CDI

CDI no es el nombre de una serie de tinte policiaco, sino de una prueba que se pasó la semana pasada a todos los alumnos de 3º de la ESO de la Comunidad de Madrid (imagino que en otras comunidades habrá pruebas análogas, pero lo desconozco) y que significa algo así como prueba de “Conocimientos y Destrezas Indispensables”. Por qué una prueba de conocimientos y destrezas indispensables consiste solo en un examen de matemáticas y otro de lengua es algo que nos llevaría muy lejos y que excede la pretensión de esta entrada. Por qué se escoge el adjetivo “indispensables” también se me escapa, pero parece evidente que si algún alumno no llega a tener un diez en las dos partes de la prueba es un alumno con serias carencias en cuanto a sus conocimientos y destrezas se refiere.
Pero no es el objetivo de esta entrada hacer un sesudo análisis sobre la utilidad o no de pruebas de este tipo, sino contar mi experiencia personal como aplicador. “Aplicador” quiere decir que vas a un centro que no es el tuyo y les pones el examen tanto de matemáticas como de lengua (¿se podrá decir “examen” o esa palabra vulnerará el carácter de la “prueba”?).
Esta vez me tocó ir, junto con otros compañeros, a un instituto de Arganda y una de las cosas por las que me gusta aplicar la prueba es porque te permite conocer, aunque sea muy por encima, otros centros y descubrir algo que piensas que se podría aplicar al tuyo: por ejemplo, en el instituto en el que estuve, en lugar del timbre que anuncia el final y comienzo de las clases, sonaba música, más concretamente un fragmeto de las Cuatro Estaciones de Vivaldi y yo me imaginaba a los alumnos trasladándose de un lado a otro bailando al ritmo de la música. Por lo visto, la melodía cambia cada semana y a veces son los propios alumnos los que proponen temas con la condición de que no haya letra.
Otro asunto interesante de ser aplicador es enfrentarte a casi treinta alumnos a los que no conoces de nada y con los que probablemente no volverás a coincidir en la vida, con lo que eso puede suponer para un alumno de catorce o quince años. Es un peligro, pero también una ventaja. Además cuentas con la aureola de tipo que viene de fuera del centro para poner un examen oficial cuya nota se acabará reflejando en su expediente (sí, todavía quedan algunos a los que eso les impresiona). En el fondo, sabes que te juegas el éxito y la tranquilidad de la mañana en los diez o quince primeros segundos, en los que ellos tratan de hacerse una rápida idea de hasta dónde pueden llegar contigo. Y por eso son fundamentales las primeras miradas y las primeras frases.
Esta vez hubo éxito y fue una mañana tranquila.
La prueba es confidencial, los correctores no son los propios aplicadores, y cada alumno tiene un código de centro y un número que lo identifica. Para facilitar las cosas, están puestos en fila de uno, por orden de lista, y eso permite que no haya que hacer grandes esfuerzos para quedarte con el nombre de cada uno. Primero pasas lista y, cuando les has repartido las pruebas y les has dado las instrucciones pertinentes, dedicas cinco minutos, lista en mano, a poner nombre a cada cara. Después dejas la lista sobre la mesa y a partir de ese momento empiezas a disfrutar con sus caras de asombro cada vez que te diriges a ellos por su nombre.
Tras el primer examen de hora y media hay un descanso de media hora antes de empezar la siguiente prueba. Cuando comenzaron a hacer la segunda prueba, estuve un rato hablando con el profesor al que le tocaba quedarse conmigo a cuidar a los examinandos. No sé si serán los prejuicios o la experiencia, pero apenas había estado con los alumnos una hora y media y, lista en mano para no dar nombres, fui cotejando con el profesor mis impresiones:
-El mejor de esta clase es este -y señalaba a D. en la lista- JC. también es bastante bueno. R., J. y A. son los peores. S. no es mala persona, pero le cuestan mucho los estudios…
Mi diagnóstico fue confirmado en todos los casos (eso sí, me limité a los casos extremos tanto por arriba como por abajo), pero ese acierto, en lugar de alegrarme por mi perspicacia, me dejó más bien pensativo: probablemente podría predecir el futuro inmediato de esos alumnos con la casi certeza de que los malos no van a ser capaces de cambiar en los próximos tres o cuatro años. Quizá me excedo, quizá exagero, pero creo que quien ha dado clase tiene la sobrada experiencia de que después del primer mes podría hacer una quiniela de notas, guardarla y al final de curso descubriría su alto porcentaje de aciertos. Y eso, insisto, no deja de causar cierta desazón porque dice poco a tu favor como profesor si no eres capaz de invertir las tendencias, si no consigues sacar lo mejor de cada uno, si te resignas con que tus alumnos fracasen ante tus propios ojos.

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