Noche en Cuatro Vientos (I)

He de reconocer que tras la vigilia con el papa en Cuatro Vientos, tormenta incluida, estuve tentado de volverme a casa a dormir unas pocas horas para regresar a la mañana siguiente. Gracias a una colaboración que hice con la JMJ (que hice más por amistad con quien me la pidió que por convencimiento y de cuyo resultado no estoy especialmente orgulloso: obras de misericordia), hace poco más de un mes me llegó un mensaje de mi amigo pidiéndome los datos para poder conseguirme una invitación personalizada y el lunes de la semana pasada me llegó otro mensaje diciendo dónde tenía que recoger mis invitaciones.
No me puedo quejar: la invitación para la vigilia era en la zona A1, cerca del escenario y en zona de sillas, pero con el inconveniente de que dejé lejos de allí a los amigos con quienes había ido. Al acabar la vigilia traté de ponerme en contacto con ellos por teléfono, pero como debía de haber cerca de un millón de personas intentando lo mismo, no lo conseguí. Y estaba con mis dudas sobre si volverme a casa o no cuando, quizá al verme con el traje de supervoluntario, se me acercó Pierre, un francés de unos veinte años, preguntándome no sé muy bien qué porque me debió de hablar en francés o inglés, pero poco a poco nos fuimos comprendiendo.

A mí lo primero que me extrañó es que tuviese una manta térmica de esas que facilita el SAMUR cuando atiende a alguien, pero tampoco le di más vueltas, hasta que descubrí que el pobre hombre no tenía siquiera camiseta, que efectivamente le había atendido el SAMUR hacía unas tres horas, que no le funcionaba el móvil (como a todos), que no tenía su mochila y que no sabía dónde estaba su grupo… Así que me olvidé de irme a casa, le di un bocadillo, una botella de agua y una camiseta y le dejé mi teléfono para que intentara llamar. Al cabo del rato (y después de rezarlo, claro), consiguió enviar un SOS embotellado en mensaje de texto y pocos minutos después recibió la respuesta de sus amigos diciéndole dónde estaban. Antes de que nos llegase el mensaje de respuesta se nos había acercado K, un chaval de 15 años de Bilbao que me preguntaba si sabía dónde estaba la megafonía. A pesar de que la conversación la manteníamos en castellano, yo no estuve muy avispado y pensé que había quedado con alguien en algún sitio llamado “megafonía”… Hasta que me di cuenta de que estaba perdido y que quería dar el aviso por megafonía, pero ya eran más de las doce y no había quien diese avisos en ninguna parte.
Me despedí de Pierre deseándole buena suerte en su búsqueda y traté de localizar al responsable del grupo con el que había venido K. Afortunadamente, llevaba escrito en su tarjeta de inscripción el teléfono del responsable y, más afortunadamente todavía, conseguimos establecer conexión telefónica con él (fue la segunda y última vez en la que el teléfono funcionó esa noche). Estaban en el Sector H3… Para quien no haya visto el mapa de Cuatro Vientos no será fácil hacerse una idea de la situación: desde el escenario de 200 metros de ancho hacia el fondo de la explanada se iba abriendo una especie de triángulo dividido en sectores ordenados alfabéticamente. El sector más cercano al estrado era el A, con sus subdivisiones correspondientes A1, A2… y el más lejano el F, detrás del sector F se encontraban los puestos de comida, los baños, los puestos de socorro y detrás de ellos la pista de aterrizaje. Toda esta primera zona era para las personas que se habían inscrito en el acto, pero más allá de la pista de aterrizaje había un espacio acotado con vallas de dos metros para los no inscritos y también dividido en sectores hasta el J.

Le expliqué a K cómo llegar hasta su sector H3, cerca del fin del mundo, y me miró con cara de “¿no podrías acompañarme tú que para algo eres voluntario y que, si no, voy a estar igual de perdido dentro de dos minutos?”. Así que le acompañé. Durante el camino de regreso K me explicó cómo había llegado hasta allí desde tan lejos (pues entre un punto y otro había por lo menos un par de kilómetros). Por lo visto su novia le había dejado justo antes de que empezase la vigilia. Además no había tenido siquiera la decencia de decírselo a la cara, sino que se lo había hecho saber por una tercera persona. Del rebote que pilló empezó a andar sin rumbo fijo, echando pestes de la condición humana en general y de su condición humana en particular y tramando crueles venganzas para saldar el despecho (“se va a enterar, le voy a poner un petardo justo al lado”). Era la cuarta novia que tenía y él había dejado a dos, a una porque le engañaba con otro amigo y… Todas estas cosas no es que yo se las fuese preguntando, es que él las iba contando mientras íbamos de camino y a mí me daba cierta pena verle ya con cuatro novias a la espalda y con tan poca idea de lo que es amor. La que hasta tres horas antes había sido el sentido de su vida resultaba que era bastante corta y que sus amigos ya le decían que no se juntase con ella. En un momento, el pobre chico fue capaz de descubrir todos los defectos que la chica atesoraba y empezó a preguntarse cómo había sido tan tonto de dejarse engañar. No quedaba en él ni un resquicio de la pasión de horas antes.
Entre lo bien que jugaba al fútbol y sus dotes de conquistador fuimos avanzando hacia nuestro destino, interrumpidos aquí y allá por preguntas de otros peregrinos, todos agradecidos aunque mi respuesta la mitad de las veces fuese que no tenía ni idea y que no podía solucionarles su problema.
Por fin, después de atravesar la pista de aterrizaje y subir y bajar un pequeño montículo llegamos a la zona de no inscritos y el alma se me cayó a los pies. No solo era imposible ver el escenario desde allí, sino que además una valla infranqueable se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, custodiada por furgones de la policía y entre furgón y furgón dos o tres policías nacionales, de pie, piernas abiertas, manos en la cintura, dispuestos a que nadie pasase al otro lado. Tuve la sensación de estar ante la infinitesimal imagen de un campo de refugiados. Me acerqué a uno de los policías y le conté mi intención de pasar al otro lado de la valla para devolver al niño perdido a su grupo. Lo primero que me dijo el policía es que si pasaba al otro lado, ya no podría salir, pero fue lo suficientemente razonable para darse cuenta de que si dejaba que K entrase solo nunca llegaría a su destino. Además le facilité un mapa de la zona y al final quedé en que regresaría por esa misma parte de la valla, pero me insistió en que no me trajese a nadie conmigo. Le di mi palabra y entré en Mordor… (Continuará porque esto se me está alargando demasiado).

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