Vivir para contarlo

El miércoles pasado por la mañana, mientras iba hacia el Instituto, tuve un nuevo percance con el pobre Braulio, que lleva un año difícil, aunque esta vez no necesité la alumna de ningún X algo descerebrado, sino que me basté yo solito.

Estaba lloviendo, todavía con poca intensidad, cuando tomé la salida de la M-40 para coger la carretera que enlaza con la M-50. Es una salida que tiene primero una curva pronunciada a la derecha y luego otra más pronunciada a la izquierda. Las curvas pronunciadas pierden algo de su pronunciamento cuando uno las toma todos los días… Pero estaba lloviendo. El caso es que tomé la curva a la derecha y después la curva a la izquierda y, cuando aceleraba para salir de la curva, las ruedas traseras del coche patinaron y me sentí un poco como en los coches de choque o en los karts cuando ves que no eres tú el que domina del todo la situación.

No me dio demasiado tiempo a asustarme y tampoco iba demasiado rápido, pero me imagino que instintivamente toqué el freno, cosa que dicen los expertos que no hay que hacer en estos casos, pero a ver quién es el listo que se acuerda de eso cuando ve que un murete se le viene encima, y el coche dio con el morro en dicho murete y quedó mirando en dirección contraria. Gracias a Dios el choque fue relativamente suave y si he tardado tiempo en contarlo no es porque tuviese esguince de cervicales, sino porque a ver si mañana tengo un hueco mejor y ya lo escribo.

Venía otro coche por detrás, que debió de ver toda la maniobra y me esquivó sin problemas. De hecho me dio tiempo a levantar la mano en señal de diculpa al conductor que me venía de frente y que me puso cara de menos mal que no te has hecho nada.

Así, de primeras, parecía que el coche estaba bien y me dio no sé qué bajarme para evaluar los daños en mitad de la curva y mirando en dirección contraria. Como en ese momento no se aproximaba nadie, enderecé el coche y seguí mi camino con idea de echarme a la derecha y ver si le había pasado algo a Braulio, pero justo a la derecha había una incorporació, así que decidí continuar un poco más adelante y entonces lo que había era una salida hacia la M-45 y seguí un poco más…  A un kilómetro o dos del lugar del impacto, pude por fin detenerme en un hueco amplio del arcén y me bajé para ver si había ocurrido algo… Y la verdad es que había ocurrido menos de lo que me esperaba: el coche había girado sobre sí mismo, pero sólo me había golpeado en el frontal, que lucía un espléndido rasponazo… y la ausencia de la matrícula.

No era lugar ni tiempo de volver a recoger la matrícula y seguí hasta el Institutto, al que llegué diez minutos más tarde de lo previsto: afortunadamente, no tenía clase.

Ese mismo día, a penúltima hora tuve una guardia con 3ºC, a los que no doy ninguna clase y no conozco más que de cruzarme con ellos por los pasillos. Las horas de guardia, en las que tienes que sustituir a un profesor ausente, no acostumbran a ser muy agradables, porque los alumnos no suelen tener cosas que hacer (o por lo menos, nunca tienen ganas de hacerlas) y además no los conoces y es muy molesto tener que llamar la atención a alguien “que está sentado al fondo con el jersey de rayas”. Por eso, en esos casos, lo que suelo hacer es pasar lista, despacio, muy despacio, mirando a cada cual, tratando de quedarme con su cara y con su nombre… Mientras los alumnos, sorprendidos, no acaban de saber si vas en serio o en broma, si es que eres un poco limitado para pasar lista o si te estás quedando con ellos. Una vez que acabo de pasar la lista, normalmente soy capaz de decir todos sus nombres, a veces con ayuda del comodín del público. Y es curioso, pero si eres capaz de aprenderte sus nombres, se produce una extraña conexión, un ligero desconcierto, una pequeña corriente de simpatía, momento que aprovecho, si las circunstancias son favorables, para contar alguna anécdota… y como el otro día tenía la suerte de tener una anécdota reciente, les conté el percance del pobre Braulio (más desconcierto aún, “¿pero pones nombre a un coche?”) y si veo que la cosa funciona y que están receptivos, enlazo alguna otra anécdota y otra y otra, hasta que, sin darnos cuenta y más callados de lo que se hubiesen imaginado nunca en una guardia, llegamos hasta el final de la hora.

Y desde entonces, cada vez que me cruzo con ellos por el pasillo, hay alguno que me pregunta por el bueno de Braulio y sé que si un día les doy clase nos llevaremos bien, porque no hay nada como una buena anécdota y tener la suficiente suerte para salir vivo… y poder contarlo.

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