A vueltas con Eneas en Autobús

Ya he hablado aquí alguna vez de Eneas en autobús, el cuento que estuvo a punto de acabar con mi carrera literaria (y que de hecho ha acabado con ella por lo menos hasta el momento) porque me mató de éxito.
El caso es que echando cuentas, van a cumplirse veinte años desde que lo escribí y Eneas sigue sorprendiéndome… y persiguiéndome. El otro día me encontré en la cuenta del blog el siguiente mensaje de C (otra C, no la C que dejó un comentario no hace mucho):

Hola..
eres eduardo ares, no?
lo siento si no..
vengo de alemania y tengo que escribir un gran examen sobre el cuento “eneas en autobús”…
si eres eduardo… podría contestarme??
y lo siento por mi espanol muy malo^^

saludos

Y a uno le deja aturdido que su cuento haya acabado veinte años después en los ojos de una estudiante alemana. Por supuesto que le contesté y que he tratado de responder lo mejor que he podido a las preguntas que me ha hecho sobre el cuento, aunque como mi alemán sí que es muy malo, le he respondido en español y no sé si habrá entendido algo. Si entre los lectores de la presente entrada se encuentra alguien con los suficientes conocimientos de alemán como para traducir mi mensaje le estaré muy agradecido… Bueno, me imagino que más bien será C quien lo agradezca.

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Afán de aventuras

Hace cosa de un mes volvía de Alcalá de Henares a Madrid por la autopista a eso de la una de la madrugada. De pronto vi luces de sirenas a lo lejos y a un policía nacional haciendo indicaciones para que fuese reduciendo la velocidad.
Y como cuando uno se encuentra en un sitio inesperado con su profesor, empecé a hacer revisión de todos mis actos para saber de qué podía ser culpable: ¿Llevaba el cinturón? Sí, ¿Había bebido? No, ¿Me había pasado del límite de velocidad? No me constaba, ¿Tenía el carnet de conducir? Sí, ¿Tenía en regla los papeles del coche? Esperaba que sí… Todavía estaba haciéndome preguntas cuando tuve que acabar de frenar porque la carretera de tres carriles había sido reducida a uno y los coches pasábamos despacio y en fila ante la mirada atenta de otro policía.
El policía dio paso al coche que iba delante de mí. Me llegó el turno. “Probablemente me dé paso y aquí se acabó todo”… El policía levantó la palma de la mano y me indicó que parara del todo. En frente había otro nacional enmascarado sujetando una metralleta, seguramente convencido de que yo era un peligroso asesino. Aparentando calma, con movimientos lentos y calculados (si hago cualquier gesto sospechoso soy hombre muerto), bajé la ventanilla del copiloto porque el policía que me había detenido me esperaba por ese lado del coche. Tuve que agacharme porque las ventanillas de mi coche tienen bajalunas manúbrico.
-Buenas noches, ¿me deja su carnet de identidad, por favor?
Apenas me salió un buenas noches de respuesta. Saqué la cartera, saqué el DNI poniendo cara de niño bueno y se lo acerqué al policía. El tipo de la metralleta seguía atento cada uno de mis movimientos, anhelando cualquier ligera sospecha para liquidarme. Evalué las posibilidades de escapatoria. No había ninguna. Todo sería inútil. El policía comprobó mi carnet a la luz de una linterna… y me lo devolvió.
-Puede seguir, buenas noches.
Subí la ventanilla, guardé el carnet y pasé por delante del hombre de la metralleta con cara de ya siento yo no haber sido el malo que buscabais. Cuando me alejaba del control, empezó a despertarse el afán de aventuras y lamenté muy de veras que no hubiese habido una confusión, que no me hubieran detenido por error y me hubieran torturado para que les dijese algo que era imposible que supiese. Habría sido una historia fantástica para este blog… Pero no pasó nada, todo fue de lo más normal y rutinario y para la único que me valió es para darme cuenta de que el aventurero que habita en mí en realidad es un triste cobarde que sólo se atreve a asomar la cabeza cuando ya ha pasado el peligro.

Diego Domingo, PASE LO QUE PASE

Conocí a Diego hará cosa de tres veranos, con su guitarra y su sonrisa, su melena que se fue y sus ganas de pasarlo bien que siempre quedan. En aquel entonces tenía ya pensado editar un disco, pero ya se sabe que estas cosas van despacio, a veces tanto que acaban durmiendo en el limbo de los buenos propósitos (como la novela que algún día me pondré a escribir). Así que cuando este verano Diego me dijo que estaba a punto de sacar su primer disco estuve tentado de no creerle, pero le creí porque es hombre de empeño y tesón.
Y sí, por fin, ha sacado su primer disco, Pase lo que pase. Y creo que es el primer amigo que tengo que publica un disco y no puedo por menos que sentirme orgulloso y decir que yo le conocía cuando todavía no era nadie y que le he visto crecer como músico y que el disco es buenísimo. Y así, cuando sea tan famoso que esté a punto de olvidarse de mí, podré recordarle que también fui de los que se empeñó en dar publicidad a su primer trabajo y que le conseguí no sé cuántos miles de seguidores… y mejor es que en lugar de leer tanta tontería, echéis una oreja al primer sencillo:

Nieve en Madrid

A veces llueve, dice uno de mis amigos. Y resulta que también a veces nieva, aunque tan de cuando en cuando que al intentar recordar la última vez que ocurrió algo parecido uno siempre tiene el convencimiento de que no ha visto algo así en toda su vida.

Esta mañana la nieve lo ha hecho todo distinto y hermoso… y divertido. Las clases en el Instituto han sido normales… y lo normal en estas circunstancias es escuchar un “profe, bájanos al patio” cada cinco minutos. Y no sé muy bien por qué, con lo majo que parezco a veces, para estas cosas soy un soso y no hemos bajado al patio, sino que hemos dado clase. Eso sí, era inevitable que los ejemplos siempre absurdos de las oraciones de análisis sintáctico tuviesen como referencia la nieve… y no sólo la nieve. Al pedirle a M. Á. una frase para demostrar cómo podíamos convertirla en una bonita subordinada no se le ha ocurrido otra mejor que: “Batman se va a pegar con el cerdo volador”. Hoy habría sido posible, la nieve lo hace todo mágico e irreal, aunque bastantes reales eran las bolas que nos han lanzado los alumnos camino del Metro, con tan mala puntería como ganas de hacer blanco y nunca mejor dicho.




Ares, ya no eres lo que eras

Estos días atrás he conocido a un muchacho cordobés, grandote, simpático y descarado, que estudia 2º de Bachillerato. Cuando nos presentaron no sé por qué salió a relucir mi apellido y yo, al más puro estilo Bond, debí de decir: “Ares, Eduardo Ares”. Él no pudo contener la risa y yo, un tanto herido, le pregunté a mi vez su nombre completo: “Lucas López Emule”. Y entonces también solté la carcajada y entendí su risa: le hacía verdadera gracia que alguien se pudiese apellidar como un programa de ordenador para descargarse mil cosas de Internet…

Tras las risas, me quedé un tanto preocupado, despotricando interiormente de los destrozos de la LOE: creo que parte de la culpa de que haya acabado convertido en filólogo clásico la tiene mi apellido: cuando de pequeño me enteré que había un dios griego que se llamaba como yo, no pude menos que sentir simpatía y atracción ante una cultura que con alguien así prometía ser de lo más interesante. No fue hasta después cuando supe que se trataba de un dios violento y fanfarrón, dedicado a la desagradable tarea de la guerra… Pero ya era demasiado tarde, porque la sangre filológica corría por todas mis palabras y el encanto de la cultura griega me tenía hechizado.

He tenido suerte, desde luego, porque si llego a nacer unos años más tarde casi seguro que había acabado como informático. Y es que el pobre Ares ya no es lo que era y uno no puede por menos que preguntarse: “¿Ése será ese Ares o no será ese Ares ése?”. Lo sé, lo sé, la frase no tiene mucho sentido, pero es el mayor palíndromo que he conseguido hasta ahora.

Lo más gracioso de todo es que lo de “Lucas López” no es un pseudónimo, sino su nombre real. Le prometí que le dedicaría una entrada en el blog y aquí queda esto, aunque mucho me temo que nunca llegue a leerlo. Da igual: soy hombre de palabra.