Sal a leer

A pesar de que me hice el propósito de no volver a dar nunca “Recuperación de Lengua”, este curso me ha vuelto a tocar. Y el problema no es que me disguste la asignatura: así, sobre el papel, es atractiva e interesante. Pero la realidad es que en esa asignatura acaban alumnos que no sólo tienen problemas con la lengua, sino con todo lo demás.
El grupo de este año, de primero de la ESO, es en general más majo de lo que me esperaba, aunque algunos sufren de una terrible diarrea verbal y por su boca va saliendo cuanto se les ocurre en el corazón, sin pasar antes por el filtro del cerebro. La pelea es agotadora y desigual porque ellos hablan, entonces tú te callas, ellos se dan cuenta de que te has callado, te piden perdón, se callan, tú hablas, ellos hablan, entonces tú te callas… A la cuarta vez sueltas un sermoncete de distinta intensidad según sea la situación y si te has puesto serio de verdad puedes seguir la clase casi siete minutos sin interrupciones. En realidad, sólo son cuatro o cinco los que padecen tal diarrea, pero la incontinencia verbal es terriblemente contagiosa.
Sin embargo, lo que estamos consiguiendo es que cuando mando a alguien salir a la pizarra a leer, los demás permanecen en silencio y escuchan con respeto… por muy mal que lo haga el lector.
El otro día le tocaba el turno a P que se negaba en redondo a salir porque afirmaba que él leía muy mal. Le insistí, le insistimos, fue cediendo, fui cediendo (sólo tres líneas) y al final se armó de valor y se dirigió a la pizarra. Me pidió el libro y ante mi sorpresa lo cogió y se dirigió a la puerta de la clase, salió y con la puerta entreabierta nos preguntó si se oía bien: el problema no era sólo que leyese mal, sino que le daba una terrible vergüenza salir delante de los demás. Nuevo forcejeo dialéctico y P volvió a la pizarra, intentando colocarse detrás de mí. Por fin quedó sólo ante el peligro y leyó… Y los demás escucharon en silencio, tal y como habíamos acordado. Y quizá lo mejor de todo fue que cuando P acabó de leer, J afirmó con convencimiento: “pues lees bien”. Hay que tener en cuenta que J es uno de los incontinentes verbales, graciosillo por naturaleza, incapaz hasta ahora de hacer un comentario positivo, a pesar de que lleva un pequeño poeta dentro (algún día pondré aquí, si me deja, alguna de sus poesías dolientes).
Al final de la clase, P me confesó que no había sido tan difícil como se imaginaba e incluso se le veía orgulloso… Sin embargo, con C no hubo tanta suerte. Se negó también en banda y ya me pilló un tanto cansado, así que no le insistí mucho. Y es que uno nunca sabe hasta qué punto puede ser bueno obligarles a pasar el mal trago de enfrentarse al público con un alto porcentaje de posibilidades de hacer el ridículo.
Soy consciente de que corro el riesgo de ganarme un enemigo para siempre, pero no por eso quiero dejar de intentar que se enfrenten a un obstáculo que consideran insalvable y se den cuenta de que la cosa no es para tanto y de que son mucho más capaces de lo que ellos mismos creen.

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5 comentarios en “Sal a leer

  1. Seguramente has visto en televisión lo bien que hablan, cuando les ponen un micrófono delante, los ciudadanos de cualquier país de América el Sur, y el desparpajo que tienen para hablar en público. Curiosamente entre nosotros es más frecuente el problema que tienen P y C.

    Saludos.

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  2. Cuánta razón tienes, Eduardo. Yo también me veo obligada a lidiar este año con esa asignatura tremenda que es recuperación de lengua para 1º de la ESO y, qué curioso, también padecen la mayoría una incontinencia verbal que creo que no sólo es contagiosa, sino congénita. En fin, tu método para sacarles a leer frente a los demás me parece interesante, quizá lo aplique en mi clase. El problema es que mis queridos elementos sólo permanecen atentos cuando ellos mismos leen. En esos minutillos de gloria reclaman silencio y respeto, que abandonan instantáneamente en el momento en el que es otro el que continua la lectura. La vergüenza en ellos está ausente, pero, quizá, el enfrentarse al resto de sus compañeros así, de pie, resulte. Probaré a ver qué pasa, lo mismo me llevo una sorpresa. Un saludo.

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  3. Mi amigo Pablo me confesaba en el instituto su preferencia por las ciencias en lugar de las letras para “librase de leer”. Sabemos de la importancia de la lectura, pero, cómo transmitirlo?. Leer el Lazarillo o el Quijote con 15 años es un aunténtico latazo, sinceramente. Cualquier adolescente se opone a cualquier norma sólo por su obligatoriedad, con lo que la lectura se restringe al ámbito escolar, leemos porque lo dice el profe, no por iniciativa, en la mayoría de los casos, luego, qué hacemos?
    Tu método es fantástico para perder la vergüenza, o para aprender a hablar en público, pero para iniciar el gusto por la lectura es necesario algo más que yo tampoco sé. ¿libros acordes a su edad? ¿cómo competir con la inmediatez de los media, de los videojuegos, del cine?
    Buena idea la tuya de apelar a los padres, pero…
    Otro día me invitas a un café y dioscutimos el leer por leer. Este es uno de los países donde más libros se venden al cabo del año, vaya! comentaba alguien al leer la noticia, los españoles deben ser unos tipos muy inteligentes….!!!!
    Un abrazo

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  4. Escuadra, estoy completamente de acuerdo contigo. Es terrible la abundancia de miedo escénico que padecemos (hoy mismo, intentando montar un grupo de teatro de profes, uno me ha confesado que le encantaría, pero que se siente incapaz de subir al escenario…).
    Ana, mucho ánimo… y mucha paciencia con esas clases. A veces te llevas, a pesar de todo, gratas sorpresas: el otro día, sin que yo le dijese nada, C se presentó voluntario para leer, y logró leer con algún que otro trompicón tres o cuatro líneas. Todo un éxito, sobre todo para él.
    Nefer, se agradece de veras tu comentario. Aunque tampoco te dejes engañar, que no siempre todo es tan bonito como lo cuento (pero ya hay muchos que se encargan de contar la otra cara de la moneda). Tu comentario me ha recordado el de E, uno de esos incontinentes verbales congénitos de 1º de ESO. Alguien de clase metió la pata y no me acuerdo qué es lo que hice o dije, pero E, sentado en la primera fila, dejó escapar un “jo, profe, me caes genial” que me dejó una sonrisa para el resto del día.
    Julio, cuánta razón tienes y cuánto me gustaría tener la receta mágica para hacer de los alumnos lectores. No sé si con un café tendremos bastante, pero mientras tanto me gustaría comentar todo esto en una entrada aparte. A ver si me pongo…

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