La vigésimo primera

El pasado 22 nació Carmen, la número 21 de mis sobrinos, y no acaba uno de acostumbrarse al milagro de la vida por más sobrinos que se vayan sumando a la fiesta.

En este caso, era el séptimo hijo de mi hermana y cada vez que doy este dato la gente se echa las manos a la cabeza, se pregunta con más o menos discreción cómo es posible que a estas alturas de la película todavía quede gente así y muchas cosas más que seguramente no dicen cuando estoy delante. Y lo entiendo. Lo comprendo perfectamente: nunca han tenido tantos hermanos y ni se imaginan cómo puede salir adelante una familia así. Pero a mí también me gustaría que me comprendieran, y que comprendieran a mi hermana: somos ocho hermanos y, la verdad, a mí no me sobra ninguno. Probablemente si hubiésemos sido menos habríamos vivido con más comodidades y mis padres no se habrían pasado casi veinte años durmiendo en el salón. También habríamos tenido menos disgustos y menos preocupaciones (y las que nos quedan por pasar), pero creo que son muchas más las ventajas de haber heredado vestuario y de habe compartido juguetes, peleas y habitación. No sé dónde oí por primera vez el proverbio, pongamos hindú, que dice que “una pena compartida es media pena y una alegría compartida es doble alegría”. Pues eso, que con familia tan numerosa nos dedicamos a dividir penas y multiplicar alegrías.

El mismo día en que nació Carmen, recibí un curioso SMS de N: “ha dado a luz tu hermana? si es ella, nosotros estamos en la 204 d la clinica.pasate. nacho.y si no discupa lo surrealista d ste sms”. Y, efectivamente, mi hermana era la que estaba en la 208. Nacho y Eva conocieron a Lorena cuando en julio Nacho me invitó a grabar unas clases sobre lenguaje no verbal para alumnos de Magisterio de Educación Infantil de una universidad a distancia. Como complemento de dichas clases decidimos grabar una improvisación en la que Lorena hacía de profesora y Nacho y Eva hacían de matrimonio joven, ella apurada porque no ve el momento de quitar el chupete a su niño y él disgustado por tener que acudir a una inútil tutoría.  Una semana más tarde se encontraron de casualidad en la puerta de la clínica porque resultó que estaban esperando para el mismo día… Claro, que el día en concreto era dentro de una semana, pero por aquellas cosas de la luna o de la casualidad, acabaron coincidiendo el martes en la clínica y cuando Nacho y Eva vieron por los pasillos a demasiada gente que se parecía a mí, me enviaron el mensaje. Así que aprovechamos la ocasión y presentamos a Carmen y a Martín, porque se ve que ahí puede surgir una historia con futuro.

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Alain y Sonia

Hace un par de fines de semana, aprovechando que teníamos un puente sin saber muy bien por qué, nos fuimos unos cuantos amigos a Asturias y estuvimos danzando de aquí para allá.

En una de esas andanzas acabamos en Lastres, un pequeño pueblo pesquero que se asoma escaladamente al mar desde la pendiente de una montaña como si las casas fueran los espectadores de un teatro griego que no se cansan de ver la representación siempre nueva del mar. Recorrimos tranquilamente el malecón y admiramos con la envidia propia de quien vive demasiado tierra adentro las barcas y los barcos pesqueros y no tan pesqueros que se balanceaban amarrados al puerto.

Nos llamó la atención uno de esos barcos no pesqueros. No me atrevería a decir que era una pequeña goleta, pero sí que tenía unas cuantas velas y unos cuantos mástiles y medía aproximadamente 15 metros de largo por 5 de ancho, es decir, que tenía unos 49 pies de eslora y 16 de manga. En la cubierta, había un hombre de pelo cano, perilla y unos cincuenta años, de pie, mirando al mar, con la radio a todo volumen. Nos sintió, se dio la vuelta y nos miró. Le miramos. Le hicimos una estúpida pregunta de rigor: “¿Desde dónde viene?”. Y como no nos oía bien nos invitó a acercarnos a su barco. Una vez allí, descubrimos que era francés (el hombre y, probablemente, también el barco), idioma del que solo J. tenía unas pequeñas nociones (“puff, yo di los números y los colores en el instituto”) y que no entendía demasiado del español, pero eso no impidió que entablásemos una especie de conversación. “¿Y el barco es grande por dentro?”, preguntó O. como quien no quiere la cosa… Y nos invitó a subir a bordo y a comprobarlo por nosotros mismos. Y no nos hicimos de rogar. En ese momento, subió también al barco una mujer bajita y enérgica que venía de pescar… o de hacer que pescaba.

Bajamos por unas pocas escaleras a una estancia interior que lo incluía todo: cocina, comedor, sala de estar, despacho… En cada una de las esquinas se abría una puerta que daba a otras habitaciones pequeñas, pero lo suficientemente amplias como para meter alguna cama y un cuarto de baño o una cama y un almacén o una cama y una ducha. El espacio estaba realmente bien aprovechado y allí Alain y Sonia fueron satisfaciendo toda nuestra curiosidad y no contentos con ello nos invitaron a tomar un vino de fabricación propia, unas aceitunas y un poco de fiambre. Y nos fueron abriendo las puertas de su corazón como quien deja entrar a unos completos desconocidos en su barco que además resultó ser su casa. Lo pasamos en grande. Durante cerca de media hora chapurreamos francés, inglés, español y el idioma universal de la carcajada. Eran una pareja realmente curiosa (bueno, en realidad, los curiosos éramos nosotros): él, antiguo maquinista de tren, ya esaba jubilado a sus cincuenta y pocos y ella trabajaba de horticultora de abril a julio. Durante el resto del año viajan de aquí para allá. Allá suele ser Alaska, donde se casaron hace unos años, ella con pantalones y él con túnica romana.

Me temo que no volveremos a vernos porque ni siquiera nos intercambiamos los correos electrónicos ni nos acordamos de hacernos fotos, pero para no olvidar esa tarde mágica a bordo de un barco desconocido con unos extraños en un pueblo perdido queda esta entrada de blog navegando por la red… Una entrada que ellos nunca leerán.

Mientras nos estábamos despidiendo, la mujer salió a cubierta porque oyó fuera unas voces. Cuando salimos nosotros, descubrimos que ya habían “pescado” a otros “miradores” que se acercaban dispuestos a visitar el barco, porque a Alain y a Sonia les encanta enseñar su barco, que quizá sea una goleta, como quien abre el corazón a cualquier caminante curioso.