Veinte años de carnet

Mañana se cumplen 20 años desde que aprobé el carnet de conducir… y no me puedo quejar porque he hecho miles de kilómetros (lástima que no los haya dirigido bien porque podría haber dado varias vueltas al mundo en lugar de ir y volver montones de veces a Alcalá de Henares o a San Martín de la Vega) y hasta ahora, gracias a Dios, no he tenido grandes percances.

El más significativo ocurrió cuando todavía no llevaba un año de carnet. O quizá cuando llevaba ya poco más de un año. En ese momento en el que empiezas a tomar confianza y te conviertes en el amo de la carretera, el genio del volante y no sé cuántas cosas más, todas ellas equivocadas. Como no he tenido coche propio hasta hace nueve años, le pedí prestado el suyo a un amigo filósofo para ir a unaa óptica a recoger mis gafas… Cuando me marché, él estuvo reflexionando un rato sobre lo que le había dicho y finalmente cayó en la cuenta de que a lo mejor había cometido una imprudencia dejando su coche a alguien que utilizaba gafas y que iba sin ellas porque precisamente se dirigía a recogerlas.

Lo de las gafas quizá requiera una aclaración: de pequeño siempre me he conocido con gafas. Me las pusieron a los dos años y nunca me cuestioné por qué las necesitaba. Tenía gafas y punto. Lo normal. Tampoco he sabido nunca muy bien cómo adivinaron que necesitaba gafas. Me imagino que el oculista me preguntó qué letra ponía en la fila de arriba y yo le respondí mal, no porque no la viera bien, sino porque con dos años todavía no sabía leer. En realidad, parece que todo vino porque tenía un ojo vago (ay, si sólo fuera el ojo…) y acabaron averiguando que padecía hipermetropía. Lo cierto es que siempre he visto igual de bien con gafas que sin gafas, aunque en honor a la verdad he de confesar que cuando otra gente se ponía mis gafas comenzaba a hacer terribles aspavientos de vértigo y mareo, mientras que yo no notaba gran diferencia…

Volvamos a mi viaje a la óptica en busca de mis gafas. Fui veloz como el rayo, seguro cual conductor de autobús y llegué a la óptica sin ningún inconveniente. El inconveniente fue que la óptica estaba cerrada, así que emprendí el regreso. Veloz como el rayo, seguro cual… Y hubo un momento en el que no estuve tan seguro: “Ahora que voy por esta avenida enorme, de tres carriles en cada sentido, y que necesito dentro de unos cuantos metros girar a la izquierda para ir hacia mi casa, ¿puedo girar a la izquierda directamente o tengo que hacer una raqueta?”. Iba por el carril de la izquierda, acercándome a la intersección cuando se confirmaron mis sospechas: para girar a la izquierda tenía que hacer la raqueta… pero de hacer la raqueta quedaban pocas posibilidades y, si no torcía hacia la izquierda, tendría que ir hasta no sé dónde para poder dar la vuelta. En esos momentos, todavía hoy, suele salir a relucir mi espíritu de “pirulero” y me dispuse a hacer la pirula: la recta era bastante recta y tenía suficiente visibilidad para comprobar que por los tres carriles del sentido contrario no se acercaba ningún coche, así que al pensamiento de “ésta es la mía” empecé a girar… y digo que empecé porque acabó otro por mí. De repente, sin saber muy bien por qué, sentí un golpe trasero y me encontré mirando en dirección contraria… Me habían dado por detrás. Ni a mí ni al otro conductor nos paso nada, pero recuerdo que el conductor del otro coche salió hecho una furia y soltando sapos y culebras por la boca. Al coche que yo llevaba le había pasado poco, pero el morro del suyo estaba bastante “acordeonado” y por lo visto había salido hacía poco de un lance similar.

Yo tenía la sensación de haber mirado también por mi retrovisor antes de haber empezado la pirula y de no haber visto a nadie… Mi interpretación de los hechos es que el hombre debía de ir bastante lanzado y ante mi maniobra inesperada se me echó encima, pero en aquellas circunstancias yo lo único que tenía era un gran sentimiento de culpabilidad, no sólo por la pascua que le había hecho al pobre hombre, sino porque el coche que yo llevaba no era mío, sino de mi amigo. Cuando llegó la policía le dimos nuestras respectivas versiones y el hombre insistía en que yo me había cruzado desde el carril de la derecha, atravesando los tres carriles, para tomar la curva. Pero eso era absurdo, porque si hubiese estado en la derecha habría hecho la raqueta… Lo que yo no sabía entonces es que el que da por detrás tiene la culpa siempre y, claro, el tipo tenía que decir lo que fuese para no ser el culpable, a pesar de que yo reconocía sin ningún tipo de dudas que la pirula había sido del todo mía…

Debí de poner tal cara de compunción, consternación y oveja degollada, que la policía ni siquiera me puso la multa… y no ha sido ésa la única multa de la que me he librado gracias a esa cara, pero eso es otra historia, y merecerá contarse en otra ocasión. Como también la historia de por qué ya no llevo gafas… Eso sí, de lo que jamás logré convencer a mi amigo el filósofo es de que en el accidente no había influido para nada el que fuese sin gafas.

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