Derrotas

A veces, quien se pase por aquí, podría tener la sensación de que me lo paso en grande dando clase, de que me muero de risa con los alumnos y de que esto de la enseñanza es una maravilla… Y siendo todo eso cierto, tampoco es menos verdad que de vez en cuando pierdes algún partido (y no pretendo aquí herir susceptibilidades… bueno, un poco sí).
Ayer tenía clase con un 2º de ESO después del recreo y me dirigí allí con la mejor de mis sonrisas, el libro bajo el brazo, una anécdota que contar y un poco de prisa porque me había entretenido apagando un fueguecillo. Entro en clase y, como es lógico, están todos de pie, fuera de su sitio, hablando a voces. Llego hasta la mesa del profesor, dejo mi libro y mi sonrisa y me pongo serio para que se vayan calmando… M canta a media voz y desde el otro lado de la clase S1, que también se sabe esa canción, le hace los coros. S2 da golpecitos y pequeños empujones a C1 que responde con otros tantos. A1, que después de un trimestre sin aparecer por fin ha decidido que vendrá tres días por semana a clase, pone al día a A2. S3 grita, como siempre, sin mucha maldad y sin mucho sentido. C2 me asegura que le duele un montón la cabeza y que probablemente tiene fiebre. Entre tanto les he dicho como cinco veces a M y a S1 que dejen la canción (ni me miran, claro: ¿es que no me doy cuenta de que no me han escuchado?). Detrás de S2 y C1, a los que me he dirigido sólo tres veces, R se muere de la risa por no se sabe qué. H me recuerda que hoy le toca exponer a ella. V y M1 comentan las últimas novedades ocurridas durante el recreo. Levanto, por fin, la voz… Con poco éxito. Pongo cara de enfado profundo. Con poco éxito también porque se van acostumbrando a que en realidad rara vez estalla la tormenta. Le pido a S4 que tire el chicle. Le pido a S3 que tire el chicle. Les ruego a A1 y A2 que dejen su charla para luego. Le pido a R que tire el chicle. Le vuelvo a pedir a S3 que tire el chicle.
Por fin, amenaza aquí, amenaza allá, mirada fulminante aquí, bufido allá, se hace un silencio posible y empezamos la clase. Ni S1 ni C3 han preparado su exposición, cosa que por supuesto no les quita la sonrisa. H sale y expone. No se puede decir que se luzca, se limita a leer a toda velocidad, lo que tiene preparado. Mientras lee, S2 sigue jugueteando con C1 (ahí está surgiendo algo primaveral), S1 bosteza, R ríe. Acaba la exposición. Intento que hagan aportaciones. Le pido a R que tire el chicle. Le pido a A2 que tire el chicle. Le doy unos consejos a H sobre su exposición. Le pido a M que se calle. Le pido a S2 que no grite. Intento empezar la parte teórica de la clase. Le pido a C4 que deje de jugar con el abanico de papel que se acaba de fabricar. Le pido a S3 que tire el chicle (¿por qué no habré asumido todavía que la batalla del chicle es una batalla perdida y que no merece la pena malgastar en ella las fuerzas?). Vuelve a haber murmullo por enésima vez. M asume el rol de profesor: “¡callarsus ya, hombre!”…
Reviento. Veo sobre la mesa exámenes que tengo por corregir. Quedan veinte minutos. Os miráis esto, que es lo que íbamos a dar, por vuestra cuenta. Página tal y tal. Haced ahora lo que queráis, yo voy a aprovechar el tiempo… A veces, si uno lo hace bien, gana el órdago y se crea un silencio repentino, pero si se dan cuenta de que uno va de farol, es peor el remedio que la enfermedad. Me siento y me pongo a trabajar en mis exámenes… Pero la conciencia no les remuerde lo más mínimo. De hecho aprovechan para subir un poco el volumen. C2 se las da de interesada y responsable y me pide que le repita las páginas. Siguen subiendo el volumen y también aprovechan para ajustar cuentas pendientes: “pelo de fregona”, “pues anda que tú…”. Con el rabillo del ojo certifico que esta vez no llegarán a las manos. Sigo a lo mío, pero apenas logro corregir medio examen en esos 20 minutos. Suena el timbre. Me voy sin despedirme. Creo que ni se dan cuenta: he perdido por goleada. Sé que tengo gran parte de culpa, sé que un buen parte a tiempo me habría evitado la clase de hoy, pero he llegado a estas alturas de curso sin haber enviado un solo alumno al aula de estudio y sin haber puesto un solo parte y me parece que ya lo he convertido en una cuestión personal. Sin embargo, soy consciente de que tan mala es la diarrea de partes como su contrario. La próxima semana me llevaré los partes a clase. Pondré el primero del curso, quizá por una tontería.

De todas formas, hoy mismo la clase ha ido mejor: teníamos examen y en contra de lo que ocurre otras veces en cuanto he entrado han puesto las mesas en su sitio sin decirles nada. He dicho sólo una vez que todo aquel que tuviese chicle lo tirase a la papelera y no ha hecho falta repetirlo otra vez. Durante el examen, M en lugar de gritar desde su mesa para preguntar algo ha levantado la mano y ha esperado a que me acercara. No se han quejado ni de que el examen fuese difícil, ni de que fuese largo. No sé. Creo que hoy hemos ganado tanto ellos como yo.

3 comentarios en “Derrotas

  1. Qué bueno este post, me he divertido mucho leyéndolo, es que además imaginaba la situación en clase y tiene que ser verdaderamente desesperante. Creo que hiciste lo mejor. Tomo nota para el dia en que a mi me pase igual, luego los resultados hablan por sí sólos, no es una derrota, es todo un logro.
    Enhorabuena, eres un gran profesor.

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  2. Ánimo Eduardo, cuando se ponen así ni siquiera un cuento de los tuyos captaría su atención. Eres estupendo, no cuentes este incidente como una derrota.

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  3. Billiejean, me alegra que hayas pasado un buen rato con el post: como siempre me parece que de todo se pueden sacar más cosas positivas que negativas.
    Ana, muchas gracias por los ánimos, pero creo que este incidente sí que fue una derrota, pero no perdí yo sólo: ellos también perdieron. Claro, que tampoco viene mal una derrota de vez en cuando para concienciarte de que no te puedes confiar y que tienes que jugar mejor la próxima vez.

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