Enhorabuena, Pau

Ayer por la tarde nació el primer hijo de Pau, un amigo al que veo muy de vez en vez (la última hace un par de veranos) y me llevé una alegría… y una sorpresa. No recordaba siquiera que estuvieran embarazados y así se lo hice saber en mi mensaje de enhorabuena. La respuesta me ha parecido muy divertida: “Tampoco yo recuerdo habértelo dicho. Pero supuse absurdamente que como leo tu blog, sabrías de mi vida como yo de la tuya”. Y claro, me doy cuenta de que aquí voy dejando retazos de mi día a día que les permiten a mis amigos estar al tanto de mis venturas y desventuras (sí, sobre todo, venturas, porque las desventuras suelo callármelas, que bastantes trae cada telediario), igual que mis amigos que escriben en un blog me permiten saber de las suyas, de manera que todos nos convertimos poco a poco en personajes del cuento de la vida, con cierto derecho a representar nuestro papel como nos da la gana o por lo menos a hacer creer que lo representamos como nos da la gana… Y también sé que se nota cuando uno no está demasiado inspirado, cuando se pone delante del teclado y, más por compromiso que por musa, se pone a escribir una entrada, para que el asunto no decaiga, que llevamos una buena racha. Y, en esas ocasiones, lo mejor es que la entrada no dure demasiado.

Enhorabuena, Pau, y a ver si lo celebramos como se merece: deberías empezar un blog porque creo que se te avecinan unas cuantas aventuras de las buenas. Espero que Arnau escriba una hermosa historia.

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A la tercera… va otra “perdida”

Hoy, como cada jueves, hemos tenido partido en el Instituto. La selección de profesores, “La Coja”, juega en el polideportivo que hay en frente, en un campo de fútbol 7 que no está nada mal, y cada semana lo hace contra una clase distinta.

Perdimos el primer partido del curso, en plena pretemporada, y otro más contra primero de Bachillerato. El resto, por mucho que les escueza a los alumnos, se cuenta por victorias. Y hoy hemos vuelto a jugar contra 4ºE, el cuarto al que doy clase. Y hemos jugado contra ellos por tercera vez, porque siempre se han quedado con la sensación de que podían haber hecho más.

Son partidos de cierta tensión porque yo me encargo de calentar el ambiente en clase los días previos y luego suelo meter el dedo en la llaga el día siguiente cuando les hago la crónica del partido. Como mañana tenemos examen y no podré hacer la crónica, aquí la dejo, para el que la quiera.

He de reconocer que hoy no las tenía todas conmigo: había un par de bajas importantes en el equipo de profesores y ellos nos tenían muchas, pero que muchas ganas, porque el primer partido les ganamos 5-4 (a pesar de que se empeñan en decir que empatamos porque metieron un gol después de que hubiésemos decretado el final del partido) y el segundo les volvimos a ganar por idéntico resultado, aunque esta vez empezamos ganando 4-0 y fueron capaces de remontarnos hasta el 4-4. En el desempate (q”uien marque, gana”), nos entró un churro que les dejó hundidos. Así que hoy estaban convencidos de que a la tercera iba la vencida… Incluso han llegado a ir ganando 2-1, pero… Bueno, tampoco vamos a entrar en detalles, que de eso ya se encargará el MARCA.

Lo de echar partidos contra los alumnos lo aprendí en Los Olmos, el primer colegio donde di clase, y creo que es uno de los mejores inventos, porque te permite tratar a los chavales fuera de clase y en otro ambiente. Algunos compañeros me miran como si hubiese perdido ya la cabeza y me aseguran que estoy loco, que cualquier día aprovechan para vengarse y me rompen la pierna. Todo puede ser, pero llevo ya unos cuantos cientos de partidos (la mayoría ganados, por supuesto) y nunca ha pasado nada.

Aquí os dejo, en exclusiva, la portada del MARCA de mañana…

Menudo expediente

Aparecen, cuando uno ni lo andaba buscando ni recordaba su existencia, los libros de escolaridad de primaria y secundaria y la tentación de ver cómo éramos y cómo nos iba es irresistible. He de reconocer que de algunos profesores que tuve como tutores no recordaba ni el nombre. De otros sí, de Ignacio Mirón, por ejemplo, que fue mi profesor en 2º de EGB y con el que ganamos el primer premio del concurso de belenes que organizaba el colegio. El primer premio consistía en un diploma… que nunca llegué a ver y que nunca dejé de recordar al pobre don Nacho. Una semana después de las vacaciones de Navidad le pregunté: “¿Y el diploma?”. Y seguí con la gracia y la cantinela un mes después y un año después y otro… Incluso cuando veintidós años más tarde coincidimos los dos como profesores en Los Olmos, no pude evitar saludarle con aquel: “me debes un diploma”. Y es que cuando me entra un piñón, puedo ser incansable.

También me ha venido a la cabeza el bofetón que me metió don Juan en 3º de EGB por sacar un 5 en un examen cuando él pensaba que podía sacar bastante más. Y lo cierto es que no le guardo rencor por ello, porque, aunque quizá las formas no fuesen las más adecuadas, me dejó muy claro que uno no puede ser un conformista.

Pero lo que más gracia me ha hecho de los libros de escolaridad, después de mis fotos, ha sido las notas que sacaba: nunca me quedó nada para septiembre… pero nunca fui tampoco un fuera de serie. Ahora me escandalizo de que tan pocos de mis alumnos lleguen al sobresaliente en mi asignatura, pero resulta que yo mismo, salvo un sobresaliente en 8º de EGB, no pasé del notable en Lengua española. Eso sí, en Latín nunca bajé del sobresaliente. Y en dibujo y música y EATP -vete tú a saber qué significaban las siglas- pocas veces del suficiente.

O sea, que lo de “menudo expediente” del título viene más bien por aquello de que es el expediente de cuando yo era pequeño, no porque sea espectacular por lo bueno o por lo malo, que es más bien normalito tirando a notable. Que es que hay que explicarlo todo.

¡Increíble Kamo!

Me he dado cuenta de que hace tiempo, bastante tiempo, que no comento ningún libro de los que me voy leyendo. Y no es porque haya dejado de leer, ni porque no me hayan gustado los que he leído. Creo que es porque tenía olvidado que de vez en cuando comentaba los libros.

Y como sería largo y difícil acordarme de todo lo leído que merezca la pena, me detengo en el último: ¡Increíble Kamo! de Daniel Pennac. Uno de esos libros que uno lee más bien por casualidad y que terminan por gustarle y convencerle. En realidad, lo mandé como lectura obligatoria para este trimestre a mis alumnos de 1º H y no me parecía serio, mandarlo y no leerlo. Tampoco me parece serio haberlo mandado sin haberlo leído, pero a veces no es tan fácil elegir y los libros de lectura me ocasionan infinitas dudas hasta el último momento, cuando ya hay que mandarlo. Es un sistema peligroso, lo reconozco, que me ha hecho cometer algunos errores, como mandar Fahrenheit 451 en 2º de la ESO (esta vez sí lo había leído antes, pero tan antes que sólo me quedaba el recuerdo de que era un libro apasionante… idea que sigo manteniendo, con el matiz de que es difícil que resulte apasionante al lector medio de 2º de ESO).

El de Daniel Pennac que he mandado ahora tampoco lo he elegido al azar, metiendo la mano en una bolsa con títulos de novelas. Este verano leí un libro del mismo autor que me encantó, Mal de escuela, y hace unos años leí otro que también me encantó, Como una novela. Así que un autor que me ha encantado un par de veces empieza a ganarse mi confianza, a pesar de que estos dos libros tienen más de ensayo que de novela.

El caso es que cuando me acucian las dudas sobre qué libro mandar suelo recurrir a www.bienvenidosalafiesta.com, la mejor página sobre literatura infantil y juvenil que existe (vale, me he pasado: la mejor página de literatura infantil y juvenil que conozco), que tiene unas fantásticas clasificaciones por edad y temática… Revisando la lista por edades, me tropecé con el nombre de Daniel Pennac y decidí probar suerte… y me parece que la he tenido. Me ha gustado el libro: Kamo es un chaval increíble que vive aventuras “increíbles” (mantener correspondencia con una chica de su edad, con la única pega de doscientos años de distancia, pero qué es eso para el amor; o recorrer punto por punto de forma inconsciente la aventurera vida de su bisabuelo), pero que luego resulta que se pueden explicar de forma totalmente lógica (o no tan totalmente). No sé: a mí me ha enganchado. Al alumno que ya se lo ha leído le ha enganchado y al resto… pues todavía no lo sé. Ya os iré diciendo su opinión, pero si mientras tanto a alguien se le ocurren un par de buenos libros para el siguiente trimestre le estaré muy agradecido.

Aunque no nieve

Al releer la entrada de ayer, no puedo por menos que sonreír por su valor profético: por la tarde nevó y nevó tanto que hoy, como la vida es cuento, se ha vuelto a cumplir otro sueño y no ha habido clase (sí, lo reconozco, ya puestos, uno podría ponerse a soñar con cosas un poco más elevadas, o más profundas, según se mire).

Y ayer por la tarde nevó tanto que estuvo a punto de peligrar el partido de fútbol que echamos unos cuantos amigos todos los domingos a las ocho. Y eso era un poco absurdo, porque nuestro lema siempre ha sido: “jugamos, aunque no nieve”. Es decir, que si nieva, mejor que mejor, pero si no nieva, hacemos el esfuerzo y jugamos igualmente, porque lo primero es lo primero.

Sin embargo, a eso de las 18.26 me llegó el mensaje de M.: “Edu, no puedo sacar el coche del garaje, la rampa se está helando. Saldré a correr por aquí. Ya nos vemos otro domingo. ¡Un abrazo!”; y poco después me llamó V. para decirme que muy a su pesar (y me consta que V. es capaz de cualquier cosa por un buen partido de fútbol, o incluso por un partido de fútbol sin adjetivos ni nada) tampoco podía venir porque la carretera estaba imposible. Y que J. tampoco venía… Alguno más me preguntó si iba a haber partido, dando por supuesto que no se jugaba, pero yo no podía creerlo: “¿Pero cómo no vamos a jugar? ¡Si está nevando!”… Y al final, jugamos, ocho contra ocho, un partido de lo más divertido y espectacular, porque es que da gusto jugar cuando nieva. De todas formas, el domingo que viene, volveremos a jugar… aunque no nieve.

¿Mañana clase otra vez?

Esta entrada puede ser dolorosa e incomprensible para alguno de sus lectores. Si estás en ese caso te animo a que te presentes a las oposiciones que se celebran en junio en muchas comunidades autónomas…

Mañana toca el regreso. Después de .tres semanas de vacaciones se hace un poco cuesta arriba volver a la normalidad. Porque en tres semanas la normalidad empezaba a ser otra cosa. Quizá con un poco de suerte nieve otra vez y se suspendan las clases. Si uno tiene sólo dos o tres días de vacaciones, seguro que después no resulta tan difícil el regreso… Es broma, es broma, no te me pongas así. Hombre, tampoco diré que estoy encantado con que se acaben las vacaciones, pero he de reconocer que no me importa demasiado volver a clase, con fuerzas e ilusión renovada (no hay nada como unas semanitas para olvidarse de lo terribles que pueden llegar a ser algunas clases… y algunos alumnos) y también con nuevas ideas para tratar de convencerles, sé que inútilmente, de lo maravillosa que es la lengua, de lo que se puede llegar a disfrutar leyendo e incluso analizando y de lo divertido que es el teatro… Sí, creo que el teatro va a ser el gran reto de este trimestre. Ya no recuerdo si he dicho (casi seguro que sí) que estoy preparando con mi tutoría una nueva representación de El Pirata Timoteo y que esta vez queremos presentarla al Concurso de Teatro Escolar de la Comunidad de Madrid. Ensayar una obra de teatro con 25 actores conlleva una serie de riesgos, de desesperaciones y de desgastes en los que es mejor no pensar, porque sé que al final el resultado merecerá la pena, que por mucho que me desespere y se desesperen, por mucho que les grite y griten, por mucho que me desanime y se desanimen, si llegamos hasta el final, nos daremos cuenta de que todo eso valía la pena. Y tendremos un recuerdo, de los buenos, para toda la vida. En fin, a ver qué sale.

Veinte años de carnet

Mañana se cumplen 20 años desde que aprobé el carnet de conducir… y no me puedo quejar porque he hecho miles de kilómetros (lástima que no los haya dirigido bien porque podría haber dado varias vueltas al mundo en lugar de ir y volver montones de veces a Alcalá de Henares o a San Martín de la Vega) y hasta ahora, gracias a Dios, no he tenido grandes percances.

El más significativo ocurrió cuando todavía no llevaba un año de carnet. O quizá cuando llevaba ya poco más de un año. En ese momento en el que empiezas a tomar confianza y te conviertes en el amo de la carretera, el genio del volante y no sé cuántas cosas más, todas ellas equivocadas. Como no he tenido coche propio hasta hace nueve años, le pedí prestado el suyo a un amigo filósofo para ir a unaa óptica a recoger mis gafas… Cuando me marché, él estuvo reflexionando un rato sobre lo que le había dicho y finalmente cayó en la cuenta de que a lo mejor había cometido una imprudencia dejando su coche a alguien que utilizaba gafas y que iba sin ellas porque precisamente se dirigía a recogerlas.

Lo de las gafas quizá requiera una aclaración: de pequeño siempre me he conocido con gafas. Me las pusieron a los dos años y nunca me cuestioné por qué las necesitaba. Tenía gafas y punto. Lo normal. Tampoco he sabido nunca muy bien cómo adivinaron que necesitaba gafas. Me imagino que el oculista me preguntó qué letra ponía en la fila de arriba y yo le respondí mal, no porque no la viera bien, sino porque con dos años todavía no sabía leer. En realidad, parece que todo vino porque tenía un ojo vago (ay, si sólo fuera el ojo…) y acabaron averiguando que padecía hipermetropía. Lo cierto es que siempre he visto igual de bien con gafas que sin gafas, aunque en honor a la verdad he de confesar que cuando otra gente se ponía mis gafas comenzaba a hacer terribles aspavientos de vértigo y mareo, mientras que yo no notaba gran diferencia…

Volvamos a mi viaje a la óptica en busca de mis gafas. Fui veloz como el rayo, seguro cual conductor de autobús y llegué a la óptica sin ningún inconveniente. El inconveniente fue que la óptica estaba cerrada, así que emprendí el regreso. Veloz como el rayo, seguro cual… Y hubo un momento en el que no estuve tan seguro: “Ahora que voy por esta avenida enorme, de tres carriles en cada sentido, y que necesito dentro de unos cuantos metros girar a la izquierda para ir hacia mi casa, ¿puedo girar a la izquierda directamente o tengo que hacer una raqueta?”. Iba por el carril de la izquierda, acercándome a la intersección cuando se confirmaron mis sospechas: para girar a la izquierda tenía que hacer la raqueta… pero de hacer la raqueta quedaban pocas posibilidades y, si no torcía hacia la izquierda, tendría que ir hasta no sé dónde para poder dar la vuelta. En esos momentos, todavía hoy, suele salir a relucir mi espíritu de “pirulero” y me dispuse a hacer la pirula: la recta era bastante recta y tenía suficiente visibilidad para comprobar que por los tres carriles del sentido contrario no se acercaba ningún coche, así que al pensamiento de “ésta es la mía” empecé a girar… y digo que empecé porque acabó otro por mí. De repente, sin saber muy bien por qué, sentí un golpe trasero y me encontré mirando en dirección contraria… Me habían dado por detrás. Ni a mí ni al otro conductor nos paso nada, pero recuerdo que el conductor del otro coche salió hecho una furia y soltando sapos y culebras por la boca. Al coche que yo llevaba le había pasado poco, pero el morro del suyo estaba bastante “acordeonado” y por lo visto había salido hacía poco de un lance similar.

Yo tenía la sensación de haber mirado también por mi retrovisor antes de haber empezado la pirula y de no haber visto a nadie… Mi interpretación de los hechos es que el hombre debía de ir bastante lanzado y ante mi maniobra inesperada se me echó encima, pero en aquellas circunstancias yo lo único que tenía era un gran sentimiento de culpabilidad, no sólo por la pascua que le había hecho al pobre hombre, sino porque el coche que yo llevaba no era mío, sino de mi amigo. Cuando llegó la policía le dimos nuestras respectivas versiones y el hombre insistía en que yo me había cruzado desde el carril de la derecha, atravesando los tres carriles, para tomar la curva. Pero eso era absurdo, porque si hubiese estado en la derecha habría hecho la raqueta… Lo que yo no sabía entonces es que el que da por detrás tiene la culpa siempre y, claro, el tipo tenía que decir lo que fuese para no ser el culpable, a pesar de que yo reconocía sin ningún tipo de dudas que la pirula había sido del todo mía…

Debí de poner tal cara de compunción, consternación y oveja degollada, que la policía ni siquiera me puso la multa… y no ha sido ésa la única multa de la que me he librado gracias a esa cara, pero eso es otra historia, y merecerá contarse en otra ocasión. Como también la historia de por qué ya no llevo gafas… Eso sí, de lo que jamás logré convencer a mi amigo el filósofo es de que en el accidente no había influido para nada el que fuese sin gafas.

Acabar y empezar en buena forma

Dicho y hecho: he actualizado el blog en menos de 24 horas… Claro, que también es para avisar de que no lo haré durante esta semana porque voy a estar fuera y desconectado del mundanal ruido.

En fin, espero seguir este año en tan buena forma como lo he acabado y lo he empezado: ayer por la mañana jugué un partidillo de fútbol-sala con alumnos del año pasado, sin importarnos la lluvia, y esta madrugada, de cinco a seis, he jugado un partido de fútbol 11 con otros amigos, sin importarnos la hora. Sí, quizá no sea lo más habitual, pero puedo asegurar que es mucho más divertido que aguantar en una fiesta en la que te han cobrado nosecuántos euros y que te ha decepcionado como siempre… Claro, que también entiendo que hay quien se lo habrá pasado estupendamente en esa fiesta y que no habría jugado el partido de madrugada por muy perjudicado que estuviese. Para gustos, los colores.