Cambio de hotel

El firmamento no es el mismo en todas partes o, por lo menos, las estrellas no se ven en todos los sitios igual. Es lo que pasa en Italia con las estrellas de los hoteles. En Roma estuvimos en uno de cuatro estrellas que no estaba mal: aunque nos ponían el desayuno en el comedor de clientes B, nos dejaban junto a la cama un bombón de buenas noches y todo era amplio y bastante limpio. Por eso, cuando llegamos a Montecatini, un pueblo o ciudad a unos 50 kilómetros de Florencia, se nos cayó la maleta a los pies, junto con el alma, al llegar a un hotel de tres estrellas: había que haber jugado mucho al tetris para meterse uno solo con su maleta en el ascensor, las habitaciónes eran angostas y algunas individuales habían sido convertidas en habitaciones de cuatro gracias a poner alguna cama casi de pie; las mantas estaban raídas y algo sucias, los colchones tenían muelles asesinos o quizá no tenían muelles; los dueños del hotel tampoco habían entendido muy bien la filosofía de un alumno-una cama, no dos alumnos-una cama; algunas habitaciones desprendían cierto hedorcillo a alcantarilla o a perro muerto (en palabras de Juan, profe de historia) y para colmo no tenían sitio para todos los profesores: uno se tenía que ir a dormir a un hotel cercano y otros dos apañarse con una habitación doble. Cuando estábamos negociando todo esto, llegó S. con la gota que colmó el vaso, o más bien con el torrente, porque al ducharse se había inundado su habitación y parte del pasillo.
Durante un rato mantuve una animada conversación con “il capo” del hotel que me juraba y perjuraba que al día siguiente íbamos a estar mucho mejor, porque se iría el otro grupo que se hospedaba en el hotel, que las camas individuales las reconvertirían inmediatamente en dobles, pues en realidad eran dos camas distintas unidas por unas mismas sábanas, que el olor de la habitación era culpa de un profesor que se había fumado durante tres días unos terribles puros… También me demostraron, y tuve que darles la razón, que la inundación había sido culpa de S., que se habría duchado con la alcachofa demasiado inclinada hacia arriba, porque la ducha tragaba perfectamente… Pero daba igual porque la decisión ya estaba tomada: habíamos llamado a la agencia para que nos buscase otro hotel para el día siguiente. Claro que eso no se lo dijimos en ese momento. Cuando por la mañana nos vio salir con nuestras maletas nos preguntó por qué nos íbamos y nos hizo ponerlo por escrito en un papel. Allí quedaron reflejadas nuestras quejas, en perfecto castellano, incluida la de que “algunas habitaciones son insalubres”.
Estábamos visitando Florencia cuando nos llegó la ansiada noticia: “tenemos hotel”. También en Montecatini, claro. Allí llegamos por la noche y apreciamos una notable diferencia: el trato desde el principio fue mucho más correcto, todo estaba más limpio, las habitaciones estaban bien distribuidas… En fin, tampoco era una maravilla y si hubiésemos aterrizado allí en primer lugar, quizá tras nuestro hotel de Roma nos habría parecido cutrísimo, pero conociendo lo que podíamos encontrar, acabamos encantados.
Estábamos cenando, macarrones como siempre, cuando apareció por allí “il capo” del otro hotel, que nos dijo, con una sonrisa de oreja a oreja “este hotel también es mío”. Le pusimos la mejor de nuestras sonrisas y le dijimos que la verdad es que éste estaba muchísimo mejor, mientras buscábamos un trozo hambriento de tierra que quisiese tragarnos. Aunque a mí me vino bien que fuese el mismo dueño porque sin querer me había llevado la llave de la habitación del otro hotel y pude devolvérsela (afortunadamente no la había tirado, tal y como me había recomendado Fabio, el conductor de nuestro autobús). Además, nos trataron bastante bien e incluso nos dejaron utilizar el salón para tener el primer festival Florentino del Instituto Valdebernardo: estuvimos viendo todo lo que habíamos grabado durante esos días y estuve contándoles unos cuentos (momento que más de uno aprovechó para recuperar algo de sueño).
Fue en este hotel donde el tornillo de la cama del que hablé en la entrada anterior falleció repentinamente. Al día siguiente, antes de irnos, “il capo” nos dijo que tendríamos que pagar 50 euros por los desperfectos. Juan, siempre tan expeditivo, no tuvo otra idea mejor que la de echarle en cara que aquello era una “vendetta”, así, en italiano, para que sonase más fuerte… Sin embargo, con una sonrisa y buenas palabras se llega y se sale de cualquier parte y al final de un leve forcejeo argumentativo en el que le manifesté mi disposición a colocar yo mismo el tornillo para que se ahorrase la mano de obra, nos dejó marchar sin cargos y con un apretón de manos.

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3 comentarios en “Cambio de hotel

  1. Ave, Edu.

    Tu ex-alumno te escribe un comentario para recordarte que en tu anterior etapa, cuando también eras profesor, ya viviste una situación similar en Venecia, eso sí, con unos alumnos un tanto más desagradables, jejejeje.

    El hecho es que tras conocer el nombre del hotel donde nos íbamos a alojar, algo así como Hotel Edén, todos hicimos la misma asociación de ideas…¡¡Ese nombre sólo podía ser de una casa de mala praxis!! Según entramos, nuestras sospechas se evidenciaron de un modo pasmoso. Empezando por las estatuas y bustos que ornamentaban tanto la entrada como el hall, como por el rudimentario cuidado de pasillos y habitaciones (con contrachapados de distintos materiales y colores tapando agujeros y deshechos), y terminando con las habitaciones, donde el hacinamiento en algunos casos era bastante lamentable. Pero lo mejor eran los baños. Baños los triatléticos. Me explico: Podías hacer tus necesidades, mientras te lavabas las manos y te duchabas, todo sin cambiar de postura. Todo llegó a su culmen cuando vimos a los propietaros, que no desmerecían a ninguno de los que se apoyan en las farolas de Montera.

    Por lo demás, la velada acabó bien, con un buen recital de cuentos y ópera, U2 con Juanjo, y alguna que otra risa.

    Un abrazo de esos alumnos que constituimos tu fracaso como humanista, ya que ni siquiera nos va bien como ingenieros, jajajajajajajja. (En realidad no me ha ido mal en febrero, xo mi casta de sindicalista hace que siempre me tenga que quejar).

    Un abrazo, nos veremos prontito.

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  2. Pedro, te he cambiado el comentario de sitio porque me parece que hacía más referencia a esta entrada que a la de Cometas en el cielo.
    Qué alegría leerte por aquí… y qué recuerdos. La verdad es que aquel viaje lo he tenido muy presente durante éste y he recordado miles de cosas que ya tenía casi olvidadas, como el hotel “Queledén”.
    Y no te preocupes, cuando te canses de la ingienería, descubrirás que las humanidades te siguen esperando.

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