Primera semana

Así, como quien no quiere la cosa, ya ha pasado la primera semana de curso y uno empieza a tener la sensación de que han pasado dos o tres, de que está en este instituto desde tiempos inmemoriales y de que cualquier día nos sorprenderán las vacaciones de Navidad (bueno, creo que me he embalado un poco, tampoco hay que pasarse).

Lo cierto es que una semana da para bastante y ya va viendo uno si los grupos que le han tocado le van a dar mucha guerra o no. Cuando el lunes pasado entré en mi 4º de la ESO la primera impresión no fue muy esperanzadora, porque uno confía en que ante la novedad de un profesor totalmente nuevo se cree cierto ambiente de expectación, sin embargo cuando entré en clase tuve la sensación de hombre invisible… y de hecho estuve a punto de volver al departamento para ver si me había quedado olvidado allí. Normalmente prefiero que el silencio se acabe imponiendo porque se van dando cuenta de que estoy allí y de que les estoy mirando con cara de “haz el favor de callarte o tendremos problemas”. Cuando eso no funciona, y esta vez la verdad es que no funcionaba mucho, inicio el saludo con un “buenos…”, pausa para esperar que empiecen a callarse, “buenos días, me llamo Eduardo, Eduardo Ares…” y sigo con cierta retahíla que les pilla desprevenidos y les calla. Y esta vez, sí empezaron a callarse, aunque allí estaba X., el graciosillo de la clase, dispuesto a hacerse notar desde el primer momento, tratando de hacer un comentario jocoso a cualquier cosa que vayas diciendo.

-¿No está el parte?, ¿no hay lista de clase?

-No, cada profe trae la suya.

-Bueno, no importa, yo no necesito lista…

-Oooooh…

Y ante su mirada atónita empecé a nombrarlos por nombre y apellido y por orden de lista. Reconozco que, en general, es un truco bastante impactante, pero por eso la reacción de los alumnos es a veces impredecible: habitualmente se quedan casi petrificados, pero en esta ocasión a Y., le dio por morirse de risa, de puro desconcierto: “¡qué fuerte, tía, esto no lo había visto yo en mi vida” y mientras yo avanzaba todo lo serio que podía, ellos iban haciendo comentarios como si yo no les estuviese escuchando, “como diga mi nombre yo me muero”. Y la sorpresa y la incredulidad de cada nuevo nombre iba acompañada de alguna que otra carcajada… Y al final, yo tampoco pude más y se me escapó la risa. El desconcierto fue aún mayor porque en el manual del buen profesor está escrito que no sonrías durante el primer trimestre y yo no había podido contener la carcajada en la primera clase. Después, mientras seguía explicando mis manías hubo bastante de partido de tenis: yo hablaba y X, el graciosillo o algún otro, comentaba. Afortunadamente creo que estuve inspirado y al comentario de X respondía con una buena frase de revés, medida, para que no fuese hiriente ni irónica, pero sí con la suficiente fuerza para que X se pensase si le compensaba meterse en ese juego.

-Yo creo que al salir de clase se va a haber quedado con nosotros…

-Para eso no necesito salir de clase -todo con cara muy seria, como si hubiese dado con la clave de un enigma milenario.

-Profe, qué raro eres…

-No lo sabes tú bien -y la verdad es que, el pobre, ni se lo imagina.

Sé que en esto de la educación hay pocas recetas universales y uno se juega a veces la relación con una clase en milésimas de segundo en las que tiene que tomar la mejor decisión valorando casi inconscientemente múltiples factores, pero también sé que, esta vez, la balanza empieza a caer a mi favor: después de cinco días de clase ya perciben mi presencia cuando entro, atienden a las explicaciones (o por lo menos lo disimulan muy bien) e incluso, X, el graciosillo, se ha quedado conmigo hablando al final de alguna clase… Y no es tan graciosillo, sino un buen tipo al que le gusta destacar y hacer pasar un buen rato a la gente, aunque a veces sea a costa del profesor, y que, en el fondo, estaría encantado de convertirse en el buen estudiante que hasta ahora no ha sido.

Por otro lado, cada vez estoy más convencido de que mantener la cara de perro durante un mes o más no es tan eficaz como la gente cree. El segundo día de clase tampoco pude aguantar la carcajada y, sinceramente, creo que eso no te hace perder puntos, sino ganarlos. Eso sí, poner a tiempo una buena cara de asesino te evita desgaste inútil de cuerdas vocales.

La presentación

Ya quisiera Cristiano Ronaldo despertar la expectación que despierta cualquier profe el día de la presentación.

A las 11.15, puntualmente, me he asomado a la puerta del patio ante una multitud (bueno, no serían tantos, pero todos apretujadillos junto a la puerta daban esa sensación) y con voz firme, como si en realidad yo no estuviese nervioso, he pedido que entrasen los alumnos de 1ºH. Los que estaban esperando han abierto hueco y todo 1ºH ha pasado al vestíbulo.

A la voz de “seguidme”, han venido todos detrás de mí en silencio y hemos subido los dos pisos que conducen a nuestra clase. Les he hecho pasar y les he pedido por favor que se pusiesen de pie al fondo de la clase, mientras yo iba construyendo mis prejuicios y ellos iban construyendo sus prejuicios. Y una vez todos puestos de pie junto a la pared, aguantándome la risa y con mirada de pocos amigos les he dado la bienvenida y les he dicho que les iba a colocar por orden alfabético y que iba a pasar lista… pero sin lista.

El experimento no ha salido nada mal porque sólo se me ha trastabillado un par de vocales en un apellido. Después hemos estado cerca de una hora con avisos, normas, horarios, recomendaciones, presentaciones… y han estado de lo más modositos. En un momento determinado, a mitad de una explicación, he aprovechado para decirle a I. que tirase el chicle. Eso sí, en un momento que no lo estaba mascando, que siempre impresiona más.

Al final de la clase se me ha acercado X. y me ha dicho “profe, creo que nos vamos a llevar bien” y ya veo lo profundo que les ha calado que me gusta que me llamen por el nombre y no por “profe”, que yo he hecho el esfuerzo de aprenderme todos los suyos. Como sea así con todo… Paciencia.

Mañana llega la primera clase de lengua con ellos: explicación de todas mis manías, que no son pocas, fechas de exámenes, libros de lectura… Que se preparen.

Nombres

La mayoría de los institutos y colegios ya han empezado las clases, pero nosotros seguimos avanzando poco a poco. Por distintos motivos están terminando ahora de pintar algunas clases y hacer arreglos, así que en el claustro de esta mañana nos han informado de que el comienzo de clases pasaba del viernes al lunes… Aunque a última hora nos han dado la alegría de que, por ley, las clases de 1º de ESO empiezan el viernes.

Lo que sí ha empezado ya ha sido la presentación de alumnos: hoy le ha tocado el turno a 2º y 4º de la ESO y mañana entran en escena 1º y 3º. Mañana por tanto por fin actúo como tutor de 1ºH (sí, 1ºH, sé que soy un hombre afortunado y me ha vuelto a tocar como tutoría el mejor curso del Instituto… y, si no, tiempo al tiempo).

En el primer día, evidentemente, no se decide el curso, pero sí que se deciden muchas cosas porque los alumnos nada más verte se llenarán de prejuicios (prejuicio: acción o efecto de prejuzgar; prejuzgar: juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento). En dos milésimas de segundo ya habrán decidido si les caes bien o mal, si eres majo u ogro, si han tenido más o menos suerte que los demás, si te van o no a torear, etc. Y siempre trato de desconcertarles un tanto para que no se fíen demasiado de los prejuicios: mientras voy pasando lista para que suban a la clase y se coloquen en su sitio les voy observando detenidamente, con cierta mirada terrible e inquisidora (de inquirir: indagar, averiguar o examinar cuidadosamente algo), y aprovecho para construir mis inevitables prejuicios (me va a dar guerra, parece buena gente, tiene problemas con sus compañeros, no le cabe el miedo en el cuerpo, va de perdonavidas, vamos a conectar bien…) y, sobre todo, para asociar la imagen al nombre.

Como ya he contado aquí en otras ocasiones (de hecho el otro día me moría de risa yo solito al comprobar lo que se parecen las entradas que escribo a principio de curso), procuro aprenderme de memoria los nombres de los alumnos de mi tutoría. Ayer me dieron la lista de los 24 y por la noche ya me la sabía. Alguno pensará que tengo una memoria prodigiosa, pero la realidad es que no es tan difícil y, si no me crees, haz la prueba: en aprenderme dos nombres tardo diez segundos. En aprenderme otros tres, veinte. En ser capaz de repetir los cinco nombres seguidos tal vez llegue al minuto… El caso es que en media hora uno se ha aprendido la lista y luego ya es cuestión de practicarla mientras conduces en el coche o tratas de conciliar el sueño. Además son muy curiosos los recursos mnemotécnicos que acuden en tu ayuda: hombre, si éste se llama D. N., como aquel alumno tan majo que tuve hace tanto… Anda, qué curioso, y la siguiente se apellida P., como aquel profesor con el que coincidí tantos años y tan bien nos lo pasamos…

Es cierto que hay nombres más complicados, ya sea por insólitos o por frecuentes. Pero mañana, cuando haya conseguido sentarlos, les haya calentado la cabeza con la cantidad de posibilidades que tienen de empezar en el Instituto una vida sin pasado, les haya recordado las normas del alumno modelo, les haya repartido el horario y les haya tratado de convencer para que los buenos propósitos no se queden sólo en eso, de repente a alguien que vea en las nubes le llamaré por su nombre y con una sonrisa (quizá la primera del curso, aunque no suelo aguantar tanto) le diré que se ponga bien. Y al final de la presentación, como un mago, haciendo un poco o un mucho de teatro, apostaré a que soy capaz de decir sus nombres. Eso sí, me reservaré un comodín porque siempre hay algún lapsus.

Además este año todo es un poco más complicado: no sólo tengo que aprenderme el nombre de todos los alumnos, sino también el de todos los profesores… y somos unos 89 (cincuenta nuevos). Aunque la tarea de aprender nombres de profesores la facilita las frecuentes visitas a la cafetería y la sorpresa que nos tenían reservada hoy los profes antiguos a los nuevos: nos han invitado a un aperitivo al final de la mañana con cosas que cada uno había traído. A eso se le llama empezar el curso con buen tentempié.

Repartiéndonos el pastel

Hoy por fin ha llegado uno de los días más esperados del principio de curso. El día en que decidimos quién da qué a quiénes. Nos hemos repartido el pastel. Y como no somos de matemáticas, ni tenemos un programa de computación, ni dominamos muy bien las propiedades distributivas, nos ha llevado casi tres horas cuadrar el rectángulo.

No era fácil, porque doce profesores teníamos que coger un total de 18 horas jugando con grupos de cuatro, cinco, dos o una… Bueno, dicho así parece de lo más sencillo, pero si a eso se le añade que todavía no han llegado dos profesores, es decir, que les teníamos que hacer el horario a Lengua11 y Lengua12 y que cada uno tiene sus preferencias, pero casi todos preferimos los grupos de arriba y casi todos no prefieren las tutorías puedo asegurar que el asunto no es nada sencillo. Por lo menos para nosotros, insisto.

El reparto de horas es un buen termómetro para medir la temperatura del departamento y creo que gozamos de temperatura primaveral, a pesar del calor de la Biblioteca. Hemos procurado que los dos que faltaban no se corten las venas cuando vean sus grupos y hemos tratado de elegir como si estuviesen allí presentes (claro, que también es cierto que Lengua11 y Lengua12 han sido de lo más razonable a la hora de negociar); también cada uno ha puesto de su parte para que todo encajase y quien al principio se había negado en redondo a asumir una tutoría, porque todavía necesita recuperarse de la traumática experiencia del año pasado, ha acabado cogiéndola para facilitar las cosas. En fin, que al principio hemos empezado todos arrimando el ascua a nuestra sardina y al final hemos acabado compartiendo nuestra sardina con los demás… en la medida de lo posible.

A mí me ha tocado la Lengua y Literatura de un 4º de la ESO, dos primeros de la ESO (con una tutoría incluida) y la MAED de segundo de ESO (es decir, Medidas de Atención Educativa, la alternativa a Religión, que nunca se sabe muy bien en qué consiste). Probablemente si me hubiesen dejado elegir a mis anchas, habría cogido algo muy distinto, como también habría escogido otro instituto. Pero estoy encantado con lo que me ha tocado, también con el instituto, porque es lo que hay y procuro hacerme a la idea de que he sido yo el que lo ha elegido. Nos lo vamos a pasar estupendamente… creo.

Aterrizaje

¿Por qué será que al escribir la palabra “aterrizaje” se pone a berrear el adjetivo “forzoso” para que lo escribas a él también? Y sí, el mío ha sido un aterrizaje forzoso en el IES Anselmo Lorenzo. Probablemente, si por mi fuera, nunca habría sabido siquiera de su existencia. Pero la Comunidad de Madrid ha tenido a bien incorporarlo a mi vida como mi primer destino definitivo (es decir, como mi destino definitivo… de momento) y esta mañana he aparecido ya por allí como profesor oficial.

El otro día hablaba con Julio de que la incorporación de profesores se tendría que parecer más al mercado de fichajes de la NBA… y los dos somos incapaces de entender por qué esa manía de cambiar a alguien que está a gusto en su sitio, si además resulta que el sitio está a gusto con ese alguien. Sin embargo, una vez superado el trauma y cronómetro en mano (veinticinco minutos y nueve segundos en coche), esta mañana he ido a mi nuevo instituto… y me lo he pasado estupendamente. Hemos tenido reunión para elegir jefe de departamento, porque de los once somos nueve nuevos (aunque hoy sólo hemos conseguido aparecer seis) y después hemos procurado conocer a las fuerzas vivas del Instituto: Teresa, la de la cafetería, y Ángel y Mari, los conserjes. Nos hemos dado una vuelta por las instalaciones y cualquiera que nos veía con cara de despistados actuaba de improvisado guía turístico, poniéndonos al día tanto del sitio de cada cosa, como de la forma de funcionar: horarios, aulas de informática, jaula de estudio, vídeos, partes, llaves, guardias, etc. Y también hemos visto los saltos de alegría y las lágrimas de los que pasan de curso y de los que se quedan… Y ha sido inevitable pensar en quienes a esa hora estarían recogiendo las notas en Valdebernardo y estarían llorando o llorando, porque hay quienes lloran tanto si pasan como si no. Que se lo pregunten a M., que cuando se enteró ayer de que había conseguido pasar se puso a llorar como una Magdalena.

El lunes habrá que seguir con presentaciones: “Hola, yo soy Eduardo, de Lengua, ¿quieres ser mi amigo?”.

Adrián de Miguel

A finales de curso (hace ya tanto tantísimo), hubo un día en el que sin saber muy bien cómo acabé en uno de los lugares donte bien organizados todos los estudiantes organizan sus reuniones sociales. Y allí estuvimos hablando de esto y de lo otro. Y ya no recuerdo tampoco muy bien por qué, Adrián me dijo que le encantaría que le dedicase una entrada en el blog. Así, sin más, sin ningún interés especial. Simplemente le hacía ilusión salir aquí… y como a mí me hace ilusión que salga pues le dedico esta entrada, de esta forma, cuando se haya convertido en un escritor famoso, podré decir que yo le conocía desde sus inicios literarios.

A Adrián nunca le he dado clase, pero como el roce hace el cariño, coincidir durante tres años en los pasillos del instituto intercambiándonos saludos y sonrisas le ha convertido en uno de mis múltiples alumnos adoptivos.

No recuerdo muy bien a qué se va a dedicar ahora que ha acabado 2º de bachillerato, pero sí sé que puede hacerse un hueco en el mundo literario: durante estos tres años en los que hemos coincidido ha ganado unos cuantos concursos literarios, pero lo mejor es que, independientemente de que gane concursos o no, escribe realmente bien y además le encanta escribir. También le encanta pensar y opinar y debatir y hemos tenido nuestros buenos cambios de impresiones que nos han permitido comprobar que nuestros puntos de vista sobre mil temas no es que sean distintos, es que son opuestos. Sin embargo, hemos sabido descubrir que hay otras muchas otras cosas en las que coincidimos, entre ellas el gusto por la literatura.

En fin, Adri, que aquí tienes la entrada prometida. A seguir bien.