimestre más agotados de lo que cualquiera ajeno al mundo de la educación pueda imaginarse (de la misma forma que yo soy incapaz de imaginarme lo agotado que llega a final del día alguien que trabaja de sol a sol). No es solo un cansancio físico, que algo de eso hay, sino también un cansancio mental: de pronto a todo el mundo (bueno, ojalá fuese a todo el mundo) le entran las prisas por decirte que se ha leído el libro que mandaste hace tres meses, por acabar de entregar las redacciónes que podían haber hecho en Navidad, por asegurarte que el corto te lo traen el lunes, sin falta, por ofrecerte todo tipo de trabajos de la extensión que tú quieras y la promesa firme de que si les apruebas ya verás lo buenos alumnos que van a ser la tercera evaluación… Y vuelves a pensar que algo no estás haciendo bien si ellos están convencidos de que te hacen un favor si se ponen a estudiar.

Pero a la vez entiendes que se les haya acumulado el trabajo, como tantas veces te ha ocurrido y te sigue ocurriendo a ti: me encantaría haber ido corrigiendo todas las redacciones a medida que las iban escribiendo, pero me encuentro ahora con un tropel apenas abarcable, que leeré, pero que no corregiré tan a fondo como me hubiese gustado. Y estoy por prometerles que, si estudian la próxima evaluación, me compraré un coche nuevo.

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