Tiempo de estudio

Esta vez fue con 4º de la ESO: estaba pasando lista para ver quién había analizado las frases que había mandado el día anterior y varios empezaron a responderme que no las habían podido analizar porque habían estado estudiando para un examen de Historia que tenían ese mismo día. En un momento dado me dio por preguntar a X, uno de los que no había podido hacer las frases, cuánto tiempo había estado estudiando Historia…

-Una hora -me contestó con el convencimiento de que yo entendería perfectamente que así era de todo punto imposible sacar unos minutillos para mis frases.

Intenté razonar con él: “Sales a las 14.20 del Instituto, llegas a tu casa sobre las tres, comes tranquilamente hasta las cuatro, te echas una siestecilla hasta las cinco… y de cinco a diez todavía te quedan cinco horas para estudiar”. Pero mucho me temo que le perdí en algún punto.

El problema es que apostaría a que el examen de historia le salió de pena y que muy deprimido habrá llegado a la conclusión de que no compensa estudiar, porque se mata el día anterior a estudiar como una fiera y, encima, suspende. En realidad, no sé si eso le pasó a X, lo que sí sé es que le pasa a Y, que hoy se ha quedado conmigo al acabar la clase:

-Profe, necesito que me ayudes porque tengo un problema…

-Vaya, ¿te has metido en algún lío con la policía?

-No, hombre, no. Lo que pasa es que yo quiero aprobar Lengua y tal y como voy… -Efectivamente, en el examen que le he entregado hoy su nota creo que no llegaba al dos.

Y hemos estado hablando un buen rato hasta casi quedarnos sin recreo. Y venía de buena voluntad y con ganas, pero no quería que le diese el consejo que le han dado siempre: “estudia más”. Y me ha justificado su desesperación: estudia y suspende. Pues, para eso, mejor suspender sin estudiar, que es menos traumático.

-¿Cuánto has estudiado este examen?

-Bueno, la verdad es que este examen no lo he estudiado nada, pero es que siempre estudio un montón el día anterior y luego suspendo…

-¿Y no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor la solución está en empezar a estudiar un poquito antes?

Y le he contado, como a tantos, que mi vida cambió el día en que me decidí a estudiar los fines de semana. Fue una decisión que acabé adoptando en 2º de BUP (actual 4º de ESO) y que me dio excelentes resultados: no tengo sensación de que esas mañanas de sábados y domingos las haya echado a perder. Creo que les debo mucho. Por ejemplo, poder intentar convencer, con conocimiento de causa, a Y de que si saca más tiempo de estudio, acabará aprobando.

De lo difícil que es que me entiendan y que les entienda

Sigo dándole vueltas a mi 1ºX y cada día descubro nuevas lagunas y analizo con precisión las causas del desastre, pero el problema es que no sé cómo conseguir rellenar esas lagunas, así que se admiten todo tipo de sugerencias.

Por ejemplo, después de la prueba de comprensión lectora he seguido haciendo nuevos descubrimientos:

-A ver, Z, lee el primer párrafo de la página 23.

-¿Qué es un párrafo? -pregunta L y le agradezco de veras la pregunta, porque me parece un paso importante que se atrevan a preguntar lo que están convencidos de que deberían saber. Y se lo respondo lo mejor que sé.

Z lee el primer párrafo.

-Z, por favor, resúmenos las ideas principales de lo que has leído.

-…

-Está bien, léetelo otra vez, en silencio, y  a continuación me dices qué quiere decir ese párrafo. Y los demás, leedlo también en silencio y ahora os pregunto.

Y, casi todos, lo leen en silencio, con aparente atención, pero cuando empiezo a preguntar a uno tras otro sobre las ideas fundamentales, pocos son capaces de decir una idea aproximada. Lo peor de todo, o lo que a mí me parece lo peor de todo, es que el párrafo en cuestión no hablaba de inextricables cuestiones de pragmática. Venía a decir que las palabras están formadas por grupos de letras o de sonidos, que en la lengua escrita aparecen separadas por espacios en blanco, mientras que en la lengua hablada se pronuncian sin necesidad de hacer una pausa detrás de cada palabra.

Un ejemplo más: trato de que se aprendan los nombres de las clases de palabras y repetimos todos y una vez las palabras variables: sustantivo, adjetivo, determinante, pronombre, verbo. Y lo repetimos y lo repetimos. Después voy uno a uno y la mayoría consigue salir airoso de la prueba, aunque con sus momentos de vacilación. Pero M es incapaz de pasar de la tercera palabra: “sustantivo, adjetivo… no sé, profe”. Y lo repetimos. “Sustantivo, adjetivo… ¿verbo?… que no lo sé, de verdad”.

Y empiezo a sospechar lo difícil que les debe resular estudiar algo si todo está escrito en un idioma tan inteligible. Y empieza a preocuparme caer en la cuenta de que tengo su mismo problema: hablan un idioma que soy incapaz de comprender y por eso no soy capaz de hacerles entender cosas que para mí rozan la evidencia. Y también sospecho que quizá sea más fácil que yo me empeñe en aprender su idioma…

Maná

Con frecuencia empiezo las clases de 1ºX con un juego lingüístico. Es una forma de que se vayan centrando, de tenerlos conmigo y, de paso, de trabajar aspectos de morfología, ortografía y demás. Hace unos días el juego consistía en formar durante dos minutos todas las palabras posibles a partir de las letras de la palabra “ALMACENAR” (p.e.: alma, cena, rama…). Al acabar el tiempo recogí la hoja de cada equipo y fuimos revisando las palabras: cada palabra correcta suponía un punto más y cada palabra con falta de ortografía suponía un punto menos. Al leer la lista de uno de los grupos, me llamó la atención que habían escrito “maná”, con tilde y todo. Por un momento pensé que mis alumnos eran más cultos de lo que yo creía y que estaba nada más y nada menos que ante una referencia bíblica… Pero luego supuse que, a lo mejor, la cosa venía por MANÁ, el grupo de música… Para salir de dudas, les pregunté:

-A ver, X, ¿qué significa “maná”?

– Pues yo qué sé, una “maná” de cerdos, por ejemplo.

Y caí de bruces en la realidad, eso sí con una carcajada y una sonrisa.

Prueba de velocidad y comprensión lectora

El otro día, aprovechando que comenzábamos un tema nuevo, me disponía a hacer con mis alumnos de 1ºX de la ESO una prueba de velocidad y comprensión lectora utilizando el texto que abre la lección. Di, o creí dar, las instrucciones oportunas: “Ahora vamos a hacer una prueba de velocidad y comprensión lectora. Cuando yo diga ‘ya’ tenéis que poneros a leer el texto de la página 23 y, según vais acabando, me lo vais indicando para que yo os diga el tiempo”. Hasta aquí me imagino que iba todo más o menos claro, pero tuve la desafortunada idea de introducir una nueva instrucción: “Luego, cuando acabéis, tú, F., cuentas las palabras que hay de la línea 1 a la 10, tú, Z., las de la 11 a la 20,… tú, M., las de la 60 a la 67 y vosotros, a los que no os he dado líneas, no hace falta que contéis palabras”.

Y por fin nos dispusimos a empezar la prueba:

-Preparados, listos… ya.

Con sorpresa vi que quienes no tenían que contar palabras ni siquiera se habían molestado en empezar a leer. Me puse a explicarles que tenían que ponerse a leer, cuando Z levantó la mano y dijo entusiasmado: “¡Ya!”… Iba a decirle que no se trataba de que leyese sólo las líneas que le había indicado para contar  palabras, sino todo el texto, pero vi que algunos otros, en lugar de leer, estaban contando palabras. En ese momento, al borde de la desesperación, detuve la prueba a voz en grito, volví a dar las instrucciones esta vez de forma mucho más detallada y finalmente conseguimos hacer la dichosa prueba.

La experiencia me resultó tan desesperante como ilustrativa: el problema de comprensión oral, por lo menos en este grupo, es mucho más grave del que uno se imagina y miedo me da pensar de qué se enteran cada vez que me pongo a explicar algo. En fin, detectar estas carencias es un primer paso, pero lo que no veo tan fácil es cómo y en qué dirección dar el segundo. De momento, lo único que tengo claro es que las instrucciones las he de dar de una en una y la misma para todos.