La decimoquinta

Ayer, 22 de septiembre, un tanto por sorpresa, vio la luz la decimoquinta de mis sobrinas. Un tanto por sorpresa porque la esperábamos para algo más tarde, pero ahora todos nos preguntamos cómo no caímos antes en la cuenta de que ayer era el día previsto.

Paula es la tercera hija de Rodri y Gema, que se casaron un 22 de febrero, es hermana de Guille, que nació un 22 de enero, y de Alejandro, que nació un 22 de agosto… Al final, como nadie ha acertado la “porra” de adivinar día y peso, nos hemos quedado sin paletilla de jamón. Otra vez será (y dentro de no tanto).

Me dan ganas de poner aquí lo que puse hace un par de semanas, lo del agobio que me entra, junto con la felicidad inevitable, al pensar que se me acumulan las poesías epidícticas, pero no lo haré porque Mawi dice que me repito… Aunque con quince es fácil que uno acabe repitiéndose.

Enhorabuena a los padres de la criatura y a los hermanos que todavía no tienen muy claro cómo ha ocurrido todo: “¿esto es Paula?”, preguntaba Alejandro sorprendido porque después de haber visto durante nueve meses que Paula era la tripa de su madre lo mismo se esperaba otra cosa. Tampoco las tenía todas consigo Guille para saber cómo había salido Paula de la tripa de su madre, porque no se veía cremallera por ningún lado. Ya le han explicado lo de la puertecita, pero tampoco ha acabado muy convencido.

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Fui a Lourdes y volví peor…

…pero la culpa no fue de Lourdes, sino de Mar.
El fin de semana pasado me acerqué a Lourdes con unos amigos, para la visita del Papa, e hicimos escala en San Sebastián.
El sábado por la mañana nos acercamos a la playa de Ondarreta que estaba prácticamente vacía. Después de los chapuzones de rigor, la “voladura” de cometas y el partidillo de fútbol-playa, me fui con M a correr chapoteando por la playa y como se nos quedó pequeña, pasamos a La Concha. Ondarreta y La Concha son dos playas muy similares, con forma de medialuna, que están unidas por el llamado “Pico del Loro”, unas rocas en las que han colocado unas pasarelas con barandillas y unas escaleras para poder pasar de una playa a otra cuando está la marea baja. M y yo pasamos a La Concha y la recorrimos de una punta a otra. Al volver, la marea empezaba a subir y en el Pico del Loro golpeaban algunas olas con cierta fuerza, pero muy de vez en cuando.
Me dio el ataque de prudencia y sugerí que podíamos pasar a nuestra playa por el paseo marítimo, pero M me convenció para pasar por las barandillas y las rocas. La verdad es que tampoco parecía excesivamente peligroso y de hecho comprobamos que no lo era: esperamos el golpe de una ola contra la roca, cruzamos rápidamente una pequeña pasarela y descendimos la escalera. Ya estábamos en el último tramo de la plataforma con barandilla, pero nos encontramos a J y O, que estaban en la zona de arena y se disponían a cruzar hacia el lado de donde veníamos. Si no hubieran estado allí ahora muy probablemente no estaría contando esto y por haber estado allí quizá he estado a punto de no contarlo. De pronto, en mitad de una palabra que podría haber sido la última, me sentí golpeado y arrastrado por una ola hambrienta a la que no había visto venir y que me tragó sin contemplaciones. En un acto reflejo y para evitar que la ola me devorase, me aferré a la barandilla y aguanté hasta que la dichosa ola se fue por donde había venido. Cuando me levanté, comprobé que tenía el brazo arañado, amoratado y sangrante desde el codo hasta la mano, un fuerte dolor en la parte superior de la pierna derecha y todo el cuerpo entumecido. Por supuesto a M, J y O, la ola les había sorprendido, pero no les había dado de lleno y me vieron aparecer de debajo del agua entre divertidos y preocupados.
Hoy hace casi una semana del golpe: lo del brazo va desapareciendo, pero el “huevo” que me ha salido en la “cartuchera” tiene pinta de que me va a durar un tiempecillo. Toda la parte posterior de la pierna, hasta la rodilla, está coloreada de un morado intenso y preocupante. Tanto que acabé por ir al médico con la poca gracia que me hace (el ir al médico, no el médico en cuestión, que es un hombre más bien simpático). Mi madre no se cansa de repetirme que ha faltado muy poco para que no lo cuente y que más de uno ha tenido una desgracia seria en una situación semejante. Además me ha recordado alguno de los mejores golpes de mi vida y si sobrevivo a éste y no se me forma un trombo que acabe conmigo dentro de un rato, he pensado en contar aquí alguno de ellos: creo que explican muchas cosas.
Hay quien me dice que he tenido mucha suerte, porque podía haber sido mucho peor, pero me parece que lo que he tenido es mala suerte: tres pasos más adelante o una mirada despreocupada hacia el mar y no habría sufrido el menor rasguño. Claro que si no me hubiese detenido a hablar con J y M, lo mismo los que tenían algo que contar ahora (o peor, los que ya no lo podían contar) eran ellos, porque habrían sido sorprendidos por la ola más a mitad del famoso Pico del Loro.

Primer día de clase

Ayer tuvimos la “presentación” de los alumnos. Los míos, de 4º de la ESO, fueron convocados a la una. Me presenté, les di el horario, los consejos y avisos de rigor y los despedí… Eso sí, antes de que salieran de clase ya conocía a los veintiocho por sus nombres: hice una demostración práctica y creo que quedaron entre sorprendidos y agradecidos porque todo el mundo prefiere un “a ver, Miguel” a un “a ver, tú, el del fondo”. Pero se dieron cuenta de que la cosa tenía truco y no tuve más remedio que reconocerlo. Sí, tenía truco: me había estudiado la lista dos días antes y había conseguido aprendérmela de memoria… Aproveché para animarles a que pusiesen el truco en práctica en sus casas: resulta que cuando uno se estudia las cosas, se las aprende. Además, les he recalcado que en lugar de aprenderme la lista me apetecían muchas otras cosas: si dediqué tiempo a estudiarla es porque lo consideraba importante (no sé si habrán pillado la indirecta).
Y hoy ya hemos tenido clase normal, bueno casi normal, porque las primeras clases nunca son normales del todo. Hay cierto clima de expectación, tanto por su parte como por la mía. Ellos empezarán a preguntarse cómo será realmente el individuo que tienen delante y si será cierto todo lo que han oído de él, tanto lo bueno como lo malo. Y yo también empiezo a preguntarme cómo serán ellos realmente, si aguantarán mucho tiempo con la cara de buenecitos que tienen ahora o si desenterrarán el hacha de guerra cuando me dé la vuelta para escribir en la pizarra… La verdad es que las primeras impresiones son excelentes. Claro que apañado estaría si el primer día de clase ya fuese terrible. Y tampoco voy a cantar victoria porque esto no ha hecho más que empezar e incluso todavía me quedan por conocer un par de grupos: el de Taller de Teatro de 3º y el de Recuperación de Lengua de 1º de la ESO.
Además, parece que no he estado demasiado inspirado: X, repetidor este año, me ha confesado que la presentación del curso pasado estuvo mucho mejor y que yo también me he “repetido” bastante. Ahora, cuando termine de escribir esta entrada y la publique, buscaré la que creo que escribí el curso pasado en situación semejante, para ver si X tiene más razón de la que me gustaría reconocerle.

Ya está aquí el decimocuarto

El diez del nueve del ocho, a las tres al mundo vino mi decimocuarto sobrino, tercer hijo de mi sexto hermano, con un peso de tres kilos y trescientos gramos… y junto con la alegría de un nuevo nacimiento, se me agolpan los remordimientos porque antes al que nacía le dedicaba una poesía y me pregunto por qué escribí la primera como si sola me saliera: qué insensato fui y qué necio, no pensé que tan alto fuera el precio: mis cuñadas y hermanas me cubren de improperios y amenazas, pero cualquier día de éstos, empezaré con Juanín y seguiré con el resto. Si no me salen mal las cuentas, me faltan sólo siete, pero la famila aumenta y en octubre llega la siguiente… Cómo les explicaría que no es la cosa sencilla, que no encuentro ya las rimas, que la musa me margina, que llevo casi una horita escribiendo esta parida.

(Aquí están los primeros trece el día de la boda de Richy. Todos, o casi todos, mirando al fotógrafo de verdad que es el que hacía la foto buena).

Repartiéndonos los papeles

Cada curso que comienza tiene mucho de obra de teatro y hoy nos ha tocado repartirnos los papeles y saber quién va a dar qué a quiénes. Es un momento difícil, al menos para mí: me cuesta mucho elegir porque se me juntan mis gustos por determinadas materias, con la ilusión de volver a tener a los alumnos del curso anterior, con las ganas de conocer a otros nuevos y con los gustos y los deseos de los demás profesores del departamento. Durante el fin de semana he estado haciendo cábalas y dándole vueltas a qué querría cada cual y qué me quedaría a mí… Y me he ido montando mi película que luego la realidad se ha encargado de cambiar, espero que a mejor, aunque se aleje de lo que yo habría querido en principio. El curso pasado me lamentaba porque al final no iba a tener a casi ningún alumno del curso anterior… y al final eso resultó ser una ventaja, porque pude conocer a muchos más alumnos.

Quizá lo mejor de todo es que voy a dar el griego de 2º de bachillerato: desde que aprobé las oposiciones es lo que más echaba de menos, el latín y el griego. También daré una Recuperación de Lengua en 1º de la ESO y el Taller de Teatro de 3º, una asignatura que deseaba desde que llegué al instituto.

Por otro lado, después de hablar tanto de repetición en la entrada anterior, resulta que yo también voy a repetir con la Lengua y Literatura de los dos cuartos de ESO y con la tutoría de uno de ellos: hay profesores que son alérgicos a las tutorías y que hacen lo posible por evitarlas, pero a mí me parece que la tutoría es de las tareas más apasionantes que hay en la enseñanza y la de cuarto es una de las tutorías más atractivas.

Ahora me toca ponerme a ensayar como si lo fueran a prohibir, para que la función de este curso salga lo mejor posible y para que el telón nos sorprenda todavía con la sonrisa y la ilusión de la primera clase.

Exámenes de septiembre

El lunes y el martes tuvimos los exámenes de septiembre, para los que no se “habían puesto” durante el curso. Y, aunque hay honrosas excepciones, uno comprueba año tras año con tristeza que el que no se pone durante el curso, difícilmente lo hace en verano. Y llega el terrible momento de enfrentarse a la verdad y de darse cuenta de que ahora sí que la cosa ya no tiene remedio.
No es un buen trago comunicarle a un alumno que tiene que repetir curso. En milésimas de segundo puedes pasar de ser el mejor profe del mundo mundial al más capullo individuo que haya parido madre (por ponerlo suave). Y es difícil hacerles ver que tal vez la repetición sea lo mejor o que, incluso en el caso de que no lo sea, es lo que hay.
Como ante cualquier disgusto, la repetición hay que digerirla e ir asimilándola. Repetir te supone perder un año, quedar herido en tu amor propio, dejar de ver a tus amigos de toda la vida, tener que adaptarte a nueva gente que te parecerá una panda insufrible de inmaduros… pero cada vez estoy más convencido de que repetir no es tan terrible (ayer una alumna aseguraba sin ningún género de dudas que era el peor día de su vida) porque cada vez conozco a más gente que ha repetido algún curso y que ahora triunfan plenamente en la vida. Perder un año a los quince parece muchísimo, pero un año tampoco es tanto. Además, más de uno ha encontrado precisamente entre los compañeros del curso inferior a sus mejores amigos y quizá al propio Cupido. La vida da muchas vueltas y a uno, de vez en cuando, le gustaría tener la oportunidad de volver atrás y enderezar lo que dejó torcido. El que repite, tiene en cierta medida, esa posibilidad.
Hay básicamente dos tipos de repetidores: por un lado están los que se convierten en calentadores de sillas y se arman de paciencia (a la vez que se la quitan al profesor) para dejar que el tiempo pase y que el sistema se encargue de arreglarles la vida a base de oportunidades… Pero, por otro lado, también existen los repetidores que son capaces de sacar experiencia de su fracaso, que asumen la repetición como un nuevo reto y no se dejan vencer por el desánimo… Sí, ya sé, queda bonito, pero es cierto. Esos repetidores existen. Yo los he visto.
Si este curso, por lo que sea, vuelves al mismo pupitre que el curso anterior, hazte cuanto antes a la idea de que lo que tienes es una gran oportunidad para enderezar el rumbo y que el cambio es posible. Deja de pensar en lo malos que son los profesores (“sois todos muy malos” me decía hoy medio en serio medio en broma una alumna que repite, a la que no he dado clase este año, pero que ya apuntaba maneras de repetidora el año pasado) y asume tu parte de responsabilidad, porque mientras la culpa la tengan otros seguirás soñando en que llegará un día en que te “pongas”. Piensa que eres tú el que sales ganando si te pones a estudiar. Ees curiosa la vehemencia con que muchos alumnos se aferran a la idea de que si los apruebas, el año que viene sí que van a estudiar, como si fueras tú el que vas a salir ganando con eso, en lugar de ellos mismos.
Mucho ánimo. Llora unos días tu repetición, pero el día 17, cuando empiecen las clases, deja de lamentarte por lo que ya no tiene remedio y abre los libros según llegas a casa: te sorprenderás de lo bien que te va a ir este curso.