Un segundo más: carpe diem

Son las 22:45. Se está acabando el año y quizá debería ir a cenar porque, si no, me van a dar las uvas, pero me lo estoy tomando con calma porque, por lo visto, los científicos han dicho que este año tiene un segundo más. Menos mal que sigo las noticias y me he enterado porque sería una pena desperdiciar un segundo.
Claro, que ahora me ha entrado el apuro de ver en qué lo empleo, porque en un segundo caben muchas más cosas de las que parecen: cabe un “sí” o un “no” o un “te quiero” o un “vete a la mierda”, (con perdón, pero es cierto, lo acabo de cronometrar). Y a mí me gustaría que este segundo de gracia que la ciencia nos otorga no sea de estos últimos, sino más del tipo “te quiero”, porque es mucho más grato, aunque desde luego más difícil, porque aquél sale sin querer, en cuanto te han pegado una patada en la espinilla, ya sea la de encima del tobillo o la de dentro del alma, mientras que el “te quiero” requiere más trabajo, más corazón… si bien es cierto que con un poco de entrenamiento y de cariño también acaba saliendo como solo.
También cabe un “feliz año nuevo”, eso sí, dicho un poco rápido. Así que “felizañonuevo”. Curioso esto del tiempo. Tanto que no voy a decir más obviedades al respecto. “Felizañonuevo”.
Un segundo es buen momento para un buen propósito y el fin de año siempre viene acompañado, lo queramos o no, de una miradita atrás y otra hacia delante, de cargarse de buenos propósitos y buenos proyectos y buenos deseos y bueno, bueno, que esto se me está alargando y ya son las 22:45… La de segundos que se me está llevando el último segundo del año, así a lo tonto.
Y al echar la miradita atrás uno comprueba con cierto sonrojo que ya no escribe aquí con tanta frecuencia como antes y el propósito sale solo: este año que viene voy a escribir con mayor regularidad… Eso sí, hasta el 7 de enero que nadie se espere mucho porque voy a desaparecer del mapa durante unos días.
“Felizañonuevo”. Por cierto, he descubierto que alguien había entrado en el blog porque había buscado en Google: “Feliz entrada y salida de año”, que es algo de lo que hablé el año pasado… Pero lo más sorprendente es que al meter en Google esa frase, este blog sale el segundo… de entre 1.040.000. Por lo menos era así ayer, hoy ya no sé qué pasará. Lástima ser sólo el segundo en semejantes tonterías. En fin, paciencia. Y gracias por estar ahí leyendo, con media sonrisa o, mejor todavía, con sonrisa entera, perdiendo tantos segundos. Ya sabes, déjate alguno para unos buenos “felizañonuevo” y, por supuesto, “te quiero”.

Me ha tocado la lotería

Soy un hombre afortunado: estudié filología clásica y no me he muerto de hambre, sino que sigo engordando; nada más acabar la carrera me llamaron para dar clases en Los Olmos, donde me lo pasé estupendamente; en junio de 2006 me presenté a las oposiciones de educación secundaria y las aprobé a la primera; pedí el IES Valdebernardo como primer destino y me lo dieron y me lo han vuelto a dar los dos cursos siguientes; soñaba con volver a dar griego y este curso ya lo estoy haciendo… Y esto sólo es un botón de muestra: creo que me ha tocado la lotería de la vida y quizá por eso no acostumbre a jugar a la lotería de Navidad: por más que me lo han explicado no consigo entender que cada número tiene varios décimos, de los que hay no sé cuántas series y que si te toca tal premio te tocan tantos euros al euro. Y llevo un par de años arriesgando: ni siquiera compro la lotería del instituto, más por pereza y dejadez que por mala voluntad o por oposición al sistema. Me parece bien que la gente juegue a la lotería, pero lo de comprar una participación aquí y otra allá, me supera.
Así que, últimamente, he decidido aportar mi granito de arena a la suerte y no he comprado lotería del instituto también con la esperanza de que de esa forma haya más posibilidades de que toque, porque una de las leyes de la lotería viene a decir que tocará con más facilidad en el sitio en el que algún pringado haya decidido no comprar cuando todos los de su alrededor sí que han comprado. De hecho, el argumento principal que se esgrime para comprar la lotería del lugar de trabajo es “imagínate que toca y tú no tienes: se te queda cara de idiota”. Pues eso, que me gusta arriesgar, con la esperanza de que a mis amigos les toque la lotería, además no me acaba de preocupar lo de la cara de idiota porque la mayoría no advertirá la diferencia (mi madre siempre dice que en su casa el más tonto sabe latín). Como hasta ahora nadie me ha llamado para darme la buena noticia, imagino que esta vez tampoco ha habido suerte.
De todas formas, he de reconocer que sí que compré algo de lotería: al segundo intento mi hermano consiguió que le comprase una papeleta de tres euros del colegio de sus hijos… y resulta que ahí sí que ha tocado algo (no sé si llega a los 20€). Me empieza a entrar cierto complejo de Polícrates y me tiento las ropas por las desgracias que se me deben estar avecinando, sobre todo por la multitud de cadenas de correos que he roto y que me auguraban que el resto de mi vida sería desastroso. En fin, de momento doy gracias a Dios porque me haya tocado la lotería de la vida… y que me quiten lo “bailao”.
Por cierto, FELIZ NOCHE a cuantos os pasáis por este blog de vez en vez y dejáis vuestros comentarios y a cuandos os pasáis por este blog de vez en vez y no los dejáis… y a cuantos no os pasáis por este blog, porque no pienso estar rácano en buenos deseos por mucha crisis que tengamos encima.

De una chuleta y otros puñales

Los finales de trimestre siempre son voraginosos y agónicos, uno entre tanto examen y cuaderno por corregir pierde la noción del tiempo e incluso se olvida de que de vez en cuando escribía en un blog sus pequeñas aventuras cotidianas.

Los finales de trimestre tienen también mucho de final de existencias y de ofertas que no podrás rechazar: “profe, si este fin de semana me leo tres libros, te hago cuatro resúmenes y te bailo una jota, ¿me apruebas?”. Porque, a fin de cuentas, el aprobado es lo único que vale y da igual los métodos empleados para conseguirlo. Y en su desesperación algunos juegan con fuego y a veces se queman… y te queman. Como le ocurrió a X el otro día, cuando la mano le empezó a arder con una definición del Realismo y unos cuantos datos más. Y lo peor no es que alguien acuda a la memoria supletoria, cosa que entiendo perfectamente (de hecho considero el arte del chuleteo un arte auténtico, pero para mantenerlo en la categoría de tal ha de conllevar ciertos riesgos, que es la parte de la que me encargo yo: máxima libertad, máxima responsabilidad, pero si te pillo la chuleta te has caído con todo el equipo). No, lo peor no es que alguien recurra a las chuletas, lo peor es la negación de la evidencia y las disparatadas excusas que uno puede llegar a poner con tal de no reconocer que esta vez ha perdido: “no, si es de historia”, lo normal, uno se apunta cosas de historia en la mano en la clase anterior al examen de lengua; “no, si es para estudiar”, lo típico, uno para ahorrar papel aprovecha la superficie cutánea para hacer esquemas; “pero es que no se borra”… y al final qué culpa tiene uno de que lo que se ha apuntado en la mano sin querer no se borre. No sé, creo sinceramente que si la reacción hubiese sido otra, que si se hubiese reconocido con disimulada compunción el delito no habría sido yo capaz de aplicar la pena máxima (para junio la primera evaluación y eso que la pregunta que se había apuntado en la mano no le cayó en el examen). Por lo menos, también es cierto que X después sí ha tenido la sensatez de aceptar la sentencia sin queja e incluso ha seguido estudiando para los exámenes posteriores… Quizá le dé la oportunidad de presentarse al examen de recuperación.

Una de las ideas que con más frecuencia les repito este es que quizá consigan engañarme y que les ponga un positivo por unos deberes que no han hecho o que les dé por leído un libro que ni siquiera han abierto, “sí· -les repito mirando a cada uno a los ojos-, me estarás engañando, pero te estás haciendo daño”. Y a pesar de todo algunos no pueden evitar intentarlo. Entre las actividades que tienen que hacer a lo largo del trimestre está un Cuaderno de Escritura (del que ya he hablado en algún sitio) que incluya algunas redacciones guiadas y otras de su libre invención… Y alguno no se da cuenta de que Internet es más pequeño de lo que parece y que “canta” demasiado cuando uno utiliza el copiar y pegar. Esta vez a quien he pillado en un renuncio ha sido a Z y también lo más doloroso no es que haya intentado colármela, sino que después de soltar yo en clase unas cuantas indirectas al respecto, no haya sido capaz de venir a darme explicaciones o pedir disculpas. Es más, cuando he intentado establecer una conversación en el pasillo para aclarar el asunto, su respuesta ha sido la huida ensordecida. Cómo decirle que lo que ha hecho es comprensible, que tampoco es para tanto, que no vuelva a meter el cuezo y que la próxima vez juegue limpio, que este puñal, quitado con cuidado, no me deja cicatrices…

Dos cenas de recuerdos, decenas de recuerdos

Este fin de semana ha sido intenso para la memoria. El viernes estuve de cena con mis compañeros de promoción del colegio (hace apenas diecinueve años que terminamos) y el sábado con algunos de mis más antiguos alumnos (hace apenas diez años que terminaron).
Y son cenas entrañables y, sobre todo, divertidas, salpicadas de recuerdos y carcajadas, de repaso de buenos momentos y de malos (que se han transformado en divertidos), de profesores y compañeros, cenas de echar de menos a los que no han estado y de ponerse al día con un “¿y tú a qué te dedicas?”.
El paso del tiempo ha sido más impacable con unos que con otros y se manifiesta sobre todo en la cantidad de pelos y de kilos, normalmente muchos menos de los unos y unos cuantos más de los otros. También se hace patente el paso del tiempo en el crecimiento familiar: cuando tus antiguos alumnos empiezan a tener hijos, a ti te empieza a entrar cierto complejo de abuelo.
Por otra parte, a veces te cuesta reconocer a quienes hace más tiempo que no veías. O les reconoces, pero el nombre es incapaz de venirte a la cabeza y estás media cena al acecho para ver si alguien lo dice o estrujas las neuronas de la memoria hasta que las obligas a decírtelo y te hacen descubrir que a quien has llamado J., resulta que es J. (es decir, J. de Jorge y J. de Juanjo).
La vida nos ha tratado a todos con suerte desigual: quizá la historia más dura es la de Á. que tuvo un accidente de coche hace unos siete años. Salvó la vida, pero quedó inválido, aunque ha conseguido volver a andar. Después del accidente su novia le dejó, pero en el hospital conoció a otra paciente que ahora es su mujer y Á. dice que el accidente le valió para darse cuenta de muchas cosas y para encontrar una verdadera familia.
Y acabas la cena con la idea clara de que esto hay que volver a repetirlo, aunque sabes que a muchos no los volverás a ver durante otra buena temporada… Pero también sabes que has rescatado alguna amistad que estaba a punto de morir sepultada por la distancia y la apatía y que te vas a casa con decenas de recuerdos que te dejan alma de sonrisa y carcajada.