Noche en Cuatro Vientos (y II)

Preguntando de un sector a otro, en un idioma y otro, acabamos llegando al sector H3 y encontramos a unos amigos de K, así pues nos hicimos una foto para la posteridad y para el Tuenti y nos despedimos.

Mientras regresaba a la valla descubrí que uno de los problemas que había allí, en Mordor, era que muchos peregrinos que tenían inscripción y que por tanto tenían derecho a estar en la zona de acreditados, no habían podido ir a su sitio y les habían enviado a las profundidades. La situación era, cuando menos, triste: pagas una inscripción, tienes derecho a entrar en una zona para un acto que comienza a las ocho de la tarde, llegas a las cuatro y te obligan a ir a un sitio muy alejado de tu destino inicial y sin posibilidad de conseguir la comida a la que también tenías derecho con la inscripción. No sé, yo creo que habría puesto el grito en el cielo y habría organizado una protesta en condiciones (y seguro que algo de eso hubo), pero el ambiente que descubrí no era de crispación, sino de aceptación de las circunstancias.
Cuando volví a la valla que custodiaba mi policía me dejó pasar sin ningún problema y me quedé hablando con él y explicando a los pobres peregrinos que se acercaban a la valla que en la zona que les correspondía no cabía más gente… En una ocasión se acercaron unas chicas de Málaga con su acreditación, para saber si al día siguiente podrían pasar al otro lado. El día anterior habían acabado a las 6:30 de la mañana porque eran de una de las cofradías que habían llevado los pasos para el Via Crucis y habían acabado la procesión a esa hora y por eso habían llegado a Cuatro Vientos más tarde. Les volví a explicar lo que a todos, pero me hicieron caer en la cuenta de que, al recoger las tiendas de campaña y los sacos de dormir, habría más espacio y, por tanto, cabría más gente. Lo decían aceptando de antemano su posible destino, más que nada como posibilidad.
El argumento era lógico y contundente, así que se lo comenté a M, el policía, que estaba hablando a través de la vaya con otros tres peregrinos acreditados también encerrados en Mordor y con los mismos deseos de pasar al otro lado. A M le pareció también un argumento lógico, pero las órdenes son las órdenes y él tenía orden de que nadie atravesase la valla. Por lo menos conseguí que me dijese quién era su inmediato superior, que estaba un par de furgones más allá, para tratar de dar con la persona que tenía que dar la orden de que se dejase pasar a los peregrinos con acreditación. El subinspector o sargento o lo que fuese, que tampoco me quedó muy claro, estaba aprovechando para reponer algo de fuerzas comiendo algo en el furgón. Le planteé el problema y me reconoció estar completamente de acuerdo, pero que las órdenes son las órdenes… De todos modos, también me reconoció que él había dejado pasar ya a bastantes inscritos al otro lado, así que le sugerí que a lo mejor yo podría ir acercando a unos pocos a su zona para que allí les abriesen la valla. Por supuesto no me dijo que sí… pero tampoco me dijo que no. Volví donde estaba M hablando con los tres peregrinos de antes (L, P y P): a esas alturas el grado de amistad y confianza era grande, aunque unos estuviesen a un lado y otro a otro impidiéndoles el paso. Les dije a los tres peregrinos que me siguieran y de repente apareció otro más, inglés, con la misma problemática que todos los anteriores. No le expliqué mucho, pero le dije también que me siguiera. Llegamos hasta el furgón del subinspector… pero el subinspector ya no estaba por allí. Hablé con el policía que custodiaba aquella parte de la valla y le conté mi conversación con el subinspector. Lo primero que me dijo, una vez más, es que no se podía pasar, que las órdenes son las órdenes… El peregrino inglés casi nos la lía porque él iba a desplazar la valla y salir tan contento como si fuese la cosa más normal del mundo ante la sorpresa y la indignación del policía. Le dije a nuestro inglés que esperase un momento (“wait for a moment” es de las mejores cosas que sé decir en inglés) y continué negociando con el policía que de pronto cambió de opinión y me preguntó quiénes eran los peregrinos que tenían que pasar a nuestro lado… Ante mi sorpresa y la suya, L, P, P y el inglés cruzaron la valla. El inglés desapareció y no volví a saber más de él, pero con los otros tres me quedé hablando un buen rato y después aprovechamos para volver a donde estaba M, nuestro policía, y hacernos una foto con él (que no incluyo aquí por aquello de que es un policía y esas cosas).

Nos despedimos de M y ya en la zona de acreditados nos acercamos a rezar un poco a una de las capillas del Santísimo atravesando un mar de sacos de dormir. Allí en la capilla, a las 4.30 de la madrugada había todavía un montón de gente rezando y algunos aprovechaban también para confesarse con un par de curas que estaban haciendo horas extras… A las 5.00 me despedí de mis peregrinos porque tenía que acudir a mi zona con invitación especial y quedamos en que teníamos que quedar y celebrar todo aquello… y hoy mismo he recibido un correo de P diciéndome que tenemos que quedar para tomar algo y reírnos de nuestra Misión Nocturna.

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Noche en Cuatro Vientos (I)

He de reconocer que tras la vigilia con el papa en Cuatro Vientos, tormenta incluida, estuve tentado de volverme a casa a dormir unas pocas horas para regresar a la mañana siguiente. Gracias a una colaboración que hice con la JMJ (que hice más por amistad con quien me la pidió que por convencimiento y de cuyo resultado no estoy especialmente orgulloso: obras de misericordia), hace poco más de un mes me llegó un mensaje de mi amigo pidiéndome los datos para poder conseguirme una invitación personalizada y el lunes de la semana pasada me llegó otro mensaje diciendo dónde tenía que recoger mis invitaciones.
No me puedo quejar: la invitación para la vigilia era en la zona A1, cerca del escenario y en zona de sillas, pero con el inconveniente de que dejé lejos de allí a los amigos con quienes había ido. Al acabar la vigilia traté de ponerme en contacto con ellos por teléfono, pero como debía de haber cerca de un millón de personas intentando lo mismo, no lo conseguí. Y estaba con mis dudas sobre si volverme a casa o no cuando, quizá al verme con el traje de supervoluntario, se me acercó Pierre, un francés de unos veinte años, preguntándome no sé muy bien qué porque me debió de hablar en francés o inglés, pero poco a poco nos fuimos comprendiendo.

A mí lo primero que me extrañó es que tuviese una manta térmica de esas que facilita el SAMUR cuando atiende a alguien, pero tampoco le di más vueltas, hasta que descubrí que el pobre hombre no tenía siquiera camiseta, que efectivamente le había atendido el SAMUR hacía unas tres horas, que no le funcionaba el móvil (como a todos), que no tenía su mochila y que no sabía dónde estaba su grupo… Así que me olvidé de irme a casa, le di un bocadillo, una botella de agua y una camiseta y le dejé mi teléfono para que intentara llamar. Al cabo del rato (y después de rezarlo, claro), consiguió enviar un SOS embotellado en mensaje de texto y pocos minutos después recibió la respuesta de sus amigos diciéndole dónde estaban. Antes de que nos llegase el mensaje de respuesta se nos había acercado K, un chaval de 15 años de Bilbao que me preguntaba si sabía dónde estaba la megafonía. A pesar de que la conversación la manteníamos en castellano, yo no estuve muy avispado y pensé que había quedado con alguien en algún sitio llamado “megafonía”… Hasta que me di cuenta de que estaba perdido y que quería dar el aviso por megafonía, pero ya eran más de las doce y no había quien diese avisos en ninguna parte.
Me despedí de Pierre deseándole buena suerte en su búsqueda y traté de localizar al responsable del grupo con el que había venido K. Afortunadamente, llevaba escrito en su tarjeta de inscripción el teléfono del responsable y, más afortunadamente todavía, conseguimos establecer conexión telefónica con él (fue la segunda y última vez en la que el teléfono funcionó esa noche). Estaban en el Sector H3… Para quien no haya visto el mapa de Cuatro Vientos no será fácil hacerse una idea de la situación: desde el escenario de 200 metros de ancho hacia el fondo de la explanada se iba abriendo una especie de triángulo dividido en sectores ordenados alfabéticamente. El sector más cercano al estrado era el A, con sus subdivisiones correspondientes A1, A2… y el más lejano el F, detrás del sector F se encontraban los puestos de comida, los baños, los puestos de socorro y detrás de ellos la pista de aterrizaje. Toda esta primera zona era para las personas que se habían inscrito en el acto, pero más allá de la pista de aterrizaje había un espacio acotado con vallas de dos metros para los no inscritos y también dividido en sectores hasta el J.

Le expliqué a K cómo llegar hasta su sector H3, cerca del fin del mundo, y me miró con cara de “¿no podrías acompañarme tú que para algo eres voluntario y que, si no, voy a estar igual de perdido dentro de dos minutos?”. Así que le acompañé. Durante el camino de regreso K me explicó cómo había llegado hasta allí desde tan lejos (pues entre un punto y otro había por lo menos un par de kilómetros). Por lo visto su novia le había dejado justo antes de que empezase la vigilia. Además no había tenido siquiera la decencia de decírselo a la cara, sino que se lo había hecho saber por una tercera persona. Del rebote que pilló empezó a andar sin rumbo fijo, echando pestes de la condición humana en general y de su condición humana en particular y tramando crueles venganzas para saldar el despecho (“se va a enterar, le voy a poner un petardo justo al lado”). Era la cuarta novia que tenía y él había dejado a dos, a una porque le engañaba con otro amigo y… Todas estas cosas no es que yo se las fuese preguntando, es que él las iba contando mientras íbamos de camino y a mí me daba cierta pena verle ya con cuatro novias a la espalda y con tan poca idea de lo que es amor. La que hasta tres horas antes había sido el sentido de su vida resultaba que era bastante corta y que sus amigos ya le decían que no se juntase con ella. En un momento, el pobre chico fue capaz de descubrir todos los defectos que la chica atesoraba y empezó a preguntarse cómo había sido tan tonto de dejarse engañar. No quedaba en él ni un resquicio de la pasión de horas antes.
Entre lo bien que jugaba al fútbol y sus dotes de conquistador fuimos avanzando hacia nuestro destino, interrumpidos aquí y allá por preguntas de otros peregrinos, todos agradecidos aunque mi respuesta la mitad de las veces fuese que no tenía ni idea y que no podía solucionarles su problema.
Por fin, después de atravesar la pista de aterrizaje y subir y bajar un pequeño montículo llegamos a la zona de no inscritos y el alma se me cayó a los pies. No solo era imposible ver el escenario desde allí, sino que además una valla infranqueable se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, custodiada por furgones de la policía y entre furgón y furgón dos o tres policías nacionales, de pie, piernas abiertas, manos en la cintura, dispuestos a que nadie pasase al otro lado. Tuve la sensación de estar ante la infinitesimal imagen de un campo de refugiados. Me acerqué a uno de los policías y le conté mi intención de pasar al otro lado de la valla para devolver al niño perdido a su grupo. Lo primero que me dijo el policía es que si pasaba al otro lado, ya no podría salir, pero fue lo suficientemente razonable para darse cuenta de que si dejaba que K entrase solo nunca llegaría a su destino. Además le facilité un mapa de la zona y al final quedé en que regresaría por esa misma parte de la valla, pero me insistió en que no me trajese a nadie conmigo. Le di mi palabra y entré en Mordor… (Continuará porque esto se me está alargando demasiado).

JMJ

Tengo muchos amigos a los que lo de la JMJ les produce, cuando menos, sarpullidos: “Acabo de llegar a casa después de 10 días fuera… no recordaba lo de la #JMJ, voy al baño a vomitar”, “Me voy a la calle con un par de cervezas… me apetece aclarar ideas mientras me rio de los peregrinos, see you tomorrow!!”… Sin embargo, yo he de reconocer que la experiencia de la JMJ me ha conmovido. Sí, ya sé, es fácil que me conmueva porque a mí, de principio, me parece una iniciativa interesante, pero nunca había participado en ninguna y aunque en esta he estado de voluntario la segunda J se me empieza a quedar un poco lejos. No soy de los que corren desesperados detrás del papamóvil para ver al papa más de cerca, aunque tampoco desprecio ponerme en un buen sitio, ni me uno a los gritos enfervorecidos (entre otras cosas porque temo que alguien me malinterprete si me pongo a gritar eso de “esta es la juventud del papa”), si acaso doy palmas y aplaudo.
Mi principal función de voluntario ha consistido en coordinar y facilitar la vida todo lo posible a un grupo de 115 portugueses a los que ni conocía y entre los que ya cuento con numerosos amigos (sin llegar a los 115, claro). Y quizá esa sea una de las cosas que más me ha impresionado de la JMJ: la facilidad para sintonizar con gentes de los más variados rincones del planeta en una especie de Babel invertida, en la que todos nos entendíamos aunque ninguno hablásemos el mismo idioma. Y me he dado cuenta de que entiendo mejor el inglés de lo que pensaba y de que me entienden en inglés mejor de lo que jamás imaginé.
Son muchas las anécdotas y vivencias de estos días y tantas las ganas de contarlas que por fin he roto el largo silencio veraniego de este blog (a ver lo que me dura). Desde luego no ha sido todo maravilloso y fantástico (que se lo digan al pobre tipo al que robaron una cámara de 4000€ mientras dormía o a los miles que se quedaron sin entrar en su zona y sin agua ni comida), pero no deja de ser sorprendente la alegría desbordante con que se saludaban los peregrinos de los distintos países, con que se soportaban las largas colas para la comida, con que se llegaba a disfrutar de la tormenta… Lo sé también, todo esto suena a tópico, pero yo estuve allí y puedo asegurar que es verdad, aunque yo sea el primero a quien le cuesta creerlo.