Vacaciones

Después de noventa días seguidos escribiendo en el blog creo que ha llegado el momento de que nos tomemos unas vacaciones, antes de que esto muera por inanición con entradas alfabéticas y renqueantes.

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j

JM ha sido precisamente el causante de esta “j” y aquí se queda que hay pocas palabras bonitas que empiecen por “j” o por lo menos, las que se me ocurren ahora mismo no son precisamente bonitas.

Y llegamos al 383

Mi idea era celebrar la entrada 400, pero ya está bien de dedicarse a los números redondos y como el 383 me ha parecido un buen número (y como con el ritmo infernal que llevo de entradas no se me ocurría nada mejor de lo que hablar) he decidido hablarlo por todo lo alto (es curioso, quería haber escrito “celebrarlo” y cuando he releído la entrada para evitar la errata que siempre se cuela me he encontrado con “hablarlo” y me parece que “hablarlo” es una forma de “celebrarlo”, así que así se queda). Muchas de las entradas son cortas, algunas excesivamente cortas, pero también las hay de tamaño medio o incluso considerable. Y da cierto vértigo pensar que ya has escrito unas 300 páginas… y más vértigo todavía saber que hay gente que las ha aguantado. 383.000.000 de gracias.

Hachicidio

La “h” es una letra sufrida. Ya la puedes quitar de en medio que ni se nota, ella nunca se queja, nunca dice nada, pero lo que me he encontrado en un examen de segundo de la ESO es crimen de lesa ortografía, y es un crimen tan perfecto que es difícil pensar que no haya habido alevosía.

Preguntaba la definición de la epopeya y esta es la respuesta con que me he encontrado, sin añadirle ni quitarle nada:

“Son azañas que icieron los eroes como ercules”.

Sencillamente impresionante: de cada dos palabras la segunda debería llevar “h” y no la lleva. Además, no recuerdo haber hablado en clase de “ercules”, más bien hablé de Aquiles, Odiseo, Eneas o incluso Agamenón, todos ellos “deshachados”, pero poner como ejemplo al bueno de “ercules” es el culmen de la crueldad. No sé si seré capaz de reponerme de esta. Por más que llevo toda la tarde dándole vueltas, soy incapaz de construir una frase sensata de ocho palabras en las que la mitad tendrían que llevar hache. Y yo que creía que lo había visto todo.

La aumentación molestante

Ha sido un día intenso de corrección (hasta me he quedado sin mi partidillo de los domingos), o mejor dicho, está siendo un día intenso de corrección, porque todavía me quedan unos cuantos exámenes.

En  el de bachillerato había que hacer un texto argumentativo sobre el problema de la contaminación acústica en las ciudades y creo que más del ochenta por ciento han empleado en algún momento la expresión “hoy en día”. Pero la frase que de verdad me ha roto ha sido:

“La aumentación de los distintos tipos de ruidos, resultan molestantes para el oído humano”.

Y no me sorprende la coma puesta entre sujeto y predicado, ni siquiera la falta de concordancia entre uno y otro, lo que me sorprende es el vocabulario y me temo que el castellano está evolucionando mucho más rápido de lo que quiero pensar o, dicho de otro modo, que la evolucionación del castellano es más rápida de lo pensante.

Una hora menos

¿Cómo escribir algo original un día como hoy con un título como ese? No es posible. Así que no seré yo quien se ponga a intentarlo. Lo que no acabo de entender es la manía de hacer el cambio a las dos de la mañana: ¿no podían hacerlo dentro de cinco minutos, a las 11.58? Digo dentro de cinco minutos para que me dé tiempo a escribir hoy la entrada, porque si cambiasen la hora ahora mismo ya sería mañana.

Y lo peor no es la hora de sueño que se pierde, lo peor es la angustia de no saber mañana cuando mires el despertador si ha cambiado él solito la hora o si sigues en la hora antigua y es mucho más tarde de lo que piensas. Para evitar disgustos ahora mismo en lugar de adelantar el reloj una hora lo voy a adelantar una hora y una semana y así el pobre móvil no tendrá que estar pendiente de levantarse a las dos, para que sean las tres, que no son horas.

Final de trimestre

Llegamos al final del segundo trimestre más agotados de lo que cualquiera ajeno al mundo de la educación pueda imaginarse (de la misma forma que yo soy incapaz de imaginarme lo agotado que llega a final del día alguien que trabaja de sol a sol). No es solo un cansancio físico, que algo de eso hay, sino también un cansancio mental: de pronto a todo el mundo (bueno, ojalá fuese a todo el mundo) le entran las prisas por decirte que se ha leído el libro que mandaste hace tres meses, por acabar de entregar las redacciónes que podían haber hecho en Navidad, por asegurarte que el corto te lo traen el lunes, sin falta, por ofrecerte todo tipo de trabajos de la extensión que tú quieras y la promesa firme de que si les apruebas ya verás lo buenos alumnos que van a ser la tercera evaluación… Y vuelves a pensar que algo no estás haciendo bien si ellos están convencidos de que te hacen un favor si se ponen a estudiar.

Pero a la vez entiendes que se les haya acumulado el trabajo, como tantas veces te ha ocurrido y te sigue ocurriendo a ti: me encantaría haber ido corrigiendo todas las redacciones a medida que las iban escribiendo, pero me encuentro ahora con un tropel apenas abarcable, que leeré, pero que no corregiré tan a fondo como me hubiese gustado. Y estoy por prometerles que, si estudian la próxima evaluación, me compraré un coche nuevo.

De lo pequeño que es el mundo

Hace un rato, hablando con J, hemos descubierto por casualidad que yo conozco a un profesor que tuvo de matemáticas hace veinte años. Eso ha dado pie a que me cuente que el otro día en su instituto actual, hablando con R se dio cuenta de que habían coincidido en otro centro durante tres semanas hace seis años mientras J hacía unas sustituciones y además después han llegado a la conclusión de que R al año siguiente había coincidido con P en Villalba (o Villalbilla, que los detalles los empiezo a mezclar), con quien J y yo coincidimos en Valdebernardo. También ha salido a relucir la mujer de alguien que había coincidido con no sé quién en no sé dónde… Y es que, a nada que uno escarbe un poco, acaba encontrando insospechadas conexiones.

Hace poco conocí a M, a través de unos amigos comunes que llegaron a la conclusión de que habíamos casi coincidido en algún sitio: efectivamente, M llegó a Valdebernardo al curso siguiente de que yo me marchase de allí y sabía de su existencia a través de algunos profesores que me hablaron muy bien de él. Cuando por fin conocí a M en persona empezamos a hablar de amigos y alumnos comunes y al rato de conversación descubrimos que el año pasado compartió instituto con mi cuñada. Ahí no acabaron las conexiones: resulta que le dirige la tesis A, la mujer de D, con quien coincidí durante la carrera.

El otro día hablando en el Instituto con una madre acabamos descubriendo que su cuñado trabaja de cocinero en el colegio en el que trabaja de profesor otro amigo mío. Y otra madre me habló de P, su sobrino, que vive en Zaragoza y con el que yo había coincidido el fin de semana que estuve en Valencia.

Sé que la entrada, con tanta inicial y tanta casualidad, ha quedado oscura y enrevesada. Pero puedo asegurar que todo es totalmente cierto. Y que no hablo de otras coincidencias por no abrumar, pero qué pequeño es el mundo. A veces da la sensación de que la vida es cuento.

Nieve

Esta mañana, cuando he levantado la persiana de mi habitación he descubierto con sorpresa que había nevado. Anoche escuché la lluvia, pero de ahí a nevar… Además no había mirado ni escuchado el tiempo en ningún sitio, con lo que la sorpresa ha sido mayor. El coche estaba cubierto de nieve como en los mejores diciembres y la nieve me ha alegrado, no solo por lo que tiene de exótico en marzo (aunque el marzo pasado creo recordar que también nevó) o por el espíritu poético que conlleva (precisamente hoy es día internacional de la poesía, no da uno abasto a enterarse de lo que ha de celebrarse), hoy la nieve me ha alegrado porque me ha solucionado todas las conversaciones de ascensor de esta semana al grito de “hay que ver, el tiempo está loco, no hay quien lo entienda”: