JMJ

Tengo muchos amigos a los que lo de la JMJ les produce, cuando menos, sarpullidos: “Acabo de llegar a casa después de 10 días fuera… no recordaba lo de la #JMJ, voy al baño a vomitar”, “Me voy a la calle con un par de cervezas… me apetece aclarar ideas mientras me rio de los peregrinos, see you tomorrow!!”… Sin embargo, yo he de reconocer que la experiencia de la JMJ me ha conmovido. Sí, ya sé, es fácil que me conmueva porque a mí, de principio, me parece una iniciativa interesante, pero nunca había participado en ninguna y aunque en esta he estado de voluntario la segunda J se me empieza a quedar un poco lejos. No soy de los que corren desesperados detrás del papamóvil para ver al papa más de cerca, aunque tampoco desprecio ponerme en un buen sitio, ni me uno a los gritos enfervorecidos (entre otras cosas porque temo que alguien me malinterprete si me pongo a gritar eso de “esta es la juventud del papa”), si acaso doy palmas y aplaudo.
Mi principal función de voluntario ha consistido en coordinar y facilitar la vida todo lo posible a un grupo de 115 portugueses a los que ni conocía y entre los que ya cuento con numerosos amigos (sin llegar a los 115, claro). Y quizá esa sea una de las cosas que más me ha impresionado de la JMJ: la facilidad para sintonizar con gentes de los más variados rincones del planeta en una especie de Babel invertida, en la que todos nos entendíamos aunque ninguno hablásemos el mismo idioma. Y me he dado cuenta de que entiendo mejor el inglés de lo que pensaba y de que me entienden en inglés mejor de lo que jamás imaginé.
Son muchas las anécdotas y vivencias de estos días y tantas las ganas de contarlas que por fin he roto el largo silencio veraniego de este blog (a ver lo que me dura). Desde luego no ha sido todo maravilloso y fantástico (que se lo digan al pobre tipo al que robaron una cámara de 4000€ mientras dormía o a los miles que se quedaron sin entrar en su zona y sin agua ni comida), pero no deja de ser sorprendente la alegría desbordante con que se saludaban los peregrinos de los distintos países, con que se soportaban las largas colas para la comida, con que se llegaba a disfrutar de la tormenta… Lo sé también, todo esto suena a tópico, pero yo estuve allí y puedo asegurar que es verdad, aunque yo sea el primero a quien le cuesta creerlo.

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