La vigésimo cuarta

Entre unas cosas y otras al final uno se olvida de lo importante y a la velocidad a la que va creciendo la familia, si me descuido se me juntan la vigésimo cuarta sobrina con el vigésimo quinto.

Marta nació hace ya casi un mes, el 30 de agosto, si no me equivoco, y el sábado tuvimos el bautizo. Intentamos, sin éxito, foto de grupo. Los mayores se van acostumbrando a que cuando hay reunión familiar nos ponemos a actualizar la foto de familia y no tienen ningún inconveniente para posar y para sujetar a los más pequeños, pero siempre hay alguno de los que ya anda por su propio pie que se atraviesa y dice que no y que no.

Tampoco es fácil conseguir el ángulo en el que se les vean a todos las caras y al final resulta que la foto más divertida no es la de los peques, sino la de sus padres, tíos y demás parientes haciendo de paparazzi, pero esa no la tengo. Lo que sí que conseguí es ponerme como uno más y salir rodeado de casi todos. Premio para que adivine quién falta y enhorabuena a los padres de Marta, de Marta la de R y G, que no hay que confundir con la Marta de G y S que nació unos meses antes. Y es que parece que se nos empiezan a acabar los nombres y hay que repetir y, si no, que se lo digan a Guille, que es el sexto y será el vigésimo quinto (eso sí, de momento los nombres se repiten en familias diferentes).

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Primer día de clases

El curso pasado creo recordar que acabé escribiendo una entrada similar a esta un mes después de que comenzasen las clases. Y esta vez no quiero que me pase lo mismo.

Hoy he tenido el primer día de clases normales con mis alumnos de este año: Lengua Castellana y Literatura en 1ºB de Bachillerato, 3ºB, 3ºE y 2ºD de ESO y el Taller de teatro en 3ºE. Este año, por primera vez en bastante tiempo, tengo un buen grupo de alumnos con los que vuelvo a coincidir. A algunos les di clase el curso pasado y a otros hace dos. Eso de dar clase a alguien que ya te ha tenido como profesor tiene la ventaja de que ya te conoce, pero también tiene la desventaja de que ya te conoce. Y claro, espera que si cuando le diste clase, el primer día fuiste capaz de decir la lista de alumnos de memoria, este año hagas lo mismo… Y he de reconocer que me estoy haciendo mayor: en 3ºB la cosa ha funcionado bastante bien, pero en 1º de Bachillerato la lista ha salido a trompicones y con cuentagotas y ya en 3ºE he necesitado que me echasen una mano en más de una ocasión. Aunque en este último caso, puedo decir en mi descargo que solo me la había podido mirar durante el recreo… Ahora que lo pienso, eso no es un descargo, sino un agravante: si dejas las cosas para estudiarlas en el último momento, lo lógico es que se te olviden. Y también te puede pasar que si crees que la lista te la has aprendido y no la repasas, a la hora de la verdad descubres que no te la sabes tan bien como pensabas.

Sé que lo de aprenderse la lista suena un poco a extraterrestre y que no he conseguido convencer a casi nadie de que lo intente. Puedo asegurar que no es tan difícil. A mí me resulta un reto divertido y sorprendente porque descubres que los nombres de los que mejor te acuerdas son aquellos con los que tu cerebro ha conseguido hacer una extraña regla mnemotécnica…, pero sobre todo me parece importante conocer a los alumnos desde el primer momento. Y también trato de que me conozcan (a pesar de que a más de uno tardará varios meses en asimilar que no me llamo “profe”, sino “Eduardo”) y procuro dejar muy claras mis “manías”: el amor apasionado a la lengua que me lleva a aborrecer toda falta de ortografía, mi repulsión por el masticamiento de chicle durante las clases, mi imposibilidad de cambiar la fecha de un examen, mi confianza a veces demasiado ingenua en los alumnos, mi pasión por la lectura… También estoy intentando implantar una pequeña técnica pedagógica que si logra surtir efecto estoy convencido de que solucionará en gran parte el fracaso escolar. Les explico que entre mis muchas limitaciones está la de que no soy capaz de escuchar a más de una persona a la vez y por eso se me ha ocurrido sugerirles que cuando alguien quiera intervenir muestre su intención levantando una de las dos manos y esperando a que yo le dé la palabra.

El primer día no hay mucho problema con esto, porque la mayoría tiene todavía poco que decir, pero sé que según va avanzando el curso esta técnica puede resultarnos muy útil, aunque exija también por mi parte la disciplina de no responder cuando alguien me haya dirigido una pregunta sin levantar previamente la mano. En fin, no sé si tendrá éxito, pero por lo menos voy a intentarlo. A veces el secreto de la enseñanza está en esas pequeñas cosas.

Y no sé si será lo que cuenta, pero mi primera impresión de los cursos que me han tocado ha sido fantástica…, aunque no puedo dejar de echar de menos a quienes te cruzas por los pasillos y te echan en cara que este año no les des clase a ellos, mientras que otros desearían más bien todo lo contrario. Si por mí fuera, dejaría que los alumnos eligiesen el profesor que quisiesen y todos tan contentos.

Las faltas de Esperanza

Sé que llego con retraso y que ya se ha comentado todo lo comentable con respecto a la carta que nos ha enviado Esperanza Aguirre a los profesores y sus faltas de ortografía entre otras cosas. Pero los que me conocen y los alumnos que me sufren saben bien que mi obsesión con las faltas de ortografía roza lo enfermizo, o lo sobrepasa. No puedo evitarlo.

El primer día de clase suelo advertirles de esta manía para que no se llamen a engaño. Y les cuento que los mensajes de móviles los escribo enteritos, con todas sus letras, sus signos de puntuación y sus tildes, aunque eso suponga que tarde más tiempo en escribirlos y que a veces me salgan más caros (por razones que no alcanzo a comprender, si pones una tilde en una vocal distinta de la “e”, el número de caracteres del mensaje baja inmediatamente de 160 a 70). Y les explico que, como escribo mensajes a personas que quiero y aprecio, no me importa perder mi tiempo y mucho menos mi dinero escribiéndoles esos mensajes. No sé, considero que escribir sin faltas de ortografía es también una forma de manifestar respeto, no solo por la lengua, sino por la persona que lee. Y por eso me sorprende y me deja estupefacto que Esperanza Aguirre me escriba una carta con varias faltas de ortografía. Y dejando a un lado el uso abusivo de mayúsculas tan típico del mundo político porque se piensa que una palabra con mayúscula es más importante (es decir, que no es lo mismo “profesores” que “Profesores”), sorprende la ausencia de varias tildes. En concreto, las tres tildes que faltan son las de “más” (adverbio de cantidad), “está” (presente del verbo “estar”) e “irá” (futuro del verbo “ir”). Y lo peor es que las faltas que aparecen son faltas que el pobre corrector de Word no es capaz de detectar porque existe la posibilidad de que “mas, esta, ira” se escriban sin tilde. Y me recorre un escalofría pensando en lo que podría haber ocurrido si no hubiesen utilizado dicho corrector.

Creo que estos errores no son simplemente un “chascarrillo” como algunos los han calificado, pero también soy consciente de que no son lo más importante. No, no me preocupan solo las faltas de ortografía de la carta de Esperanza Aguirre, también me preocupa la falta de concreción: el ahorro de casi 80 millones de euros “va a permitirnos no aplicar recortes en otras partidas esenciales para mejorar la calidad de la enseñanza y mantener gastos en otros servicios importantes para los ciudadanos”. ¿Se puede saber cuáles?

Y me preocupa la falta de tacto: “parte de ese ahorro también ira (sic) destinado a incrementar la retribución de los jefes de departamento, de los coordinadores TIC y de los profesores tutores en todos los institutos madrileños”. Pues aunque cueste creerlo, los profesores no queremos mayor retribución por esas funciones, queremos más tiempo.

Y la falta de rigor: “20 horas son, en general, menos de las que trabajan el resto de los madrileños”. Por supuesto que se agradece que rectifique. Quizá sea un buen principio: “quien tiene boca, se equivoca”, ha dicho. Lo mismo está a punto de darse cuenta de que se ha equivocado también en el planteamiento de toda la cuestión.

Y la falta de sensibilidad para reconocer que se ha puesto a la mayoría de los profesores en contra. Yo estuve en la concentración del otro día ante la Consejería de Educación y ni soy interino ni pertenezco a ningún sindicato. No sé si había muchos liberados sindicales, lo que sí sé es que había muchos profesores y me consta que algunos de ellos la votaron en las elecciones anteriores. Que hay quien aprovecha para politizar el conflicto es lógico, pero lo que no veo tan lógico es que no se quieran dar cuenta de que el malestar es generalizado con independencia de los planteamientos políticos de cada cual.

Y la falta de conocimiento de lo que ocurre en las aulas, junto a una fe ciega en el sistema de oposición. Según ella, como todos los profesores que van a dar ahora clase han superado la oposición, la calidad será mejor. Pues yo he sacado la oposición, pero puedo asegurar que hay interinos que me dan mil vueltas a la hora de dar clase. Es más, invito a quien quiera a que entre en varias clases sin saber previamente si quien las imparte es interino o titular y que luego, si es capaz, saque las diferencias.

Y la falta de escucha. Asegura que “se trata de una huelga absurda, irracional y política (gracias por la parte que me toca), pues ni se toca la jornada de trabajo, ni la calidad de la enseñanza, ni la retribución, ni nada de nada”. Es decir, que todo profesor que esté a favor de la huelga, y conozco unos cuantos, lo hace porque no debe de tener muchas luces y se ha dejado embaucar por cuatro hábiles activistas. También dice Esperanza que “de momento nosotros no conocemos ninguna reivindicación”. No entiende que los profesores no estemos pidiendo una mejora salarial, ni de la jornada laboral. Pues, por si quiere saberlo, la principal reivindicación es que se anulen las instrucciones de principio de curso que han originado todo este caos. Es más, yo diría que la principal reivindicación es que se vuelva a contar con los 2.666 profesores que había antes (según la propia Comunidad, con estas medidas el ahorro es de 80 millones de euros y si el sueldo medio de un profesor es de 30.000, el resultado de la división es 2.666,666).

¿Por qué no hacen la prueba? Que nos dejen con nuestras veinte horitas y anuncien que van a conceder a cada instituto el mismo número de profesores que le habría correspondido sin las nuevas instrucciones de principio de curso… Lo mismo se acababan las amenazas de huelga, las protestas y las movilizaciones (yo prefiero dar clases a ir a asambleas y manifestaciones). De esta forma, se podrían hacer más desdobles, conseguir una atención más personalizada y, en definitiva, demostrar con hechos que confía “en la profesionalidad, en la seriedad y en la vocación de servicio público de los profesores” y que apuesta por la escuela pública… Quizá lo que haga falta es un poco más de sentido común.

Mientras tanto, yo me apunto al mensaje del profe melenudo:

Dos horas

El horario de un funcionario público es de 37,5 horas semanales. El horario de un profesor de un instituto público de Madrid es por tanto de 37,5 horas semanales. Y este curso seguirá teniendo las mismas horas.

En las instrucciones que regulan la organización y funcionamiento de los centros (orden de 24 de junio de 1994 del Ministerio de Educación) se especifica que los profesores deben permanecer en el instituto 30 horas semanales, el resto se dedicarán a preparación de actividades docentes, perfeccionamiento profesional o cualquier otra actividad pedagógica complementaria. Yo he de reconocer que lo de las 37,5 horas semanales no lo tengo muy en cuenta: “esta semana he llegado a mis 37,5 horas, aquí lo dejo, la semana que viene ya veremos”. Me imagino que habrá semanas en las que no llegue, pero me temo que son muchas más en las que me paso.

De las 30 horas de permanencia en el instituto, los profesores “impartirán como mínimo 18 periodos lectivos semanales, pudiendo llegar excepcionalmente a 21 horas cuando la distribución horaria del departamento lo exija y siempre dentro del mismo”. Hasta ahora la norma habitual es que cada profesor tuviese 18 períodos lectivos, aunque ya los había con 19 e incluso he conocido casos de con 21. Según las instrucciones de inicio de curso de la Comunidad de Madrid, todos los profesores tendremos que dar 20 horas lectivas. Es decir, se nos aumentan en dos las horas lectivas a la semana. ¿Es eso tan grave? ¿Es para que nos pongamos así?

Pues sinceramente creo que no, que las dos horas lectivas más son asumibles, aunque supongan que uno tenga una materia más que dar y unos treinta alumnos más que sumar a los que ya se tenían, con sus correspondientes clases, problemáticas, exámenes, juntas de evaluación, reuniones, etc. Las propias instrucciones de funcionamiento de los centros indican que por cada hora lectiva que pase de las 18 se compensará con dos horas complementarias.

Pero el problema no es, como se quiere hacer creer, que “trabajemos” dos horas más a la semana. El problema es que con esta medida habrá este curso cerca de 3000 profesores menos. Y es difícil de explicar que la calidad de la enseñanza no se vea afectada si resulta que para hacer el mismo trabajo tengo muchos menos trabajadores, si no puedo hacer desdobles, grupos flexibles, grupos de compensatoria, aulas de enlace… Según he oído, Esperanza Aguirre asegura que “por dar 20 horas no va a haber una merma en la calidad de la enseñanza todo lo contrario”. No acabo de entender el razonamiento: si un profesor en lugar de dar 18 horas da 20 las va a dar mejor. Creo que a la Comunidad le está pasando lo que le pasó a aquel tipo que tenía un burro y como gastaba mucho en su alimentación decidió dejar de darle de comer un día a la semana. El burro siguió trabajando como si no hubiera pasado nada y el hombre dejó de darle de comer dos días y el burro seguía funcionando… Así siguió hasta que el burro ya solo comía un día a la semana, pero resulta que el buen burro se murió y el hombre exclamó desolado: “lástima, se me muere justo ahora que empezaba a acostumbrarse a no comer”…

Puedo llegar a entender que estamos atravesando una crisis económica delicadísima, que las arcas de la Comunidad han menguado hasta límites insostenibles, que hay que recortar por algún lado… Pero lo que ya no entiendo tanto es que una medida como esta no se consensúe con los profesores, sino que aparezca, como si tal cosa, en unas instrucciones de principio de curso a comienzos del verano. Parece ser que el problema son 80 millones (que es lo que dicen que se ahorran). Entiendo que si uno no es Ronaldo, 80 millones es una cantidad mareante, pero si el presupuesto total de la Comunidad son 16.724 millones de euros, estoy convencido de que hay otros sitios menos dolorosos de donde recortar. Es más, estoy convencido de que si decides que los profesores den esas dichosas dos horas, pero mantienes a los profesores que vas a dejar de contratar y reduces el número de horas que los profesores dedican a hacer guardias y similares, no habría amenaza de huelga ninguna.

En fin, que el problema no son dos horas más, sino 3000 profesores menos.