Por qué ya no llevo gafas

El otro día, como ya dije, me acerqué a la graduación de mis antiguos alumnos y P. al verme, en lugar de saludarme, me recordó que tenía que contarle la historia de por qué ya no llevo gafas, pues lo había leído en alguna entrada de este blog. Como aquella no me parecía una circunstancia idónea, le contesto ahora, con la esperanza de que se pase por aquí y lo lea.

Me pusieron gafas cuando tenía dos años y siempre he pensado que debió de tratarse de un error: me llevarían al oculista, el señor de la bata me pediría que le dijese qué letras aparecían en la primera fila y yo fui incapaz de responderle porque todavía no sabía leer, así que me adjudicó unas bonitas gafas, de las denominadas “lupos” (de ahí quizá mi afición a los lobos). Y desde entonces toda mi vida estuvo marcada por las gafas, de las que rompí y perdí no sé cuántas. Y además hay que ver cómo cambia el mundo de la moda en cuanto a gafas se refiere: esas gafas inmensas con patilla de pasta se llevaban mucho, según mi madre.

El caso es que siempre me conocí con gafas y por eso nunca se me ocurrió poner en duda su utilidad. Por lo visto padecía hipermetropía, es decir, que veía mal de cerca y bien de lejos. Y tanto me lo dijeron que acabé creyéndomelo, aunque no notase ningún cambio entre mi visión con y sin gafas. Es decir, que quitándome las gafas seguía viendo igual que con ellas puestas. Pero no dudo de que algo sí que tendría, porque cuando la gente se probaba mis “lupos” empezaba a poner una cara de mareo impresionante y se preguntaba cómo era posible que yo viese bien con aquel artefacto.

El tiempo fue pasando y un día decidí dar el salto a las lentillas. Creo que para entonces estaba en tercero de carrera, pero el salto fue doloroso: me daba un asco terrible pensar que me tenía que tocar el ojo para ponerme o quitarme las lentillas. Sin embargo lo conseguí superar, eso sí, empleando siempre bastante más tiempo que el que empleaba en ponerme y quitarme las gafas.

Lentillas no rompí tantas (creo que ninguna) y tampoco las perdí… Bueno, una vez sí que perdí una, pero la encontré (eso es otra larga historia que merecerá ser contada en otra ocasión). Ya me estaba acostumbrando a las lentillas cuando un día me entraron las prisas y me fui a la facultad sin ponérmelas, y sin ponerme las gafas. Al día siguiente me pasó lo mismo. Aquella semana debió de ser intensa, porque no conseguí ponerme las lentillas ningún día… Ni me las puse durante un mes, dos meses… Al año de no ponerme lentillas mi madre me sugirió que fuese a la óptica a revisarme la graduación. Fue entonces cuando le confesé que hacía cierto tiempo que no utilizaba las lentillas. “¡¡¡¿¿¿UN AÑO???!!!”. Y al día siguiente fui a la óptica… Para mi sorpresa, me dijeron que ya no necesitaba gafas, que se me había corregido la hipermetropía.

Dicen que es algo normal, que la hipermetropía se corrige con el crecimiento, que aunque hubiese seguido llevando lentillas se me habría corregido, pero yo estoy convencido de que se me corrigió gracias a dejar de usarlas, entre otras cosas, porque, si no, nunca me habría planteado que ya no las necesitaba porque, insisto, nunca he notado cambios entre ponerme las gafas y no ponérmelas. Y aunque me decían que por hipermétrope veía mejor de lejos, siempre que no veía algo con claridad he procurado acercarme para verlo mejor.

Pero, de todas formas, no me arrepiento de haberlas llevado. Creo que lo de “enano gafotas” me ha hecho más fuerte y me ha quitado los complejos (bueno, no todos).

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Cuéntale cuentos a la luna

Tengo un amigo que es fotógrafo, y de los buenos, y el año pasado, en una contada que hice al aire libre una noche de luna casi llena, me pidió permiso para hacerme fotos y me hizo unas cuantas. Las ha colgado en su blog con el mismo título que he puesto yo aquí y lo que más me ha gustado, no han sido las fotos (que me han encantado, a pesar de ser de mí, porque dime tú a quién conoces que le encante salir en las fotos, salvo a estos tuenti-adolescentes de foto de móvil en el espejo del baño), sino la frase final:

“A la luna le gusta oír los cuentos que cuenta Eduardo, se le pasa la noche más rápido”.

Aquí os dejo los enlaces, por si os animáis a echar un vistazo y, ya de paso, echáis un buen ojo al blog y a la página web de Javier:

http://fotozas.blogspot.com/2010/04/contando-cuentos-la-luna.html

http://fotozas.blogspot.com/2010/04/cuentale-cuentos-la-luna.html

Por cierto, el próximo 8 de junio, martes, actúo en la Feria del Libro de Madrid, a las 19.30 en el pabellón de la Universidad Complutense… Ya me encargaré de recordarlo cuando quede menos (la entrada es libre).

Cuatro años

Resulta que un día como hoy de hace cuatro años empecé a escribir este blog. Y después de cuatro añitos, me parece que está atravesando sus horas más bajas, como afortunadamente me hacen ver algunos de mis lectores, que además tienen el detalle de decírmelo por mensaje privado:

“El entusiasmo inicial con el que comenzaste ha ido decayendo, lo cual es normal, o casi, porque a otros blogs no les ocurre, y además de la gran cantidad de tiempo que tardas últimamente en darnos noticias tuyas, reconoce que algunos posts son repetitivos, poco elaborados, un poco pensados para salir al paso yaquellevomuchotiemposinescribir… sobre todo los últimos.
En el anáisis de este año tus post han sido 8 – 4 – 3 – 1 – 3. ¡Qué lejos de aquellos primeros de uno cada dos o tres días!”

Y no puedo estar más de acuerdo, lo que me ha llevado a plantearme si ya es hora de que esta aventura acabe aquí, por lo menos de momento, o de tomar un respiro (total, ya me lo tomo y sin avisar) y volver más adelante con energías renovadas… Pero, claro, uno se plantea eso y de pronto se encuentra en la graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato de los que fue tutor y profesor hace un par de años y se echa unas risas y sale de allí rejuvenecido de besos, apretones de manos y abrazos y piensa que a alguien se lo tendrá que contar, que la vida, aunque a veces se haga rutinaria, sigue siendo cuento y que los personajes con los que te vas encontrando bien merecen un rincón y un recuerdo en este blog.

Y uno vuelve con ánimo renovado a hacer propósito de enmienda, a pesar de estar convencido de que más pronto que tarde volverá a caer y que muy intenso es este final de curso, pero más intensos eran aquellos días de oposición inminente y bien que sacaba tiempo para echarme unas risas y unas letras. Además, gracias a aquellos días, luego han venido otros como el de hoy, ten llenos de ese no se qué que tiene la educación y que te llena el alma de una inmensa sonrisa.

La vigésima

Con unos pocos días de retraso y con unos cuantos gramos de más que me hicieron perder la porra, nació el domingo de la semana pasada (un pequeño paréntesis: al leer “el domingo de la semana pasada”, ¿has pensado en el domingo 16 ó en el 9? Mi idea es que uno piense en el 9, aunque lo literal es el 16… Claro que si uno lee esto a partir del miércoles de esta semana, irá ganando peso el dicho 16… Y lo de “pequeño paréntesis” a estas alturas es un vacuo modismo, pero así se queda), como iba diciendo, nació el domingo 9 de mayo, Nuria, la vigésima de mis sobrinos: de momento ganan los chicos por 13 a 7.
Y, a pesar de la experiencia acumulada en estos últimos ocho años, uno no acaba de acostumbrarse al milagro de la vida, de la diminuta perfección, aunque sigo siendo totalmente incapaz de sacar un parecido razonable y aunque empieza a pesarme en la musa tanta poesía como debo.

El regreso de Timoteo

“Yo lo siento mucho, pero no lo vamos a conseguir, es imposible”. Fueron las palabras de N. apenas dos semanas antes de la fecha de representación de El Pirata Timoteo. Y la verdad es que razón no le faltaba: llevábamos preparando la obra desde antes de navidades, a ritmo de una clase semanal de ensayo… y una clase no da para mucho: empiezas a apartar las mesas y las sillas, a hacer ejercicios de calentamiento y juegos dramáticos que aparentemente poco tienen que ver con lo que vas a representar, a repasar papel, a hacer alguna que otra improvisación… y cuando dos días antes de Semana Santa te enteras de que hay que representar la obra el 23 de abril en el auditorio del pueblo y que no te quedan más de tres semanas de ensayo, tú mismo piensas lo mismo que N.: “No lo vamos a conseguir, es imposible”. Y crees que quizá lo mejor sea representar sólo los dos primeros actos, con un poco de suerte. Pero en seguida llegas a la conclusión de que eso no tiene mucho sentido, porque lo lógico es que vaya público y al público no le puedes decir “y hasta aquí hemos representado por hoy”.
Así que, con papel y lápiz, me puse a hacer números y a sacar horas: si en lugar de Lengua estas semanas nos dedicamos a ensayar; si tal día, que tengo libre la siguiente clase, se la pido a J. que es tan majo; si me pido a mí mismo alguna hora de tutoría; si aprovechamos los recreos para ensayar con los narradores; si nos quedamos algunos días a séptima hora; si tal martes nos vamos entero a hacer el ensayo general al auditorio, si… Y con mi flamante plan de ensayos me dirigía a clase, cuando X. e Y., en mitad del pasillo, me advirtieron de que lo habían estado hablando todos y que habían pasado una hoja en la que 20 de los 25 habían firmado diciendo que no querían hacer la obra. Como no es la primera vez que me enfrento a una “huelga” de actores, no le di demasiada importancia, pero me preparé un discursillo. Entré en clase, y antes de que me dijesen nada y como si no estuviese enterado del plan de deserción en masa, empecé a aducir las innumerables razones por las que era necesario no sólo que no nos echásemos atrás, sino que siguiésemos adelante… Ya las he olvidado, pero me sentía un poco a lo William Wallace arengando a sus dubitativas tropas. En mitad de mi apasionada disertación, alguien deslizó sobre la mesa del profesor la hoja con las firmas, ante el descontento y el temor general, porque a esas alturas más de uno se estaba arrepintiendo de haber firmado el dichoso papel, no tanto porque estuviese ya convencido de representar la obra, sino porque estaba seguro de que a mí me iba a parecer realmente mal que hubiese firmado. Con gesto teatral (en eso estábamos), sin hacer mucho caso, le di la vuelta a la hoja y seguí demostrándoles que, si nos empeñábamos, aquello era más que posible. Además les emplacé a que, después de la representación, los que lo sintiesen de verdad me dijesen que se habían arrepentido de actuar. Después, con un nuevo gesto teatral, cogí la hoja (de la que ya se habían encargado de dar el cambiazo en un “descuido”), la rompí en mil pedazos y la arrojé a la papelera.
El éxito del discurso no fue rotundo: M. se empeñó en no querer representarla y lo siento de veras por él. Pone cara de duro y dice que no le importa, que no le gusta actuar, pero estoy convencido de que el día 23, mientras veía la representación, no podía dejar de pensar que él también podía haber estado allí. Y M. no era el único que tenía serios problemas para actuar. A L. se le hacía un nudo en el estómago cada vez que escuchaba la palabra ensayo y le entraba un pánico escénico como no he visto en mi vida: lágrimas, ataques de ansiedad, ganas de vomitar… Y a la vez quería y no quería: “Jo, profe, si yo quiero, pero es que no puedo”. Como su papel no era muy largo, convine con ella en que saliese a escena cuando salían todos y dijese lo que decían todos y le di sus frases a otros. Milagrosamente, el día antes de la representación, me asaltó al entrar en clase: “Eduardo, que me he dado cuenta de que puedo actuar, porque ayer para conseguir una cosa tuve que actuar y actué”. Y efectivamente, al día siguiente fue capaz de decir su papel y al final de la obra sus lágrimas no eran de angustia, sino de emoción: “ya puedo actuar, ya puedo actuar”.
Tampoco las tenía todas consigo X., que tramaba en secreto no aparecer el día de la obra y ni siquiera había hablado en casa de que existía El Pirata Timoteo. Pero como me olía algo raro, hablé con él y tuvo la honradez de reconocérmelo y al final, decidió no sólo actuar, sino también intervenir en todos los bailes de los que le había eximido.
La angustia duró hasta el último momento, cuando después de presentar la obra entré tras el telón para decirles a los narradores que saliesen, L. (otra L., no la del pánico escénico) se negó en redondo: “No voy a salir”. “Sí vas a salir”. “Que no, profe, que no puedo, que hay mucha gente, que están grabando, que…”. La música de inicio seguía sonando y nosotros seguíamos discutiendo. Al final, se cogió de la mano de C. y salió… Y salió todo estupendo, aunque otra L. se nos adelantase y se comiese medio acto, que hubo que recomponer sobre la marcha, aunque P. se quedase totalmente en blanco, aunque a alguno apenas se le oyese… Vale, sí, la próxima vez nos saldrá mucho mejor. Pero que nos quiten lo bailado y la emoción de saludar al final y la sorpresa de comprobar que el público de 1º y 2º de la ESO no era tan terrible, sino todo lo contrario (cuando días antes les dije que vendrían a ver la obra los primeros y segundos de la ESO hubo a quien se le saltaron las lágrimas: “se van a reír de nosotros, pero es que tú no sabes cómo son, ya podías haber cogido a cualquier otro público”) y tantas horas de ensayo desesperantes y divertidas y tanto y tanto que cada quien se ha llevado consigo. De hecho, al acabar, fui preguntando a los que habían estado más reticentes si se arrepentían de haber actuado… Sólo una persona me dijo que sí, que se arrepentía, así que le dije que no se preocupase, que ya sabiéndolo con tiempo buscaría a alguien para que hiciese su papel en la función de final de curso… “Hombre, no, si la vamos a ensayar bien, yo sí la hago”.

Tanto por contar…

Pues sí, ya se ve que el tercer trimestre venía cargadito de acontecimientos y ha sido el pobre blog el que ha pagado las consecuencias, lo que no deja de ser un tanto absurdo, porque lo mejor de que haya muchos acontecimientos es que uno tiene mucho que contar y no se tiene que devanarse demasiado los sesos pensando de qué puede escribir. Pero ha sido precisamente esa acumulación de acontecimientos (y, no te engañes, Eduardo, esa acumulación de “mañana sin falta escribo algo”) la que ha hecho que vuelva a tirar por tierra mis buenos propósitos de principio de año.

Y llegados a este punto, uno tampoco sabe muy bien por dónde empezar a contar: la nueva representación de El Pirata Timoteo que hicimos el 23 de abril en el auditorio del pueblo, la jubilación de mi madre, los partidazos de La Coja, los amagos de crisis existencial en alguna que otra clase, los cuentos en Brunete, el reencuentro inesperado con M. en El Escorial cuando yo le creía en Tailandia, la estrecha y extraña relación entre el estrés de la representación teatral y el número de broncas por clase, el lipdub que grabamos por el 40 cumpleaños de E. y tantas otras cosas de las que ahora ya ni me acuerdo.