Cómo hemos cambiado

Creo que algo así era el título de una canción de Presuntos Implicados y aunque uno lo sabe, no es plenamente consciente hasta que se reúne con algunos viejos compañeros en una cena de promoción como la que tuve hace un par de viernes… Por lo visto he engordado mucho en estos últimos diecisiete años… y no sólo he engordado.
En la cena, organizada por Tajamar, el colegio donde estudié, pudimos ver las fotos de la matrícula de cuando estábamos en COU (lo que quiere decir que la foto podría ser de tres o cuatro años antes) y estuvimos recordando viejas anécdotas y actualizándonos las vidas. Fue tan grata la experiencia, a pesar de que fuimos pocos los de mi promoción que aparecimos por allí, que hemos decidido montar una cena por nuestra cuenta y ahora estamos en búsqueda y captura de datos de la gente que hemos perdido por el camino (en aquel entonces -estamos hablando del siglo pasado- no había correo electrónico, ni móvil).
Me hizo tanta gracia la foto de la promoción que en el examen que hice el viernes pasado a los de 2º de ESO les puse la tira de fotos en la que salía y les mandé analizar sintácticamente “A Eduardo nadie le reconoce en su foto de promoción”. Además, ofrecí la posibilidad de apostar 0,25: si me acertaban, les subía 0,25 y si fallaban se lo restaba… En parte fue un error porque los cuatro o cinco que a los diez minutos no tenían más que contestar estuvieron toda la hora intentando adivinar quién era yo.
Al final, sólo acertó M. (la misma que me miraba hace unas semanas a través de la regla, se ve que va para fisonomista).
Os dejo aquí el hoy y el antes para que vosotros mismos veáis la diferencia.

Exámenes atrasados

Está demostrado científicamente: si te encuentras con un alumno una hora después de que haya hecho un examen contigo, te preguntará si los tienes corregidos.

Y esa pregunta se irá repitiendo invariablemente, de cinco a treinta veces, cada día que tardes en darles las notas. La pregunta la hacen con una mezcla de esperanza y temor porque desean saber su nota, pero les asusta saberla. Mientras el examen no está corregido, hay esperanza. A lo mejor no me salió tan mal.

Hubo un tiempo en que tardaba bastante en devolver los exámenes y los alumnos se quejaban por mi tardanza. No les parecía bien que les exigiese para hacerles el examen y luego no me exigiese a mí mismo para corregirlos. Y llevaban razón. Hubo otra época en la que conseguía devolver los exámenes al día siguiente de haberlos hecho. Y lo agradecían. Pero al final llegaron a la conclusión de que tardaba tan poco tiempo porque no los corregía. Ya se ve que no es fácil tenerles contentos.

Ahora procuro devolvérselos lo antes posible, pero como cada corrección de exámenes me lleva unas cinco o seis horas, tardo dos o tres días. Sin embargo, hay semanas, como la semana pasada, que se complican (no hay más que ver lo poco que me he pasado por aquí) y la corrección de exámenes, que está dentro del capítulo de “lo importante no urgente”, se va retrasando. Y como les tengo mal acostumbrados, se quejan y se quejan… Hasta que les explico mi política sobre la corrección de exámenes: si una semana después de haberlos puesto, no los tengo corregidos, por cada día más de retraso les voy subiendo 0,25. Primero me miran con cara de incredulidad, pero saben que hablo en serio y, de pronto, se vuelven de lo más solidario y comprensivo: “hombre, Eduardo, tampoco te preocupes, que tendrás muchas cosas que hacer”, “si no nos corre prisa, tómate tu tiempo no vaya a ser que te estreses”… Incluso hay un deje de decepción cuando al día siguiente les entregas por fin los exámenes con su 0,25 de más: habría estado tan bien que me hubiese retrasado un par de semanitas.

Y les echo en cara su falta de convicciones, el abandonar su espíritu reivindicativo por un miserable 0,25…, pero les da igual. Por desgracia, a veces parece que del Instituto lo único que les importa son las notas y que éstas sólo les importan porque les importan a sus padres… (Vaya, aquí dándomelas de “madurito”, como si a mí, a su edad, me hubiese importado otra cosa).

Ataque de risa

La última hora de los viernes suele ser una hora difícil. Los alumnos están pensando en el fin de semana (bueno, están pensando en el fin de semana con especial intensidad, porque en el fin de semana están pensando desde el lunes), y el profesor también, aunque a ellos les cueste creerlo y se piensen que uno se tiraría allí por gusto hasta las siete de la tarde dando clase. La tensión y el cansancio de toda la semana se han ido acumulando y a veces basta una chispa para que salte el incendio.
El viernes de la semana pasada, a última hora, a M. le dio la risa porque, mientras yo explicaba emocionado un poco de sintaxis, me miró a través de una regla de plástico con los bordes convexos y me veía chiquitito o grande cuando le daba la vuelta a la regla. Como es lógico, M. fue transmitiendo su descubrimiento a cuantos tenía alrededor que comprobaban en el acto lo divertido que era ver al profesor chiquitito o grande. Pude haber saltado, pero no lo hice. Me limité a quitarles la regla, a mirarles a través de ella y a hacer que me reía. Después continué con mi apasionada explicación del Complemento Regido y allí habría acabado todo, pero M. recordando lo que había visto, no pudo aguantar la carcajada… me miró, la miré, me pidió perdón, me puse serio, se puso seria y a los pocos segundos volvió a entrarle otra carcajada incontenible. Quizá podría haberlo arreglado poniéndome realmente serio o dando una voz, sin embargo, para mi propia sorpresa, a mí también me entró una carcajada incontenible. Y como mi risa no es precisamente discreta, a continuación a todos les entró la risa de ver cómo me entraba la risa. Y yo, al ver cómo les entraba la risa porque me entraba la risa porque a M. le entraba la risa, no pude evitar volver a reírme a bandíbula batiente. Y ellos, al ver cómo me entraba la risa porque les entraba la risa porque me entraba la risa porque a M. les entraba la risa, empezaron a morirse de risa. Y así entramos todos en un círculo carcajeante del que era imposible salir. Bueno, entramos todos menos A., que como está últimamente muy despistado, después de echarse unas risillas preguntó muy serio de qué nos reíamos… con el consiguiente estallido carcajil porque era todo tan absurdo que nadie podría dar una explicación sensata a aquellas risas. Se nos saltaban las lágrimas, nos retorcíamos en el sitio, golpeábamos las mesas, nos apretábamos la tripa y a cada segundo de silencio le seguía otra carcajada aún mayor.
Después de hercúleos esfuerzos por recuperar la seriedad, de mirarles con cara de hasta aquí hemos llegado y de conseguir que todos se callaran, me volví a la pizarra dispuesto a seguir con el pobre Complemento de Régimen que tampoco entendía muy bien de qué iba la fiesta. Pero bastaba empezar a decir “El complem…” para morirme otra vez de la risa y, por supuesto, para que se muriesen. No sé si fue al quinto o sexto intento cuando logré recuperar la calma, cuando ya no nos quedaba ni media risa dentro del cuerpo.
Lo más sorprendente de todo es que después la clase continuó de lo más tranquilo. Todavía no he conseguido explicarme las causas de mi ataque de risa. Me imagino que estar tanto tiempo al día con adolescentes hace que, de vez en cuando, recuperes la edad del pavo y te rías sin motivo por cualquier cosa. Y la verdad es que se agradece.

Si fiesta, fiesta

“Profe, hoy es el último día, no esperarás que vayamos a dormir: hoy empalmamos”. Daba igual que llevasen una semana sin dormir: si la noche tiene algo de mágico, lo de la última noche ya es indescriptible. Si no puedes con ellos, únete y si fiesta, fiesta.
Esa noche fuimos a la discoteca del Lido de Jesolo, un antro de techo bajo y mucho ruido que sobrevive gracias a los viajes fin de curso de estudiantes españoles. En cuanto aterrizamos en el hotel, hizo su aparición el relaciones de la discoteca para convencernos de las maravillas de su antro y de lo light que era, pero como ya habíamos escarmentado en Montecatini con el concepto italiano de light y como los profesornes no estábamos dispuestos a pasarnos el rato apostados en la barra haciendo de catadores, le insistimos en que no queríamos nada de alcohol: debió de ver que se jugaba el negocio y nos lo garantizó con rotundidad, pues lo que más le importaba era que los profesores nos fuésemos contentos, porque somos los que decidiríamos si volvíamos en otra ocasión.
La discoteca abría hasta las tres de la mañana y como habíamos quedado en que si fiesta, fiesta, decidimos quedarnos hasta que cerrase. Pero a eso de las dos, el CAD (Comité Anti-Discoteca, porque también existen alumnos a los que la discoteca les “torra”), pero también el CPD (Comité Pro-Discoteca) empezaron a pedirnos que nos fuéramos ya. Les miramos con sorpresa y les dijimos que si fiesta, fiesta, que había que aguantar porque se suponía que nos lo estábamos pasando en grande. Pero al final cedimos y sobre las 2.30 unos cuantos, la mayoría, nos fuimos, mientras otros pocos quedaban bailando junto con las dos profesoras que demostraron tener bastante más marcha que ellos. Alguno salía de la discoteca con fuerzas renovadas porque había conseguido echarse un sueñecito a pesar de la música a todo volumen (sí, es increíble, pero hay fotos que lo atestiguan).
Nos fuimos hacia el hotel y como la noche era fría, nos pusimos algo de abrigo para continuar la fiesta en la playa que estaba a apenas doscientos metros del hotel. Allí me entró la vena poética y les recité aquello de “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Después me puse astronómico y les fui mostrando las constelaciones y contándoles las historias que encerraban. Ellos más que ver las estrellas empezaban a soñarlas porque a algunos, a pesar de estar de pie, se les cerraban los ojos, así que cuando les propuse dar un paseo por la playa, me suplicaron que les dejara ir al hotel. Ya se ve que mi concepto de fiesta, no acaba de coincidir con el suyo y a eso de las cuatro, cuando apenas quedaban dos horas para que nos tuviésemos que levantar, nos fuimos al hotel y yo me quedé con las ganas de empalmar: otra vez será.

Cambio de hotel

El firmamento no es el mismo en todas partes o, por lo menos, las estrellas no se ven en todos los sitios igual. Es lo que pasa en Italia con las estrellas de los hoteles. En Roma estuvimos en uno de cuatro estrellas que no estaba mal: aunque nos ponían el desayuno en el comedor de clientes B, nos dejaban junto a la cama un bombón de buenas noches y todo era amplio y bastante limpio. Por eso, cuando llegamos a Montecatini, un pueblo o ciudad a unos 50 kilómetros de Florencia, se nos cayó la maleta a los pies, junto con el alma, al llegar a un hotel de tres estrellas: había que haber jugado mucho al tetris para meterse uno solo con su maleta en el ascensor, las habitaciónes eran angostas y algunas individuales habían sido convertidas en habitaciones de cuatro gracias a poner alguna cama casi de pie; las mantas estaban raídas y algo sucias, los colchones tenían muelles asesinos o quizá no tenían muelles; los dueños del hotel tampoco habían entendido muy bien la filosofía de un alumno-una cama, no dos alumnos-una cama; algunas habitaciones desprendían cierto hedorcillo a alcantarilla o a perro muerto (en palabras de Juan, profe de historia) y para colmo no tenían sitio para todos los profesores: uno se tenía que ir a dormir a un hotel cercano y otros dos apañarse con una habitación doble. Cuando estábamos negociando todo esto, llegó S. con la gota que colmó el vaso, o más bien con el torrente, porque al ducharse se había inundado su habitación y parte del pasillo.
Durante un rato mantuve una animada conversación con “il capo” del hotel que me juraba y perjuraba que al día siguiente íbamos a estar mucho mejor, porque se iría el otro grupo que se hospedaba en el hotel, que las camas individuales las reconvertirían inmediatamente en dobles, pues en realidad eran dos camas distintas unidas por unas mismas sábanas, que el olor de la habitación era culpa de un profesor que se había fumado durante tres días unos terribles puros… También me demostraron, y tuve que darles la razón, que la inundación había sido culpa de S., que se habría duchado con la alcachofa demasiado inclinada hacia arriba, porque la ducha tragaba perfectamente… Pero daba igual porque la decisión ya estaba tomada: habíamos llamado a la agencia para que nos buscase otro hotel para el día siguiente. Claro que eso no se lo dijimos en ese momento. Cuando por la mañana nos vio salir con nuestras maletas nos preguntó por qué nos íbamos y nos hizo ponerlo por escrito en un papel. Allí quedaron reflejadas nuestras quejas, en perfecto castellano, incluida la de que “algunas habitaciones son insalubres”.
Estábamos visitando Florencia cuando nos llegó la ansiada noticia: “tenemos hotel”. También en Montecatini, claro. Allí llegamos por la noche y apreciamos una notable diferencia: el trato desde el principio fue mucho más correcto, todo estaba más limpio, las habitaciones estaban bien distribuidas… En fin, tampoco era una maravilla y si hubiésemos aterrizado allí en primer lugar, quizá tras nuestro hotel de Roma nos habría parecido cutrísimo, pero conociendo lo que podíamos encontrar, acabamos encantados.
Estábamos cenando, macarrones como siempre, cuando apareció por allí “il capo” del otro hotel, que nos dijo, con una sonrisa de oreja a oreja “este hotel también es mío”. Le pusimos la mejor de nuestras sonrisas y le dijimos que la verdad es que éste estaba muchísimo mejor, mientras buscábamos un trozo hambriento de tierra que quisiese tragarnos. Aunque a mí me vino bien que fuese el mismo dueño porque sin querer me había llevado la llave de la habitación del otro hotel y pude devolvérsela (afortunadamente no la había tirado, tal y como me había recomendado Fabio, el conductor de nuestro autobús). Además, nos trataron bastante bien e incluso nos dejaron utilizar el salón para tener el primer festival Florentino del Instituto Valdebernardo: estuvimos viendo todo lo que habíamos grabado durante esos días y estuve contándoles unos cuentos (momento que más de uno aprovechó para recuperar algo de sueño).
Fue en este hotel donde el tornillo de la cama del que hablé en la entrada anterior falleció repentinamente. Al día siguiente, antes de irnos, “il capo” nos dijo que tendríamos que pagar 50 euros por los desperfectos. Juan, siempre tan expeditivo, no tuvo otra idea mejor que la de echarle en cara que aquello era una “vendetta”, así, en italiano, para que sonase más fuerte… Sin embargo, con una sonrisa y buenas palabras se llega y se sale de cualquier parte y al final de un leve forcejeo argumentativo en el que le manifesté mi disposición a colocar yo mismo el tornillo para que se ahorrase la mano de obra, nos dejó marchar sin cargos y con un apretón de manos.