El virus de la lectura

Ayer F., al entrar yo en clase, me vino emocionado y me dijo: “Eduardo, me ha vuelto a entrar el virus de la lectura”. Alguien le había recomendado un libro y lo estaba devorando. Muy orgulloso me enseñó todo lo que llevaba… y la mayoría lo había leído durante la mañana, es decir, durante las demás clases. No recuerdo ni siquiera el título de la novela. He de reconocer que a primera vista no me parecía nada del otro mundo, pero cuando menos te lo espera salta el libro más inesperado y te inocula el virus de la lectura.
Ojalá se haga lector crónico, aunque hoy F. en clase ya no procuraba seguir leyendo a escondidas, sino que dormía abiertamente. No sé, quizá se quedó ayer hasta las tantas acabando el libro, por eso no he querido despertarlo. O quizá tenga otros cuantos virus que le hagan más difícil morir del mal del lector.
Sin embargo, estoy convencido de que cuando el virus de la lectura se te mete dentro, tarde o temprano surge un nuevo y más violento brote de la enfermedad: muchos adolescentes que fueron de pequeños grandes lectores y que dejan de leer porque son demasiadas las otras cosas que pueden hacer y demasiadas las “tuenterías” a las que pueden dedicarse, acaban volviendo al cabo del tiempo a los libros… O eso creo.
O eso me gustaría creer.

Anuncios

Making off de “Espera”

A veces a uno le gustaría colarse en la mente de un escritor para saber cómo aparecen las ideas… pero como no conozco a ningún escritor con tiempo suficiente para explicármelo (hace un par de veranos leí un libro titulado Cuando llegan las musas, pero ya sólo me acuerdo del título) y como, por otra parte, nunca nadie se va a tomar la molestia de investigar cómo se me ocurren las tonterías que a veces se me ocurren, me he puesto el traje de Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como, y estoy dispuesto a revelar al mundo cómo me vino la inspiración para escribir el microrrelato titulado “Espera”. Por si hay alguien que no sepa de qué estoy hablando, reproduzco a continuación el relato en su totalidad:

Espera

A veces el collejón de la Musa llega en el momento más inesperado. Estaba en clase de 4º de ESO, con treinta adolescentes deseosos de sumergirse en el apasionante mundo del análisis sintáctico de las oraciones subordinadas adverbiales. En el libro de texto venía como ejemplo de subordinada adverbial de tiempo: “Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba allí”. Y me entraron las dudas, porque en mi recuerdo, el cuento de Monterroso estaba en tercera persona y no en primera: a lo mejor lo han hecho para no tener que pagar derechos de autor. El caso es que no pude reprimir la tentación de hablar de los cuentos hiperbreves o microrrelatos. Aunque ya he hablado de microrrelatos en clase, siempre tienes la sensación de que a la mayoría de los alumnos les suena a nuevo. Insistiendo en la hiperbrevedad y recordando algún cuento de Francisco Garzón les dije que había cuentos de una sola letra. Y ante su cara de incredulidad, me vino de pronto la inspiración y con el aliento contenido me dirigí a la pizarra, escribí el título del cuento y a continuación puse los tres puntos suspensivos. Allí estaba un cuento que no tenía ni siquiera una sola letra. Los alumnos me miraron con esa cara que ponen a veces de “ay, si mis padres supieran en manos de quién me dejan” y yo, sintiéndome un pobre incomprendido, volví a encauzar la clase hacia el análisis sintáctico. Pero me faltó tiempo para llegar a casa y dejar en el blog el cuento, con todas sus posibles interpretaciones a gusto del lector (¿”espera” es sustantivo, presente de indicativo o imperfecto?, ¿quién espera a quién o a qué y por qué?, ¿se puede considerar éste uno de los cuentos de nunca acabar que en su final remiten al principio y crean un bucle infinito?, etc). Creo que fue al día siguiente, no recuerdo ya en qué momento, cuando la Musa volvió a regalarme otro microrrelato: “Desespera”. Claro, que mucho más difícil de entender para el no iniciado, es decir, para quien no esté dentro de mi cabeza. Se trataba de seguir con el juego de escribir cuentos sin palabras, pero que fuesen posibles desde el punto de vista ortográfico (por ejemplo, poner una coma, a secas, o un punto y aparte no me habría valido). Escribo a continuación el cuento de “Desespera” en su totalidad por si alguien no sabe de qué estoy hablando:

Desespera
-…

Aquí la gracia del cuento (si es que tiene alguna) radica en el juego con los prefijos y los signos ortográficos: el guión vale tanto para marcar el inicio de una conversación como para indicar la resta en matemáticas; “des” es un prefijo privativo, es decir que convierte en negativo el significado positivo de la raíz a la que se añade. Por tanto, este cuento era la resta del anterior: Bueno, lo voy a dejar porque no sé si me explico o si la Musa se me va a ofender por sacar a relucir aquí procesos tan prosaicos de creación textual, con el desprestigio que eso conlleva, y luego lo mismo se me mosquea y no vuelve a darme otro collejón en una buena temporada.

En el centro de esclerosis

Hemos quedado a las cinco de la tarde en la puerta del centro de esclerosis que hay en el barrio para reanudar la actividad de solidaridad que ya empezamos el año pasado, pero como la he organizado con mi tutoría de este curso y con los del otro cuarto de ESO casi todos los que han dicho que iban a venir eran nuevos. Y a las cinco sólo estaba L. (cosa que se agradece porque a clase rara vez llega pronto). Pero a las cinco y cinco la cosa se ha ido animando y poco después ya había unos quince alumnos. La última en llegar ha sido S., cosa que sorprende porque en clase siempre está la primera.
Como el tiempo no era muy bueno, en lugar de salir con los enfermos a dar una vuelta por el parque hemos subido a la sala de animación sociocultural del centro. Allí Félix, uno de los monitores, nos ha explicado brevemente en qué consiste la enfermedad y el funcionamiento del centro y después hemos ido a buscar a algunos enfermos para jugar un trivial. Primero han tenido lugar las presentaciones y una vez más el hielo inicial no ha tardado en romperse. Nos lo hemos pasado en grande y se lo han pasado en grande, nos hemos reído, hemos charlado, hemos jugado al trivial y creo que todos hemos salido encantados y llenos de momentos inolvidables: las coplas de Matilde, la menorquina de Rosa, las conversaciones en francés de María y Lola, las bromas de Puri, los divertidos gritos de Fran, los barcos de palillos de Paco, las canciones del otro Paco… Casi seguro que todos repetimos dentro de quince días.
Pero a mí no sólo me conmueve el trato con los enfermos, también me conmueve la forma de romper estereotipos de mis alumnos: allí estaban, de forma totalmente voluntaria, sacrificando parte de su tarde, dedicando a los demás su tiempo y sus sonrisas. Y ellos no serán noticia, pero cada vez que salte a la prensa alguna noticia de acoso escolar, fracaso escolar, violencia escolar… yo miraré las fotos que hemos hecho y recordaré que en la pública también hay solidaridad escolar… y mucha.