El regreso de Timoteo

“Yo lo siento mucho, pero no lo vamos a conseguir, es imposible”. Fueron las palabras de N. apenas dos semanas antes de la fecha de representación de El Pirata Timoteo. Y la verdad es que razón no le faltaba: llevábamos preparando la obra desde antes de navidades, a ritmo de una clase semanal de ensayo… y una clase no da para mucho: empiezas a apartar las mesas y las sillas, a hacer ejercicios de calentamiento y juegos dramáticos que aparentemente poco tienen que ver con lo que vas a representar, a repasar papel, a hacer alguna que otra improvisación… y cuando dos días antes de Semana Santa te enteras de que hay que representar la obra el 23 de abril en el auditorio del pueblo y que no te quedan más de tres semanas de ensayo, tú mismo piensas lo mismo que N.: “No lo vamos a conseguir, es imposible”. Y crees que quizá lo mejor sea representar sólo los dos primeros actos, con un poco de suerte. Pero en seguida llegas a la conclusión de que eso no tiene mucho sentido, porque lo lógico es que vaya público y al público no le puedes decir “y hasta aquí hemos representado por hoy”.
Así que, con papel y lápiz, me puse a hacer números y a sacar horas: si en lugar de Lengua estas semanas nos dedicamos a ensayar; si tal día, que tengo libre la siguiente clase, se la pido a J. que es tan majo; si me pido a mí mismo alguna hora de tutoría; si aprovechamos los recreos para ensayar con los narradores; si nos quedamos algunos días a séptima hora; si tal martes nos vamos entero a hacer el ensayo general al auditorio, si… Y con mi flamante plan de ensayos me dirigía a clase, cuando X. e Y., en mitad del pasillo, me advirtieron de que lo habían estado hablando todos y que habían pasado una hoja en la que 20 de los 25 habían firmado diciendo que no querían hacer la obra. Como no es la primera vez que me enfrento a una “huelga” de actores, no le di demasiada importancia, pero me preparé un discursillo. Entré en clase, y antes de que me dijesen nada y como si no estuviese enterado del plan de deserción en masa, empecé a aducir las innumerables razones por las que era necesario no sólo que no nos echásemos atrás, sino que siguiésemos adelante… Ya las he olvidado, pero me sentía un poco a lo William Wallace arengando a sus dubitativas tropas. En mitad de mi apasionada disertación, alguien deslizó sobre la mesa del profesor la hoja con las firmas, ante el descontento y el temor general, porque a esas alturas más de uno se estaba arrepintiendo de haber firmado el dichoso papel, no tanto porque estuviese ya convencido de representar la obra, sino porque estaba seguro de que a mí me iba a parecer realmente mal que hubiese firmado. Con gesto teatral (en eso estábamos), sin hacer mucho caso, le di la vuelta a la hoja y seguí demostrándoles que, si nos empeñábamos, aquello era más que posible. Además les emplacé a que, después de la representación, los que lo sintiesen de verdad me dijesen que se habían arrepentido de actuar. Después, con un nuevo gesto teatral, cogí la hoja (de la que ya se habían encargado de dar el cambiazo en un “descuido”), la rompí en mil pedazos y la arrojé a la papelera.
El éxito del discurso no fue rotundo: M. se empeñó en no querer representarla y lo siento de veras por él. Pone cara de duro y dice que no le importa, que no le gusta actuar, pero estoy convencido de que el día 23, mientras veía la representación, no podía dejar de pensar que él también podía haber estado allí. Y M. no era el único que tenía serios problemas para actuar. A L. se le hacía un nudo en el estómago cada vez que escuchaba la palabra ensayo y le entraba un pánico escénico como no he visto en mi vida: lágrimas, ataques de ansiedad, ganas de vomitar… Y a la vez quería y no quería: “Jo, profe, si yo quiero, pero es que no puedo”. Como su papel no era muy largo, convine con ella en que saliese a escena cuando salían todos y dijese lo que decían todos y le di sus frases a otros. Milagrosamente, el día antes de la representación, me asaltó al entrar en clase: “Eduardo, que me he dado cuenta de que puedo actuar, porque ayer para conseguir una cosa tuve que actuar y actué”. Y efectivamente, al día siguiente fue capaz de decir su papel y al final de la obra sus lágrimas no eran de angustia, sino de emoción: “ya puedo actuar, ya puedo actuar”.
Tampoco las tenía todas consigo X., que tramaba en secreto no aparecer el día de la obra y ni siquiera había hablado en casa de que existía El Pirata Timoteo. Pero como me olía algo raro, hablé con él y tuvo la honradez de reconocérmelo y al final, decidió no sólo actuar, sino también intervenir en todos los bailes de los que le había eximido.
La angustia duró hasta el último momento, cuando después de presentar la obra entré tras el telón para decirles a los narradores que saliesen, L. (otra L., no la del pánico escénico) se negó en redondo: “No voy a salir”. “Sí vas a salir”. “Que no, profe, que no puedo, que hay mucha gente, que están grabando, que…”. La música de inicio seguía sonando y nosotros seguíamos discutiendo. Al final, se cogió de la mano de C. y salió… Y salió todo estupendo, aunque otra L. se nos adelantase y se comiese medio acto, que hubo que recomponer sobre la marcha, aunque P. se quedase totalmente en blanco, aunque a alguno apenas se le oyese… Vale, sí, la próxima vez nos saldrá mucho mejor. Pero que nos quiten lo bailado y la emoción de saludar al final y la sorpresa de comprobar que el público de 1º y 2º de la ESO no era tan terrible, sino todo lo contrario (cuando días antes les dije que vendrían a ver la obra los primeros y segundos de la ESO hubo a quien se le saltaron las lágrimas: “se van a reír de nosotros, pero es que tú no sabes cómo son, ya podías haber cogido a cualquier otro público”) y tantas horas de ensayo desesperantes y divertidas y tanto y tanto que cada quien se ha llevado consigo. De hecho, al acabar, fui preguntando a los que habían estado más reticentes si se arrepentían de haber actuado… Sólo una persona me dijo que sí, que se arrepentía, así que le dije que no se preocupase, que ya sabiéndolo con tiempo buscaría a alguien para que hiciese su papel en la función de final de curso… “Hombre, no, si la vamos a ensayar bien, yo sí la hago”.

2 comentarios en “El regreso de Timoteo

  1. Estimado Eduardo: Me alegra saber que la obra de teatro salió “bien”. Pero para final de curso hay que hacerla otra vez y mejor, ¿eh? Y otra cosa, no se como te diste cuenta del cambiazo si somos “muy silenciosos”. Ah, otra cosa: el personal empieza a pensar que vamos perdiendo tiempo. Tal vez si quitases los “maravillosos y fáciles” exámenes… pero eso no va a pasar.

    Un saludo piratesco, Timoteo.

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  2. Mario-Timoteo, de lo que me he dado cuenta es de que te has comido las tildes en “no sé cómo” y mira que las hemos visto mil veces en clase… Por lo demás, el mensaje está impecable (aunque sobra, por supuesto, lo de los exámenes).

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