Desconfianza

-¿Me abres la cuatro, que lo voy a llenar?

-¿Me puedes dejar el DNI?

Lo sabía. Tarde o temprano iba a ocurrir. También me he dado cuenta de que son dos las señoras que atienden la gasolinera y que hoy no era la que me fio el otro día cinco céntimos.

Sabía que tenía perdida la partida de antemano, pero no me he aguantado las ganas y le he espetado:

-¿No te fías de mí?

-No es que no me fíe, es que hay que dejar el DNI.

-Pero si vengo todas las semanas -he insistido-. Y no me voy a ir sin pagar…

Y entonces me ha contado que hace quince días un cliente habitual se fue sin pagar. Me ha resultado extraño. ¿Por ese cliente sinvergüenza tengo que pagar yo el precio de la desconfianza? Además, estaría todo grabado y se vería la matrícula. “Pues no, la matrícula se veía mal”. Y se ha enrocado en su prepago y le he dejado el dinero antes de llenar el depósito.

Y he salido de allí rumiando por dentro que no me esperen la semana que viene, que no saben lo que se pierden y que ya le daré mi dinero a alguien que sea capaz de fiarse de mí… Pero no he tardado en darme cuenta de que me estaba extralimitando. El surtidor está en prepago y tampoco me cuesta tanto dejarle en prenda el DNI o algo de dinero. A mí no me cuesta nada y a ella se le quita el susto de que me vaya sin pagar y lo tenga que poner de su bolsillo. Lo que no quita para que me siga pareciendo una historia demasiado peregrina y rocambolesca la del cliente habitual que se va sin pagar y cuya matrícula no queda recogida por las cámaras. Ahí soy yo quien no se fía de ella.

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