Operación chaqué

Ya sé, ya sé. Ahora, y desde hace unos meses, en lo que está metida la mayoría de la gente es en otra operación para no lucir sus michelines en playas y piscinas, pero yo tengo que embarcarme con urgencia en la “operación chaqué”.
El caso es que hace ya unos años, mi hermana se empeñó en que todos los hermanos fuésemos a su boda vestidos de chaqué (con sus pantalones de rayas, su camisa blanca de gemelos, su chaleco, sus tirantes, su corbata… y su chaqué, lógicamente). Por supuesto, todos nos opusimos rotundamente… Y, por supuesto, todos fuimos vestidos de chaqué. A las futuras cuñadas aquello les pareció fantástico porque quedábamos guapísimos y monísimos… Y boda a boda (y ya van unas cuantas) hemos ido vestidos de chaqué, para lo que previamente hemos acudido al sitio de alquiler a que nos tomen las medidas.
La última vez fue hace un par de años. La señora encargada, haciendo uso de su buen ojo, en cuanto me vio me adjudicó unos pantalones de una talla determinada. Me los probé y comprobé con sorpresa que en aquellos pantalones cabían dos como yo. La señora, al advertir su error, se excusó diciendo que claro, al ver aquellas lorzas… Sí, dijo “lorzas”.
Al final me dio el traje adecuado con el que quedé, una vez más, guapísimo (dentro de mis posibilidades, claro).
El próximo 26 se nos casa Richy y, aprovechando que este verano voy a pisar poco por Madrid, no he ido a probarme el chaqué, afirmando con rotundidad que el de hace un par de años seguro que me vale… Y la cosa va a estar, cuando menos, emocionante, porque volveré a Madrid justo para la boda y quizá al probarme el chaqué descubra que este par de años no ha pasado en balde y que he aumentado de talla más de lo que me gustaría reconocer. De todas formas, he de decir en mi defensa, que el aumento de talla se debe sobre todo a una cuestión cultural y de principios: he decidido hacer de mi propia persona una defensa palpable de las humanidades. Cuando decidí estudiar filología clásica (hace ya también más tiempo del que me gustaría reconocer) mis amigos me auguraban entristecidos que me iba a morir de hambre… Son los mismos que ahora, cuando me ven después de unos años, me dicen sorprendidos: “¡Pero, Eduardo, qué gordo estás!”.
De todos modos, por si acaso, voy a empezar a poner en práctica la operación chaqué de aquí al veintiséis, confiando en que los tirantes hagan el resto.

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