Ya se nos casó

El sábado pasado se casó finalmente Richy y sí, para información de todos los que se lo estén preguntando, me cupo el chaqué.

Ya dije que lo del chaqué era una manía adquirida desde la boda de mi hermana, que fue la primera en casarse, y después de seis bodas lo llevamos ya con una soltura que sorprende. Aquí, como en todo, la experiencia es un grado y ahora afrontamos con mucha mayor serenidad los momentos previos a la sesión fotográfica, cuando toda la casa se convierte en un loco hervidero de movimiento y preguntas sin respuestas, dónde está mi corbata, alguien ha visto mis zapatos, qué gemelos me pongo, se me ha manchado el vestido, este bolso no me queda bien, me pongo laca o gomina, todavía no ha llegado X, venga que ya está aquí el fotógrafo… Es cuestión de dejarse llevar entonces por la corriente, sin oponer demasiada resistencia: acabarás desembocando a las tantas de la mañana en casa, con cierta sensación de agotamiento y de irrealidad, no tanto por el alcohol ingerido, sino porque no acabas de creer que ya nada volverá a ser como antes, que de repente, en una tarde, tienes una cuñada y un hermano al que verás muy de cuando en cuando y que antes o después se sumará otra más a la lista de poesías pendientes para sobrinos (por cierto, Cori nos anunció, la noche antes de la boda en medio del festival de despedida, que viene uno más en camino).

Y entre la sesión de fotos y el regreso a casa ha ocurrido todo lo demás. La ceremonia, el banquete, el saludo y la conversación con primos a los que uno sólo ve de tarde en tarde y de boda en boda y con los que hace el propósito de verse más a menudo, el baile (siempre, de forma inevitable, en algún momento saldrá Paquito, el chocolatero), las despedidas…

Por cierto, me gustó lo que dijo el cura en la ceremonia: el mundo lo mueve el amor y con el compromiso de su amor Richy y Mawi contribuyen a que el mundo siga avanzando. Quizá, ahora que lo leo, me suena un poco cursi y a frase hecha, sin embargo no puedo estar más de acuerdo. El problema es que el mal tiene mucha mejor prensa y se sabe vender mucho mejor. De hecho, a nadie le interesaría un periódico lleno sólo de buenas noticias, porque entonces a ver qué íbamos a hacer con nuestras frases de cómo está el mundo y adónde vamos a ir a parar.

Decía antes que la experiencia es un grado y quizá por eso, entre foto y foto (todos los hermanos con el novio, ahora las hermanas, ahora los hermanos y las hermanas, ahora también los padres, el novio con todos los sobrinos, el novio con hermanas y cuñadas, el novio con toda la familia…) cuando nos habían hecho la de todos los hermanos y el fotógrafo preparaba la siguiente, nos dio por saltarnos el protocolo y mostrarnos más como somos… Al fotógrafo le encantó la idea y nos hizo otro par de fotos así, pero me temo que ya nos engolamos un poco. Aquí está la foto que hicimos “pirata”, con una de nuestras cámaras, un poco oscura quizá, pero divertida. Enhorabuena y que vivan los novios.

Pues aquí seguimos…

Como siempre que uno tiene prisa, Internet se ha tomado su tiempo para dejarse abrir y mientras, me hacía el loco y abría otras páginas, picoteaba aquí o allí, alargando esa sensación del estoy a punto de saber qué va a ser de mí y espero que sea lo que espero, pero ay de mí como no lo sea. Y hoy, en Murcia, ha llovido a base de bien. Así que me he ahorrado las lágrimas, a pesar de que algún nudo se me queda dentro: repetimos casi todos, pero el nudo está en el “casi”. En fin, no hay que perder la esperanza porque el año pasado la cosa se arregló pocos días antes de empezar las clases.
De momento, un curso más, mi tren tiene destino IES Valdebernardo. Y me alegro. Me lo estoy pasando estupendamente con vosotros.

En espera de destino

Hace un año, justo por estas fechas, escribí una entrada que se titulaba esperando sentencia y he estado a punto de poner ahora el mismo título, porque de nuevo estoy a la espera de destino para el curso que viene. Forma parte de la emoción de aprobar las oposiciones: desde que apruebas hasta que te dan un destino definitivo pueden pasar unos cuantos años en los que vas yendo de un lado para otro. Claro, que dentro de lo que cabe, yo no me puedo quejar, porque todavía no me he movido de sitio y porque el destino definitivo no tardarán más de dos o tres años en dármelo, mientras que conozco a gente de otras especialidades que lleva quince años en expectativa.
Este año estoy, en principio, más tranquilo que el pasado porque, si todo sale según lo previsto, no habrá problema para que repita destino: cada dos años uno puede pedir confirmar plaza en el instituto en el que estaba y yo lo he hecho… pero siempre te queda la duda de si marcaste bien la casilla en cuestión, de si no meterías la pata al poner los numeritos del código, de si no habrá alguien con infinitos puntos (y no tan infinitos) que pueda ocupar tu lugar, de si tu papel no se habrá extraviado entre tantos otros y de si no acabarás dando clases en la Conchinchina, sabiendo, eso sí, que la Conchinchina de la Comunidad de Madrid no puede quedar demasiado lejos.
Si no me equivoco las listas provisionales salen el jueves y creo que el jueves lloraré: si me han destinado a otro instituto lloraré de pena porque, como creo que ha quedado suficientemente claro en el blog, en el IES Valdebernardo me lo estoy pasando estupendamente. Y si resulta que continúo, también lloraré, pero de alegría. El caso es llorar, que hace falta agua. Por cierto, estoy en Jacarilla, un pueblo a medio camino entre Alicante y Murcia, cerca de Orihuela (“su pueblo y el mío”) y hoy aquí está lloviendo… quizá haya salido en esta comunidad el listado de adjudicación de vacantes.

La primera carta

Hoy he escrito mi primera carta manuscrita del verano, cosa que todavía no sabe su destinatario y ése es, en parte, el encanto de la carta manuscrita: el tiempo que transcurre desde que se escribe hasta que llega, el temor a que se pierda en el camino (ya me pasó alguna vez el año pasado) y el saber que probablemente nunca tendrá respuesta, junto con la seguridad de que será bien recibida.
He de reconocer que cada vez me cuesta más ponerme a escribir cartas a mano, con lo rápido y eficaz que es el correo electrónico o una llamada de móvil, pero no sé si será la nostalgia o el cajón que tengo lleno de las cartas recibidas a lo largo de tantos años lo que me anima a seguir haciéndolo.
Ya hablé hace tiempo en este blog de mi idea de crear una asociación en defensa de la carta manuscrita. Dicha asociación no llegó siquiera a nacer, pero sigo perteneciendo a ella, junto con otros cuantos amigos que también me sorprenden todavía y contestan mis cartas o escriben antes de que yo lo haya hecho. Y pocas cosas hay comparables a saber que alguien se acordó de ti y decidió burlarse de las prisas. Pocas veces he releído un correo electrónico, tan pocas como innumerables son las veces que he releído una carta, casi siempre con una sonrisa y, alguna que otra vez, con una lágrima.
Voy a dejar esta entrada y voy a ponerme a escribir la segunda carta de este verano… quizá para ti.

Qué difícil es grabar el teatro

El teatro es un arte vivo, para ser visto y disfrutado en el aquí y el ahora… y después dejar que siga vivo y disfrutado en nuestro recuerdo. Pero también viene bien, me parece, grabar la representación para que, cuando el inexorable paso del tiempo empiece a empolvar el recuerdo, podamos pasar el paño de los fotones y revivir aquellos momentos.
Sin embargo, el teatro se resiste a ser atrapado y encerrado en los estrechos márgenes de la imagen grabada…
En la primera de las representaciones que hicimos de Esto no es arte, dejé una cámara de vídeo colocada el final del Salón de Actos, algo escorada porque tuve que enchufarla a la red por escasez de batería. Centré la imagen y encargué a un buen amigo que pulsara el botón de grabar cuando comenzara la función. Varios días después, cuando por fin pude ver lo grabado, observé con sorpresa y un punto de desesperación que a los diez minutos se escuchaba un pequeño ruido, la cámara se giraba hacia un lado del escenario y se oía un casi imperceptible “vaya”. Sí, vaya, pero la cámara se quedó torcida. Estoy repasando una y otra vez la escena, intentando identificar al autor del susurro para ponerle las pilas. Tendré que acudir a los servicios de la inspectora Martínez. No acabó ahí el problema, porque poco después otro ligero golpe hizo que la cámara girara aún más y enfocara la esquina derecha del escenario, en la que apenas ocurrían cosas.
Dos días después, cuando representamos la obra en el Centro de Esclerosis Múltiple, decidí poner todos los medios para que no me volviera a ocurrir lo mismo. Conseguí unos micrófonos para grabar bien el sonido y una buena cámara que dejé cargando toda la noche. Los problemas comenzaron diez minutos antes de la representación, al ir a comprar las cintas y descubrir que las tiendas estaban cerradas. Aun así, cuando casi íbamos a comenzar, llegó M. con las cintas que había conseguido no sé dónde. Puse la cámara en su trípode, la coloqué bien centrada, enfoqué adecuadamente. Como también un padre había traído otra cámara, le sugerí que se pusiese en uno de los laterales para poder tener dos tomas distintas de la obra y después hacer el montaje. Esta vez no podía fallar nada, pero cuando al final de la representación fui a comprobar qué tal se había grabado, comprobé con horror y unos cuantos puntos de desesperación que había olvidado encargar a alguien que le diera al botón de grabar y que todos debimos de pensar que ya le daría alguien. Por la falta de luz, la cámara que había grabado desde un lateral tampoco había conseguido gran cosa…
Aún me queda el consuelo de que tanto la primera representación como la última fueron grabadas por otras cámaras de otros padres, pero todavía tengo que conseguir el material para poder hacer el montaje.
Y hablando de montaje, también tengo pendiente montar la representación que hicimos el año pasado de El Pirata Timoteo, entre otras cosas porque también tuve problemas con las cámaras: dejé una grabando desde el fondo del Salón de Actos, pero alguien debió tocarla (o yo mismo no la dejé muy bien puesta) y aparte de sacar la imagen desde muy lejos, sale desenfocada; otra cámara se la había encargado a un buen amigo, pero no tan buen cámara, que no tomó toda la obra y que después de haber grabado un poco los momentos previos en los camerinos, tocó no se sabe muy bien qué botón y puso la grabación en blanco y negro y estuvo grabando así hasta el tercer acto. Por fortuna, una vez más hubo un padre previsor que también grabó con su cámara y que me facilitó el material. El problema es que se quedó sin cinta a cinco minutos del final y que el formato de la imagen tampoco coincide porque una cámara grabó en formato panorámico y otra en normal.
Así que, de momento, habrá que quedarse con la alegría del recuerdo, procurando que no se nos olvide y para la próxima vez contrataré a un equipo de expertos que sean capaces de vencer la oposición del teatro a ser diferido.

Operación chaqué

Ya sé, ya sé. Ahora, y desde hace unos meses, en lo que está metida la mayoría de la gente es en otra operación para no lucir sus michelines en playas y piscinas, pero yo tengo que embarcarme con urgencia en la “operación chaqué”.
El caso es que hace ya unos años, mi hermana se empeñó en que todos los hermanos fuésemos a su boda vestidos de chaqué (con sus pantalones de rayas, su camisa blanca de gemelos, su chaleco, sus tirantes, su corbata… y su chaqué, lógicamente). Por supuesto, todos nos opusimos rotundamente… Y, por supuesto, todos fuimos vestidos de chaqué. A las futuras cuñadas aquello les pareció fantástico porque quedábamos guapísimos y monísimos… Y boda a boda (y ya van unas cuantas) hemos ido vestidos de chaqué, para lo que previamente hemos acudido al sitio de alquiler a que nos tomen las medidas.
La última vez fue hace un par de años. La señora encargada, haciendo uso de su buen ojo, en cuanto me vio me adjudicó unos pantalones de una talla determinada. Me los probé y comprobé con sorpresa que en aquellos pantalones cabían dos como yo. La señora, al advertir su error, se excusó diciendo que claro, al ver aquellas lorzas… Sí, dijo “lorzas”.
Al final me dio el traje adecuado con el que quedé, una vez más, guapísimo (dentro de mis posibilidades, claro).
El próximo 26 se nos casa Richy y, aprovechando que este verano voy a pisar poco por Madrid, no he ido a probarme el chaqué, afirmando con rotundidad que el de hace un par de años seguro que me vale… Y la cosa va a estar, cuando menos, emocionante, porque volveré a Madrid justo para la boda y quizá al probarme el chaqué descubra que este par de años no ha pasado en balde y que he aumentado de talla más de lo que me gustaría reconocer. De todas formas, he de decir en mi defensa, que el aumento de talla se debe sobre todo a una cuestión cultural y de principios: he decidido hacer de mi propia persona una defensa palpable de las humanidades. Cuando decidí estudiar filología clásica (hace ya también más tiempo del que me gustaría reconocer) mis amigos me auguraban entristecidos que me iba a morir de hambre… Son los mismos que ahora, cuando me ven después de unos años, me dicen sorprendidos: “¡Pero, Eduardo, qué gordo estás!”.
De todos modos, por si acaso, voy a empezar a poner en práctica la operación chaqué de aquí al veintiséis, confiando en que los tirantes hagan el resto.