Mis mejores pilladas

No sé quién les ha metido en la cabeza que si van de viaje con el Instituto y utilizan la noche para dormir es que no se lo están pasando bien. Y les da igual llegar hechos trizas al final del día después de otro día en el que también acabaron hechos trizas. La noche es mágica y les repone al instante simplemente porque es noche. Pero como dijo un tal Georges Bernanos, “hay una hora avanzada de la noche en la que los juiciosos hacen el tonto, y los tontos no dejan de hacerlo”. Por eso, aunque nuestros chicos han demostrado ser muy juciosos, uno se siente de alguna manera impelido por la responsabilidad y la confianza que han depositado en él los padres a procurar que se cometan el menor número de tonterías posibles, aunque para eso te tengas que convertir en el malo de la película y aunque seas consciente de que por cada “pillada” hay otras doscientas o trescientas que ni siquiera has olido.

Se quejan de que les vigiles (algunos aseguran, convencidos, que yo no dormía), pero sabes que en el fondo les encanta que les pongas las cosas un poco más difíciles, porque así la escapada nocturna, el trasiego de habitaciones, las conversaciones medio apagadas adquieren el sabor y el gusto de lo prohibido.

Y ahora, a la vuelta, recuerdas con ellos las “pilladas” y te echas unas risas por lo que tienen todas de absurdo y surrealista. La secuencia siempre suele ser la misma: escuchas demasiado ruido, te acercas a la puerta y compruebas por las voces que allí hay más gente de la que debería, das unos golpes en la puerta y escuchas un silencio repentino, seguido de unos cuchicheos y un abrir y cerrar de puertas, vuelves a llamar con más insistencia y por fin te abre la puerta alguno de los habitantes propios de la habitación con cara de por qué estás dando esos golpes, no te das cuenta de que nos has despertado… y a partir de aquí es cuando se van produciendo las variaciones.

Por ejemplo, cuando me abrieron C. y J. pude ver en el espejo del cuarto de baño el reflejo de A. y D. que se acurrucaban detrás de la puerta. Y lo más difícil es aguantar la carcajada y mantener tu cara de cómo es posible que no estéis en vuestra habitación… Otras veces tienes que entrar un poco más hasta el fondo y sacar a P. y D. del balcón.

Tampoco estuvo nada mal la vez que a las seis menos diez me acerqué a la habitación de A. y J. de la que salía el sonido del televisor y cuando me abrieron y les sugerí que quizá iba siendo ya hora de irse a la cama, me explicaron con la mayor calma y la mayor cara del mundo que en realidad ya habían dormido, pero que se habían levantado un poco antes para hacer la maleta porque ese día nos trasladábamos a Florencia… Así quedó la cosa, pero después me sorprendió que llegaran con tanto retraso al desayuno, aunque imagino que gente tan cuidadosa a la hora de hacer la maleta necesitaría dos o tres horas para tenerlo todo en orden.

Sin embargo, creo que en este viaje la mejor pillada fue la de la quinta noche en el segundo hotel de Montecatini (otro día contaré por qué fue el segundo hotel). Estaba ya a punto de meterme en la cama cuando la maldita voz interior de la responsabilidad me hizo escuchar cierto jaleo no muy lejos. Fui a una de las habitaciones y apacigüé algo la fiesta, pero al salir de allí el ruido me llevó a otra habitación del piso superior. Escuché junto a la puerta y esta vez se oía a demasiada gente. Toquecitos en la puerta, carreras, puertas de armario que se abren y cierran, golpes, alguna que otra risa, toques más fuertes en la puerta y voz cavernosa de “haced el favor de abrir”, más carreras, más risitas… Y por fin se abrió la puerta: caras de angelitos, todo en orden y un ambiente agradable. Tanto que me quedé charlando un rato con los tres inquilinos de la habitación, pero a los dos minutos J. entró desde el balcón porque decía que no aguantaba más el frío y prefería la bronca. Seguí otro rato de animada conversación hasta que decidí abrir el armario y allí S. y Á. me saludaron con la mejor de sus sonrisas. Cinco minutos después entraron desde el balcón los cuatro o cinco que quedaban fuera. Como se estaba bien allí y como parecía que no tenían pinta de irse muy convencidos a sus respectivos nidos (“de verdad, profe, que no vamos a montar pollo, hablamos así bajito todo el rato y mañana nos vamos a la cama en cuanto nos digas”), decidí unirme a la fiesta y me senté en una de las camas. Momento en el que entraron en la habitación J. y E., felices de haber burlado mi vigilancia y haber conseguido llegar sanas y salvas desde su habitación hasta ésta sin haberse tropezado conmigo en el pasillo. En cuanto me vieron dentro ahogaron un grito e hicieron ademán de emprender la huida, pero vieron que el ambiente no estaba muy tenso y decidieron quedarse. La conversación seguía avanzando entre los continuos chisteos responsables que trataban de convencerme de lo silenciosos que iban a seguir si yo me iba… y también continuaba el trasiego de gente que llegaba a la habitación dispuesta a apuntarse a la fiesta, desconocedores de mi presencia: algunos, al verme, cerraron inmediatamente la puerta y no volvieron a aparecer, los más decidieron unirse… Y así pasó al final lo que tenía que pasar: uno de los tornillos de una de las camas no aguantó el peso de los cuatro o cinco que estaban sentados encima y decidió partirse por la mitad con el consiguiente estrépito, golpe y carcajadas que retumbaron por todo el hotel.

Al poco tiempo, aparecieron dos de los gorilas encargados del mantenimiento del orden del hotel y me imagino que llegaban dispuestos allí a echar una bronca monumental, pero al encontrarme a mí ya dentro en las labores de reparación, se limitaron a preguntar qué había pasado y yo les expliqué en mi mejor “itañolo” la flaccidez del tornillo. Después puse cara de cómo es posible que haya tanta gente en esta habitación y muy serio mandé a cada uno a su sitio y todos se fueron como corderitos. No sé, imagino que después volverían y seguirían con la fiesta que yo les había interrumpido, pero de lo que sí estoy seguro es de que si no les hubiese interrumpido no habría sido todo tan divertido.

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7 comentarios en “Mis mejores pilladas

  1. ¡Cuántos recuerdos! Leyendo tu post mi mente se ha ido al año 94 y a un hotel de Mallorca (mi viaje de fin de curso en 8º de EGB). Casi la misma situación que narras: jaleo dentro de la habitación, mucha gente reunida en ella, profesora que llama a la puerta, prisas por esconderse y caras de angelitos dormidos al abrir. No todo ha cambiado tanto y esto pasaba, pasa y seguirá pasando siempre en los viajes de fin de curso. ¡Y tampoco es tan grave…!
    Me han entrado ganas de responder un SÍ rotundo a mis alumnos, que el otro día me propusieron que los acompañara a su viaje de fin de curso de 3º de ESO.
    Un saludo.

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  2. Te envidio por tu trabajo, estas con los chavales que esán en pleno crecimiento, disfrutas y aprendes de ellos a la vez que tu intentas domarlos (en el buen sentido…).

    Pero la diferencia al relacionarte con ellos en plan colega es que tu ya has vivido eso, y lo revives a su lado siempre teniendo en cuenta la responsabilidad que te ha sido otorgada por voluntad casi propia…

    Salud y Buena Caza…

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